Lunear la palabra

 


 

 

«A los trabajadores de la salud caídos. Y a los que luchan»

 

Arturo Núñez Alday

 

ODA INELUDIBLE

 

¡Qué dadivosa vida

tiene quien porta albísimos ajuares

y va, con tea encendida,

andando los lugares

donde no cantan aves ni juglares!

 

¡Qué pabilo encendido

lleva en su corazón tan incendiado,

que su vida, si pido

su sacrificio alado,

la diera con temple de soldado!

 

Por los pasillos yermos

del hospital donde loan vida y muerte,

en el jardín de enfermos,

entre latidos inertes

corta flores de su elegida suerte,

 

sin matar la fatiga

su pasión por curar, siempre exaltada;

sin que su amor desdiga

la sabia no ganada

y se ponga a llorar en una estrada.

 

Entre pulsos de vida,

entre anhelos de rostros macilentos,

hurga en la herida

de la muerte su alimento

y el hombro de algún dios como sustento.

 

¡Quiero cantarle un verso,

uno amable de amor bien enhebrado,

en el que suene terso

si puedo, afortunado,

el júbilo de quienes ha salvado!

 

¡Quiero echar fuera el grito

de aquellos que callan, ya vencidos

por el velo contrito

de la muerte, heridos

emigrantes de la luz y los sonidos!

 

¡Quiero darle el abrazo,

si pudiera, por los que no lo darán

y han dado el paso

más allá del parián,

que es este mundo de farsa y celofán!

 

¡Ponte la bata blanca,

hermano del dolor y la pavura!

¡Prende el alma y arranca

la triste cara dura

de ese germen que ensucia la hermosura!

 

Si en el intento vuelas

desde esta dimensión a otra mayor,

hablarán las estelas

de tu destino mejor

entre aplausos y mejillas en rubor.

 

¡No te baste una vida

para plantar banderas en la luna!

¡No te venza la herida

de la muerte, lobuna

y codiciosa dama inoportuna!

 

¡Habremos de esperarte

cuando se abran puertas y ventanas,

tocarte y abrazarte

con risas y campanas,

cuando aviven las calles y las ganas!

 

¡Señor de toga blanca

y de la cofia señora angelical,

mi emoción estanca

en el paso desigual

de las horas que rediman de este mal!

 

¡Cubre sol, abriga luna,

las bondades perpetuas del galeno

y la mano oportuna

de enfermera, en pleno

acto de amor terrenal y sereno!

 


 

Pequeña flor.

 

Ramillete de luz sobre fondo negro

 

Arturo Núñez Alday

 

Debe hacerlo. Entiende que no tiene alternativa a pesar de que en el test de factores de riesgo sumó tres: es hombre ─reflexiona sobre la naturaleza anti misógina del virus y su función depredadora pro equilibrio─, es pre diabético y ya rebasa los sesenta. Sabe que un cantante ochentero famoso murió hace poco por el virus, del que se contagió sin haber salido de casa y guardando estricta cuarentena por dos meses; a pesar de eso, un tomate portador, una lechuga o la caja de cereales se encargaron de hacer cumplir su destino trágico.

Armado con cubrebocas, careta plástica, guantes, camisa de manga larga, gorra y gel antibacterial abre la puerta del auto con decisión. La mañana es calurosa y aun así no enciende el aire acondicionado. Le han dicho que es imprudente, porque el virus se encuentra a sus anchas en el clima templado o frío. Deja un poco abiertas las ventanillas del auto. Antes de girar la llave de encendido recibe el saludo del vecino de al lado, un casi octogenario sonriente y amante de la vida que todos los días sale a comprar el periódico en la esquina con la única protección de un cubrebocas de tela, al que da el mismo trato que un niño a su máscara del Hombre Araña, pues lo baja hasta su cuello y lo vuelve a subir cada tres minutos. Alarmado por el saludo imprevisto desde tres metros de distancia sube completamente el cristal de su ventanilla, temeroso de que el aire que agita con su mano el vecino pudiera empujar hacia él al monstruillo indeseable. Apenas responde con un gesto hostil que el anciano bonachón no puede adivinar del todo con sólo ver los ojos de su vecino arisco. El temperamento sanguíneo del hombre mayor le permite no dar importancia al asunto.

Al iniciar su recorrido se topa con dos chicos paseando en bicicleta. Piensa en lo irresponsables que son sus padres al permitirles salir a la calle a ejercitarse sin protección alguna y con la sonrisa franca. Dos niños saltan y salpican agua en una alberca de plástico en el jardín de su casa, mientras su padre bebe una cerveza a su lado. ¡Estúpido!, piensa, como si la cerveza fuera portadora irremisible de todos los males. Enfadado, acelera para llegar pronto al supermercado. Piensa en encender la radio para escuchar las últimas noticias de la pandemia, pues hace casi dos horas que no se pone al corriente y eso lo martiriza; pudiera ser que para este momento del día ya esté muerto otro famoso o Trump haya cumplido su promesa de desarrollar una vacuna y con eso recupere terreno en la campaña para su reelección. Desiste, pues por súbita fobia se le ocurre que el mal pudiera viajar a través de las ondas radiales y la idea lo aterra, después de todo no es mucho lo que se sabe aún sobre el horrendo asunto. Se detiene en el primer semáforo. Tiembla al ver venir hacia su auto a los limpiaparabrisas y a vendedores ambulantes. Cierra por completo las ventanas y se molesta por la insistencia de un joven con rostro suplicante que le ofrece limpiar el cristal delantero. Activa la emisión de los chisguetes de agua desde el tanquecillo del carro, en un intento por inhibir la insistencia del muchacho. El semáforo se ha puesto en verde. Acelera con fuerza.

Llega al estacionamiento y ubica su auto lejos de cualquier otro. Aunque hay lugares con sombra elige uno bien soleado; tiene fe en el poder del sol para sanitizar el auto. Viene el proceso difícil, el mismo que repitió hace cuatro semanas cuando no estábamos aún en fase tres y gastó casi el total de su pensión en proveerse de lo necesario para no salir de casa, sin que fuera suficiente. Desinfecta otra vez sus manos con gel, coloca sobre su cabeza la careta y se enfunda los guantes de plástico. Apaga su móvil y lo deposita en la guantera. También escuchó que los aparatos electrónicos atrapan fácilmente virus y bacterias en su campo magnético. Baja del auto y con el corazón batiéndose se dirige a la entrada del centro comercial.

Antes de tomar el carrito coloca desinfectante en sus manos y las frota sobre el largo del manubrio. Al entrar, un policía pone nuevamente gel en sus manos y toma la temperatura en su frente. Pase, le oye decir. No resiste preguntarle cuál fue el registro del aparato. 36.6, contesta el de uniforme. Su respiración se ofusca y siente que exuda repentinamente chorros por su piel. ¡Una décima de grado por arriba de la medida normal! ¿Qué significa eso? Sin aproximarse demasiado al guardia le pide que mida nuevamente su temperatura. El aparato da ahora 36.4. Respira tan profundamente como se lo permite el cubrebocas. Relájate, todo marcha bien, se dice dándose ánimo.

El recorrido planeado es el mismo de siempre: farmacia, artículos de limpieza, abarrotes, carnes, leches y derivados; frutas y verduras al final. Camina serpenteando entre las personas, tratando de no acercarse a menos de un metro de alguien. Después de terminar con la sección de leches y derivados, con cierta angustia por llevar un retraso de diez minutos de acuerdo al tiempo previsto, sucede lo inesperado, aquello que no pensó como una clara posibilidad: toparse con algún conocido. Ve venir a Eréndira directo hacia él, sólo con cubrebocas y con ojos emocionados por encontrarlo. No se veían desde la universidad, desde que él aún no agriaba su carácter y era un pasante en Administración de Empresas. Increíble que justo hoy se encontraran. Trata de eludirla fingiendo no verla, pero es contraproducente. Ella va tras él por el pasillo de los atunes y lo llama por su nombre al tiempo que lo toma del hombro. En ese instante piensa que su destino está sellado: catorce días después o antes presentará los síntomas y morirá luego en un hospital. Lo peor es que no habrá quien recoja las cenizas, pues su esposa se marchó muy lejos desde que lo dejó y sus hijos no viven en el país. Voltea hacia ella y de su boca sale un violento “¿cómo te atreves, imbécil? Eréndira se siente herida por el que fue su gran amigo al final de su carrera y no entiende por qué el hombre huye rumbo a la salida en un estado de agitación que no pasa desapercibido para el resto de los clientes, sin comprar las frutas y verduras que faltaban. Evita seguirlo y piensa que tal vez se ha confundido. Después de todo, las personas cambian mucho en treinta años.

