Lunear la palabra

 

 

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Mujer en la terraza

 

Arturo Núñez Alday

 

 

“- Adiós, dijo el zorro. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
Lo esencial es invisible para los ojos – repitió el principito para acordarse.”

“El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry

 

Desde que te quedaste sola, con excepción de las tardes de cine, teatro o copa de vino con amigas, el ritual crepuscular inicia con el disfrute del café veracruzano que prefieres. Mientras lo bebes, eliges alguna música suave, ad hoc para tus sesiones contemplativas. También preparas la botella de vino, porque invariablemente apeteces alguna copa después del café, cuando te dispones a entrar en la fase más profunda de tu ensimismamiento.La terraza te espera, Violeta, y tus gatos también. Parece que a los mininos les gusta acompañarte en tus sesiones meditativas poco ortodoxas, en las que entremezclas las respiraciones profundas con los sorbos de café; o tus mantras predilectos con un trago de vino, o bien, si te pones intensa, con fumaditas de mariguana, de esa que te acarrea tu amante eventual, aquel con el que intentas despertar tu energía kundalini que duerme en el muladhara, el primero de tus chakras.

Una vez que la tristeza por la muerte de tu marido se fue deshilando con el tiempo, decidiste que usarías tu libertad para colaborar en la transformación del mundo partiendo de tu transformación interior. Todos estamos entrelazados, los vasos comunicantes son nuestros pensamientos y nuestras vibraciones energéticas; aprendiste eso como una máxima central de tu nueva postura ante la vida y lo repites cada que puedes en los círculos que frecuentas. Más aún, esa idea es el eje de tus meditaciones por la paz del mundo, por las mujeres violentadas, por las víctimas de las dictaduras, por la naturaleza que nos empeñamos en destruir o por aquellos que eligen la diferencia para vivir dentro de ella: neohippies, anarquistas, naturistas, feministas radicales, anticapitalistas globalifóbicos, homosexuales, lesbianas, bi, trans, pansexuales, autosexuales y demás. Tienes la firme convicción de que, postrada en lo mullido de tus cojines con estampados hindúes, eres capaz de mover energías que ayuden a transformar a los otros y al estado de las cosas. Como curiosidad intelectiva, se te ha ocurrido que tus gatos son en realidad almas viejas que cumplen su destino sagrado acompañándote, pues son los únicos capaces de estar contigo en tus silencios y entender tu lucha aparentemente pasiva a favor del mundo. Los felinos, así como tú, son una neurona más del universo y tu conexión sináptica con ellos no depende de racionalizaciones inútiles. Por eso cuidas y procuras a tus mascotas con el mismo amor que ofrecerías a los hijos que no tuviste. Arnoldo siempre quiso un heredero, pero algo anduvo mal en su esperma y no fuiste capaz de tomar el de otro, lo que no significa que no te hayas deslizado algunas veces por el vibrante tobogán de la infidelidad, sobre todo cuando tu esposo enfermó y ya no pudo ayudarte a liberar la energía de tu chakra sexual o perineo, acción indispensable para no poner presas al camino de tu evolución espiritual, solías decir. Ahora, sin Arnoldo y con tu instinto sexual en mengua, consumes la mayor parte de tu energía en ti, y desde ti hacia los demás.DeepakChopra, presumes, te ha ayudado a comprender que si una célula se agita dentro de tu cuerpo el universo entero se mueve, y si sucede que un aleteo de duda le da a tu semblante un color de melancolía, vas al estante y tomas “El libro de los secretos” de tu autor de cabecera.

Esta tarde la luz te parece maravillosa, especial, con esos tonos de otoño que dan a cada árbol la calidez y el sosiego que sientes al sorber el café. Siempre has gustado mejor de la luz que precede al ocaso, tan hermosa como efímera; la luz matutina tiene proyecciones tan intensas que enervan tus sentidos y te invitan al movimiento. El crepúsculo, en cambio, va a tono con el ritmo profundo de tu respiración, el amarillo de tu vestido y los colores de tu noción privada de lo divino. Has decidido no salir de casa y solicitado a tu amante ocasional que no insista en verse contigo, puessientes el llamado urgente de muchos hermanos que sufren. La música persa antigua elegida para hoyy tres fumadas a un porro te llevan lentamente hacia adentro, tanto que tu mente vaga por altas montañas y puedes ver sábanas de nubes tendiéndose en las cañadas, no hay calor ni frío, ni estridencias que enturbien tu paz. Desde ahí, al convertirte por completo en tabula rasa, lo único que emerge de tus labios y acompaña rítmicamente el fluido de tu respiración es el mantra “Om Shree Krishanayee Asurakrant Bhar Harini Namah”, uno de tus preferidos para alejar y silenciar a tus enemigos, que en esta ocasión son los enemigos de todos aquellos para los que hoy trabajas desde la terraza con la ayuda de los gatos, que entrecierran los ojos al sentirse transportados por las vibraciones de tu voz y el cuenco de cuarzo que manipulan tus manos.

Si los escépticos y aquellos que se burlan de tus tendencias místicas supieran quiénes son los adversarios de este día, digámoslo así para ser políticamente correctos, seguro te venerarían como tú al Buda de piedra bonachón que te mira desde la esquina. No piensas en los nombres de estos rivales del mundo, el conjuro energético no requiere que lo hagas; pero antes de iniciar tu sesión sí pensaste en ellos y sus tropelías. Hablamos de un tal Bolsonaro, empeñado en terminar con los aborígenes de la selva amazónica para dejar entrar el capital y explotar esa riqueza natural que nos protege del colapso; de un tal Piñera, enfrentando a tiro de carabineros una revolución juvenil que le estalló de pronto y dejando ciegos a docenas; de una cuadrilla de fascistas en Bolivia, reprimiendo indígenas y declarando que la Biblia ha vuelto al palacio de gobierno; de los desalmados que aumentan las estadísticas de hombres y mujeres muertos o desaparecidos en tu país, en cuya bandera resalta el rojo sangre sobre el verde y el blanco; del presidente haitiano JovenelMoise, que carga con muchos difuntos por su represión a uno de los pueblos más pobres del mundo; y claro, de  igual modo nos referimos al más estúpido y racista presidente que han tenido los estadounidenses, pelirrojo chupasangre de latinos. También hablamos del vecino de tu calle que amenaza con estrangular a tus gatos si continúan defecando en su jardín, de los dueños de Monsanto y su glifosato cancerígeno, de tu hermana Cuca que reclama para sí parte de la herencia que te dejó tu madre, de la perturbada Laura Zapata y sus ataques a una diputada obesa y, en fin, de todo aquello que pone en riesgo tu frágil equilibrio y la mayormente débil armonía del mundo.

Llega un momento en que flotas, abandonas el mantra en el aire y apenas escuchas la música de fondo. Ni siquiera reaccionas ante uno de los gatos, que ha concluido primero que tú la sesión meditativa y busca tu regazo encajando sus patas delanteras sobre tus piernas. Si pudieras ahí te quedarías, en esa región sin tiempo y malestares; volver al mundo es un poco triste y solo tienes la fe para creer que en verdad vale la pena tu esfuerzo hacia los demás. Sin embargo, basta una pequeña ráfaga de aire o la insistencia de tu minino para que en algún momento te conectes de nuevo y vuelvas desde el lugar al que has viajado.Primero lo haces con tu respiración, poco a poco con las sensaciones de tu cuerpo y, al abrir los ojos, con la conciencia plena de que estás sentada frente al Buda en la terraza de la casa, de que ha oscurecido y tal vez sea hora de silenciar la música persa, ir a darte un baño y disfrutar de la maravillosa sensación que te domina y durará tanto como quieras, claro, mientras nadie te llame por teléfono para comunicarte el secuestro de un ex rector de una universidad o de tres tipos asesinados frente a un taller mecánico en una avenida céntrica; y mientras no prendas el televisor o tomes el celular para ponerte al día.

Quédate ahí, contigo. El mundo es el de siempre, pero ten al menos la esperanza de que lo hayas mejorado un poco. Da de comer a tus gatos y, si puedes, riega las plantas porque ha dejado de llover. Goza de este paréntesis como sabes hacerlo, en ti habita hoy el paraíso. Mañana al abrir los ojos, deberás continuar, Violeta.

 


 

Digresiones de otoño

 

Digresiones de otoño

 

Arturo Núñez Alday

 

 

Al Gabo

El señor García Márquez tuvo un desvanecimiento después del desayuno. Su presión sanguínea bajó. La opresión en el pecho asustó a su mujer, quien llamó de inmediato a un taxi.

Rumbo al hospital pasaron por un parque, en el que alcanzó a ver a un viejo con unas alas enormes; se sobresaltó. Un poco antes de llegar, quedó ensimismado con el perfil del taxista, un joven tan dulce y amable que le pareció conocido. Preguntó su nombre. “Soy Ulises”, respondió el muchacho. Se sobrecogió aún más.

Lo atendieron diligentemente. Al poco tiempo se sintió mejor. La enfermera que lo atendió, bellísima y llamada Remedios, desapareció entre los ángeles de bata blanca después de guiñarle un ojo y dejar su perfume disperso por los pasillos.

Durante el regreso, al detenerse ante un semáforo, una mujer extremadamente senil lo saludó desde una banca en la acera. Antes de que el auto reiniciara su marcha, supo que era Úrsula Iguarán, por el calor intenso que experimentó. Al llegar a casa vio que por una ventana entraban y salían mariposas amarillas. “¿También tú has venido por mí, Mauricio Babilonia?” Antes de ingresar, alcanzó a ver al coronel Aureliano Buendía, solitario y retraído en la esquina de la calle. Le sonrió melancólico.

Los personajes que tanto quiso regresaban a comunicarle su destino. Intuyó que cuando se topara a Melquiades con un pergamino abierto en sus manos, sería la hora de partir.

Los últimos días pasó las horas mirando los ojos de su esposa, quien se arrobó con tanta ternura inusitada.

 

DESVELO

A Rulfo

Los ladridos de los perros vienen desde muy lejos. Aun así, ya van dos noches que me despiertan a medio sueño. Me revuelvo en la cama, inquieta como chinicuil en comal. Es inútil, no logro dormir de nuevo.

Es ella, Dolores. Quiere que acompañe a su hijo a platicar con los muertos.

Mientras me preparo un té de tila escucho los cascos de un caballo que pasa resoplando por la calle. Debe ser el cuaco de Miguelito Páramo que no puede con su tristeza y corre para ver si la sacude de su cuerpo. Me asomo para verlo y no lo veo, pero sé que lo jinetea la muerte.

Subo a mi cuarto. Después de un silencio largo que me atraviesa el cuerpo como un temor caliente, escucho a Juan Preciado saltar la barda de mi casa y, quién sabe cómo, subir hasta mi balcón. Me encuentra con el libro en las manos, escuchando los murmullos que lo aniquilan, preguntándole a los difuntos si de alguna manera siguen vivos. Me toma de la mano y me dice que si me animo a acompañarlo tendría fuerza para revivir, para que luego refundemos juntos la Media Luna. Naturalmente, me niego, porque en cuanto amanezca tengo que llevar a mi niña a la escuela. Además, Comala queda lejos, tanto, que los ladridos de sus perros son como ecos antiguos que viajan por el aire para prevenirnos de que Pedro Páramo aún recluta hembras por estos lares y estos tiempos. Tiemblo de miedo un poco; tiemblo por nosotras dos, tan solas. Me asomo al cuarto de mi hija para cerciorarme de que descansa tranquila.

El té de tila ha surtido efecto. Me despido de Dolores, y en la página 81 suelto de la mano a Juan Preciado para ir a dormir un rato. Antes de cerrar el libro, lo vi soltar una lágrima que humedeció el papel.

Sueño con él hasta el amanecer.

 

AYOTZINAPO

A los 43

Tenía un nombre, y derecho a respirar, a beber, a besar; ejercía mi facultad de discernir, bordaba sueños, construía un horizonte; había un lugar para mí, dos o tres caminos que elegir, una madre buena y muchas montañas como nodrizas. Era dueño de un presente que lanzaba mi nombre hacia adelante, nubes blancas invitándome a su viaje.

Una noche, todo cambió, un instante aciago dentro de esa noche

La boca de una bestia rabiosa mató las sílabas que en unión amorosa me dieron nombre por años; solo me dejó: ayotzinapo, una palabra fusil, una bala de letras quemando todos mis matices. Ya no Juan y sonrisa; ya no Pedro y travesura; ya no Manuel y canción. Todos ahora ayotzinapos, ceros a la izquierda huyendo de la metralla, delincuentes sin delitos, ángeles mestizos desalados y desaparecidos en su mismo cielo.

Nunca volvió a amanecer para nosotros. Al final nos quitaron hasta el mote que a pesar de todo nos daba identidad, raíz, asidero a una tierra. Hoy somos un número extraviado entre el uno y el cuarenta y tres, el balbuceo de un alzhéimer colectivo, el silencio que se avecina sobre una tumba sin asiento.

No sé si he muerto o estoy vivo, pero debes guardarme en el corazón de tus ojos, gritarme en las calles; contigo seré voz y barricada hasta que a la bestia lo ahogue su corbata.

 

PUREZA

A la inocencia

En noviembre suelen visitarme los ángeles.

Ayer se filtraron en mi cuarto en algún momento de la madrugada, justo en medio de un insomnio, entre el sueño y la vigilia. Me cantaron dulcemente y pude dormir con placidez, aunque poco antes de amanecer su inquietud me despertó definitivamente. No pude evitar que se colaran conmigo a la ducha, pícaros; se divirtieron de lo lindo con la crema de afeitar, les encantó verme trazar caminos en mis mejillas con el rasurador. Después, durante el desayuno, arrugaron las narices manteniéndose a distancia; parece que les desagrada el tufillo de los huevos estrellados y la acidez del jugo de naranja. Mientras yo me alimentaba, ellos se entretuvieron jugando con el perro y algunos otros hojeando una revista de National Geographic. Cuando salí de casa para ir a mi trabajo, alborozados, subieron a mi auto en el asiento trasero. Asomaban la cabeza por las ventanas del auto, como niños; el aire, que es su elemento, les sienta de maravilla.

Al momento de encender la radio y sintonizar el noticiario matutino, agitaron sus alas  escondiendo sus rostros detrás de ellas. Como subí el volumen para escuchar mejor las noticias sobre crímenes, gobernadores criminales que huyen y el aumento al precio de la gasolina, no soportaron más y saltaron por la ventana como alma que lleva el diablo.

Los entiendo, se trata de mantener la pureza.

