Juez sentencia a maestra a pagar casi 1 mdp por bullying vs. alumno

 

 

La profesora Mayela Rodríguez Monjarás tendrá que reparar el daño moral, afectación física y atención sicológica del menor, quien al ingresar a primer año de primaria recibió maltrato y discriminación por parte de la docente

 

 

 

SALTILLO, Coah.,, 7/12/18.-Un juez civil de Coahuila sentenció a una maestra, a pagar casi un millón de pesos por ejercer bullying contra un alumno de la escuela Pablo L. Sidar, en Saltillo.

La profesora Mayela Rodríguez Monjarás tendrá que reparar el daño moral, afectación física y atención sicológica del menor.

Este es el caso del pequeño Arturo, quien al ingresar a primer año de primaria en la mencionada institución recibió maltrato y discriminación por parte de su profesora, Mayela Rodríguez, a pesar de que sus padres le dieron antecedentes de su condición médica.

Por ser sietemesino, Arturo nació con mielomeningocele, que le provocó padecimientos físicos y de conducta. Los padres esperaban comprensión y paciencia de parte de la docente, quien por el contrario humilló, castigó y maltrató al niño delante de sus compañeros.

Inquieto y propenso a ser ‘buleado’

El dictamen de la psicóloga fue tajante y atroz: Jorge Arturo Ruiz Zavala era un niño propenso a ser víctima de bullying, por sus fallas de lenguaje, sus problemas de actitud en el ambiente escolar y su endeble salud.

Ya en los últimos meses del preescolar, cuando tenía cinco años, Arturo se había mostrado más inquieto de lo habitual.

Empezaba a salirse de clase y a reflejar poco interés en las actividades del kínder.

Parecía que la llegada de su nuevo hermanito le había caído de peso, se atrevió a especular la psicóloga que la directiva del jardín de infancia les había recomendado a sus padres para que lo llevaran a valorar.

Los test habían concluido también que Arturo era una persona sensible, pero con una grande falta de reglas y límites en la casa y en la escuela.

Nos empezamos a percatar de que su maestra de kínder le exigía al niño sí, le decía no te salgas del salón, ven acá, pero la directora le decía ay chiquito, no, vente conmigo, y ahí perdíamos un poquito los límites, cuenta Brenda Zavala, la madre de Arturo.

Brenda y esposo Francisco habían determinado asistir también a terapia psicológica a fin de detectar y eliminar posibles roces en su relación de pareja, que estuviese afectado la conducta de su hijo.

Los días siguieron su ritmo, aparentemente, normal.

Hasta entonces el pronóstico de la psicóloga, Arturo, propenso a ser víctima de bullying, parecía que no se había cumplido. Pero no demoraba.

Llegado el fin de cursos del jardín de niños, Arturo fue inscrito en la escuela primaria pública Pablo L. Sidar,

Ahí conoció a Mayela Rodríguez Monjarás, la profesora titular del primero ‘B’, el grupo al que Arturo había sido asignado.

Después de presentarse con ella el primer día de clase, Brenda y su marido, pensaron que lo mejor era poner en antecedentes a la maestra sobre la personalidad y padecimientos del niño, y así lo hicieron;

Arturo era sietemesino; había nacido con un raro defecto de la columna vertebral llamado mielomeningocele; tenía dos operaciones, como consecuencia de la formación de hernias y tumores en el coxis; caminaba con dificultad, había quedado con el habla dañada luego de una cirugíade anginas; tenía un hernia en el ombligo; usaba lentes de aumento, debido a los problemas de visión causados por su enfermedad; y su vejiga era más pequeña de lo normal, por lo que necesitaba ir más veces al baño que una persona promedio.

Pero que Arturo era un niño extrovertido, con alta autoestima, sociable y al que le gustaba charlar sobre su día a día después de la jornada de clase.

En ese momento el papá de Arturo le comentó a la maestra que el niño era inquieto, que había tenido problemas en el último mes del kínder, que se estaba saliendo del salón y que le rogaban, de favor, que cualquier cosa, les tuviera al tanto.