Él ha llegado al área de cajas y elige la que tiene un solo comprador en espera de realizar su pago. Detrás suyo se coloca en fila una dama de alrededor de cincuenta, quien se acerca hasta casi tocarlo con el carro de las compras. Le pido mantener su distancia de metro y medio, ¡por favor, señora!; suelta con ímpetu y la mujer reacciona asustada y prefiere ir hacia otra caja. Obviamente paga con tarjeta de débito y la desinfecta profusamente con alcohol en gel. El niño que empaca los productos se queda con las ganas de recibir una moneda.

Al salir pide al guardia tomarle nuevamente la temperatura. Treinta y seis punto seis. Esto va mal, piensa. Se siente mareado, tal vez por respirar con profusión e inhalar demasiado dióxido de carbono por efecto de tener cubiertas su boca y nariz. Deposita rápidamente los artículos en la cajuela, se retira los guantes y los arroja en una bolsa especial de desperdicio. Desinfecta sus manos antes de manipular las llaves del auto y la manija de la puerta. Toma el atomizador con la solución sanitizante que había preparado desde casa y rocía su calzado, su ropa e incluso su pelo. Al tomar asiento nuevamente embarra sus manos con desinfectante y luego el volante del auto. Enseguida se quita el cubrebocas arrojándolo a la bolsa especial y se coloca otro nuevo.

Mientras vuelve a casa, con las ventanas del auto abiertas apenas en rendija, su cuerpo se acalora más. Va molesto por el encuentro y porque deberá comprar lo que hizo falta en los puestos de frutas de su colonia. Se pasa en verde el último semáforo y siente odio hacia el tipo que cuida a sus hijos en su jardín y come ahora carne asada con entusiasmo. Por fortuna el vecino viejo y alegre está en su casa entonando canciones antiguas, y ¡qué bueno!, pues si hubiera estado fuera e intentara saludarlo se le iría encima hasta ahorcarlo; tanta felicidad ajena lo fastidia.

El ritual para entrar a casa es tedioso. No hay quien lo auxilie con eso ni un perro que mueva la cola al verlo. Después de lavarse las manos en la llave del patio, quitarse la ropa y cambiar su calzado tras un biombo que acondicionó en el porche de su casa, se enfunda en un short corto. Se rocía por completo con solución especial no dañina al cuerpo. Enseguida moja con una solución preparada a base de cloro las bolsas del mandado por fuera y por dentro. Ingresa las compras a casa y corre a darse una ducha moviendo con furor el estropajo sobre la piel. Al salir va por el termómetro. El resultado lo tranquiliza, 36.2. Deja para luego el cansado procedimiento de lavar o desinfectar uno por uno cada producto adquirido. Se siente agotado.

Se tiende en medio de su cama sola, en su cuarto solo, en esa casa sola donde ni un gato maúlla. El miedo lo ha hecho trizas y lo sabe. Tiene fe en que sobrevivirá a pesar de todo, como ha sobrevivido a tormentas mayores: el abandono de su esposa, quien previamente lo demandó por violencia familiar; el relativo olvido de sus hijos, quienes sólo lo llaman de vez en cuando; el accidente automovilístico que lo postró casi un año en cama; la influenza, la soledad, la amargura, el arrepentimiento tardío. Se levanta y tiene deseos irreprimibles de verse en el espejo, buscar nuevas arrugas, saber si aún ama lo que ve, siquiera un destello de auto compasión amorosa. Encuentra ese chisguete de luz hundido en esa carga de años que se han convertido en piel ajada y pelo encanecido. Extraña su risa y el brillo de su mirada; la perdió desde hace mucho. ¿Qué caso tiene seguir así?, se pregunta, yo soy el virus que contamina lo que toca, la hierba que nunca muere.

Sabe que no tiene el valor, que seguirá vivo y alimentando el terror de estarlo. Necesita escuchar la radio o la conferencia vespertina, pronto será la hora. Saber del aumento diario del número de muertos y enfermos en el país alimenta su sensación de que la desgracia es colectiva y no sólo suya. Paradójicamente, es lo único que despierta en él una mínima compasión hacia los otros.

El espejo lo ve llorar como hace mucho no lo hacía y lo interroga desde su silencio sobre la fecha exacta en que empezó a morir. El hombre no sabe contestarle, menos ahora que un ramillete de felicidad ajena se cuela por la ventana que da a la casa del vecino alegre, el que ahora canta una vieja canción: “Me voy pa’l pueblo, hoy es mi día, voy a alegrar toda el alma mía”, mientras su mujer le hace coro. Las lágrimas bajan como río de tempestad por su rostro, parece que por fin están sacando buena cantidad de virus anquilosados dentro. En medio del llanto, surge en él una breve esperanza de ser capaz de vivir sin miedo.

En la casa de al lado, dos vidas con arrugas otoñales fluyen y cantan como si ahí viviera la primavera.

 


 

Anécdotas de viaje a. c.

 

Anécdotas de viaje a.c.

 

Arturo Núñez Alday

 

Cuentan que es de buena suerte que un pájaro arroje sobre ti su excremento ─la jerga popular diría: “Que te cague un pájaro”─, especialmente si el desecho aéreo cae sobre tu cabeza u hombros. Sin embargo, no resulta nada agradable si la situación se da cuando estás en pleno ligue con una chica bajo la sombra de un árbol en un parque, pongámonos clásicos, y de pronto tu pelo, tu nariz o tu ropa se embadurnan de tal suerte semilíquida; o si caminas rumbo a una junta importante y cae sobre ti el bólido fétido adornando tu corbata nueva. Bueno, hay mil situaciones posibles.

El origen de tal superstición se remonta a los tiempos del papa Fabián, allá por el 236. Cuentan que al morir el papa Antero, los cristianos se reunieron para la elección de su sucesor. No existía un candidato claro entre los posibles. Un campesino de la zona llamado Fabián se acercó a donde los ciudadanos deliberaban la elección del nuevo pontífice. Justo entonces cruzó volando una paloma y soltó excremento encima del tal Fabián. Los presentes tomaron el hecho como una intervención divina. El Espíritu Santo intervenía para ayudarles a decidir que Fabián debía ser quien sustituyera a Antero. Se sabe que el elegido estaba alejado de la religión, por lo que debieron convertirlo instantáneamente en sacerdote, en obispo, y claro, en papa.

Algo similar al tal Fabián me sucedió a mí en aquel periplo por las Europas tres meses antes de que el coronavirus pusiera en jaque a todas las empresas que viven del turismo. Al terminar el recorrido por la bellísima e imperial ciudad de Toledo, en España, todavía asombrado por haber transitado sus callejuelas y conocido sus monumentos arquitectónicos, religiosos y civiles, justo al salir por una de las grandes puertas de su muralla un pájaro apareció de no sé dónde y arrojó su excremento celestial sobre mi cabello y parte de la espalda, interrumpiendo el flujo de mi emoción ante la hermosa vista de uno de los meandros del río Tajo, que rodea la ciudad a la que Carlos V convirtió en ciudad imperial. En ese momento no pensé en el carácter divino de la pasta que se extendió por mi camisa y arruinó el peinado del escaso cabello que aún no abandona mi testa. Fue después, cuando regresábamos a Madrid, que hice conjeturas sobre el significado del suceso entre risas de los compañeros del grupo de viajantes.

La segunda vez que merecí otra cagada del cielo fue en nuestro paso por Barcelona, mientras nos dirigíamos a disfrutar de la arquitectura del famoso templo de la Sagrada Familia, de Gaudí. Íbamos emocionados por calles arboladas cuando, ¡plast!, ahora fue mi pecho al que adornó un pájaro barcelonés, seguramente miembro de la combativa resistencia catalana que, confundido, veía en mí un madrileño de casta, sin mirar bien que estoy a años luz de parecer un oriundo de Castilla. Lo cierto es que el pajarraco separatista apestó un poco mi embeleso ante la magia inigualable de Gaudí, quien heredó a España una iglesia que al terminarse dentro de unos años será la más grande del mundo, y claro, de las más bellas.