 

HERMES, EL BESO

A los que parten

¿Recuerdas nuestro primer beso? Sabía a fresa, raíz cuadrada, enunciado bimembre y a recreo. Alado, recorrió primaveras, veranos, otoños; fue chimenea en muchas navidades. Aún nos acompaña en este invierno que nos encuentra juntos. Dámelo otra vez, amor, aunque ahora sepa a manzana hervida, a camino andado y sal de mar, y un poco a exilio. Lo llevaré como alimento en el último viaje.

 



 

 

Mis muertos

 

Arturo Núñez Alday

 

 

La muerte no está extinguiendo la luz; solo está apagando la lámpara porque ha llegado el amanecer.

 Rabindranath Tagore

 

Es dos de noviembre y estoy sentado a un lado de la ofrenda brindando con mis muertos. La boca de una botella de tequila añejo, el favorito de mi abuelo, ha probado mis labios y supongo que los suyos, porque si por una razón principal volvería aquel viejo lindo, sería para posar sus ganas en esa boca de vidrio tan amada y plena de aromas. La calabaza en dulce ya supo también de mis dientes y de la dulce mordida invisible de mi abuela, quien con almíbares compensó en vida las penas que le tocó vivir, que no fueron pocas. Las tabletas de chocolate criollo han recibido los besos virginales de mi querida tía Clarita y los míos.

Sé que mis muertos no tendrían que venir cada noviembre a departir conmigo y recibir mi ofrenda; no necesitan hacerlo porque los tengo siempre aquí, cada uno en su cuadro en la pared, con su eterna mirada socarrona. Los quiero tanto porque no me juzgan, no vigilan mis pasos ni merman mi peculio, ya que no piden nada. Callados, me miran desde la bonhomía que parecen adquirir todos los muertos al empezar a serlo, ayudados por la bondad propia de los recuerdos de quienes seguimos vivos.  Para amarlos basta poco: mi amor, un trapo viejo, algún plumero, unas cuantas flores de vez en vez, eso y menos necesitan para seguir contándome sus historias por las tardes, cuando las cosas no van bien y requiero charla, compañía. Entonces se desatan con su andanada de evocaciones; vieran cómo gozo el anecdotario. Revisamos  álbumes de fotos, diplomas, videos e incluso recortes de periódicos, porque debo decirles que entre mis difuntos hay quien conoció alguna fama y se codeó con el glamour. En ocasiones bebemos juntos, especialmente lo hago con el abuelo, que baja desde su lugar en la pared, justo en el rellano de la escalera. Le encanta compartir conmigo su tequila predilecto. El problema es que a él no se le sube el alcohol a la cabeza como a mí, sigue firme, con su mirada recia y el bigote airado. Ya medio borracho le cuento mis cuitas hasta que vació por completo mis frustraciones y dolencias, todo chillón y compungido. Entonces veo cómo el anciano relaja el entrecejo, humedece sus ojos y me dicta en silencio las dos o tres sentencias en las que compendia los secretos fundamentales para vivir. Avanzada la noche terminamos la tertulia y lo llevo a su pared; es un muerto viejo y me hace pensar que el reposo es la condición esencial para transitar su eternidad, lo que tal vez no suceda con aquellos que tuvieron la desgracia de morir jóvenes e insatisfechos.

A un lado del abuelo está mi tía Clarita. Murió de amor y sin amor hace nueve años. Siempre fue mi adorada alcahueta, cuando niño me daba los dulces y refrescos de cola que mi mamá me negaba. Por un tiempo mi madre eligió el vegetarianismo para mi familia. Era mi tía quien me proveía en secreto de las salchichas y el jamón serrano que tanto me encantaban. Con apenas cinco años mi ruego la conmovía: “Una salchichita tía, sólo una”. Arremetía furibunda contra mi madre a la voz de: “Los estás matando de hambre, ingrata”. Ahora baja a tomarse un rompope conmigo mientras le platico las peripecias de mi vida. A veces me pregunta sobre la telenovela de moda y le cuento la trama completa, o se la invento. Le gustaban y siguen gustando tanto los melodramas, que por eso la ubicamos justo frente al televisor de la sala. Tal vez sea efecto de la luz vespertina que se filtra por el ventanal, pero las mejillas se le enrojecen de emoción cuando inicia la telenovela  de las seis. En una ocasión, quizá mareada por el rompope que ella ni bebía pero yo hacía el honor de gustar a su nombre, me confesó haber partido virgen, dignamente impoluta. Me compadecí sinceramente de ella, yo, que bien sé cómo da rosas un cuerpo de mujer en las manos artesanas de un hombre que sabe labrar esa tierra con aplicación y paciencia. Pobre tía, si al menos una vez hubieras sido la heroína de una historia de amor en la que te escapases con un hombre, sin importarte el destino ni la sentencia de tu madre de que la cruz del Señor rodaba por los suelos, tu retrato en la pared tendría una pincelada de luz en los ojos y algo de malicia en la tímida sonrisa.

Un escaño arriba del abuelo está ella, la más grande y omnipresente, la tierra de donde emergió el tronco de la familia: mi querida abuela, de nariz arrogante y ojos agudos de noble inquisidora. Solo baja a dialogar conmigo cuando requiero de una mano firme que me indique el camino, una vez agotada la reserva de fuerza que su mirada me provee. Evito beber y llorar con ella mientras escucha atenta mis confesiones. En ocasiones platicamos hasta la madrugada y cuando la comisura derecha de su boca dibuja un ensayo de sonrisa y el ojo izquierdo empequeñece con un brillo húmedo, significa que ha perdonado mis devaneos, mis abandonos. Ella es la muerta que mi amor imagina como un cielo, pues su presencia abarca y cubre todo.

Quien no ha terminado de fallecer en esta casa es mi padre, por eso aún no coloco su retrato en la pared. Murió hace poco y no se dio cuenta que había muerto. Un minuto antes de partir hacía planes para recomponer el mundo y entregárnoslo mejor cada día. El pequeño espacio que le tocó habitar era una fábrica de esperanzas en las que a diario sembraba y me enternecía su vocación para creer en la justicia terrenal tanto como en la divina. Humano como era, con grandes defectos y mucho tiempo amante excesivo del vino y la canción, fue el hombre más franco y honrado que pude conocer. Temo no estar a su altura, por eso a menudo le confieso a mi abuela mis inquietudes y equívocos, sobre todo en el terreno amoroso, sobre el cual corren mis ganas como en estampida, sin bridas y sin cercados. Para recordar a mi padre aún preciso de lágrimas que acompañan a las que mi madre vierte por él con más frecuencia que yo. Cuando sea por completo un recuerdo que no moje mi cara, colgaré su retrato en la pared y me dispondré a tener largas charlas con él, porque no basta una vida para decir todo lo que un hombre debe decir a su hijo, o un hijo a su padre.

No deseo morir aún; no debo. Pero hay un espacio en la pared donde quiero que cuelgue mi retrato cuando me retire de la vida: junto a la abuela, entre ella y mi padre tal vez. Siento una calidez amable al pensar que ahí pernocte mi alma para siempre. Hace poco fui a tomarme la fotografía, quiero ser un muerto joven en la pared, para que la abuela tenga ganas de consolarme y acariciarme eternamente. He dado indicaciones a mis hijos para cuando suceda; a mi esposa no, teme a la muerte y la rehúye a diario a través del gimnasio y cremas rejuvenecedoras.

Mi perro está postrado a mis pies, lo miro viejo y cansado. La lógica dice que morirá primero, pero lo cierto es que vive como si fuera eterno. Estoy seguro de que él siente la presencia de nuestros muertos igual o mejor que yo, por eso cierra sus ojos y estira el cuello con expresión de gozo pleno; debe ser la tía Clarita, quien lo amó tanto, que le acaricia la testa como lo hacía a diario sentada en su mecedora en el corredor de la casa.

Es verdad que en mi hogar mis muertos no fallecen, duermen, cada uno en su retrato, cada cual en su mirada. Cuando la luz irradia en sus rostros, sonríen agradecidos porque se vuelven evidentes. Si alguna vez entras a mi hogar, abres las ventanas y puertas, corres las cortinas y saludas, un rumor como de vientecillo agudo recorrerá todas las estancias. Son ellos, alegrándose. Ellos, que sólo se dedican a estar, como lo hacen las plantas y los gatos, y las arañas patonas en las esquinas altas de los cuartos.

Hoy están especialmente vivos mis muertos, encendidos sus ojos y su piel por la luz de las veladoras de la ofrenda. Noviembre los descubre hermosos y rebosantes de una energía que me envuelve. Yo quiero mucho a mis muertos.

 

 



 

 

La tua fragilità, Julieta

 

Arturo Núñez Alday

 

 

“Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando

no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”

Joaquín Sabina

 

 

Su fragilidad, respondió cuando le preguntaron respecto a lo que más le gustaba de ella. Y tiene un no sé qué, un aire ausente, como si tuviera al mar siempre enfrente  y esperara ver llegar un barco con noticias del mundo, agregó después de que un suspiró metió frío en su pecho. Además, es tan sensible que la he visto llorar mientras devora con sus ojos El túnel de Sábato, continuó diciendo para redondear su respuesta.

Genaro fue quien puso la novela en sus manos y después no estuvo seguro de que hubiera sido bueno. Al escucharla decir que ella tampoco se entendía con el mundo, como Juan Pablo Castell, el protagonista de la historia, sintió una profunda compasión por ella y, además, sintió quererla más que antes, con esa devoción protectora que surge en muchos hombres ante una mujer que tiene “el palpitar de un ave en agonía”, dijera un poeta. Fue él quien se propuso sacarla de ese encierro, de mostrarle las ventajas de reír ante el mal tiempo y encontrar asideros en los días de sol o las tardes nubladas; convencerla de que el mundo no es perfecto y estaba muy lejos del alcance de un solo ser humano poder cambiarlo. A eso destinaba las horas de las tardes que pasaba con ella y escuchaba fanfarrias si lograba sacarle una sonrisa. Si ella hablaba de las penas y tragedias que sufren los migrantes, él contraponía historias de éxito de muchos exiliados; si ella se quejaba de su condición de ser mujer y sufrir la violencia que pesa sobre su género, le decía que las revoluciones modernas las estaban haciendo las mujeres y hablaba de lo mucho que han logrado; si ella peleaba con la idea de un dios clemente que nos depara un reino de bondad, él compraba helados de sabores y, jocoso, la invitaba a saborear bondades de fresa, pistache y chocolate. Y Genaro se acostumbró a que en el sexo los gritillos de placer de Julieta fueran acompañados de lágrimas que después del orgasmo se volvían caudales, una especie de ríos por los que navegan góndolas sin gondoleros ni enamorados.

Es una mentira que haya historias de amor en las que los dos permanezcan intactos en su individualidad, que nada se transforme en uno y otro con el paso de los días y sigan ondeando dos banderas distintas después de batallas amorosas de meses. La mejilla de ella pareció echar raíz en el hombro de él, y sus manos de lirio desmayado se aferraron tanto a la espalda masculina que a esta le nacieron lianas que lo ataron a las paredes en las que Julieta colgaba su nostalgia. Por eso Genaro fue perdiendo su encanto de gorrión en coro permanente y se tornó un cielo seminublado del que solían llover espesas lágrimas por la tarde sin que nada lo anunciara, como pasaba con ella. Y se aficionó al chocolate amargo, al café sin azúcar y a las canciones tristes, a despertarse tarde y a la duda, la noche, la calma, al crepúsculo en vez de los amaneceres y los silencios en lugar de las canciones; a escudriñar la vida en busca de polvo sobre los muebles y lavar sus manos cincuenta veces en el día, a no soportar una sola arruga sobre la colcha de la cama y a convertir una simple merienda en un ritual tedioso de cubiertos y cristales.

Julieta ganó terreno en ese juego del amor al que nos entregamos como un sacrificio y Genaro cedió un gran tramo de su fortaleza de sonrisas y optimismo. Lo extrañaron en las calles y los bares que acostumbraba pisar. Incluso una damita, cuya voz hacía recordar el canto de un estornino, cejó en su intento de meter a Genaro en su jaula, pues el chico, antes rubicundo ruiseñor, prefiere ahora el jardín lleno de lánguidos lirios donde Julieta pasea, taciturna y pálida.

Con los restos sanguíneos que le quedaban, un día Genaro le propuso matrimonio. Habló de hijos, de futuro, de vida. Ella no dibujó una mínima emoción en su rostro. Ya no valía la pena ni era responsable traer hijos al mundo, respondió, y para qué casarnos si no alcanzo a ver el futuro. Algo se congeló súbitamente en el pecho del él. No me entiendo con el mundo, Genaro, ya lo sabes, sentenció ella.

Su fragilidad, que tanto lo atrajo al inicio, le pareció ahora una acuarela triste; su voz, el más desconsolado nocturno de Chopin. Quiso luchar y puso nuevamente un sol en sus ojos y una pieza cromática de Wagner en su voz. Arremetió con furor, como el director de una orquesta intentando que su batuta despertara a una orquesta desangelada y casi muerta. Se rindió cuando ella pronunció las frases lapidarias: “No estaré mucho tiempo aquí, Genaro. Siempre he creído que no soy de este tiempo. Tu amor me riega a veces, pero luego reseco como un páramo. Eso soy, una tierra yerma que está más cerca de la muerte que de la vida”.

Su fragilidad, supo Genaro, era una barcaza sin remos navegando por los rápidos de un río furioso.

“Acompáñame, amor mío, demos fin a este engaño de los sentidos. La vida está fuera de aquí, tú lo sabes. Cada día es un episodio de tormenta y ni tu amor me salva; al contrario, duele. Si no te tuviera podría retirarme sin pena, pero aumenta mi angustia saber que escalaste mi balcón y estoy a punto de dejarte solo en él, sin una enredadera por la que bajes y escapes. Hay un abismo dulce esperándote sobre el buró de mi cama, si tú lo bebes después de mí, me alcanzarás. Te espero en el camino, mi amor. Como te prometí, he sido tuya hasta la muerte”.

Tenía claro que ese día Julieta se encontraba sola en su casa. La llamó desde la calle con insistencia pero no contestó. Ingresó sin dificultad al encontrar la puerta abierta y se dirigió a su recámara. Halló la carta en el buró, junto a un frasco de tranquilizantes con la mitad de su contenido original. Ella estaba inconsciente, con la misma palidez sepulcral que lo enamoró. No lo pensó. Se dio cuenta de que aún había pulso de vida en ella, quien apretó su mano como señal de que lo esperaba. Decidió alcanzarla y bastó un vaso con agua para beber el resto de las pastillas. Antes de perder la conciencia dijo en su oído cuanto la había amado y que debían continuar lo suyo en otra parte. Besó a Julieta y poco a poco se fue hundiendo en el sopor.