Que si me lo podía sentar adelante, porque no veía bien y que estábamos yendo al psicólogo, apunta Brenda.

En se declaración ante el área jurídica de la Secretaría de Educación de Coahuila, incluida en expediente del caso 114 / 2014, la profesora Mayela Rodríguez asevera que en muchas ocasiones solicitó a los padres de Arturo que le hieran llegar la historia clínica del niño, junto con las recomendaciones del psicólogo sobre cómo debía ser manejado en clase. Nunca le hicieron caso.

Unos 15 días después del inicio del ciclo escolar y al final de la primera junta con los padres de familia, Mayela Rodríguez, la maestra del grupo, se acercó a Brenda para pedirle que se quedara. Quería hablarle de Arturo, dijo

La profesora se quejó de que el niño era grosero, de que le pegaba, que se salía del salón y que no acataba reglas.

Un día antes Arturo le había platicado a su madre que su mentora lo había regañado.

Le contó que había ido a la cafetería de la escuela y comprado una de esas manitas de goma para jugar.

De regreso al salón de clase y mientas Arturo sacaba de la mochila sus útiles para empezar a trabajar, puso en el mesa banco la manita de hule y un compañero se la arrebató. Empezaron a forcejear y a gritar.

La profesora Mayela, que en ese instante hablaba por celular, se dirigió molesta a los dos niños, les quitó la mano de goma, la rompió en pedazos frente a todo el grupo y la lanzó a la cesta de la basura.

Le digo a la maestra para mí eso es humillar al niño delante de los demás y enseñarles a todos que la violencia se combate con más violencia. Ella me dijo ay no pues entonces mañana le compro una manita a Arturo y asunto arreglado, le dije es que no es eso, se la pudiste haber quitado, guárdala, si después la quieres tirar, tírala,

Le dije si yo te estoy diciendo que el niño es muy sensible, que va a terapia psicológica y tú le haces eso delante de los demás, obviamente que va a contestar violencia con más violencia. Tú le estás enseñando eso”, relata Brenda.

Y dice que la mayoría de las veces que acudía a la escuela para discutir con la profesora sobre el comportamiento de Arturo, la maestra exhibía una actitud burlona.

Siempre se dirigió a mí riéndose. Yo le decía es que no te burles, te estoy hablando bien, respondía pos es que yo así hablo.

Al final de aquella junta, apenas la primera del año escolar, los ánimos se habían calentado entre la madre de Arturo y la maestra Mayela:

“Dice es que aparte su niño se sale del salón como si nada, le digo ¿y tú qué haces?, ¿no le llamas la atención?, me contesta le digo que se meta, pero no me hace caso y no me puedo estar saliendo a buscar a su hijo porque ¿qué van a decir los demás papás?, que no les pongo atención a sus niños por ponerle atención a Arturo, yo le decía van a decir que la maestra no tiene autoridad. No me vegas a decir que vas a dejar al niño que se alga del salón y no vas a hacer nada, dice no pos si no quiere trabajar, mejor que se salga..

“Y luego dice es que se sale mucho del salón y ¿a dónde va?, le pregunto y dice al baño, le digo yo te dije que el niño requería de ir más veces al baño, pos es que no le puedo estar dando permiso de que se salga, le digo el niño no se puede hacer pipí en el salón, no puede contener su vejiga, no se puede aguantar. Va a ser peor que se haga en la escuela, va a ser un motivo de burla y eso no está bien”.

El registro anecdótico, incluido en el expediente del caso (114 / 2014), llevado por el departamento jurídico de la Secretaría de Educación de Coahuila, consigna, entre otras cosas, que Arturo pedía permiso de ir al baño y ya no regresaba al salón de clase, que hablaba a gritos, que llevaba juguetes a la escuela y distraía con ellos a los demás alumnos, que comía su lonche antes del recreo, que solía taparse las orejas cuando sus profesores lo regañaban, que tomaba objetos que no eran suyos sin autorización de sus dueños y que agredía verbal y físicamente a compañeros y maestros de la escuela cuando estaba enojado.

Brenda piensa que aquel pleito significó el punto de quiebre en sus relaciones futuras con la maestra Mayela. Que ahí comenzaron las fricciones.