Aún espero que llegue mi coronamiento como al aldeano Fabián, quien pasó de labrador a Papa en un solo día sin carrera de por medio. Pudiera ser que el receso en que ha caído el mundo por el asunto del virus sea el responsable de la falta de consumación de mi suerte ganada a mierda fresca en Toledo y Barcelona. Aunque pensando con humildad, mi verdadera estrella debe ser la ausencia en mis células de la corona del maldito bicho. ¿No lo creen? Espero seguir así hasta el final de la cuarentena, cuando inicie el nuevo mundo.

II

Visitar Florencia era uno de mis sueños acariciados desde mi primera juventud. El deseo surgió al saber que fue cuna del Renacimiento italiano en el que nacieron, entre otros, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Donatello, Giovanni Boccaccio, Filippo Brunelleschi y mi gran inspiración de adolescencia, Dante Aliguieri, quien me abrió las puertas de la poesía y la imaginación durante unas vacaciones de diciembre, en las que me dediqué a leer el primer libro que escogió mi voluntad: La divina comedia, escrita en verso; una verdadera proeza considerando mi rústica formación y mi endeble cultura libresca.

Por eso mi corazón se salía del pecho al ir caminando por la orilla del Arno rumbo al Puente Vecchio y de ahí hacia la Piazza della Signoria. El tiempo para estar en la ciudad era breve, por lo que exigía a mis ojos abrirse al máximo posible para capturar siglos de arte e historia en los hermosos edificios y las obras escultóricas que ahí se exhiben, entre ellas una reproducción fiel de la escultura Judith y Holofernes, de Donatello, cuyo original se conserva dentro del Palazzo Vecchio, al que sería imposible visitar por falta de tiempo; y otra más del David de Miguel Ángel, ubicada en la posición original de la famosa escultura; la auténtica se encuentra en la Galleria dell’Accademia, el museo más importante de la ciudad. Mientras me fascinaba en el corredor de los Lanzi ante el Perseo con la cabeza de Medusa, de Benvenuto Cellini, nuestra guía nos apresuró para dirigirnos hacia la Catedral de Florencia, la bellísima Iglesia de Santa María de Fiore, cuyos misterios para la construcción de la grandiosa cúpula fueron resueltos por Filippo Brunelleschi y sirvieron de base para la posterior construcción de la cúpula de la Catedral de San Pedro en el Vaticano. Fui tras el grupo en contra de mi voluntad, siguiendo la banderita mexicana que ondeaba en su mano nuestra guía florentina. Por mí hubiera estado horas admirando las esculturas del corredor de los Lanzi.

Después de asombrarme con el templo monumental y su cúpula, símbolo arquitectónico de Florencia, continuamos hacia la Basílica di Santa Croce, definida como el panteón de las glorias italianas, pues acoge las sepulturas y mausoleos de personajes tan ilustres como Maquiavelo, Galileo Galilei, Miguel Ángel, Guillermo Marconi, entre otros grandes. Esta actividad no estaba incluida en el programa de actividades y había que pagar boleto de entrada, así que muchos del grupo declinaron la invitación a visitarla y prefirieron perderse en las calles de Florencia en busca de algún artículo de piel o de una botella de limoncello. De ninguna manera perdería la oportunidad de estar ante la tumba de muchos grandes del Renacimiento. Tuve una gran decepción cuando antes de entrar nuestra guía nos confirmó que el sepulcro de Dante no se hallaba ahí, sino en la basílica de San Francisco, en Ravena. “Sé firme como la torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los tiempos”, me dije, recordando las palabras del Dante.

Confieso que al estar junto a la tumba de Maquiavelo mi soberbia no reconocida me inundó de una sensación de poder; me sentí elevado a un círculo alto del paraíso junto al cenotafio de Miguel Ángel y lloré sin remedio frente a la tumba de Galilei. Al abandonar la Basílica di Santa Croce había llegado la hora destinada para comer en alguno de los restaurantes sugeridos por Christian, nuestro coordinador de viaje, un tío muy majo de Málaga, con quien me comuniqué hace poco y estaba más triste que una almeja en el fondo del mar por no haber trabajado durante meses debido a la pandemia. ¡Ostias, tío! ¿Comer? ¿Cambiar un pedacito de mi sueño por una buena pasta italiana? De ninguna manera, me dije. Coman los demás que yo he comido mucho en la vida y no engordo. Necesitaba alimento de otro tipo y me quedaba sólo hora y media para buscarlo.

Así que alargué mis pasos rumbo a la Piazza della Signoria para intentar ingresar aunque sea una hora al Museo Nacional Bargello. Soñaba. La fila de la entrada era larga y el costo del boleto asustó mi precavido patrimonio en Euros. Necesitaría al menos cuatro o cinco horas para disfrutarlo. Ni pensar en visitar la Galería de los Uffizi, templo de la pintura en el que se encuentra toda la fortuna de los Médici. Lo siento Boticcelli, Rafael, Filippo Lippi; prometo que regresaré más temprano que tarde aunque tenga que emplearme en una esquina non sancta de Cuernavaca al volver del viaje, tal vez sin éxito, pues a esta edad soy poco apetecible.

Dejé mis pensamientos bufones a un lado y me dediqué a disfrutar al menos cada una de las esculturas de los grandes artistas, políticos y científicos renacentistas que se ubican en el exterior de la enorme galería. Aún tuve algunos minutos para regresar al corredor de los Lanzi y para apreciar en todo su esplendor la Fuente de Neptuno, de Bartolomeo Ammannati, a la que los florentinos llamaban el Biancone, por la cantidad de mármol de Carrara “desperdiciado” en las enormes proporciones del dios de las aguas y los mares.

Caminé rumbo al camión ubicado aproximadamente a algo más de un kilómetro de donde yo estaba, cargando una amalgama extraña de emociones como me pasó muchas veces durante el viaje. Me despedí de una Beatriz imaginaria que vi pasar por una de las hermosas calles de la ciudad, con un Dante embelesado mirándola con ojos de poesía solo repetibles en su maestro Virgilio. Pasé por Tere y algunos amigos a un restaurante ubicado muy cerca de la Basilica di Santa Croce. Llegué al último, como siempre, pues mi ánimo detenía mis pasos para quedarme un poco más ahí donde mi emoción pernoctaba. En Florencia, una de las ciudades más bellas del mundo, se quedó para siempre buena parte de mi deliro estético.

Sé que volveré en alguna fecha futura, d. c.

 


 

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Días en blanco

 

Arturo Núñez Alday

 

Abro mi agenda y encuentro ahí mis días inmóviles, vacíos y durmiendo su morriña. Nada hay escrito en ellos, pues salir a comprar despensa, gasolina para el auto o jarabe anti acidez no son asuntos dignos de registrar en sus renglones elegantes.

El sábado me mira suplicante como pidiéndome que escriba sobre él algún aviso de una fiestecilla traviesa fuera de casa, una escapada al bar con los amigos o algún pecadillo semejante digno de su roja naturaleza. El señor domingo, su hermano somnoliento, me ve altanero como siempre, pues es costumbre mantener impolutos sus renglones aburridos a menos que se registre en ellos el ritual de una misa, al que soy un poco alérgico, por cierto; duerme su modorra casi siempre blanca y nunca ha permitido que palabras con aroma a carne asada y cerveza lo corrompan.

Me acongoja mucho más el viernes, pues siempre lo he llenado de frases animosas que invitan a terminar la semana de trabajo con el ánimo en alto, y de otras incendiadas y lúbricas durante las horas vespertinas. En este día he registrado las aventuras más encomiables de mi vida y los secretos más auténticos. Es mi día cómplice, el alcahuete capaz de agitar mi corazón que reclama vida sin condiciones impuestas.

El lunes me mira con indiferencia, su reino es el de los bohemios que odian el trabajo y prolongan la juerga como si el mundo pronto acabara. Pocos lo veneran, si acaso aquellos obsesivos del trabajo que ni siquiera esperan al sol para iniciar su rutina laboral. No es así el aguerrido  martes, siempre impetuoso y lleno de proyectos. Se siente desnudo sin algunas letras sobre su pecho fuerte y sufre de soberbia no declarada. Pide guerra y le damos paz, silencio, cubrebocas y discursos de quietud.