El azar, ese misterio que nos lleva y nos trae, quiso que el hermano mayor de Julieta llegara a los pocos minutos. Los descubrió rápidamente. Llamadas telefónicas, ambulancias, los padres de ambos rumbo al hospital. Algo en ella la hizo reaccionar, como si asuntos pendientes la devolvieran al mundo. Al poco rato, semiconsciente, vomitó restos de las pastillas y los deseos de muerte que la llevaron a tomarlas. Genaro, al contrario, se entregó completo.

Cuentan que los ruiseñores, cuando pierden el canto, saber morir sin demasiados aspavientos.

Semanas después, frente a la tumba de su enamorado, Julieta tenía una expresión extrañamente neutral. Cualquiera diría que no había demasiado dolor en ella; ausencia, solo ausencia. Pálida y bella, tal vez más que antes, dibujó una levísima sonrisa cuando se retiró del cementerio, tan pequeña que hubiese sido necesario conocerla durante años y estar muy cerca de su rostro para detectarla. Si escudriñáramos un poco incluso habríamos podido percibir un nuevo brillo en sus ojos, como si la muerte y no la vida, la dotara de esos destellos paradójicamente vitales.

Tiempo después, un primo lejano suyo que volvió de estudiar arquitectura en el Politécnico de Turín se sintió irremediablemente atraído por la sua fragilità. Sus padres vieron esperanzados y con buenos ojos la posibilidad de que surgiera algo entre ellos. Julieta debía continuar con su vida después de la tragedia.               El joven arquitecto, que aún no desempacaba las maletas traídas de Italia, no resistió a su encanto y no aminoró su ánimo por conquistarla cuando la escuchó decir lo que él pensó era solo una esplosione di malinconia: “Roberto, soy una mujer que no se entiende con el mundo”. Nuevamente aparecieron en su rostro el extraño brillo en la mirada y aquella levísima sonrisa en su boca. Extasiado y prendido de la sua fragilità, él no pudo darse cuenta.

 



 

 

Ya’ax, leoncito de Bavaria

 

Arturo Núñez Alday

 

 

A Yuliana Neri Arriaga, gaviota en reposo

(Aconsejo acompañar los dos primeros párrafos con Almost blue y los dos últimos con Every time we say goodbye, ambas melodías de Chet Baker. Culpo por esta intromisión musical a un tal Rocato)

El día amanece nublado. La primera indagatoria en internet me pone en contacto con una sugerente melodía de Chet Baker. La comunión entre la trompeta, el piano y la voz es una triada acústica perfecta para una mañana que no promete mucho sol. Almost blue recoge amorosamente mi modorra y la convierte en una de esas melancolías afortunadamente gozosas. Al mirarlas por el ventanal las nubes pesadas me regalan una bella escala de tonos blancos y grises amables. Disfruto la delicia de no tener prisa para nada que no sea preparar un café y continuar la lectura de la novela en turno, o seguir en mi romance con la almohada que también sabe que es sábado y por ello está dispuesta a soportarme un rato más.

Agradezco la manía de un gran amigo que cada mañana madruga a buscar en la red alguna música que nos eduque en el exquisito oficio de escuchar la belleza. Hoy nos propone esta hermosa pieza de jazz y con ella decido, después del paraíso del café, vérmelas con el teclado para intentar un registro escrito de alguna de las sensaciones e ideas que arrastro desde un sueño de ocho horas limpias y apacibles. Deslizo la manos y, solas, como si hubieran escrito mil veces lo mismo, escriben: “Ya’ax nacerá fuera de casa, en la pintoresca isla de Lindau, en la región de Bavaria, Alemania”.

Me detengo y pienso en la serie de circunstancias que tuvieron que engarzarse para que Ya’ax, que navega airoso en el vientre de Yuliana, su madre de hermosos ojos de asombro y expresivo cuerpo danzarín que revienta cualquier tipo de indiferencia, fuera fabricado el pasado mes de febrero en Cuernavaca, subido a un avión en mayo y esté a punto de nacer en noviembre lejos de nuestros verdes y azules tan codiciados en otras partes del mundo, pero también de nuestra pólvora cotidiana y nuestras portadas rojas de periódico, de los caminos cementerios y las calles que desaparecen a nuestras mujeres, y de la ladina indiferencia hacia los artistas que se ofrecen al arte compromiso y al arte indagación. Se me ocurre que Ya’ax es un conquistador y ha elegido tierras bávaras, junto al gran león que resguarda la ciudad de Lindau a la orilla del lago Constanza, para crecer fuerte y noble bajo el auspicio de su nombre maya y la sensibilidad de sus padres. Ya’ax es la metáfora del peregrino que busca mejor tierra y un faro de luz que lo defienda de piratas depredadores de vida. Tal vez sus padres no lo razonen así, pero estoy seguro de que lo intuyen. Nacerá moreno y fuerte, gozará de un Estado que lo protegerá mejor que el nuestro, entre callecillas medievales y niños que educarán de modo diferente su aparato fonador; con mayor razón tendrá que leer a Goethe, Nietzsche, Günter Grass, Schiller, Herta Müller, Brecht y varios más; tendrá que entonar el himno nacional alemán, la tercera estrofa del poema das Lied der Deutschen (canción de los alemanes) de Hoffmann von Fallersleben; deberá aprender la historia de ese pueblo, con sus grandes luces y sombras; crecerá en un país donde solo uno de cada diez opina que la religión es importante, por lo que deduzco que Ya’ax deberá buscar a Dios, si acaso lo necesitara, en otra parte distinta de los templos, tal vez en su pecho, o en las danzas rituales de su madre y en la bondad del padre, o en la tradición de la que nace su nombre: en el viejo sabio maya, Zamná, y en el Popol Vuh, para que sepa y no olvide que está hecho de maíz, la planta sagrada de Mesoamérica.

Me pregunto si sabrá con el tiempo de nuestro José María Morelos y de los hermanos Flores Magón, entre otros, de Josefa Ortiz y de las Adelitas revolucionarias que ahora renacen y se multiplican en las mujeres que luchan por sus derechos y en contra de los feminicidios. ¿Sabrá de Zapata y alguna vez recorrerá la ruta zapatista para meterse su origen en la sangre y amar aún más el color de su piel? ¿Subirá alguna vez al Tepoxteco y entrará a medir el tiempo en el reloj de sol de Xochicalco? ¿Ingresará a un temaxcal para vencer las cuatro puertas del viento, la tierra, el fuego y el agua, y saldrá convertido en guerrero para luego seguir conquistando tierras teutonas? ¿Sabrá de la delicia de una quesadilla de huitlacoche o un tlacoyo de frijol con nopales? ¿Danzará al son del chinelo y gozará de la nieve inigualable de Alpuyeca? ¿Llegará a saber qué es un trompo si su padre se lo compra en la feria de Tlaltenango y llevará flores de cempasúchil algún dos de noviembre hasta algún panteón de Morelos? ¿Podrá enamorarse un día de una morena bonita bajo una jacaranda o un tabachín en flor, y desenamorarse después de despedirse en la terminal de La Selva cuando parta rumbo a algún lugar del mundo? ¿Aprenderá también el “ciña ¡oh, patria!, tus sienes de oliva…” si aún fueran útiles los nacionalismos cuando sea hombre crecido?, y, sobre todo, ¿plantará aquí un árbol y vendrá a regarlo y verlo crecer de vez en cuando?

Asomo por la ventana, cierro los ojos para poder ver y logro mirar sonrientes los rostros de Yuliana y Sergio, su compañero, contestando a todo que sí, que un árbol y un hombre o una mujer tienen una sola tierra que es el mundo, un solo compromiso que es la vida y una sola sangre, la humana. Me cuenta su madre que el chico es impetuoso y lo siente danzar adentro con energía, que volverá y partirá innumerables veces porque los nacientes de hoy emergen para el movimiento, que a los nuevos ciudadanos del mundo les corresponde ser kurdos, chilenos, africanos, sirios, europeos, mexicanos u orientales, que las proclamas de aquí, allá y acullá son las mismas y que, en definitiva, el chelista Carlos Prieto interpreta maravillosamente a Bach y, de igual modo, sabe de un mariachi alemán en Múnich que toca como nadie las de José Alfredo, y, cuando se ponen finos, una versión del Huapango de Moncayo; incluso ha oído que despierta en los germánicos unas ganas irrefrenables de beber tequila y mezcal. Abro los ojos; entonces dejo de verlos y escucharlos.

Vuelvo al teclado que dejé en paz por mis reflexiones. La música de Chet Baker sigue ahí, enamorándome. Ahora interpreta Every time we say goodbye. Caigo en la cuenta que no es la melodía correcta para ambientar la historia de Ya’ax. Es más, su historia no me corresponde a mí contarla o imaginarla; tal vez seguirla mientras sus padres y los días la van escribiendo. Solo me resta decirle herzlich willkommen, Ya’ax, desde tu patria distante que pisarás un día.

Conmovido por la melodía del trompetista de Oklahoma, me nace escribir sobre algún desaguisado amoroso real o imaginado que haya yo padecido en los últimos tiempos y me dispongo a hacerlo durante el resto de la mañana nublada. Si alguien me ha seguido hasta aquí, le aconsejo seguir escuchando a Chet Baker mientras van y dan un beso a su dama o a su compañero. Si está ausente o no existe, consolará un poco besar el espejo.

 

 



 

 

 

 Je t’ aime mais

 

Arturo Núñez Aday

 

A Juan Machín

I

Algunas veces los recuerdos son lluvia que nos moja la espalda, penetra la piel y brota por los ojos. Traen consigo el sabor líquido de la nostalgia y, aunque resistamos, en algún momento buscamos una esquina, una sombra o una hora sola, sin nadie, para llorarlos. Otras veces cruzan como palomas, fugaces, dejándonos transitar y cumplir con las cosas del mundo, pero van y vienen, vientecillos que azotan nuestros sueños de fortaleza y nos dicen aquí estamos, no te has ido ni nos vamos. Si los recuerdos son aromas es cuando más calan, pues están en todas partes, adentro y afuera, sea en luces o en sombras. Los llevamos a todas horas y los revive por ejemplo una almohada que tú y yo compartimos, una calle que guarda nuestros pasos, la manzana del frutero que se quedó esperando nuestro beso, el umbral de aquella casa que osamos pensar nuestra para acumular en ella racimos de tardes y nostalgias; y claro, una cocina es la huella aromática más apremiante, la mantequilla derritiéndose en el pan tostado, el aroma del café e incluso la humedad alojada en las paredes, tan parecida a la que se cultiva en las caderas de un hombre y una mujer que se desean. A todo eso huele tu piel que se alojó en mis manos y un día huyó de ellas porque pensaste que el amor físico no tenía esperanza alguna.

Hay muchas formas de amar, solías decir, la mía tiene alas que no se detendrán hasta explorar todos los parajes de mundo y tal vez vuelva cuando me fastidie del aire y requiera un pedazo de tierra para pernoctar, y un solo hombre para compartirme. Lo triste fue que te hayas ido la madrugada de un veinticuatro de diciembre y tu adiós fuera una planta de nochebuena con un mensaje escrito en francés que decía: Je t’ aime mais je n’ai pas besoin de toi. La siguiente vez que supe de ti, Jane, fue a través de una foto tuya con la torre Eiffel en el fondo, aparentemente sola y con una sonrisa que debió ser la delicia del fotógrafo. No pudo mi entrega al trabajo borrar tu mirada marina inatrapable, mucho menos deshacer de mis manos y ojos el mapa de tu piel que aprendí de norte a sur. Me dueles incluso cuando estoy en otro cuerpo y la osadía de una lágrima me sorprende recordándote. Es cuando me pregunto si la tal idea de la felicidad tendrá que ver con no pretender lograr lo que se sueña, con aquietar la aventura de estar vivos en el confort que dan versiones limitadas de los anhelos realizados y girar alrededor de la misma plaza, donde envejecen las palomas de siempre y nos engatusan los mismos merolicos.Me rebelo. Tomo el pincel y te desnudo sobre la tela, en esa pose tuya que asumías después del amor y me encantaba, desprovista de toda vanidad pero convertida en un fiat lux que competía con el ámbar matutino ingresando por la ventana. Me cuesta atrapar tu mirada oceánica que contiene la belleza de los mares y los cielos azules de Cuernavaca, y tus interrogaciones para las cuales no tuve todas las respuestas. En tu boca entreabierta dibujo la frase que define nuestra relación y nuestro tiempo juntos: “Je t’aime, mais…” Tu pelo, metáfora visual de la libertad, acentúa la transparente ausencia de tus ojos. Apenas exhibo el pequeño brote de tu seno y algunos de tus meandros. Detrás de ti la flor de nochebuena que aún mantengo viva y esperanzada en tu regreso. El fondo es un delirio de ocres sobre el que se recorta tu cuerpo, esa intensidad de sol atrapada en un lienzo para mi consuelo.