Después Arturo era simplemente canalizado por la profesora Mayela, sin previo aviso a sus padres, al área de trabajo social, con el argumento de que el niño tenía problemas en casa y por eso desobedecía las normas de la institución.

Hasta que el mismo departamento mandó citar a los padres de Arturo, por separado y en sesiones de una vez a la semana, para someterlos a una valoración.

La sorpresa de Brenda era encontrar a su hijo Arturo fuera del aula, en el patio, jugando o sentado en las escaleras, cada vez que ella acudía a la escuela para sus reuniones con trabajo social.

Una de aquellas veces Arturo estaba llorando, dijo que la maestra lo había sacado del salón. Se le veía alterado.

Brenda trató de calmarlo y caminó con él rumbo al salón para recoger su mochila y llevárselo a casa.

“Cuando lo ve la profesora Mayela le dice: ¿a dónde vas?, le digo va por su mochila, me lo voy a llevar porque está muy alterado, quiero saber ¿por qué me lo volvió a sacar del salón?, dice pos es que el niño no entiende, se sale y Arturo le dice no, es que yo te dije que necesitaba ir al baño y tu no me dejabas salir”.

Brenda asegura que la profesora Mayela comenzó a gritarle a Arturo apuntándolo con el dedo y acusándolo de mentiroso, de chiflado ni a tu mamá le haces caso, decía la maestra.

“Le digo: ¿por qué le gritas al niño. Si así le gritas enfrente de mí cómo le gritarás cuando no estoy. Nos hicimos de palabras, dice usted no entiende. Ni a usted le hace caso. Arturo lo que hizo nada más fue abrazarme y ponerse atrás de mí. Como que le dio miedo. Ya no quiso hablar”, narra Brenda.

Los alumnos y maestros de otros grados habían presenciado de cerca la escena.

“Le digo si tantas cosas malas hace el niño, ¿por qué no me avisas?, todos los días viene mi esposo por él y te pregunta si hay alguna novedad y tú le dices que no. Me voy a ir a quejar a dirección y dice ella haga lo que usted quiera, total usted consiente al niño”.

Brenda se dirigió entonces a la dirección de la escuela primaria Pablo L. Sidar para quejarse con la directora Griselda Ceballos por el maltrato que ejercía la maestra Mayela en contra de su hijo.

“Arturo, ya dije, había nacido a los siete meses de gestación, con una enfermedad en la columna vertebral llamada mielomeningocele y que a la larga le había acarreado otros padecimientos físicos y de tipo conductual.

“Cuando dejó el hospital, después de un mes de incubadora, los médicos le habían augurado un futuro más bien sombrío: que tal vez no caminaría, dijeron, que quizá no tendría control de esfínteres y otras calamidades más.

“Aun así Arturo no había sido nunca un niño sobreprotegido ni tratado con lástima, de que ay pobrecito, te pasó esto. Siempre lo hemos tratado como a un niño normal, que tiene sus reglas en casa. Sí lo cuidamos de que no se lastime la columna, porque aun esta delicado, ya tiene dos operaciones y los médicos nos dijeron que si se lastimaba era probable que perdiera alguna sensibilidad de la cintura hacia abajo.

“Pero mimado en sí no. No se le ha tratado como en una burbuja de que nadie lo toque, porque somos de la idea de que tiene que experimentar con sus errores, sus aciertos, cuenta Brenda.

“Vuelvo al día en que la madre de Arturo fue a la dirección de la primaria para denunciar el acoso escolar de que estaba siendo objeto su hijo, por parte de la maestra Mayela”.

La directora del plantel había citado a una junta en la que estuvieron presentes la trabajadora social, una pedagoga, Mayela, la maestra de Arturo, y los padres del niño.

En dicha junta la profesora Mayela se comprometía a notificar a Brenda y a su esposo de cualquier novedad sobre la conducta de Arturo.

Ya fuera de manera verbal o escrita en el cuaderno de tareas.

De repente las quejas cesaron y las visitas de los padres de Arturo al área de trabajo social fueron más espaciadas: una vez cada 15 días.