El miércoles no tiene problemas con sus renglones vacíos, vive en la justa medianía sin ser de aquí ni de allá, ve con indiferencia cómo sobre sus líneas se escriben citas al dentista, reuniones de rutina o recordatorios de llamadas al plomero; don miércoles no sabrá nunca del prometedor registro en clave secreta de un encuentro en hotel de paso, ni siquiera tendrá corazones pintados para recordar el inicio de un amor tierno ese día, porque ningún tropiezo con Cupido que se precie digno puede darse en miércoles.

El jueves sí que es extraño y no parece preocupado por la falta de registros sobre su llanura blanca, tal vez porque sabe que puede quedar asentado en él la simplona reunión de señoras otoñales que se encuentran para jugar cartas o ensayar su chismorreo al valor de un vinito o rompope; o pudiera anunciar la fuga de los amigos a un congal de buena muerte. Es culposo el jueves, tiene ganas de ser y no es, y por eso las ventas de boletos para el teatro nunca serán las mayores ese día. Es una jornada para el calentamiento del espíritu dionisiaco que revienta al día siguiente por la tarde

Un poco triste ante el espectáculo de mi agenda vacía, imagino lo que pudo pasar de no ser por la pandemia. La sueño robusta de tanta letra adentro y feliz al ir por las calles apresada por mi mano, sabedora de que cualquier momento es bueno para anotar en ella un pendiente recién contratado, por ejemplo al encontrarme con alguno de mis conocidos con quienes tengo asuntos irresueltos de pequeños negocios, o al conocer a alguien interesado en charlar conmigo sobre un nuevo libro, un proyecto conjunto, o sobre una bagatela de esas con las que se llenan las conversaciones cuando queremos sentir la vida leve, el tiempo como una nube flotante y el vino como un paraíso merecido.

Me pregunto cómo sería posible mitigar la nostalgia de una agenda: ¿Escribo versos sobre ella?, ¿garabateo ilusiones para un futuro incierto?, ¿aprovecho sus líneas para anotar ocurrencias, gastos de la semana o escribir minificciones?, ¿o la pongo a dormir bajo el peso de varios de libros en el estudio? No lo sé. Si fuera una dama de carne y hueso contaría con más recursos para ayudarla, pero no es así. Es una ilusión de papel fabricada por alguien que comparte la idea de que el orden, la puntualidad, la planeación y el irrestricto cumplimiento de las obligaciones dan la felicidad. Yo que llevé agenda por lustros me doy cuenta del engaño: la placidez, el amor, el pulso de la vida, los papalotes del delirio, el éxtasis y la luz estaban en otros lugares que aún sigo buscando.

Sin embargo, no puedo ser ingrato. Al fin y al cabo mi libreta anual ha hecho algo valioso al ordenar mínimamente el caos que llevo dentro. Ha sido una madre que corrige cuando hace falta, una hermanita diciéndome “no seas tonto”, una alerta que me recuerda si voy tarde, una amiga sincera gritándome “la estás regando, estúpido”, una serie de huellas para ir pisando el camino y no enlodarme tanto. Por eso, ahora que descansa también su cuarentena y no vale la pena llevarla conmigo a comprar gel antibacterial, debo aprender a verla con mirada noble, limpiarla del polvo y prometerle que habrá un futuro ya pronto, que escribiré en ella hasta el secreto más íntimo, que habrá muchos meses todavía para vivir su vida de trecientos sesenta y cinco soles y que las palabras saldrán volando como aves de entre sus páginas para esparcir su sonrisa por las calles, y que yo, cuando llegue el momento, sabré ser agradecido guardándola en un estante por años y consultando en ella los teléfonos de los amigos como sabemos hacerlo quienes no nacimos con el siglo.

Agradezco a mi agenda su presencia incondicional. En el fondo sé que no sería bueno enterarla de tanto asunto desagradable que hoy atraviesa como espada nuestros sentimientos. Mantener algo puro resulta imprescindible. Por eso la coloco en el lugar que tienen en mis emociones las plantas del jardín, la estatuilla del Quijote con su pértiga siempre presta, mi perro, mis libros, la bella dama desnuda que busca eternamente mi ojos desde su cuadro en la pared de mi cuarto.

Es hora de cerrar sus pastas y con ellas los recuerdos más nuevos. Debo dar un paseo por la sala, indagar si mis hijos se han ido de viaje por París o Srilanka a través del celular o si meditan, y si mis perros duermen o ya reclaman su paseo por las calles solitarias del fraccionamiento. Pero antes debo lavarme las manos; llevo más de dos horas sin hacerlo. No suceda que el teclado albergue en sus recovecos algún virus y mañana escriba historias de crímenes y decapitados.

Querido lector, lava tus ojos. No suceda que mis palabras lleven impregnado el fecundo virus de la melancolía.

 


 

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Sana distancia epistolar

 

Arturo Núñez Alday

 

Querida Amelia:

Me atrevo a enviarle esta misiva porque no suelo ser hombre que deje a medias lo empezado. Mi padre, quien espero haya encontrado un cielo lleno de pastos verdes y aguas claras ahora que murió, me instruyó al respecto con fervor y fuetazos como en los tiempos buenos se acostumbraba. No quiero darle vueltas al asunto, y mire que se me da hacerlo, por eso no logré antes encontrar una dama parecida a usted para mi compañía, pues este vicio de hablar y poner en las íes más puntos de los necesarios me ha dado más descalabros que alegrías. A ti no te para el pico, me decía la abuela cuando me hacía una pregunta sobre la vida de un santo o la política.

Pero bueno, decía que quiero ir al grano antes de que un nuevo virus  ataque mis dedos y no pueda enviarle cartas como lo hago ahora. Usted como yo tiene bien claro que antes de esta cuarentena habíamos iniciado algo y hubiéramos llegado ante el juez de paz a estas alturas de no ser por ese bicho endemoniado. Mis sobrinos me dicen que podemos mantener contacto a través de las redes sociales, pero bien sabe, porque algo me conoce, que soy alérgico a esas modernidades y prefiero dedicar mis horas a la lectura y el cultivo de mis hortalizas. Ni teléfono tengo, no sobra decirlo. No es que a mis sesenta y cuatro me considere viejo, pero soy un pueblerino nacido en los cincuentas y aquello era otro mundo. La sola idea de pasar mi tiempo pegado a una pantalla, como sucede con la mayor parte de la gente, me produce ansiedad y urticaria. Por eso le mando esta carta aunque se me acuse de chapado a la antigua y espero no le incomode que vaya perfumada como me enseñó a hacerlo mi abuelo. No se moleste en darle una moneda al chamaco mensajero; ya lo recompensé de sobra. Si la pide, apriete sus lindas manos y dele un coscorrón.

Amelia, Dios no me dio el milagro de los hijos como lo hizo con usted. Cierto, tuve amores y anduve de vago por aquí y por allá gastando mis años de juventud, y de nada me arrepiento ni tantito, escúchelo bien que las hipocresías no van conmigo. Y al contrario, a usted el creador le dio dos bellezas que ya encontraron su camino y un hombrecito que lo está buscando; quiso también llevarse a su marido cuando aún era fuerte y merecía quedarse aquí más años respirándola a usted, oficio bello sin duda. Ahora está sola y también lo estoy. Aunque le llevo buena cantidad de años, ocho para ser exactos y para que no se deje llevar por la trampa de este pelo prematuramente plateado, sepa que yo todavía derribo un toro por los cuernos si me lo pidiera; aún sé de rudas faenas sobre un lecho y mis manos saben desvelar muchos secretos en el cuerpo y el alma de una señora como usted, quien merece de la vida más de lo que ahora le está dando.

Por favor no tome a mal mi franqueza ni suelte por ello este papel, porque en él van depositadas tal vez las últimas esperanzas de un hombre que la quiere bien. Esperé tres años para que viviera su luto y callé mis anhelos. Por tal razón es injusto que esta cuarentena nos separe y nos haga perder lo ganado. No sé si la sana distancia nos haga bien. La abuela me dijo que era bueno ver a un amor desde lejos cuando me enamoré por primera vez y debí alejarme. Fíjese que en esa ocasión me fue muy mal, y no por ella, que me esperó como una Penélope fiel, sino por mí que no volví en muchos años y acabé olvidándola por otra. Era muy joven; no me juzgue con severidad. Ahora es distinto, la distancia me hace mal y lo mejor sería pasar esta encerrona juntos. ¿Qué me dice? Tal vez le preocupan las habladurías, mas dígame si hay alguien en el pueblo que ignore cuánto la quiero. Esto se puede acabar en cualquier rato, ya ve cómo están los tiempos. Es un sinsentido guardar el amor para un futuro que al menos a usted y a mí ya nos llegó y rebasó desde hace mucho.