II

Si fui capaz de acompañar al planeta tres veces alrededor del sol sin ti, ¿por qué ahora vuelves, Jane, ahora que he aprendido a amarte en todas las mujeres, buscando fragmentos tuyos en ellas y acomodándolos en mi emoción a modo de rompecabezas?, ¿hoy que soy capaz de encontrarte en las canciones en francés y sonreír con tu recuerdo? Te fuiste porque no podía ser de otro modo, pero ¿no había opción distinta a tu retorno? Si no eres un fantasma, háblame entonces, juguemos con tus palabras de vino tinto, acoplemos las tuyas y las mías en ese vano juego de los aciertos y en el otro más triste de nombrar al destino. No usemos frase hechas, ambos sabemos que son tan inútiles como las románticas canciones de los enamorados. Amo tu transparencia y ojalá no haya quedado pisoteada en algún jardín o a la vera de algún camino triste. Deshójate como antes y dime las grandes verdades encontradas en tu peregrinaje, o los mares de dudas acumulados. Dime qué sigue después de los puntos suspensivos del Je t’aime, mais… Tal vez los años transcurridos no hagan necesarias las certezas en ninguno de los dos; tal vez el amor es precisamente una falta necesaria de certidumbre.Callas; callamos. Viene al rescate un incendio devorando nuestros cuerpos. Sobre la cama descubro que sigue intacto este delirio amoroso. De tu boca nace nuevamente para mi oído infante y crédulo el mon amour que no permitirá más lucubraciones. No soy apto, ni lo seré jamás, para describir el paraíso en que conviertes mi estancia: cascadas de agua, rayos de luz vivificante y trinos de aves; crecen plantas alrededor de mi cama y el pobre y triste mundo descansa en el olvido. Tardas horas en mostrarme lo aprendido mientras muero y resucito en una sola tarde. Al final, desgarrados, vacíos de todo, entramos en ese paréntesis que deviene del desesperado intento de tocar una cima amorosa en la ansiedad de dos cuerpos. Es el paréntesis perfecto, el remanso, la bendecida vacuidad.Te veo desde mi sillón mientras cumplo con la tradición de fumarme un cigarrillo después del sexo. Me encanta ser testigo del momento en que abres los ojos y emerges a través de ellos. Con emoción descubro que son los mismos de siempre, dos sílfides escudriñando el aire. No puedo con tanta belleza y lágrimas contendidas largo tiempo descienden mis mejillas. Nos decimos en silencio las mismas preguntas de antes y surcan el aire las mismas inquietudes. El café caliente nos saca del letargo y procedemos a compartir los nuevos aprendizajes, a las dulces confidencias y las voluntarias confesiones. Confirmamos nuevamente que en el cuerpo del amor cabe todo, y aunque duela o una punta de estilete nos punce el orgullo, se agradece estar vivo para experimentar la marejada de emociones. Afuera, el mundo transita al ritmo histérico de todos los días y habremos de ir a él. En tres días es navidad. Tú estás conmigo y la nochebuena que ha crecido en el jardín también, tan vivas y tan bellas. No sé después. No importa el destino; no existe. Lo podemos inventar hoy y asesinarlo mañana, o reconstruirlo entre los escombros.Miras la acuarela que te guarda colgada de una pared en mi estudio y te desarmas entre mis brazos otra vez. Te aferras a mí y lo hacemos nuevamente entre los libros y estantes con una desesperante dulzura. Mon amour, mon amour. Te escucho, Jane, volcada en lágrimas en la fugacidad del orgasmo y durante varios minutos después. La pleamar de tus ojos me lo dice: que no te quedarás para siempre, que no estás hecha para eso y no puedes prescindir de los vientos alisios, ni de los planetarios y los continentales; que en tu naturaleza el amor se expande más allá de la convención de la pareja y más allá del miedo y el tiempo; que no sabes cuáles serán los brazos masculinos definitivos que estén ahí cuando cansada te sientes a envejecer en una terraza, y ni siquiera estás segura de que los habrá.

No importa, ya está aquí la Navidad con su esquizofrenia consumista y sus cánticos y tú estás conmigo. No existe el destino con sus presurosas advertencias; esta noche no es bienvenido. Estás conmigo en Cuernavaca y sabes que no necesitas agregar puntos suspensivos cuando me dices mon amour, je t’aime. Parece que por fin comprendo algo del amor, tú me has enseñado.

En la acuarela que te guarda para mí por siempre, la nochebuena parece más encendida. Joyeux Noël, amada Jane.

 

 



 

 

 

Día de viaje

 

Arturo Núñez Alday

 

 

En junio pensé que ahora sí se nos iba. Pero, ¡qué va! El señor es fuerte. En un descuido me muero primero.

―Una gripe no me acabará, María Modesta ―me dijo esa tarde al salir del hospital―, serán ellos quienes un día no me dejarán despertar.

Cuando lo oigo hablar así me pone nerviosa. Desde que se enfermó la vez pasada, en enero, empezó con eso de que lo visitan durante los sueños. Últimamente me ha dicho que lo vienen a ver también cuando está despierto. Se me pone la piel chinita y trato de no hacerle caso. Por lo demás, sigue lúcido como siempre, leyendo sus periódicos y revistas todas las mañanas, recibiendo visitas de sus hijos o de Juanito, su abogado. Sin embargo, desde hace como un mes dejó de vestirse de traje o al menos de saco como acostumbra, y empezó a hablar solo. Por respeto me retiro para no oír lo que dice, pero por más que me aleje, alcanzo a escucharlo en algunas ocasiones. Es como si platicara con alguien. A veces me da la impresión de que platica con varias personas. ¡Ay, don Luis! ¿Qué va a pasar conmigo si pronto se muere?

He aprendido a quererlo en tanto tiempo que llevo aquí. Aunque lo culpan por la matanza de los estudiantes del 68, parece que no le han comprobado nada. Por eso lo dejaron en paz hará unos seis años y terminó su prisión domiciliaria. O será que Juanito Rojas es un buen abogado. Lo que sí, recibió buen dinero cuando absolvieron al señor de los cargos que tenía en su contra. Cambió su residencia por otra más grande; lo sé por la vanidosa de su mujer. La última vez que vino en compañía de su marido a visitar a don Luis, se la pasó presumiendo su alberca y el estacionamiento para cuatro carros. Nada que ver con Juanito, un hombre serio y formal.

Hace tres días vino el geriatra. Nos indicó un cambio de medicamentos. Según él, las alucinaciones del señor son normales a su edad. Con las nuevas medicinas se tranquilizará y verá las cosas como son, dice. Lo que no sabe es que tiró por la taza del baño las pastillas nuevas.

―No insistas más en que me las tome, María Modesta. ¿Quién le dijo al médico que quiero estar sedado todo el tiempo? Ayer me pasé el día sin poder leer por el maldito sueño.

―Don Luis, el doctor sabe lo que hace. Dese unos días para acostumbrarse al nuevo medicamento.

―Luego hablaré con él… Trae los periódicos de hoy, necesito leerlos antes de que llegue el embajador de China.

Esta será la cuarta vez que me toca recibir a un diplomático de ese país. Don Luis pocas veces se arregla tanto para recibir una visita, pero si se trata del embajador de China, se pone su mejor traje. Hace un año también lo visitó junto con su esposa. ¡Cómo me cayó bien la chinita! Se veían tan decentes y buenas personas. Aquella vez los acompañó la hija del señor, la señora María Esther. Traía puesta una blusa bordada con flores que fue de doña María Esthercita, su madre. Me quedé sin habla cuando la vi. Igualita a su mamá; parecía su reencarnación. Hoy vendrá el embajador porque supo que don Luis estuvo muy enfermo. Con eso de que los chinos están muy agradecidos con él por el apoyo que les dio cuando era presidente y China apenas estaba naciendo, así lo oí decir ayer cuando hablaba solo, pues están al pendiente de él. A mí se me hace que es más por conveniencia. Si estamos bien llenos de productos chinos aquí en México, y de chinitos también. El día que el señor muera, se me hace que habrá muchos de ellos en el velatorio. ¡Ni Cristo lo quiera!, esos no sabrán rezarle ni un Dios te salve.

No entiendo de dónde saca Don Luis las ganas de leer tanto. ¿Para qué?, me pregunto. A sus 96 años debería dedicarse más a escuchar música, o a pintar cuadros como hacen otros viejitos. Se devora los periódicos y las revistas, hasta las de chismes de la farándula. Y tiene la manía de estar subrayando con marcador todas las páginas, yo no sé para qué. Cuando platica con las visitas pregunta y pregunta, quiere saber todo de lo que pasa allá afuera. Se me hace que lee y quiere saber lo más que pueda, porque pensará que allá en el cielo te abren rápido las puertas si no eres ignorante, o que Dios perdona tus pecados más fácilmente si no te dedicaste a holgazanear, o qué sé yo. Una vez le quise preguntar sobre eso, con mucho cuidado, porque trato de no parecerle tan simple y tonta.

―Don Luis, ¿usted cree que Dios nos aprecia mejor si en vida conocemos más de la ciencia, el arte y esas cosas? ―me miró como si nunca antes me hubiera escuchado hablar.

―Temo decirte, mujer, que Dios está muerto y bien enterrado. Al menos ése al que rezas a diario y vas a buscar al templo ―y me siguió mirando con un rayito de entusiasmo malicioso, ante mi gesto de alarma por lo que acababa de decir―. ¿Conoces a Nietzsche?

―La verdad, no, señor. De sus amistades conozco a muy pocas, sólo a las que lo visitan ―la risotada que soltó le provocó un acceso de tos; me di cuenta de que había respondido una tontería―. Si se refiere a un poeta o a un periodista de los que usted lee, pues le diré que no, señor. Además de la Biblia, en mi cuarto sólo tengo unos libros de esos que traen muchos pensamientos para dar ánimo en la vida.

―Está bien, María Modesta, no te preocupes ―después de la tos le quedó como un brillo de alegría en sus ojos viejos―. Un día te hablaré de él, aunque tal vez no sea necesario.

― ¿Quiere más tecito, señor?

―Un poco más, te lo agradezco.

―Me retiro. Ya no lo interrumpo.

―Oye, María, antes de que te vayas, contéstame una pregunta… ¿Tengo cara de asesino?

― ¡No diga eso, don Luis! Qué ideas se le ocurren. Usted es… una persona con defectos y virtudes, como todos… Con su permiso, señor.

Lo dejé en su sillón, sin ese contento que vi en su cara un poquito antes. Ese día traté de ya no cruzar palabra con él, sólo lo necesario. Les pedí a Rocío, la cocinera, y a José Refugio, el jardinero, que tampoco lo molestaran. Decidí no investigar nunca sobre ese tal Nietzsche.

Estoy esperando que se retire el embajador chino y las tres personas que lo acompañan. Tienen más de dos horas con él; lo veo muy animado. Me preocupan sus medicinas; hace rato debió tomar una de ellas.

Lo dejó de buen ánimo el embajador. Antes de dormir, mientras Anita me ayuda a llevarlo a la recámara en su silla de ruedas, bromea sobre un supuesto viaje a China conmigo.

―Con el miedo que me dan los aviones, ni lo piense, don Luis.

―El avión es el transporte más seguro, María. Es más fácil que una bala perdida te quite la vida, sobre todo ahora en nuestro país, que anda de cabeza.

―Las cosas que dice son para quitar el sueño. Tómese sus dos tabletas, ya es hora.

―Usar la fuerza, pero con inteligencia, es necesario para salvar a la patria de males mayores.

―No empiece con eso, señor, que me pone nerviosa. Sólo Dios sabe por qué llegamos a esto.

―Me gustó mucho la visita de nuestro amigo. Los chinos sí entendieron  nuestra decisión de usar la mano firme cuando se debía. A los muchachitos de ahora les tiembla el pulso.

―Vaya a la cama, señor. Deje de pensar en eso.

―Dejar de pensar es un sueño imposible, María Modesta. Oye…, quiero decirte que hoy estará aquí la compañera María Esther. Tengo cita con ella esta noche.

― ¡Don Luis! Ya le dije que delante de mí no diga esas cosas. Sabe lo impresionable que soy. Deje a doña Esthercita en paz. Y no le diga compañera, no me gusta. Fue su esposa por todas las leyes.

Me voy de su cuarto asustadísima. Siento que por los corredores de la casa aparece doña Esther, elegante como siempre fue. Hay cuadros de ella por todas partes y la idea de verla aparecer me pone los pelos de punta. Quienes están cerca de la muerte ven y oyen cosas imposibles para los demás, según me han dicho. ¡Ay, Diosito! ¿Y si ya viene por él su difunta? Pues sería lo más justo, pero me cuesta aceptarlo. He llegado a pensar que el señor es inmortal o que se morirá cuando él lo decida. Una noche de la semana pasada me dijo algo que me hizo pensar así:

―Ya te hiciste mayorcita a mi lado, mujer. ¿Cuántos años cumpliste? ¿Sesenta y…?

―Setenta, señor. Ya llegué al séptimo piso aquí con usted, pero contenta.

―Arreglaré que te den un bono especial por eso, María Modesta. Cada década de vida debe celebrarse y premiarse ―se me quedó viendo como lo hace cuando me va a preguntar algo muy importante―. Dime, ¿imaginas cuál es la razón por la que no he querido morirme aún?

―Eso lo sabe Dios y usted, don Luis. Pues… creo que desea celebrar sus diez décadas completas. Y lo hará, estoy segura que sí.

―No se trata de eso. He esperado tanto para reunirme con la compañera María Esther, porque quiero que los mexicanos se den cuenta de que tuvimos la razón hace 50 años. Esos muchachos estaban manipulados por fuerzas oscuras del comunismo internacional. De no actuar con firmeza y patriotismo estaríamos ahora igual que Cuba.

―Don Luis, ya pasó mucho tiempo. Mejor deje de decir eso, se me hace que ni usted mismo se lo cree ―me miró sorprendido y enojado; yo jamás le había dicho algo así―. Disculpe a esta mujer bocona, pero… pues, repetir tanto esa cantaleta le hace mal a su salud.

―Sólo porque eres María Modesta, te perdono; sólo por eso ―cambio su rostro serio, soltó una carcajada y luego le vino la tosedera; como siempre que ríe con ganas.

― ¡Le estoy diciendo, señor! Mejor le pongo su Huapango de Moncayo para que la cabeza deje de estar dándole vueltas y duerma tranquilito. ¿Cómo ve?

―No se puede dormir tranquilo cuando se trabaja por la nación. ¿Sabes?, esta noche estarán aquí García Barragán y Corona del Rosal, a quienes debieron ponerles una estatua, cuando menos. ¡Pobrecitos! ―esto último lo dijo entre compasivo y burlón, torciendo la boca. No entendí por qué.

―Señor, no empiece con esas cosas, deje a los difuntitos en paz. No me acuerdo bien quiénes son los señores esos, pero ellos estarán en el cielo, con Dios. Bueno…, no sé si con Dios o con el diablo, pero ya no están aquí. ¡Ándele!, sus medicinas.

Esa noche tuve que venir a verlo en la madrugada. Me despertó con su sermón mientras dormía. Cuando me acerqué, clarito escuché lo que hablaba:

― ¡Entiendan!, yo sólo lo puse al tanto de lo que pasaba. Quien dio la orden fue él, Díaz Ordaz… Pregúntenles a Siqueiros y a su esposa Angélica, yo estaba tomando un café con ellos esa tarde y… O pregúntenle a mi esposa, la compañera María… ¿Qué dicen?… ¿Qué yo fui una pieza clave para la intervención de la…? ¡Cuál CIA ni qué ocho cuartos! ¡Cabrones! Scott y yo éramos… Pinche Scott, yo nunca fui tu esclavo… Siempre velé por los intereses de la… Compañera María Esther, amor mío, recuérdales a estos ineptos que el presidente asumió la responsabilidad de sus actos… y el juicio de la historia… como lo he hecho yo… ¡Fuera de mi casa!, chayoteros irresponsables… ¡Fuera!