“Todos los días veíamos a la maestra a la hora de salida, nos la topábamos afuera y siempre era de que ¿algún problema con Arturo, maestra?, decía no, todo bien y le preguntábamos al niño Arturo ¿cómo te fue en la escuela?, bien, decía”.

El expediente consigna además que efectivamente la maestra había enviado algunos reportes con quejas en el cuaderno de tareas de Arturo, pero que al darse cuente el niño arrancaba las hojas del cuaderno con los reportes y las tiraba.

Todo iba bien, dijeron los papás de Arturo en una de sus visitas a la psicóloga y el chico fue dado provisionalmente de alta.

Cierto día en que Brenda y su marido asistían a una kermesse en el plantel, fueron llamados con premura al departamento de trabajo social.

“Nos dice muy molesta la maestra Sandra Luz Medina, que era la encargada, oigan ¿qué está pasando con Arturo?, ¿por qué no han hecho nada con Arturo?, le digo ¿cómo de que o qué?, dice no pos es que a Arturo me lo traen todos los días a trabajo social, me lo trae la profesora Mayela por problemas que tiene con él, le digo discúlpame, pero la profesora Mayela no nos ha dicho nada”.

Justo en ese momento, y sin saber que los padres de Arturo se hallaban en trabajo social, entró la maestra Mayela con el niño para dejarlo ahí.

“Es que estoy batallando con Arturo y aquí está”, soltó.

Brenda mandó entonces un escrito a la dirección de la escuela solicitando un informe sobre el cumplimiento del convenio que los directivos habían hecho con ella y su marido de tenerlos al tanto en torno a la conducta del niño.

Durante otra junta convocada por la dirección la maestra Mayela se excusó diciendo que:

“Apenas les iba a hacer el informe de todo lo que pasó con Arturo en los últimos meses, le dije pero es que no es por meses, me tenías que decir en el momento, dice es que sí le mandé recados, cuenta Brenda”.

La directora y la trabajadora social pidieron entonces ver el cuaderno de tareas de Arturo y descubrieron los recados que Brenda le había mandado a la profesora Mayela preguntándole por la conducta del chico, mas no encontraron las respuestas a tales mensajes.

“Le dicen aquí la señora te mandó recados y tú nunca le contestaste, nunca le mandaste decir nada, ¿por qué ahora vienes y te quejas?”.

La maestra se molestó e hizo ahí mismo un pormenor de las quejas:

“Que era un niño problema, que no podía con él, que se salía del salón sin permiso, que se lo encontraba jugando en el baño, en el patio, que no le quería hacer caso y que la llamaba bruja.

“Y dice aparte se tapa los oídos cuando lo estoy regañando”.

La gota que volcó el vaso vino cuando la trabajadora social sugirió a la maestra Mayela modificar sus métodos con Arturo.

“Tienes que hablarle al niño con amor, de manera tranquila”, le dijo.

¿Se había cumplido el pronóstico de la psicóloga? Arturo era un niño propenso a ser víctima de bullying, por sus fallas de lenguaje, sus problemas de actitud en el ambiente escolar y su endeble salud.

Se detectó que no estaba cómodo en el ambiente escolar, que algo estaba pasando ahí sin nosotros saber qué, porque no nos decía nada. “Procuramos hablarle bien de la maestra: sigue las reglas de tu maestra, si no quieres tener problemas; pórtate bien en el salón, procura no ir tanto al baño, no te salgas, obedece, apunta toda la tarea”, platica Brenda.

Otra vez cesaron las quejas. Sin embargo Brenda empezó a notar que las tareas que le encargaban a Arturo no eran revisadas por la maestra de grupo.

Llegó el momento en que el niño perdió el interés. Dijo “¿para qué la apunto mamá, si ni me la revisan, para qué la hago?”.

Brenda afirma que ya ni siquiera era tomada en cuenta para asistir a las juntas de padres de familia de la escuela.

Lo confirmó un mediodía a la hora de salida, cuando la mamá de otro chico se le acercó para hacerle un reclamo.