Le diré a continuación algo para animarla o hacer que me mande al diablo: yo no soy hombre de distancias, soy de tocar, besar, acariciar el pelo, dormir acurrucado, compartir la taza de café, enjabonar la espalda y quedarme dentro de una mujer cuanto pueda. Se dará cuenta lo que sufro si apenas alcancé a tomar su mano y besarla una sola vez, mientras usted se derretía en rojo y yo flotaba como adolescente en mi tercera edad. Créame que me ha hecho nacer de nuevo y la deseo para cuidarla como a mis repollos y berenjenas. No merecen mis canciones más que usted las zanahorias, lechugas y calabacitas, a las que canto para hacerlas crecer y engordar como crías consentidas. Se da cuenta cuánta ternura se está diluyendo en la nada.

Dígame algo a través del muchachillo. Un papel con diez palabras si quiere, escoja las precisas, apriete su emoción en ellas y póngame en el lugar que me corresponda. No tema herirme. A estas alturas no hay emoción que no haya toreado mi capote. Dígame si la espero, o si tomo por asalto su casa o usted la mía. Solo le pido hablarme con la emoción guardada en su pecho; con nada más.

La quiere, desde esta reclusión involuntaria, su admirador constante.

 

Querido Julio:

Confieso que no esperaba su carta. No me sorprende para nada la emoción que me causa recibirla, porque yo también lo he extrañado. Debo decir primero dos cosas: una, que no me lleva usted ocho años, sino seis; siempre me he quitado algunos como muchas mujeres, por vanidad, claro. No sé si saberlo lo alegre o ponga triste, pero así es. Lo segundo es que es usted un atrevido al decirme todas esas cosas. Sin embargo, me gusta que lo sea. No quiero parecer liviana, pero mi marido no me dio tan buena vida y menos fue capaz de expresarse así conmigo.

Lo quise, cierto, empujada por la tradición y el deseo de una familia, pero no como me hubiera gustado querer: sin miedo, en libertad, sintiéndome realizada como mujer y persona.

Usted ha subido mis emociones sobre un carrusel. Me turba y aterra a la vez, ¿sabe? Sinceramente pensé que la cuarentena pondría las cosas en su lugar y yo dejaría de sentir esto que me provoca. No es así, en verdad lo extraño y no puedo dejar de pensar en ese paseo por el lago. ¡Ay!, soy una cursi irremediable, pero tiene algo en sus palabras que me encanta: terciopelo, colores, profundidad.

Pongamos las cosas claras; hablaré con la misma franqueza suya. Tengo mucho que reprocharle: en primer lugar, ¿qué es eso de querer cuidarme como a sus lechugas y demás hortalizas? No, mi señor, yo soy una mujer y así necesito ser tratada, cuidada y querida; no me ande confundiendo con ternuras de zanahorias y calabacitas. ¿Quedó claro? Ahora bien, dígame por qué no aceptó pasar a tomar un café conmigo aquella vez que me despidió en la puerta de mi casa y besó mi mano. Si tenía tantas ganas de estar a mi lado, ¿por qué fue tan caballero y me salió con eso del respeto a mi condición de mujer sola? Acláreme el asunto, pues no es justo haber pasado una noche delirando a causa de su decente comportamiento. Esa vez hubiéramos sabido si nuestros cuerpos se entendían y si resultaba grato verlo despertarse junto a mí; habría conocido yo de las “rudas faenas sobre un lecho” de las que tanto presume en su verborrea. ¡Ay, Julio!, aunque se jacta de haber corrido mundo se portó como un niño conmigo. ¿Acaso no imagina lo que es pasar sola cientos de noches acariciada nada más por los recuerdos? ¿Acaso retiré mi mano cuando la besó, con ese desplante de Don Juan que me provocó calores olvidados? No fui educada tan a la antigua, mi caballero andante. Educarme con monjas fue contraproducente considerando los afanes de mi madre, quien quería verme convertida en verdadera religiosa y no imaginó que puso el mundo en mis manos a través de los libros y las soledades.

Así pues, quítese de la cabeza esos enjambres que lo detienen y aviéntese al ruedo. Quiero verlo tumbar ese toro con sus manos si en verdad tienen la fuerza para hacerlo. Mañana es miércoles y temprano tendrá esta carta en su mano. Después de las nueve de la noche las calles son una tumba. Dejaré mi puerta abierta. A las diez lo espero para romper la cuarentena, tomar ese café pendiente y mirarnos a los ojos. Que Dios nos agarre confesados si uno de los dos carga con el virus en la sangre y nos morimos juntos, que no sería mala muerte. Y no tenga miedo a los fantasmas, Julio. Mi marido ya se cansó de venir a visitarme; parece que por fin se ha marchado definitivamente y seguiré honrando su memoria con una veladora encendida. Lo he perdonado lo necesario y él también a mí. Estoy limpia. ¿Lo está usted?

Lo piensa, desde esta noche larga, la mujer que lo espera.

 


 

Breve Historia del Teatro, por Mario Badone – El Drama de Aly

 

Aristófanes en cuarentena

 

Arturo Núñez Alday

 

El cuentista intentó con temas diferentes. El chirrido horrendo del pájaro nocturno que de modo intermitente se dejaba oír cada diez minutos durante las últimas noches le pareció un asunto digno de desvelo literario ante el monitor. Se dejó ir tras las teclas en busca de una historia de terror psicológico. Era difícil. Nuevamente el tema recurrente hizo estragos en su tentativa. Pegado en su mente como sanguijuela imposible de sacudir, el mismo asunto iba y venía a ritmo de columpio. Creyó poder seguir a pesar de todo. Había logrado ya la imagen del ave: ojos saltones y pico extremadamente largo para hundirse en las cuevas oculares, orejas de murciélago y color ceniciento, con garras de halcón y flaco como águila quebrantahuesos. Desistió al final del segundo párrafo porque las imágenes de cubrebocas de variados diseños lo invadieron, y las de trabajadores de la salud pidiendo apoyo a su trabajo, y las peroratas de los conductores de noticiarios modelando la información a su antojo o al capricho de algunos hombres de la política o la empresa. También las cifras giraban a su alrededor, dispuestas en gráficas de barras, circulares, frecuencia y en mapas de colores que pintaban la invasión del virus en el país. Los números de contagiados y muertos danzaban en el aire estirándose, expandiéndose alegremente. Lo abrumó el ruido imaginado de muchos loros y cacatúas en las redes sociales, convertidos en expertos comunicadores de altura y politólogos. Cuando se dio cuenta, el pajarraco del cuento que tanteaba se convirtió en el gobernador de un estado emitiendo el chillido insoportable en medio de las frases que vociferaba. Definitivamente, le pareció inútil seguir por ahí.

Saltó al siguiente párrafo en busca de meandros más ligeros. Recordó el tema del niño temeroso de las jeringas hipodérmicas que se usaban antes de inventar las desechables. Quiso deslizar sus dedos por ese cauce, entre los chascarrillos de un bufoncito de pueblo y la imagen aterradora de un hombre de rostro expresionista y voz gangosa que recorría las calles para curar de sus achaques a los enfermos de gripa y otros males menores, con el piquete abominado de su aguja de tamaño y grosor espantoso. En el recodo menos esperado de la narración en primera persona, justo cuando describía el ritual de esterilización de la jeringa con alcohol y fuego ante los ojos de las víctimas, asaltó su imaginación una enfermera reclamando lugar preponderante en el relato. Otra vez el olor a hospital y la imagen infame de erizo con ventosas del virus más famoso de la historia. No pudo evitar, con clara antipatía, traer a su mente una de las canciones sobre el bicho a ritmo de cumbia. El estribillo repugnante lo hizo levantarse y salir a la terraza en busca de alivio con la luna piadosa que nunca apareció.

Se venció ante el veneno maldito que ni siquiera alcanzaba a ser vida, apenas un depredador que secuestra a las células para reproducirse. Seguiría escribiendo, claro, porque otra idea obsesiva se había inoculado en su mente últimamente: la de ser un escritor. Y tales especímenes escriben aunque la musa duerma o en la cabeza se pudra un trapeador hecho girones. Al día siguiente lo esperaba el jefe de redacción del periódico y fallarle sería un atentado a su sentido del deber, no importa que lo leyeran solamente dos o tres viejos jubilados y unos cuantos amigos a través de las redes. El tema giraría irremediablemente alrededor del micro engendro de aspecto circular asqueroso.