Ahí fue que despertó empapado en sudor. Estuve a punto de llamar a uno de sus médicos, sin embargo él me lo impidió. Quiso tomar un té de menta y me quedé con él hasta que lo terminó y volvió a dormitar. Estaba a punto de retirarme cuando empezó a hablar de nuevo:

―Pinches chamacos, se burlaron del presidente y les salió caro. Él no tenía la culpa de estar tan feo. A cualquiera le dolería escuchar que tiene hocico de mandril… Ja, ja, ja… Pensar que me pasé mirándole los dientes de cerca durante seis años… Ja, ja, ja… Si me hubieran hecho lo mismo, no les mando los halcones y el ejército, sino una bomba para acabarlos pronto, ¡bola de cabrones!… Y déjenme decirles que la ocupación de la UNAM por el ejército, fue una medida para proteger a la universidad de… los intereses mezquinos e ingenuos que pretendían desviar el camino de la Revolución Mexicana. Claro…, ustedes no lo podían ver, porque estaban cegados por…

Empezó a sudar de nuevo y decidí llamar a alguien. Pero se fue calmando lentamente, sin despertarse. Seguía diciendo cosas cada tres o cuatro respiraciones, pero ahora bien confusas:

―Pónganles un guante blanco a esos muchachos… Lo del bazucazo era necesario, Manautou… El cabrón de Scherer se va, ya está decidido… ¿Cuántos murieron el 10 de junio? ¿Diecisiete? ¡Qué bueno!, no fueron muchos… Quiero a todo el comité de huelga en la cárcel, Barragán, a todo… ¡Palo!, ¡palo!… Jolopo, la frasecita esa que dijo el Trompudo cuando te entregué el poder, no se la perdono: Ahora podemos ya respirar tranquilos; no, José, no se la perdono… ¿Te acuerdas, Carrillo Olea? Lo que pasó esa vez en la UNAM fue igualito que en Los Intocables…

Después de escuchar esto, otra vez me asusté, porque soltó unas risotadas que poco a poco se volvieron gemidos, mientras le salían lágrimas a chorros. Dijo algo más antes de despertar:

―Te fuiste muy pronto, Rodolfito…, muy pronto.

Y abrió los ojos. Los míos también se empaparon de lágrimas al recordar la muerte de su hijo. Me miró y tomó mis manos con un gesto de ternura que jamás había tenido conmigo. Me confundía.

―Compañera María Esther, gracias por haber volado a mi lado a tantas partes del mundo. Aun con tu miedo a los aviones, fuiste conmigo siempre que te lo pedí. Ahora soy yo quien tiene algo de miedo de volar a donde estás tú, pero sé que pronto llegará el día. Compañera… ¿verdad que no tengo cara de asesino?

Mis nervios no aguantaron más y llamé a su médico. Mientras hablábamos por teléfono, don Luis cayó en sueño profundo y se quedó calladito. Parece que sus fantasmas se habían ido. Quedé en recibir al doctor al día siguiente, recé un padrenuestro y me fui a dormir.

Creo que algo va a pasar pronto. Hoy por la tarde vendrán dos de sus hijos. Saben que cuando se acerca el dos de octubre su papá se inquieta mucho y cae en depresión. Don Luis se levantó de la cama muy tarde, casi a las diez; eso es muy extraño, porque para esa hora ya tiene leídos sus periódicos del día. Tomó con mucho atraso sus primeras medicinas. Estoy esperando que termine de almorzar para llevarle las siguientes pastillas.

―El plato está casi sin tocar, don Luis. ¿Qué pasó con ese ánimo? Ande, al menos cómase la mitad.

―No quiero más.

―Tómese siquiera el jugo.

―No.

―Señor, ¿por qué esa cara triste? Hoy vendrán sus hijos y algunos nietos a verlo ―la idea no lo emociona para nada―. Mire, con el jugo que le sobra tómese la cápsula y la pastillita, se está pasando la hora.

―Me quiso dejar fuera. En enero del setenta el Chango me quiso dejar fuera. ¿Cómo se atrevió el muy…?

Su mirada está rara, se va lejos atravesando los árboles y la barda, como llena de tristeza y enojo al mismo tiempo. En verdad me asusta. Voltea a verme y me pregunta con su voz quedita, quedita:

―María Modesta, ¿si te platico algo me guardas el secreto?

―Depende, señor Luis. No sé… Bueno, si no le hace daño a su salud que yo guarde un secreto suyo, le prometo que sí me callaré.

―Escúchame bien. Después del dos de octubre próximo, voy a elegir el día en que me voy a ir de viaje. Ya va siendo hora. Quiero que cuando suceda, pongas a mi lado el vestido de tehuana de la compañera María Esther, ése que está en mi guardarropa. ¿Me prometes que lo harás?

―No hable de eso, señor, le hace daño…

― ¿Me lo prometes?

― Esta bien, pero… dígaselo a su hija María, no quiero tomar decisiones que no me tocan… Mejor le traigo las revistas que llegaron, ¡ándele!, para que se anime. Voy por ellas.

―No, no hace falta. Llévame a mi cuarto, quiero descansar.

Mientras Anita y yo lo conducimos, comienza a hablar de los fantasmas que inventa.

―Gritan mucho esos muchachos. ¿Verdad, María Modesta?

― ¿De quiénes habla, señor? Aquí sólo están el jardinero, el chofer, Anita y los guardias. Vamos a descansar, ¡ande!

―Me dolió mucho esa pedrada en la frente ―no sé de dónde saca fuerzas para soltar una carcajada― ¿Hay equipo de beisbol en la UNAM? ¿Tú sabes? Yo no me acuerdo, pero podría ser un buen pitcher ese cabroncito.

Está acostado y sigue riéndose del asunto de la pedrada. Sé bien de qué habla. Ya trabajaba yo aquí cuando llegó con la frente herida.

―Voy a dormir un rato. Te encargo mi secreto.

―No se preocupe, señor. Duerma tranquilo.

―Después del dos de octubre, recuerda. Entonces elegiré el día ―se vuele a verme con una sonrisa agradecida―. Gracias por todo, has sido buena conmigo.

―No diga más, don Luis. Duerma y vendré al rato a despertarlo.

―Espera un momento. Escúchame… Desde hace tiempo quiero pedirte… perdón. Si alguna vez he sido cruel contigo o injusto…, quiero que me perdones.

―Señor, yo… no tengo nada que perdonarle. No me pida eso.

―Por favor, mujer. Me hará bien si dices que me perdonas. Quiero dormir tranquilo.

―Está bien, don Luis. Lo… perdono, pero en verdad le digo que…

―No digas más. Está bien así.

Voy hacia la puerta de salida y me detiene.

― ¿Sabes, María Modesta? Tal vez Dios no esté muerto. Ese Nietzsche no debió saber gran cosa.

 

 



 

 

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Temblores III

 

Arturo Núñez Alday

 

VI

De vez en cuando vuelvo a sentir temblorcitos en mi pierna izquierda, la única parte de mi cuerpo que tiene cierta posibilidad de movimiento. Los agradezco porque son signos de vida. Los impulsos nerviosos me recorren y llegan hasta mis ojos, abriéndolos. Cada vez que los abro me pregunto si estoy vivo. Mientras tuve dolor no había duda de que aún seguía aquí. Hoy dependo de mi escasa lucidez cada vez que despierto. Si al menos me doliera un poco tendría algo de esperanza.

Desde arriba se filtran hilillos de vida: a veces sonidos de voces, o gotas de agua que caen en mi pelo, o el gemido de un perro herido, o ruidos de máquinas que hacen vibrar las placas de concreto que me rodean, la varilla que me atraviesa la pierna derecha y el pedazo enorme de cristal que rebanó mi oreja izquierda. Me hubiera gustado darle este apéndice a una prostituta, como Van Gogh; aquí ni siquiera sirvió de alimento para gatos.

Pude no haber faltado a mi empleo ese día, no dejarme llevar por la gripe y el cansancio que me quedó después de pasar la noche con Rebeca. Tal vez el edificio en el que trabajo se mantuvo en pie; era reciente y estaba bien construido. Decidí no ir y aquí estoy, incumpliendo con mi deber y saludando a la muerte. Qué bueno que Rebeca se marchó temprano a trabajar esa mañana; estaría muy apretada aquí conmigo. Además, lo nuestro no se merecía un final trágico, el de dos amantes que mueren abrazados para no separarse jamás. Ojalá esté bien y llore por mí un poco, sólo un poco; la vida es tan frágil que no está como para perderla en llanto.

Hasta el día de ayer, o no sé hasta hace qué tiempo, alcanzaba a escuchar los quejidos de Pepe Barranco, mi vecino del departamento de enfrente. Ya no lo oigo. Nunca pensé que él sería la última persona con quien entablaría un diálogo. “Ramírez, si sobrevives cuida a mi Jacinto. Y dile a mi mujer que siempre la quise, aunque me haya abandonado… ¡Ay!, me duele mucho, Ramírez… mucho”. Fue lo último que le escuché. Pobre Barranco, no es justo para él. A mí ya no me duele nada y no sufro por Rebeca, mi secretaria; lo nuestro era sexo y casi un acuerdo laboral. Quisiera sufrir algo por ella, pero no puedo; ni por Perla o por Renata. En verdad no sé de qué estoy hecho. Bueno, ahora si lo sé, de metales retorcidos, pedazos de cemento y cristales que cercenan. Justo ahora, al final, encuentro la definición exacta de lo que fui.

Hace un rato, antes de dormir la última vez, me pareció escuchar un débil aullido y después nada. Debió ser Jacinto, el perro de Pepe. ¿Por qué hasta ahora me dan ganas de tener un perro?

Quisiera saber si es de día o de noche. Al principio alcanzaba a percibir unos rayos de luz muy débiles, pero el polvo y los fragmentos de vidrio que inundaron mis ojos me han dejado prácticamente ciego. Ya no me llegan las voces, ni las gotas de agua que humedecían mi cabeza. ¿Será que también me estoy quedando sordo y perdí la sensibilidad en la piel?, ¿será que ya viene ella al fin, mi mujer definitiva, la única que me desposará y me sacará de aquí con su infinito poder sanador?

No tengo ninguna esperanza. Ni siquiera deseo que lleguen a salvarme. ¿Para qué? Soy huesos rotos, tejidos muertos, órganos agonizantes. No entiendo por qué mi cerebro se mantiene con cierta lucidez. Sería más fácil si ni siquiera fuera un pensamiento. ¿Estaré pagando mis deudas?, ¿o la muerte se retrasa para que experimente la frialdad que fue mi vida?

Tengo mucho sueño. Me siento demasiado muerto como para seguir vivo. Cerraré los ojos esperando no abrirlos más. No importa que ahora alguien esté llegando muy cerca de dónde estoy. No importa que unas líneas de luz se filtren hasta los dedos necrosados de mi mano derecha, inmóvil y atrapada por fierros enfrente de mí. No importa si Rebeca o Perla me lloran allá afuera.

Todo se vuelve blanco, hermosamente blanco. Debe ser el vestido de ella, la mujer definitiva que se acerca.

Cerraré los ojos.

VII

Rebeca pudo ser negligente, como él. Liberarse por un día de la carga cotidiana. Quedarse en el cielo efímero que cuatro cómplices paredes significan. Disfrutar lentamente el paraíso evaporado que se eleva desde la taza de café caliente, meterlo dentro al aspirarlo y elevarse a condición de reina por un día. Pudo hacer del calor bajo las sábanas y del enlace con las piernas masculinas una pequeña historia de redención que durara una jornada entera, un discurso político feminista tejido con gimoteos y onomatopeyas, una fuga, un alto en el camino, un ala para lanzarla a volar por la ventana rumbo a ese horizonte que no alcanzan sus ojos, ni sus sueños, mucho menos su sueldo de secretaria; ni siquiera el delirio al que la llevan los orgasmos.

Pero no, no quiso. La norma, la duda, la deuda, su madre, su hijo sin padre, el cigarro en sus dedos, la mañana clara, los perros ladrando, la puerta, su aliento viciado y un hambre en alma, la arrojaron fuera.

Ni siquiera se acordó de él cuando sintió las primeras sacudidas. Reaccionó rápido, bajó presurosa las escaleras y alcanzó la calle, limitada por la estrechez de su traje sastre, ondeando en su mente los ojos de su hijo. Más tarde pensó en su amante. Enseguida supo de la caída del edificio de apartamentos en el que pasaron juntos la noche. Días después fue a visitarlo a la funeraria y algunas lágrimas ennoblecieron su rostro. Aún sentía que llevaba el olor masculino enjugado en la entrepierna.

Se estremeció.

* * *

Jacinto pudo irse tras los pasos de otra alma bondadosa, de otro olor que le resultara igualmente agradable. Tal vez durmiera en la terraza de una casa grande y correteara por un jardín inmenso, olisqueando rastros de ardillas, comadrejas y hurones. Estaría bien alimentado y habría una cama mullida para los tiempos fríos.

Sin embargo, prefirió a Pepe. Fue una de esas relaciones bien soportadas en un flechazo químico. Un perro de buena clase que tuvo el infortunio de haber sido regalo navideño para un niño imbécil y que fue echado a la calle cuando creció y perdió su gracia de cachorro, se sintió inmediatamente atraído por ese sujeto de ojos desencantados que le ofreció unas migajas de pan y acarició su testuz. Lo siguió hasta su edificio y el hombre no pudo dejarlo a la intemperie. A la postre sería su mejor amigo, confidente y compañero de aventuras.

Tal vez Jacinto soñaba con alguna olorosa damisela testeada por su olfato en el parque, cuando los ruidos y las sacudidas se metieron en sus sueños. Tardó en despertar. Cuando lo hizo, se debió al terrible impacto que recibió en su espalda, partiéndosela. Quiso moverse, pero sus patas delanteras apenas arañaron el suelo; las traseras habían desaparecido, no había sensación que diera testimonio de su existencia.

A diferencia de los humanos, no tenía demasiadas razones que lo angustiaran ante la inminente presencia de la muerte; la única era Pepe. Aulló con las pocas fuerzas que le quedaban para llamarlo. Hubiera sido feliz viéndolo de pie frente a él y después morir a gusto con su olor en la nariz. Cuando escuchó a su amo llamándolo dificultosamente en medio de la oscuridad que se apoderó de todo, experimentó una pequeña alegría y supo que era intensamente amado.

Su último aullido, casi inaudible, quedó guardado en los escombros.