“Me dijo oiga ¿usted es la mamá de Arturo?, le dije sí, pos es que su hijo le pegó al mío, ¿cómo se llama su hijo, le dije fulano de tal. En ese momento me acordé de que Arturo me contó que ese niño le había pegado también un día antes.

“Ah, le dije – fíjese que su niño le pegó a mi niño en el estómago y mi hijo tiene una hernia en el ombligo, me dice ah entonces golpe por golpe, le dije, no, pero yo creo que la persona indicada para darnos ese tipo de recados es la maestra”.

En la charla salió a relucir una junta de padres de familia que recién se había realizado en la escuela, y a la que ni Brenda ni su esposo habían sido convocados.

“Me dice la señora ¿y por qué no vino a la junta? le dije ¿a cuál junta?, dice es que ayer hubo junta de padres de familia, le digo es que a mí no me mandaron recado, dice pos qué mal, porque en la junta todo mundo habló de Arturo; que Arturo a todos les pegaba, la maestra dijo que el niño más inquieto era Arturo, que el niño con el que más batallaba era Arturo, que el niño que no sabía leer ni escribir era Arturo. Entonces las mamás se soltaron que Arturo le pegó a mi niño y que Arturo…

“Una de esas tarde Arturo llegó a casa quejándose de que uno de los niños del grupo le había clavado un lápiz por la espalda.

“Otro día Arturo llegó con la cabeza partida, porque un crío lo había agarrado y estrellado contra una banca.

“Luego un chico de sexto lo agarró a golpes en las costillas cuando estaba en el baño, tras una discusión por el jabón líquido.

“Pregunté ¿qué se va a hacer con ese niño? y la contestación más estúpida que me dieron en la escuela fue pos que al cabo que él ya va de salida, ya está en sexto, ya se va.

“Después Arturo apareció por la puerta de su casa con chichón enorme. Dijo que entre dos niños de su salón lo habían volteado de cabeza y dejado caer al suelo”, comentó.

Esa fue la única vez que a Brenda le hablaron de la escuela para que fuera a recogerlo.

“Pregunté a la maestra ¿dónde estabas tú, dijo es que tuve que salir un momento y les dije a los niños que no pelearan, le dije ¿por qué los dejaste solos, el reglamento dice que no los puedes dejar solos?.

“El reglamento de los maestros es bien específico: no puedes dejar solos a los niños, tienes que dejar encargado aunque sea al conserje, pero a un adulto con los niños y no puedes estar hablando por celular en clase y era lo que ella hacía. Arturo me dice que ella se enojaba porque hacían ruido, cuando estaba hablando por celular.

“La maestra Mayela, dice Brenda, acostumbraba además tomar fotos de los niños del grupo, sin autorización de los padres, y subirlas a su cuenta de facebook.

“Un día la profesora compartió una imagen en la que aparecía Arturo con sus anteojos, al lado de otros dos niños de gafas y debajo una leyenda que decía mis cuatro ojos.

Mi hijo vio la foto y ya no se quiso poner los lentes, a la fecha no lo hace”, relata Brenda.

En su declaración la profesora Mayela desmiente lo dicho por la madre de Arturo y asegura que jamás se ha burlado de nadie por usar antiparras.

Arturo, el niño extrovertido, sociable y con alta autoestima, se tornó de pronto en un chico triste, cabizbajo y sin interés por la escuela,

No quería ver la televisión, se negaba a salir a jugar, empezó a dejar de comer y a deprimirse.

Su conducta era desafiante y violenta

“Le decías Arturo no hagas esto, y contestaba ¿por qué no?”, cuenta Brenda.

Su psicóloga le diagnosticó trastorno de negatividad desafiante, que es descrito por la Asociación Americana de Psiquiatría, como un patrón continuo de comportamiento desobediente, hostil y desafiante, hacia las figuras de autoridad, el cual va más allá de la conducta infantil normal.

“Era inquieto e hiperactivo, pero no violento. Ya el niño pasaba y te pegaba por la nada, ya no había respeto hacia papá y mamá”, dijo.

Con el tiempo Arturo comenzó a mostrar conductas autodestructivas: se mordía las uñas, se jalaba el cabello y se hacía cortadas en las manos con el filo de un rastrillo.