No te repitas tanto, al menos dale otra perspectiva y no conviertas la cuarentena en un plagio de ti mismo; se dijo envalentonado después de tres respiraciones profundas y de mandar cariñosamente al carajo a su mujer, quien le decía: “Ya deja esa máquina y vente a dormir”.

¡La tristeza de una botarga! ¡Eso es!; por ahí podría reintentar. Por la tarde había salido a realizar las compras absolutamente indispensables, acorazado con guantes, cubrebocas, careta de plástico y gel antibacterial. Lo que llamó poderosamente su atención mientras adquiría un medicamento fue la botarga de aquel gordo y simpático doctor abandonada en el fondo de la farmacia. Se puso triste al pensar cuánto tiempo transcurriría para verla bailar en las banquetas, aun cuando la mayoría de las medicinas no las adquiría en esa cadena farmacéutica. ¿Y los chicos y chicas que se metían dentro del corpulento muñecote, con las caras más tristes del mundo sudando a mares, pero con los pies más chispeantes, dónde andarían?, ¿cómo obtendrían las piezas de pan y el litro de leche diarios para llevarlos a casa si su baile en el asfalto estaba suspendido?, ¿quién les abriría las puertas de su negocio para laborar ahí por un sueldo de miseria si la mayoría de los establecimientos estaban cerrados? Podría contar la historia de un muchacho cuyo mayor mérito había sido convertirse en Sergio el bailador, quien sin darse cuenta embarazó a una de sus parejas de baile en una noche loca y ahora carga con un crío, una esposa linda pero desnutrida y una ilusión limitada por la rudeza de la ciudad, a la cual llegó hace poco. En una de sus búsquedas de trabajo brillaron sus ojos cuando vio la botarga con otro bailarín adentro en una farmacia del centro. Sin pensarlo dos veces solicitó chamba y casualmente estaba libre el turno vespertino. Ahí lo tenían ya, inventando nuevos pasos para el gordo sin que hubiera ritmo que se resistiera a su destreza, desde la cumbia colombiana, pasando por la bachata, el reggaetón y la salsa. Todo iba lindo hasta que apareció el monstruo microscópico aterrando el orbe. Entonces sus piernas se quedaron quietas, aletargadas, sin las florituras que agraciaban al gordo; caminando ahora sobre el asfalto caliente para limpiar parabrisas en un semáforo que se agenció echando pleito con un vato. Un día, al regresar al cuartito miserable que rentaba, no encontró a su mujer y su hijo. Unos vecinos dijeron que la vieron subirse en un taxi con un tipo lleno de cadenas y esclavas de plata, con fama de maloso. Ella llevaba puesto un cubrebocas y el niño lágrimas y mocos colgándole de la barbilla. “Yo me quedo con mi papi”, gritaba mientras el taxi arrancaba a toda velocidad.

A ver, señor cuentero, se recriminó, ¿por qué esa propensión a las historias tristes?, ¿no podrías dejar con el padre a la criatura, cuando menos? Ahora solo falta que enfermes de Covid 19 al bailador, lo mates y no lo dejes regresar más adelante con el gordo y encontrarse en el mercado una chavala que lo haga olvidar. Tenía razón, alguien le vendió la idea de que la belleza era necesariamente trágica y no encontraba el modo de escribir historias distintas en medio de esta cuarentena que rebasaría por mucho los cuarenta días.

Dejó pendiente el final de la historia del muchacho, hurgando elementos verosímiles para darle algún final siquiera alentador.

Tomó una decisión. No le enviaría al jefe de redacción historia alguna esta semana. Le contaría, como si a aquel le importara más su salud emocional que la edición a tiempo del diario, cómo la alegría cansada del encierro amenazaba con huir por la ventana, cuán impotente se sentía para escribir historias luminosas mientras allá afuera muchas cosas confabulaban contra la vida, y no hablaba únicamente del odioso engendro de moda, el que un día se cansaría de jugar a estar vivo y nos dejaría en paz. ¡No! Estaba todo aquello que mata más que un virus: los muertos del crimen organizado, la violencia de género, los periodistas silenciados a bala y sepulcro, los potentados que pasan la cuarentena en sus mansiones con el frigorífico gigante repleto y la cantina abastecida, y en sus delirios estarían urdiendo cómo clavarnos más sus colmillos cuando vuelva la ansiada normalidad que nunca lo será, porque no puede ser normal la injusticia ni el crimen ni millones de vida compradas a crédito y pagaderas en cuotas que requieren décadas para ser cubiertas. Si tanto invertimos para acabar con un adefesio microscópico, ¿por qué no se invierte igual y se confabula el mundo entero para terminar con los feminicidios, con la espantosa distancia entre los que más tienen y los que poseen solo hambre, con la falta de un techo y un pedazo de tierra para los que emigran a fin de sobrevivir, y con el egoísmo que priva en este mundo individualista y estúpido, entre otros males perpetuos?

Esta noche tumba, el contador de cuentos tenía sepultada la confianza. Apagó el ordenador y se lavó los dientes mientras veía desde la terraza la estrella que cada día lo esperaba a esa hora y en el mismo lugar para desearle buenos sueños. Se le ocurrió preguntarle qué historias se contarán allá y si serán mejores que las nuestras. Apagó la luz y se metió a la cama. Tal vez en unos días el Subsecretario de Salud le diera buenas nuevas y eso lo animara un poco. O la siguiente semana. O…

Se durmió pensando en releer a Aristófanes.

 


 

Los japoneses que inundaron de jacarandas a la Ciudad de México ...

 

Añoranza de mar y jacaranda

 

Arturo Núñez Alday

 

La primera gran encerrona que nos dimos fue al casarnos. Aunque la luna de miel fue en Acapulquito, pues no quedó para más después de la fiesta, lo sucedido en ese cuarto fue de antología. Yo descubría el placer lentamente y en todas sus posibilidades. Bueno, en realidad redescubría, porque no llegué virgen a firmar el acta de matrimonio; obvio, mis caracoles. Sin embargo, ambos no tuvimos antes la experiencia de encerrarnos en un cuarto tres días seguidos, cuales Lennon y Yoko haciéndonos el amor para perpetuarlo y evitar la guerra; esta vendría después, como es natural en toda aventura de lidiar con otro, reproducirse y matar la soledad a sartenazos, gritos y reconciliaciones. Pero no quiero agriar este intro hablando pronto de la cruda si apenas cuento el inicio del espectáculo.

Les decía que fue de película. Mauro, mi marido, si bien estaba lejos de parecerse a Marcelo Mastroianni, sí le daba un aire a Chayanne, lejanísimo si quieren, pero aire al fin. Sobre todo su sonrisa. ¡Ay!, qué bonitos y blancos eran sus dientes. Lo que me volvía loca, y aquí entro en la confesión bien íntima, era su vientre: plano, apolíneo, como hecho a cincel y martillo. Detestaba que me cambiara por el gimnasio cuando éramos novios, pero cuando descubrí su vientre en el primer motel al que entraba en toda mi vida, y fue con él, aclaro, me desquicié al comprobar lo que las pesas, los aparatos y las abdominales habían hecho por mi Adonis tlahuica. Por supuesto que el muchacho era inteligente y audaz para enfrentar la vida, cualidades que pesarían más en la balanza con el paso del tiempo. De aquí soy, me dije. Tanto lo creí que muy pronto nos casamos con huateque, vals y despedida de la fiesta en carro convertible con todo y letrero de just married y latas arrastrando. Durante la encerrona de miel y sudor, vuelvo al punto, fue hasta el tercer día por la tarde, al ponerse el sol, que la sal del mar supo de mi pielecita extasiada. Después, a cargar pilas con los cócteles Vuelve a la vida Margaritas, y a continuar con ese embeleso de tatuarnos uno al otro en cada centímetro de nuestras pieles.

Divina ilusión hecha carne y susurros. Después de siete días, algo hermanos del mar y del sol, tostaditos para evidenciar que caminamos de la mano por la playa y nos juramos amor eterno bajo el señor Tonatiuh en pleno cenit, regresamos a casa renacidos, plenos, híper co… Bueno, conscientes de que ahora nos esperaba la vida en casa, el trabajo, las responsabilidades que da el matrimonio y tal vez más adelante, los hijos.