 

 



 

 

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Temblores II

 

Arturo Núñez Alday

 

IV

Tiemblo al pensar en las profecías apocalípticas que comento desde el púlpito. Nunca creí en ellas, pero las he divulgado durante años, con mayor énfasis en tiempos de campaña política, cuando a unos cuantos líderes patrioteros les da por ofrecer el reino de los cielos aquí en la tierra a los miles de incautos que los escuchan y luego abarrotan las iglesias para escucharme a mí. Soy yo quien los induce a votar por la vida y el orden, por la tradición y por aquéllos que defienden el seno sagrado de la familia. Espectáculo triste, lo sé. Sin embargo, ¿de qué otro modo podría garantizar el pago puntual de las mensualidades por la adquisición de mi auto, los complementos vitamínicos que me mantienen con el denuedo que exige mi labor pastoral, los vinos para mitigar las terribles soledades de mi celibato, con cuyo efecto me doy el valor necesario para interrumpir mi castidad y ofrecer un respiro a mi cuerpo con la ayuda de alguna dama piadosa, antes de que el demonio de la tentación reprimida me vuelva por completo una piltrafa humana?

Estoy lleno de pavor y tristeza. La cúpula de mi iglesia se vino abajo y con ella la mayoría de los santos. Sólo el Cristo negro quedó en pie, como reafirmando su poder, reconviniéndome por mis fallas. Me pregunto por qué sigo vivo yo y no el padre Andrés, mi amigo y confesor. Los secretos de mis debilidades quedaron aplastados junto con él por toneladas de cemento en el oratorio. Son designios incomprensibles del Señor y ninguna teología me los hará comprender. Andrés sí era un hombre bueno y al menos debía morir anciano en su cama.

¿Y por qué Petrita? ¿A quién le hacía daño? ¿Acaso era pecado pasarse el día en el templo, mantenerlo limpio, cuidar las veladoras encendidas y las flores? ¿O fue suficiente su falta al callar lo que sabía de mí y algunos otros sólo sospechaban? Pobre, la devoción la mató. Es increíble que su rostro haya quedado casi intacto y el cuerpo completamente destrozado. Murió como una santa, dicen las mujeres del pueblo; y así vivió, virgen y entregada al servicio de la iglesia.

Ahora tengo a dos familias albergadas en la casa parroquial, se quedaron sin hogar y ningún pariente está en condiciones de recibirlas; es lo menos que puedo hacer. Una de ellas es Juana, madre soltera que aún no llega a los cuarenta. Está aquí con su hija Lupita, quien llora y llora porque se quedó sin gato. Por eso no debiera preocuparse; mi templo está lleno de mininos. La que me preocupa es Juana, y no porque haya perdido su casa y su ingreso económico, al no tener hoy un lugar para vender quesadillas. Lo que me da gran temor es el tamaño de sus caderas y ese pelo cetrino que le llega hasta la cintura. Si yo pudiera ser como el padre Andrés, en paz descanse, no habría lugar para mis tribulaciones; pero no nací para ser como él. Sigo en el sacerdocio porque nunca aprendí a hacer nada más. Aunque mi palabra es una viborilla llena de veneno que hipnotiza a los incautos, y la doblo y contoneo a mi antojo, me estoy cansando de ser un hipócrita. Me da temor el mundo, lo acepto. En mi iglesia me siento protegido, como si fuera un lugar privilegiado entre la tierra y el cielo, un médano desde el que puedo bajar de lo alto alguna esperanza para los demás, aunque muy poca para mí. Pero hoy mi iglesia es una ruina y lo mismo empiezo a ser por dentro.

Han pasado dos semanas desde el temblor y Juana no tiene a dónde regresar. La otra familia se fue a una casa que un alma caritativa les ofreció por un tiempo. Lupita ha recuperado el color; es la reina de los gatos. Los alimenta con un fervor amoroso encomiable. Juana ya sonríe. Rescató de las ruinas de su hogar algunos menesteres y vende quesadillas a la entrada del atrio, donde ahora oficio las misas. Mantiene limpia la casa parroquial y me regala la sensación de que somos una familia; parece que los feligreses también así lo sienten, pues los cuchicheos están a la orden del día.

Se me cruza por la cabeza la idea de largarme lejos con ella y Juanita, a donde nadie nos conozca. Hacerlo antes de que vuelva a temblar y entonces sí me mate una loza o una almena; bien merecido lo tendría.

Es de noche y hay luna llena. Octubre siempre aumenta la marea en mi sangre. Juana viene a preguntar si algo se me ofrece antes de ir a dormir. Pido perdón a Dios y le digo que sí, que se acerque. No ofrece demasiada resistencia. También la luna, la soledad y su juventud hacen estragos en ella.

Estoy sorprendido de cuánto puede mover un temblor en la fragilidad de nuestras almas.

Sólo me falta el valor, tal vez un perro para que la familia esté completa.

V

Dos días después del temblor el director del hospital me llamó para felicitarme por mi actitud ante el siniestro. Sólo hice lo que debía hacer, no me siento una heroína. Si muchas de mis compañeras enfermeras y algunos doctores salieron en estampida sin respetar ningún protocolo y sin preocuparse gran cosa por los pacientes, es porque no son aptos para servir a los demás; lástima de títulos y batas impecables.

Cuando sentí las primeras sacudidas lo primero que vino a mi mente fueron los rostros de mis hijos. Quise salir corriendo, tomar el auto e irme como rayo a buscarlos a su escuela. Sin embargo, con la angustia encima tomé a dos de los bebés que estaban hospitalizados y salí con ellos. De inmediato regresé por otros dos mientras el edificio se bamboleaba todavía con intensidad. El director del nosocomio me pidió a gritos que no ingresara de nuevo. “No quiero héroes, todos afuera”, decía. Poco me importaron sus gritos, yo y un compañero reingresamos para apoyar a los pacientes. Adentro, una enfermera y dos de los médicos practicantes decidieron quedarse a cuidar de los ancianos y otros enfermos imposibilitados para salir por su condición de salud. Cuando salía de nuevo haciendo zigzag, con dos niños en brazos y otro mayorcito que se aferró de mi bata, el temblor cesó. El pequeño hospital se mantuvo en pie.

Supe, supimos todos, que no había sido una sacudida cualquiera de esas a las que nos hemos acostumbrado. La fuerza, la duración y el ruido de la tierra nos dieron la certeza de que muchos estarían sufriendo en esos momentos bajo los escombros. Pensé en mis hijos; me mataba la angustia. Mi pensamiento dejó a mi esposo y mis padres en segundo término. Jamás me vi en un dilema como éste. No sólo yo, todos queríamos largarnos a buscar a nuestras familias. Por segunda vez mi sentido del deber se impuso. Atendí de inmediato a pacientes y compañeros en crisis nerviosa, ayudé a uno de los médicos que intentaba mantener con vida a un anciano que sufrió un ataque cardiaco, quien finalmente falleció. Los niños lloraban y los familiares presentes se volvían locos queriendo saber algo de sus enfermos que se quedaron adentro. Algunos de ellos salían auxiliados por miembros del personal. Poco a poco fueron saliendo todos los pacientes, incluso los más graves, en camillas o sillas de rueda, con sus respectivas bolsas de suero y medicamentos.

Lo peor estaba por venir. En autos particulares, en ambulancias, en taxis o a pie, comenzaron a llegar varios heridos de este pueblo y desde distintas comunidades cercanos. Era poco lo que podíamos hacer en los patios y el estacionamiento del hospital. Arrastrando el miedo, ingresamos los que hicimos en serio el juramento cuando nos titulamos. Los que no, se quedaron ahí, hundidos en su cobardía. Parecía un hospital de guerra y me sentí la enfermera de Adiós a las armas, de Hemingway, novela que recién había terminado de leer. Huesos expuestos, lesiones sangrantes, cráneos fracturados, quejidos por todos lados. Dos de los heridos, hombre y mujer, murieron al poco rato; ella, apretándome la mano cuando expiró. Me alcanzó a pedir con balbuceos que dijera a sus hijos cuánto los amaba. Mi corazón se partió, por ella, por sus hijos, por los míos, de los que no tenía idea de cómo estarían. Enseguida entró un enfermero cargando un niño; él no sabía que venía muerto hasta que lo depositó en una cama de urgencias. También llegó una muchachita deshaciéndose en lágrimas con su gato en brazos; el animalito ya no respiraba. Fue difícil convencer a Lupita de que nada podíamos hacer por su mascota. Nos faltaban materiales quirúrgicos, espacios, personal, garra en el ánimo, templanza en los pies, ojos secos y vivos, señal telefónica, alas para viajar a la velocidad del sonido.

Tres horas después, manchados de sangre mi esperanza y mi traje de enfermera, terminó mi turno y corrí a buscar a mi familia. Lloré de alegría al ver a todos a salvo y regresé de inmediato al hospital para doblar turno. Durante el retorno vi casas derrumbadas, la cúpula de la iglesia partida, temor flotando en el aire. Sequé mis lágrimas y seguí llorando interiormente mientras atendía enfermos y apoyaba a los médicos.

Algo cambió en mí. Tenía dudas sobre la intervención de Dios en los asuntos terrenales, pero ese día y los siguientes lo sentí conmigo, adentro. Creí  escucharlo y verlo en la gente que se organizó para levantar escombros, rescatar heridos, donar y distribuir alimentos.

No me siento una heroína como dice el director del hospital, pero les diré algo aunque digan que estoy loca: me siento un ángel de bata blanca, sin alas.

Desde ese día grito menos, amo más, río mucho y abrazo demasiado a mis hijos; también a mi esposo. Ahora es el amor lo que me hace temblar.

 

 



 

 

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Temblores y otras urgencias

 

Arturo Núñez Alday

 

Los relatos que hoy se publican forman parte del libro «De besos, temblores y otras urgencias», de reciente publicación, y que se presentan en estas fechas como una manera de conmemorar el segundo aniversario del temblor del 19 de septiembre de 2017.

Temblores

I

Tiemblo por la tristeza y el frío. Aunque algunos me han ofrecido alimento, he comido poco. Muchos han querido llevarme con ellos, tal vez a su casa o a un albergue donde aceptan a pulgosos como yo. Me llaman de muchos modos: Lobo, Rocco, Figo. No sé cómo se les ocurren esos nombres. Nunca sabrán que me llamo Jacinto; no hay nadie para decírselos. Además, no tengo interés en que alguien lo descubra. Estoy esperando que él salga para ir a caminar juntos al parque, o que regrese desde donde se encuentre. No sé si esté debajo de los escombros o si pudo salir como lo hice yo. Tal vez ni siquiera estaba en casa. No puedo saberlo porque yo dormía en el momento que sentí las primeras sacudidas. Lo busqué en su cuarto antes de intentar escapar. A esa hora no suele dormir, pero desde que nos quedamos solos tras la muerte de su esposa, de pronto se escapa por el sueño en cualquier hora del día. Por eso ignoro qué sucede con él; éste olfato ya no me sirve siquiera para rastrearlo. Tampoco entiendo cómo es que estoy bien si salté desde un cuarto piso; ¿o sólo creí saltar?

Han pasado más de tres días y aquí sigo. Hoy me acarició una mujer que tenía un casco en la cabeza y una niña hermosa me abrazó mientras lloraba. Me dio pena por ella. Estoy acostumbrado a esperar y esperar, a veces hasta dos días para que él me lleve al parque. Ya no camina rápido; es viejo y yo empiezo a serlo. Sin embargo, quita la cadena de mi collar y corro con el resto de mis ímpetus. Lo quiero mucho. Desde hace buen tiempo me deja dormir cerca de él; creo que lo ayudo a enfrentar la soledad.

Muchos hombres han llegado con máquinas y su ruido taladra mis oídos. Han querido retirarme, mas no me moveré de aquí hasta verlo salir, o llegar. Me alejé un poco para no ser un estorbo. Me doy cuenta de que los de mi especie tenemos más larga la esperanza, pero no lo entienden éstos y me azuzan para que me vaya. Ayer por poco muerdo a uno de ellos.

Dentro de poco anochecerá. Los hombres y mujeres siguen removiendo escombros. Los he visto sacar muchos cuerpos y ninguno tenía su olor; sin embargo, algunos de ellos olían a vida.

Ahora están rescatando uno más. Mi olfato se alebresta, tiembla. Me cuelo por entre las piernas de tantas personas y llego hasta él. Huele a vida, pero está muy maltrecho. Persigo a la ambulancia por las calles mojadas. La pierdo en una esquina porque disminuyo la velocidad por el cansancio. Mi olfato, en su última gran osadía, me lleva hasta el hospital. Ahí me estaciono con la esperanza pintada en mis ojos. Me alojo bajo una cornisa en la acera de enfrente para pasar la noche.

Transcurren dos días. Me ha vuelto el hambre al saber que está vivo. Como restos de comida que algunos dejan tirada por ahí.

De pronto empiezo a dudar de mí, de lo que soy. Paulatinamente voy dejando de sentir frío, o calor cuando sube el sol. No defeco y la gente pasa a mi lado como si yo no existiera. Sólo tengo claridad de que lo espero a él. El hambre se me escapa y llega el momento en que no escucho ni mis suspiros. Con el hálito de vida que aún siento poseer, corro rumbo a mi antiguo hogar. Al llegar, veo cómo me rescatan los héroes; mi cuerpo es un fardo sanguinolento.

Entonces comprendo: sólo soy la argucia de un escritor acongojado que me mantuvo vivo para darme la infinita satisfacción de saber a mi amigo con vida. Me dio uso de razón para poder contar esta última alegría y el gozoso temblor de amor que experimenta mi pecho de canina ficción, antes de hundirme en el pozo de silencio apacible que perfora la pluma con el punto final.

II

Estoy temblando de puro susto por la venida del diablo. Mi abuela dice que lo sueltan a las ocho de la noche de hoy. De burra me quedo en la calle después de esa hora. Desde las siete me metí y dejé a las demás niñas jugando allá afuera. Ellas dicen que no es cierto, que eso era muy antes cuando no había luz eléctrica en el pueblo, ni televisión, mucho menos celulares. Dirán misa, pero mi abuelita dice que una vez le tocó verlo cuando era niña. Pasó con su caballazo negro por la calle y se metió en la casa de enfrente, donde vivía una señora de “cascos ligeros”; bueno, así me dijo ella.

Acabo de hablar con mi mamá por teléfono y me pide que no le haga caso. Se trata de una tradición, dice. De acuerdo a ésta, el demonio sale a las doce de la noche, perseguido en todo momento por el ángel Miguel. Además, con las cruces de pericón que mi abuela colocó en todas las entradas de la casa, al diablo no se le ocurriría meterse en ella al estar huyendo, según mi santa madre. Me explica también que si al diablo en verdad le gusta venir a causarnos males, entonces ya vino hace unos días, el 19 de septiembre.