“Yo lloraba mucho, ¿cómo es posible que un niño a los siete años tenga problemas de depresión? Le decía que no hiciera eso, que lo queríamos mucho, que Dios lo amaba ¿cómo te ayudo?, ¿qué sientes?, ¿por qué lo haces? le dije y él nada más contestaba es que no sirvo para nada”.

Una tarde Arturo llegó llorando de la escuela.

Dijo a sus padres que ya estaba cansado, que ya no aguantaba más y les contaría todo.

Ese todo era lo que le había dicho la maestra desde el inicio del ciclo escolar: “eres un inútil, un tonto, a qué vienes a la escuela, no sabes leer ni escribir, mejor salte, no sirves para nada y eso provocaba que Arturo se fuera al patio”.

Al día siguiente Brenda se dirigió a la dirección de la primaria para quejarse.

Brenda cuenta que días después la maestra Mayela enfrentó a Arturo delante de sus compañeros de grupo llamándolo chismoso, pinche puto y maldito.

La maestra Mayela declara en el expediente 114 /2014 que esta versión es falsa.

Habla Brenda, la madre Arturo:

“El niño regresó a mediodía y me reclamó ¿para qué decías todo lo que te conté?, la maestra se enojó mucho y me gritó muy feo en el salón. Me dijo que por mi culpa la iban a correr. A partir de ahí la profesora Mayela ya no nos dio la cara, nunca”.

Epílogo

Arturo no volvió más a la escuela Pablo L. Sidar, por recomendación de sus psicólogas y sus maestras de apoyo extraescolar.

Sus padres intentaron colocarlo en algunos colegios privados como el Continental y el Isaac Newton, de los que fue rechazado por considerarse un niño problema.

Finalmente consiguieron inscribirlo al segundo grado en el Colegio Carlos Pereyra, donde, gracias a la ayuda de sus maestras ha conseguido estabilizarse emocional y académicamente.

Lee y escribe bien y ha alcanzado un promedio en sus notas de 8.8.

Hoy alterna sus actividades escolares con la práctica del tae kwon do y sus terapias psicológicas

La maestra Mayela pidió su cambio de la primaria L. Sidar y fue nombrada inspectora de zona escolar.

Sale adelante

Karla López, la directora del colegio particular Carlos Pereyra, habla sobre los avances que desde su ingreso en esta institución ha registrado Arturo Ruiz Zavala, el niño que el año pasado presuntamente sufrió de bullying por parte de una maestra de la escuela Pablo Sidar.

“Venía muy triste, desanimado, sin ganas de vivir. Era el único niño en todo el colegio al que le decías buenos días Arturo, ¿cómo amaneciste?, y contestaba mal, y yo ¿por qué?, decía no quería venir, estoy muy triste, no me gusta la escuela, me dan miedo los maestros”, comenta la titular del plantel.

Poco a poco y con el apoyo de sus maestros y de distintas terapias psicológicas para elevar su autoestima, Arturo logró convertirse en alumno regular participativo y plenamente integrado con sus compañeros de grupo.

Podría decir que estamos hablando de otro Arturo diferente al que llegó. No quería hablar, no quería leer ni escribir. Le tuvimos mucha paciencia y tolerancia, pero con ayuda de sus maestras pudimos sacarlo adelante, porque venía con muchos miedos.

No fue Bullying
Semanario buscó a los directivos de la Escuela Primaria Pablo L. Sidar, a fin de que dieran su versión sobre la historia de Arturo Ruiz.

Una maestra de este centro educativo informó, fuera de grabación, que el personal no estaba autorizado para dar declaraciones en torno a este asunto.

Sin embargo, aclaró que no se trató de bullying y que en este plantel no se ha presentado hasta ahora un solo caso de acoso escolar.

“No fue bullying, entonces no sé qué es lo que van a sacar ustedes ahí, porque no fue bullying, fue una cosa delicada sí, en la que se manejó información que no era”, dijo la profesora.

 

 

 

Fuentes: Posta/Semanario/Vanguardia

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