La siguiente ocasión que volvimos al mar llevaba cinco meses de embarazo. Imposible jugar a los acróbatas y saltar por los cráteres de la luna. Entonces fue como más espiritual el asunto, con cuentos de futuro y debates sobre el color de la pintura del cuarto del nene. Para la próxima vez ya llevábamos a Emilio, de dos años; todo era olor a brisa marina perfumada con talco y colita de bebé.  A fin de no hacerles el cuento largo, ya no hemos vuelto solos al mar. Luego llegaron Perlita y Augustito. Ahora se trataba de repartirnos pañaleras, llevar siempre botiquines, cuidar que el mar no se los comiera y dedicar todos nuestros minutos a cumplir sus necesidades.

¿Saben? Los chicos crecieron y nunca pudimos él y yo volver a tener otra encerrona mística como aquella. ¿Por qué?, me pregunto ahora. ¿Por qué confabulamos contra las cosas que realmente nos hacen sentir libres y reducimos la cotidianidad a las prisas, el trabajo, las cuentas, los carros, los perros, el ahorro, los domingos de carne asada y amigos; al sexo rápido y modoso, las dulzuras discretas, a comprar almohadas blandas para fugarnos en el sueño y a escapadas en catorces de febrero a cuartos con jacuzzi?

Emilio se ha casado y vive cerca, Perla está en el extranjero y Augustito viene los fines de semana de Puebla, donde estudia. Mauro y yo por fin podemos tener nuestra encerrona completamente a solas, pero no es en el mar y tampoco la elegimos; es en nuestra casa, en la que afortunadamente hay un jardincito con muchos rosales y una jacaranda que nos alegra. Ese virus que vino de China o inventaron los gringos nos obligó a dejar todo y probar si podemos pasar semanas enteras amándonos tanto sin llegar a odiarnos. La idea me aterra, lo reconozco. Aunque miro el vientre de mi marido con nobleza y ternura, no encuentro la mínima huella de aquel que me volvió una amazona loca en Acapulco. Sus dientes ya no son tan blancos; la nicotina tiene efectos desastrosos y Mauro es un terco que no vive sin ella. Trato de hacerlo sonreír para que se parezca a Chayanne cuando lo hace, pero está muy preocupado por Perlita, que tuvo la ocurrencia de irse a Canadá, y por Augusto, a quien le pedimos mantenerse en Puebla en casa de su tía; es el más obstinado de todos y no dormimos de pensar que se vaya de fiesta o con su novia sin atender las medidas de protección. ¿Qué podemos hacer? Ya son adultos y deben aprender a cuidarse solos, pero no me canso de darles consejos.

Cuando pase esta carajada, me dice Mauro, volveremos a ese hotel y pediremos el mismo cuarto, lo prometo. Suena romántico que lo diga y me ruborizo, para mi sorpresa. Aún me sabe hacer sentir, aunque ya no sea lo mismo. Llevamos una semana sin salir más que a lo indispensable. Cerró su negocio y decidió pagar por adelantado el salario de un mes a sus tres empleados. Al parecer, yo tardaré en volver a las aulas más de lo que estaba previsto; extraño a mis alumnos. Espero que resistamos. Ayer, por primera vez después de años, Mauro se sentó conmigo a ver una película completa, se portó tierno y por la noche su cuerpo había rejuvenecido. Hoy desperté y me siento renovada, a pesar de todo. Sin embargo, duele saber lo que sucede en Nueva york y otros lugares de Europa, duele la insensatez de muchas personas en mi país y me asusta la idea de que esto sea un juego macabro preparado por algunos.

En el fraccionamiento ha surgido una iniciativa para apoyar a algunas familias que están en serias dificultades y colaboramos además en algunos otros proyectos de ayuda que se promueven a través de las redes. Es una gran oportunidad para aprender a ser solidarios, espero sepamos aprovecharla.

Entre Mauro y yo se está afianzando otro tipo de amor, una pasión distinta surgida en nosotros durante esta encerrona. Tiene más que ver con estremecimientos del espíritu y no de la carne, y con lo que podemos dar en vez de recibir

Ya volveremos solos a ese lugar, mi amor, le digo a Mauro. Y lo beso con ternura.

 


 

Chat N 95

 

Chat N 95

 

Arturo Núñez Alday

 

Déjenme decirles cómo fue que sucedió. Quiero contárselos porque no se me hace justo que todos digan tarugada y media por el feis y yo que lo enfrento de cerca arriesgando mi salud, la de mi madre, mis hijos y mi esposo, me quede en silencio como si no significara nada. Pero eso del karma es cierto, ¿eh? O será que hay un Dios que no lo olvida a una y pone en su lugar a los desagradecidos. Bueno, mejor les cuento para no enredarlos más.

Fue hace una semana más o menos, justo el día de la semana que mi marido no puede llevarme al hospital porque entra bien temprano a su trabajo. Ahí me tienen, esperando el taxi colectivo al veinte para las siete, con mi cubrebocas y toda la cosa, cumpliendo los protocolos de seguridad para no contagiar ni contagiarnos. Junto a mí estaba una “señorita” toda glamorosa y con la falda a media pierna, asunto que a mí no me importa pero a la vez sí importa por esto de lo que estamos hablando, ¿me entienden? Okey, le sigo. Entonces llega el taxi, la glamorosa abre rápido la puerta delantera y se sube. Yo intento abrir la puerta de atrás, pero no puedo porque tiene seguro. Es cuando el tipejo me grita que no sube enfermeras y arranca sin importarle que pudiera machucarme un pie. ¡No lo podía creer! Apenas ayer tuvimos una reunión en el hospital con un comisionado de la Secretaría de Salud. Nos echó el rollo de que éramos los héroes y heroínas de la nación y la  esperanza de México estaba puesta en nosotros, y que la manga del muerto, pues. En serio que el señor parecía sincero para ser político y hasta me sacó una lágrima. Nos entregaron nuestro kit de trabajo: unos pocos cubrebocas N 95, poquitos porque seguro son benditos, unos cuantos guantes y nuestros googles de medio pelo. ¿Después de eso se imaginan cómo me sentí con lo que me pasó? Ahí me tienen, la súper enfermera esperando un taxi que la quisiera levantar porque un idiota no quiso hacerlo. Llevo más de veinticinco años embarrando mis manos con sangre de enfermos, limpiando excremento apestoso de traseros, esmerándome por no ponchar una vena, tratando de entender lo que siente cada enfermo y quitarle sus molestias, exponiéndome a bacterias y virus de todo tipo. Hasta estudié una especialidad y soy poco más que licenciada ¿Y para qué? ¿Para que un imbécil levante a una que le enseña las piernas y me cierre la puerta a mí, que tal vez ya cuidé a su… madre en el hospital? ¿Para eso tanta joda?

Está bien, me tranquilizo. Respiro hondo como me enseñaron en mis clases de yoga: inhalo paz, exhalo angustia; inhalo amor, exhalo odio y resentimientos. Ah, pero ¿qué creen? Por eso les digo que todo da vuelta como el bumerang. Imagínense que cuatro días después el fulano ese cayó enfermo de peritonitis en el hospital. Lo operaron de emergencia y ¿a quién creen que le tocó atenderlo durante mi turno de trabajo? Pues a mí, si para eso nos hicieron nobles y capaces de controlar nuestras emociones con tipejos como ese, ¿verdad? Les diré que me dieron y siguen dando ganas, porque no ha sido dado de alta, de inyectarle alcohol en la solución que le entra por la vena o meterle un dedo en la herida cuando le hago sus curaciones. ¿Qué quieren? Una es humana y tenemos nuestra parte perversa. ¿Saben qué? Lo peor fue que no se acordaba de mí el angelito, hasta que le refresqué la memoria. Entonces se le salieron las de San Pedro y me pidió perdón el muy justo. Ya me estaba conmoviendo y pensando en perdonarlo algún día, nada más pensando, ¿eh?, cuando me suelta otro rollo que me hizo encabritar en vez de contentarme: que lo hizo por miedo a contagiarse del coronavirus y de poner en peligro la vida de sus hijos; que su compadre le dijo que eran los mismos médicos y enfermeras quienes estaban regando el virus por todas partes, que en el feis había escuchado esto y lo otro. Bueno… ya no quise escucharlo. Tuve el impulso de ir a la cama del muchacho que vino de Texas contagiado del virus, pasarle un pañuelo por su boca y luego ir a restregárselo en el hocico a este ignorante. Si supiera el deslenguado que es él quien está con mayor riesgo si se contagia, por panzón, hipertenso y fumador. Lo sé porque conozco su expediente. ¡Ay!, ¿por qué los haces así, Señor? De por sí es hombre y de pilón bruto; pobre de su mujer, tan bonita ella.