De cualquier modo, por más que quiero dormir y por más cruces que haya puesto mi abuela, no se me quita el miedo. Estoy piensa y piensa en lo que dice mi mamá y mi abue; también pienso en Lupita, mi amiga. Se quedó sin casa con el temblor, y sin gato, porque quedó aplastado por los adobes. Estaba solito en la casa el pobre animal. Aunque Lupita me lleva casi dos años, llora como si fuera niña chiquita; y no es para menos. Mi abue, quien siempre tiene una explicación para todo, dice que se cayeron las casas de aquellos que no tienen temor a Dios. Todos estos desastres, dice, son las señales del fin del mundo. La quiero mucho, pero a veces pienso que mi mamá tiene razón cuando me pide no hacer caso de sus ideas de gente mayor. No entiendo por qué me trajo a vivir con ella. Claro, por irse con ese hombre al que ahora quiere que le diga papá, nada más por haberme regalado un celular más o menos bueno. ¿Quién tiene la culpa de que sea tan miedosa a mis doce años? Pues ella; por su calentura me trajo a vivir con la abuela y me volví bien collona.

Antier vino a verme mi mamá desde la ciudad, me platicó que su primo, el tío Pepe, quedó muy mal herido porque se cayó el edificio de apartamentos donde vivía. Estaba en el cuarto piso y el temblor lo agarró en el baño. Hasta después de tres días lo rescataron con muchos huesos rotos. Pobrecito de mi tío, imagino cómo estará en el hospital. Sólo una hermana lo cuida y a veces mi mamá. Fue mi madre a quien le tocó decirle lo de Jacinto, su perro. Lo encontraron los rescatistas dos días después que a él, bien muerto. Una vez lo trajo al pueblo y le pedí a mi tío que me lo regalara; estaba hermoso. Aquí había espacio para que corriera, no como allá, siempre encerrado en un departamento. Si me hubiera hecho caso, Jacinto estaría vivo.

Ya van a dar las once y no me puedo dormir. Mi abuelita ronca desde hace como una hora. Mejor rezaré un rato, como hace ella antes de ir a la cama. Creo que mi mamá tiene razón: el diablo ya vino hace días y nos trajo el temblor. Y ni San Miguel, con su espada flamígera, pudo evitarlo. ¡Ay!, de veras mi abue me ha llenado la cabeza de tantas cosas, que ya ni sé qué pensar.

¿Qué son esos ruidos en la calle? ¡Ay, Diosito! Están correteando a alguien, ¿Será al Diablo? ¡Ay!… Ya pasaron frente a la casa y mi corazón va a reventar de miedo. ¡Ahora suenan balazos! ¿A poco San Miguel carga pistola en lugar de espada? Mejor me voy a dormir con la abuela antes de que no pueda ni moverme por el susto. Yo no sé cómo, pero ahora sí se soltó el diablo. ¡Abuelitaaa….!

III

Estoy temblando, pero de alegría. Desde que se cayó mi casa estoy contento. Los demás andan tristes y no entiendo bien por qué. Ahora veo pasar a todas las personas caminando por mi calle; a muchas nunca las había visto. Y veo los coches, y los perros, y al señor que vende tamales, y… a las muchachas bonitas. Sólo las he visto en la iglesia cuando me ha llevado mi mamá para que me eche agua bendita el padrecito; pero es una vez al año, creo. Ahora las veo y ellas me ven. Me hacen gestos que para mí son como sonrisas.

De mi cuartito no quedó nada. También se cayó la cocina y el corredor, y la salita donde mi mamá veía las telenovelas. Toda la casa se tiró. Se me hace que se cansó de estar parada todo el tiempo, sin moverse, igual que yo, sentado siempre en mi silla.

Antes de que temblara me sacaban al patio y ahí estaba todo el día viendo a los marranos, y a las gallinas que me picoteaban los pies, y a las maripositas parándose en una flor, y luego en otra y en otra. A mí me gusta ver las mariposas, porque imagino ser una de ellas y vuelo por encima de las tejas y me voy lejos, muy lejos. Luego, en la tarde, me metían a mi cuarto y por la ventanita veía cómo se iba apagando la luz. Entonces me dedicaba a soñar. Una vez soñé que no tenía la boca chueca y las manos torcidas, no se me caía la baba y podía caminar. Otro día soñé que me veía en un espejo, como se ve mi hermano todos los días antes de salir a pasear por la tarde. A mí nunca me han dejado verme. Mi mamá dice que los espejos mienten.

Me acuerdo que hace mucho mi hermano me llevó a pasear con él. Me bañaron, peinaron y pusieron ropa limpia. El paseo duró poco, porque mi hermano se regresó enojado; ha de ser porque me salía mucha saliva por la boca, por tanta emoción de ir con él. Esa vez vi a Lupita en la panadería. Otro día la vi en la iglesia de nuevo. Ya no la he vuelto a ver, pero me dijeron que también se cayó su casa y murió su gato. Le conté a mi mamá que la quiero y ella me prometió guardar el secreto. Me gustan los hoyitos que se le hacen en los cachetes y tiene como chispas en los ojos.

Ayer vinieron a vernos unas personas; nos trajeron unas cajas llenas de comida, unas lonas para no mojarnos con la lluvia y muchas botellas de agua. Venía una muchacha de ojos verdes, como los tienen las mujeres de las telenovelas que ve mi mamá. No podía dejar de verla. Como soy tonto, creí que era la virgen del templo que bajó de su altar para venir a visitarme. Me salió mucha baba por mi boca. Luego mi madre me explicó que ellos vinieron de la capital. Desde entonces quisiera conocer alguna vez la ciudad. Quedarme todo el día en una casa que se haya caído con un temblor, para ver pasar por la calle a tantas muchachas de ojos verdes; allá seguramente hay muchas.

Yo entiendo poco de las cosas, pero oigo decir a mi papá que nos ayudarán a construir otra casa. Mi corazón tiembla de tristeza, porque entonces ya no vería la calle y a Lupita cuando camine por ahí. Quisiera decirle que puedo ser su gato, o su perro, si quiere. Ella sería mi mariposa y me enseñaría a volar para escaparnos juntos por arriba de los tejados.

Ya empieza a oscurecer. Vendrá mi mamá, me dará algo de comer y me llevará a dormir en una casita de campaña que nos regalaron. Me gusta porque arriba tiene una ventana por la que se ve el cielo. Llevo dos noches durmiendo ahí, solito. No quiero decírselo a nadie, pero presiento que una noche de éstas, mientras esté soñando, me voy a escapar por ahí convertido en gato. Así no le daré más lata a mi mamá y podré ir a vivir con Lupita.

 



 

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Toledo

 

Arturo Núñez Alday

 

Ti xcaanda: ga’ca shisha sicarú ni qui huayuu,  guiuuni ti biine’ni.

(Una aspiración: hacer que algo bello que no existía,exista por mí)

 

 

“Enviamos papalotes a buscarlos al cielo”

Haces bien, Toledo, porque aquí se han buscado a los 43 por mar y tierra, debajo de ellas, por encima, y nada. Se han secado todas las lágrimas de sus padres y ellos no aparecen. Quisiera ser crédulo y tener la convicción de que hay en el cielo un lugar que los resguarda, porque si no es así, ¿para qué sirve el cielo, entonces? Puro azul inútil sería. ¡Vuélalos, Toledo!, con la ayuda de 43 niños oaxaqueños. Nadie más que tú podría traerlos de vuelta. Los veré bajar por los hilos de los papalotes hasta las ofrendas donde los esperan sus padres y hermanos. Y déjalos aquí si es posible, en sus montañas que los quieren como nodrizas que los amamantaron, aquí con sus perros que los extrañan. Píntalos en tus cuadros, entre tus ranas, pájaros y monos; ahí estarán como en casa. Porque vivos los queremos para siempre, vivos en tus nobles tinturas.

“¿Miedo? Sí, cuando duermo. En los sueños sí, y corro mucho”

En las manifestaciones, ¿no tienes miedo, Toledo?, ¿no te da miedo la estupidez que se da como en maceta? ¿Las balas? ¿Los políticos? ¿Las mujeres hermosas? ¿Las iguanas, los alacranes y los murciélagos? ¿Nada? ¿En verdad solo en los sueños? ¡Bendito seas, Francisco! Ahora entiendo porque eres grande y diverso como Oaxaca. Todas las historias de tu tierra han ocurrido para que tú nacieras y pintaras y mandaras al carajo a Ronald McDonald. Cuando la mayoría de los mexicanos seamos grandes como tú y como tu camisa desfajada y tu pelo revuelto, tampoco tendremos miedo. Nos educaste para eso y sin pretenderlo, aunque seas un hombre modesto y acaricies nervioso tu melena con la mano diestra.

“En la familia nunca se creyó en Dios”

Y haces bien. Los incrédulos suelen ser más nobles que los crédulos y son los que cambian al mundo, o en todo caso, ayudan a despertar a Dios de su letargo y espabilarse. ¿A poco crees que los curas y las beatas, quienes dicen conocer la palabra del creador invisible, te hubieran dejado pintar esos penes enormes a tus animalitos? ¿A poco piensas que no te hubieran agarrado las manos para que no pintaras? En nombre de Dios se han cometido las peores atrocidades y es bueno que no hayas sido preso de sus sentencias, porque no existirías, Toledo. Tú eres de aquellos que no necesitan a Dios; tal vez él, si insistimos en su existencia, sea a quien resulte imprescindible el genio de personas como tú.

“Pinto porque no pude con las matemáticas”

¿Te imaginas, Toledo, cuántos talentos se han extraviado por no saber dar buen cauce a su odio o incapacidad con las matemáticas?  ¿Qué hubiera pasado si te aferras a los números, al orden geométrico y la rigidez de las líneas? Aunque los cubistas, por ejemplo, dirían otra cosa; encontrarían el arte en la composición intelectual y geométrica. Pero tú no eres cubista ni nada parecido, tú eres Toledo y estás hecho de Oaxaca, de las sandías de Tamayo, de tus niños, de las tlayudas, de los moles y tu rebeldía. Cuando dices que tu arte es una mezcla de lo que has visto y de otras cosas que no sabes de dónde vienen, basta mirarte para saber de dónde llegan tus soplos: es el amor, Francisco, ese que sientes por el color de tu tierra zapoteca y mixteca, amor diluido que llueve sobre ti e inunda tus ojos de asombro permanente, y luego lo conviertes en tus juegos de color y magia sobre los lienzos. Pinta, pinta siempre, poeta de los ocres; danos los colores del maíz, la calabaza y el chile, enséñanos el color y la belleza de los insectos, que solo en tu obra son bellos.

“No voto porque soy impaciente y no puedo estar en la cola esperando”

De cualquier modo, Toledo, los mexicanos llevamos décadas o siglos esperando. Es una cola larga de sexenios y de risas. Una cola parecida a la de tus animales fantásticos. Ha de ser bello perder o ganar tantas horas en ese mundo mágico e irreverente que construiste, en el que, en efecto, no hay por quien votar. Y no quiero pensar que alguna vez te inspiraste en uno de esos cretinos que saltan de un partido a otro pidiendo el voto como prostitutas. Hubiese sido un homenaje inmerecido para ellos. En cambio, tus animales son hermosos y enigmáticos, habría que visitar Juchitán para descubrir alguno de ellos paseando por una calle o por los campos, habrías de volverte niño de nuevo y llevarnos a conocer todo eso que asombró para siempre tu mirada.

“Y hay una receta de Kafka para matar un gato… y en Juchitán, hay una receta para matar una iguana: tienes que agarrar el gato, cerrar la puerta en su cabeza y luego jalarle la cola. Así es como se matan las iguanas. Yo he hecho dibujos de eso porque vi a mi mamá hacerlo”

En ese entonces había muchas iguanas, Toledo. Ahora ya no. Pienso en tu madre y en la crueldad necesaria que ejercía al preparar para ustedes el tlemole de iguana con ejotes, trozos de elote y calabaza. ¿Guardas algún remordimiento por esos animalitos prehistóricos que te comiste? Tal vez, si no las hubieras comido no llevarías a las iguanas dentro de ti y no podrías dibujarlas. ¿También comías insectos cuando eras niño? ¿Te impresionaron los penes largos de los burros manaderos y por eso los dibujas? Sabes, Francisco, hoy en día hay una receta mejor para matar un gato: sales a la carretera en tu auto, aumentas la velocidad y algún cuadrúpedo felino cruzará impertinente por ahí. Hemos cambiado, Toledo, mucho. Esta modernidad que tanto combates nos pisa tan fuerte que hasta las formas de morir se han multiplicado. Tú sigue ahí, en ese reducto de tierra bella; país dentro de un país, mar y guelaguetza, montaña e historia. Ahí vive para siempre aunque un día de estos te mueras. La ventaja de los grandes como tú es que morir no resulta fácil. Sospecho que la inmortalidad es tu condena.

 



Hombre pájaro

 

Arturo Núñez Alday

La semilla

Andresito escucha arrobado por los sonidos acompasados del tambor y la flauta; descienden hasta su oído junto con los rayos del sol desde los veinticinco metros de altura del enorme poste plantado en medio de la plaza, obtenido de una ceiba o pochote, en cuya punta han iniciado el ritual el caporal que hace la música y cuatro hombres voladores del pueblo de Papantla. Su devoción es auténtica, pues saben que además de solicitar la bondad divina con esta ceremonia, uno de los cuatro hombres pájaros es su padre. Su pecho revienta de orgullo mientras su madre lo atenaza de una mano. Debe ser bonito ver el cielo de cerquita, piensa, mientras las notas que el caporal hace nacer y caer como lluvia lo llenan de una emoción irrepetible. Ni los paseos por el  río, ni la niña de mejillas de durazno con quien comparte banca en la escuela, ni las lecciones de catequismo o los partidos de futbol en el llano, lo emocionan tanto como ver descender a los voladores. Con la misma precisión de un péndulo de reloj, cuenta cada una de las trece vueltas que da su padre hasta caer suavemente en el suelo, convertido en gota de lluvia colorida que al llegar a la tierra la fertiliza y promete humedad suficiente para ver crecer y expandirse el verdor de los plantíos de maíz.

Andrés sabe, porque se lo han enseñado, que cada hombre pájaro da trece vueltas para dar un total de 52, el número de años equivalente al ciclo solar, y también que cada uno de ellos apunta hacia un punto cardinal. En su cabecita de ocho años rebotan esos números mágicos y despiertan su curiosidad de niño totonaca, digno heredero de una cosmovisión que coloca muy por encima de nuestras pequeñas fuerzas humanas a las de la naturaleza, de los astros y de sus ciclos, de los que somos súbditos ante su vital presencia y movimiento.

El año anterior, Andrés acompañó a su padre y a los demás hombres a cortar el árbol del cual obtendrían el nuevo poste para instalarlo en un pueblo cercano del estado de Puebla, acción con la que da inicio el ritual. La comunidad es la que eligió el árbol a través de sus representantes, selección hecha con mucho cuidado; luego de que los hombres pájaros bailaron un buen rato la danza “del perdón” alrededor del árbol, inclinando el cuerpo a modo de reverencia, lo derrumbaron, cortaron sus ramas y lo condujeron hasta el centro del pueblo en medio de un clima de fervor que a Andresito lo marcó para siempre. Quiero ser un hombre pájaro, dijeron sus ojos admirados.

Al ver llegar a su padre una vez terminado el ritual, Andrés cree estar viendo al dios dueño del viento, una de las deidades secundarias de la cultura totonaca, con su cabeza envuelta por un paliacate y un pequeño penacho multicolor en forma de abanico que simula el copete de un ave, y también simboliza los rayos solares que nacen de un pequeño espejo equivalente al Sol. Largos listones caen sobre su espalda simulando el arcoíris después de la lluvia. De su hombro derecho caen diagonalmente sobre pecho y espalda dos semicírculos de terciopelo rojo que simbolizan las alas de los pájaros; sobre ellos hay figuras de flores y aves coloridas. Su pantalón de tono colorado tiene adornos de chaquira y espiguilla y calza los cásicos botines de piel de tacón alto que usan los hombres totonacos. ¿Cómo no sentir una profunda admiración por su padre cuando le acaricia amorosamente sus hombros?, ¿cómo no desear convertirse algún día en hombre pájaro y subir al palo volador para pedir al dios Tajín, el dueño del trueno, que les regale la bondad de la tormenta que hace bajar la lluvia? Se va de la mano de sus padres con su destino bien claro pintado en la sonrisa.

El plumaje

Los años no lograron arrancar de Andrés la ilusión de volar. Ha cumplido trece y es menester que muestre su vocación por el aire. No se ha borrado de su rostro el gesto de admiración por los hombres pájaros. A él no lo seducen nuevos destinos como sí les pasa a otros de su edad, no le cruza por la mente otro que no sea subir al palo volador, quedarse en su tierra donde los tonos de verde se multiplican y la mejor música la escucha nacer de las gargantas de las aves. Es hora de practicar la danza y el vuelo, primero en poste de tres metros y luego en otro de siete, y así hasta alcanzar la mayor altura en la que sea capaz de escuchar  la voz de sus dioses híbridos, como lo imaginó desde muy niño.

Al llegar el momento de su primera aparición en público en un mástil de quince metros junto con otros iniciados adolescentes, incluida una mujer cuya presencia rompe una tradición típicamente masculina, Andrés es ayudado por su madre para vestirse con el traje característico. Es ella quien callada sufre sus temores por los riesgos ante una mala ejecución del ritual; el muchacho está como en éxtasis. Al caminar rumbo a la plaza después de recibir la bendición de su madre, Andrés siente que flota sobre la calle empedrada. Sus tiernos ojos tornan a ser poco a poco los de un halcón, sus brazos van ganando la ligereza y fuerza de las alas y su cuerpo entero se viste de plumaje colorido; su mente también. Porta orgulloso el pequeño penacho multicolor, anunciando a todos que es un hombre tocado por la divinidad, con la potestad de mirar de cerca al Sol y convencer a los dioses de regalarnos la tormenta y la lluvia. Antes de subir inicia la danza reverencial alrededor del poste. Andrés entra en éxtasis, solo existen sus hermanos pájaros, el árbol sagrado y el viento que lo espera.

Inicia el ascenso y sabe que sube para hacer frente a sus miedos, que será un hombrecito nuevo cuando logre la punta y se deje seducir por el tambor y la flauta. La sensación que obtiene al estar sentado en uno de los lados del cuadro de madera que sostiene a los cuatro danzantes mientras el caporal toca y danza de pie, le dice que a partir de ese momento ya es otro. Abajo quedó el chico que temblaba de emoción y arriba se encuentra un hombre halcón que se topa de frente con el dios dueño del viento. Su imaginación comete la osadía de creer ser tal dios. Para ese momento ya es otro que ha multiplicado su edad por cuatro, experimenta tal poder que siente tener los mismos años de duración de un ciclo solar.

Llega la hora del descenso, abre sus alas y en cada una de las trece vueltas Andrés se conquista a sí mismo y al público. Piensa que nunca podrá dejar de volar. Su destino es el aire y a él le promete devoción eterna. El chico que toca tierra trae una verdad nueva en su mirada y así lo hace saber a su padre cuando lo abraza orgulloso, con esa parquedad del hombre totonaca que no necesita aspavientos para manifestar sus emociones.

Andrés presume ahora su nuevo plumaje y lo hará por muchísimos años más.

El retiro

Voló infinitas veces en su tierra natal y en El Tajín, en el museo de Antropología e Historia, cerca del Castillo de Chapultepec; muchas veces en los estados de Puebla e Hidalgo, una larga temporada en Teotihuacán, otra en un parque de diversiones de la Riviera Maya y en más lugares de país. Su logro mayor fue haber volado en Cuba ante las barbas y los ojos emocionados del mismísimo Comandante Fidel Castro, quien estrechó su mano tan fuerte, que no olvida jamás la sensación de ese encuentro. Subió a mástiles de hasta treinta metros de altura y de estructura metálica, como resultado de los afanes de algunos por convertir el ritual en un gran espectáculo de valentía y arrojo.

Vio hacerse mayor a su padre y abandonar para siempre el penacho y el traje. Vio crecer a sus hijos, uno de ellos con el mismo ardor que el suyo en su mirada. Sintió la admiración de miles de espectadores, pero también cierta indiferencia en los ojos de muchos ante un ritual incomprensible para ellos, considerado tal vez un resto de culturas primitivas, o un acto pagano que atentaba en contra de las “verdaderas formas de la fe cristiana”. Dejó de sentirse poco a poco la encarnación viva del dios del viento, y sus rodillas, su cintura y su espalda también fueron dándole evidencia de que no lo era.

Cuando cumplió los cuarenta y cinco años experimentó de pronto que había desaparecido la emoción y estaba dejando así de respetar a los dioses totonacos mayores: el Sol, la Luna y las estrellas. No lo pensó demasiado, habló con sus compañeros de vuelo, con su esposa y consigo mismo. Vivió el ritual un día más en el centro de Papantla y trató de experimentar por última vez aquella emoción de su primera oportunidad. Al descender en círculo por el aire sintió que sus brazos eran alas de verdad y creyó mirar en cada uno de sus tres compañeros el cuerpo y el rostro del dios Tajín; él mismo creyó tenerlos. Lo tomó como un mensaje y lágrimas inesperadas que nadie advirtió también volaron en descenso, tocaron la tierra y sembraron el inicio de un nuevo sendero en su vida. Al llegar al suelo supo que él era la revelación que esperaba, el poder desconocido que buscaba fuera y de pronto descubría dentro de sí mismo. Abrazó a sus hermanos pájaros y caminó como un dios hacia su nueva vida; a su lado, su compañera de siempre.

Hoy en día es ese mismo hijo suyo que nació con igual azoro en sus ojos el que hace temporada de vuelos en la zona arqueológica de Teotihuacán. La dinastía continúa. Andrés emprende otro tipo de viajes, acostumbrado a ir de aquí para allá, en busca del aire siempre, de sus aromas y canciones. Con su traje típico totonaca hace sonar sus botines negros por las calles de algunas ciudades, cargando una variedad de camisas bordadas hechas artesanalmente en su tierra. En su mirada aún puedes observar, si escudriñas con cuidado, el cielo abierto y bondadoso que él veía desde la punta del mástil, las montañas verdes y las bandadas de pájaros cruzando el viento. Si tienes suerte y deseo de encontrarlo, lo hallarás un sábado o domingo en el centro de Cuernavaca, tal vez sobre los arcos del Teatro Ocampo o en la plaza de armas, a la entrada del Cine Morelos o de la catedral sobre la calle Hidalgo. Ciento setenta pesos te cuesta una camisola blanca totonaca o una camisa bordada; ciento setenta pesos poder ser un poco como él. Poca plata para ponerte la misma camisa que porta un hombre dios, quien camina por nuestras calles como cualquier hombre pequeño.

 

 



 

 

Demonias, filos y banderas

 

Arturo Núñez Alday

 

“Quienes no se mueven no notan sus cadenas.”

Rosa Luxemburgo

 
“Dicen los demás que fueron años, pero yo he vivido eternidades de silencio

y pesadillas donde caben todos los horrores primigenios”.

 

 

Llego tarde a mi vida, pero llego. Las estrellas en mi piel comienzan a brillar cuando la falta de tersura las opaca y las arrugas las engullen silenciosamente. Sin embargo, aun con cicatrices y sensaciones de plomo en mi espalda, quiero vivir. Estoy saliendo de un mundo que enrejó mis sueños por siglos. Dicen los demás que fueron años, pero yo he vivido eternidades de silencio y pesadillas donde caben todos los horrores primigenios. No hay demonio que no visitara mi celda, ni ángel alguno que ahí compareciera piadoso. Yo, la mujer demonia, cultivé dentro del miedo al querubín que me habitaba sin saberlo. Sus alas fueron creciendo hasta levantarme en noches de luna y llevarme tras los rayos que se filtraban por las rejas. Por eso fue que no morí todas mis muertes y guardé unas cuantas vidas debajo de mi piel mancillada, donde nadie las hallara ni las intuyera.

Me cuesta respirar este aire que azota deliciosamente mi cara ahora que camino otra vez por una calle. Soñé esto muchas veces sobre el camastro de mi celda: pisar el pasto con mis pies descalzos, mojarme con el agua de una fuente, tomar un helado de vainilla, ver correr a mis niñas tras su perro con orejas grandes. Ahora ando en busca del prado y de la fuente con cierto miedo de encontrarlos; mis hijas han crecido y el perro seguro habrá muerto. Debo reiniciar y no sé exactamente cómo. Temo encontrarlo a él y se filtran hilillos de miedo por entre los vellos de mi piel. Sé que no es posible porque lo maté, pero no puedo evitar sentirlo vivo, tanto, que lo presiento en los ojos de algunos que se cruzan en mi camino. Nunca creí en los fantasmas, pero ahora sí. Escucho las noticias y caigo en la cuenta de que el hombre que muchas veces me asesinó sin quitarme la respiración aún merodea por las calles y a plena luz del día, o maneja taxis con su disfraz de inocente, o porta traje de policía y me mira lascivo cuando doy vuelta en la esquina.

Cuando le di a beber el somnífero en el café, un día después de la última golpiza que me regaló, lo hice a nombre de todas las mujeres que nunca se atrevieron a hacerlo ni se atreven aún. Diez años presa no fueron suficientes para arrepentirme, ni siquiera para perdonarlo. Lo hice por mí y por mis dos hijas que también aprendieron el discurso del opresor. No olvido la suave sensación al cortar con la navaja sus testículos, fue un placer distinto el que agitó mi respiración inesperadamente, como derrumbar la estatua de un dictador y verlo hundirse poco a poco en un pantano de sangre. Es increíble cómo podemos aniquilar a quien alguna vez se amó. Lloré mientras él se desangraba lento frente a mis ojos, lloré por aquel que creí que fue algún día, por los que muchas creemos que son esos amables niños tramposos que nos abren la puerta del coche y nos prometen frente a un juez de paz aquello de que no son capaces. Lloré por mi nariz rota, por la cicatriz de mi barbilla, por mi clavícula partida y mi corazón remendado. Fue algo parecido a un orgasmo de mi espíritu, un grito de libertad que me encerró en cuatro paredes que al final se volvieron mis hermanas, tibios muros que no pudo atravesar la mano crispada de algún hombre cruel.

En este primer día de cielo abierto y muchedumbre mis pies no saben conducirse, son los de una niña que va por primera vez a la escuela. Necesito la mano de mi madre que me lleve, pero ella ya no está. De mi padre no espero nada porque no lo conocí. Era un cabrón, decía mi madre; es todo lo que sé. Mis hijas se fueron de la ciudad. Una de ellas vive con mi hermana en otro estado y la mayor cruzó la frontera siguiendo a un tipo; algún dios quiera que no repita mi historia. Tendré que volver a empezar con el apoyo de Cuca, mi amiga entrañable, quien también no tiene a nadie. Nunca creyó en los hombres y no sé si hizo bien, porque no todas tienen la misma suerte. Mi hermano Adolfo también se fue del país. Me visitó antes de irse, una sola vez, y nunca volví a saber de él. En vez de flores me dejó un ramo de palabras, definitivas, sentenciosas: “Cuando salgas de aquí no se te olvide que eres mujer, carajo, no pidas demasiado de un hombre”. Me acuchilló con su boca. Después lo odie y con el tiempo lo saqué de mi pecho; no existe más.

En la cárcel aprendí que todos necesitamos una bandera para vivir, aunque no de tela y colores. Tuve tiempo de sobra para confeccionarla con retazos de orgullo, atisbos de fe y libros, muchos libros. Varias veces, al pensar que la tenía lista en mis manos, la quemé hasta convertirla en cenizas. Así aprendí que las cenizas son vida, pues de ellas renací. Ahora escucho las voces, las proclamas, la indignación acumulada reventando en las calles. He visto por televisión a las de rostro cubierto y a esos puños de rabia calentando el aire y haciendo añicos los vidrios de la indiferencia. Las miro abrir las heridas históricas de las mujeres, mientras en sus curules y en los cuchitriles de su cabeza muchos hombres violentos tienen miedo, se repliegan, aunque lo harán solo por un tiempo. En efecto, el dinosaurio es duro para morir. En esas marchas y esos grupos organizados hacen falta demonias como yo, y hombres ángeles, que también los hay. Brujas amorosas que conocen su rabia y hombres de pecho fuerte que saben de su ternura podemos lograr una alquimia poderosa.

Veo venir a Cuca, mi única familia por ahora. El tiempo transcurrido también es evidente en su rostro. Sin embargo, su sonrisa es el mejor regalo este día de mi libertad condicionada. Hoy quiero beber café o una cerveza junto a ella y llorar lo que sea necesario en sus hombros, pisar juntas el pasto de un parque y tomar un helado en cualquier lugar. Y después dormir quince horas en una cama blanda y despertar con el aroma de café y pan con mantequilla. No pido más. Las demonias nos conformamos con pequeños cielos, pero sabemos incendiar los infiernos.

Mañana habré de asomarme al mundo, arrear la bandera, mostrar mis cicatrices y juntar mi grito al de otras. La sororidad que promuevo sabe cortar de tajo la opresión y verla desangrarse, hasta morir.