Está bien. Ya eché fuera todo el coraje que tenía. Ahora debo perdonarlo y aceptar que otro taxista no quiera llevarme y hasta me rocíe de cloro como en Guadalajara, que yo elegí esta profesión y no debo sorprenderme por la falta de solidaridad hacia nosotras de parte de mucha gente, que eso de los aplausos sólo está ocurriendo en España, que aunque mi salario no es la gran cosa me da para comer y yo debo seguir llegando todos los días a mi hogar, encuerarme en la entrada, rociar hipoclorito de sodio en mis ropas y calzado, lavarme las manos si quiero tener derecho de entrar a mi casa, bañarme de inmediato, no besar a mi marido ni a mis hijos y desinfectar como cada día, cual loca compulsiva, las manijas de las puertas, las patas de los perros, cada verdura que cocino, cada pensamiento insano que tengo, cada duda, cada instante de miedo; aunque afuera la mayor parte de las personas paseen despreocupadas como si cualquier cosa, sin la sana distancia ni nada, aunque a Juancho le hayan pagado por andar mañana y tarde voceando por todo el pueblo cuál es el protocolo mínimo a seguir para evitar la expansión del virus, con la voz del Subsecretario de Salud repitiendo una y otra vez: “Quédate en casa, quédate en casa” Yo le agregaría una grabación que dijera: “Con una chingada, ¡quédate en casa!”, porque parece que en este país solo entendemos si nos mentamos la madre y nos mandamos al carajo. Ya ven, otra vez ya perdí mi centro. Respira hondo, Liliana, respira. Ommmmm… Inhala en seis tiempos; exhala en ocho. Inhala; exhala… ¡Ah, no!, antes de que me relaje otra vez déjenme decirles que ni el curita entiende, sigue invitando a misas y preparando las ceremonias de Pascua. En fin, les digo que el pueblo mío, me refiero a este donde vivo y a todo el país, obvio, es muy raro, rarísimo diría por no decir otra cosa que no quiero decir, como si Dios después hacernos rompiera el molde para que no hubiera otro igual,  Por si algo faltara, tan cerca de los gringos para acabarla de amolar.

Miren, ya para terminar mi perorata les diré que yo no sé si este bicho lo inventaron los gabachos o los chinos, por eso de la guerra comercial que se traen y esa cuestiones que no entiendo; o si es un asunto del planeta sacudiéndose de su cuerpo el virus más peligroso: los humanos; o si es cierto el asunto del murciélago o son los medios de comunicación los que le han dado una difusión a un asunto que ya hemos vivido muchas veces, como dicen algunos sabiondos. Yo sé que no sé nada, como dijo aquel que no me acuerdo. Sí sé que voy a cumplir cincuenta y no me cuezo ni al segundo hervor como dice mi madre, y debo cuidarme y cuidarla a ella, cuidar a los míos como a mis enfermos, incluyendo al inútil ese que a fin de cuentas… pues ya perdoné. Solo es un estúpido de tantos. A lo mejor con esta lección se le quita.

¡Cuánta ignorancia! ¿No creen? Y cuánta falta de solidaridad. De eso debemos cuidarnos. No solo ahora. ¡Siempre! Bueno, me callo porque voy a mi clase de yoga y se mi hizo tarde. Perdonen si ahora sí me eché un choro bien largo en el chat del grupo, pero tenía que desfogarme. Ah, les digo: mi cuñado está elaborando gel antibacterial en su casa, al setenta por ciento aunque no crean. Si alguien quiere comprar por ahí me wasapea. Cuídense que quiero abrazarlos a todos cuando termine esto. Abrazo de lejos y, con una chingadita, así, tiernito para que no se me sientan: quédense en casa los que puedan. A’i se ven.

 


 

 

Delirios y versos a una ventana

 

Arturo Núñez Alday

 

Soy musa y me alquilo con alguien valiente que me aloje detrás de un librero. Me basta una pequeña sombra para no dejar de ser quien soy. La luz franca es dañina para los que me sueñan y con los que sueño. Me lanzaron fuera de la casa de un poeta muerto de extraña enfermedad: se moría de miedo. No quiso su esposa, contagiada hasta el pelo, lidiar con la dama amante de su hombre, por más que se demuestre mi esencia intangible, libre de hongos, bacterias y virus, ponzoñas y uñas, pócimas de encantamiento, secreciones vaginales, perfumes brujeriles, cantos de sirena y flechas envenenadas. Yo solo habitaba la maleta de un hombre experto en palabras que daba conferencias y enamoraba escuchas. Viajaba con él en un ojal de la solapa de su traje, por si el silencio lo apresaba, por si una mujer con falda lo distraía de su destino, por si de pronto se deprimía.

Y no es justo, señores, no lo es: que una dama sin cuerpo, que ni alimento consume ni exige de Francia los perfumes ni es experta en besos ni entorna los ojos, seductora, haya sido despedida porque el poeta ha muerto de miedo alojado en sus pulmones. Honor mínimo merece la que pare versos en su vientre invisible, sin pedir copas de vino, sin exigir galanuras de un hombre al subir al coche, testigo muda de sus carnavales sobre almohadas y jacuzzis tibios, esperándolo siempre en la portada de un libro, en el filtro del cigarrillo o detrás de su oreja, desde donde murmuraba mis consejos y endulzaba sus amargos trances.

Por la calle como can sin dueño busco la ventana del estudio de algún vate no contaminado. A ellas no las busco porque las respeto. Cada mujer es musa de sí misma; se llevan dentro como preciadas joyas.

¡Soy musa y me alquilo! Corran la voz por las calles solas tan llenas de miedo. Soy musa y la vida me corre las venas, tan viva e inmune ante cualquier pandemia.

¡Soy musa y me alquilo!

De insurrectos

Saldré y no pueden detenerme. Si en esta me muero que sea caminando, con la guitarra cruzada en mi espalda como carrillera y la sonrisa en ristre. Hacen falta en la plaza mis canciones. Habrá testarudos como yo que las escuchen, amantes del sol y las palomas. Alguien debe alimentar la alegría, alguien debe asumir la vocación de alpiste y mantener viva la sonrisa bajo este cielo que no ha perdido el brillo. Si me encuentran por la calle pueden cambiar de acera porque corren el riesgo de mi abrazo, puedo contagiarlos de optimismo y los señores del miedo acusarlos de cómplices. Si caigo en el intento no vengan conmigo, mantengan la distancia y opriman los frascos de antibacteriales. Que me corten la cabeza por ser tan engreído y la cuelguen de una esquina del gran palacio de piedra; desde hace mucho no se pone un escarmiento de tal talla en este pueblo, hace falta un buen mensaje a los insurrectos que desafían la muerte porque aman la vida. Si sobrevivo, seguiré cantando con entusiasmo hasta que el planeta se sacuda con más fuerza, hasta que tomen el poder los filósofos y bajen la cabeza los señores feudales. Sé que sueño, pero muero en mi utopía y seguiré por sus caminos verdes plenos de cánticos y oasis. ¡Soy un cantor de canciones limpias! ¡Pidan! Canten conmigo mientras llega el momento de abrazarnos por las calles.

De visitas a la abuela

Cuando salga, madre, saldré a la calle en busca de los abrazos que no he dado. Visitaré a la abuela, escucharé sus historias repetidas hasta aprenderlas de memoria. Le diré a la gente que la quiero mirándola a los ojos, sin aparatos electrónicos interviniendo el mensaje; a la que no soy capaz de querer desearé que reanuden su camino de la mejor manera. Tomaré un café con aquel chico y le robaré un beso que antes le negué. Pero no callaré más, nombraré por su nombre a mis emociones, echaré a andar mis verdades, pondré en vertical mis convicciones y depuraré mi lista de contactos. Voy a terminar con las distancias cuando salga, empuñaré una azada y plantaré árboles en los patios aunque no sean míos, me quitaré de encima lo que sobra, limpiaré mis ojos infectados de pantallas y virus consumistas, terminaré para siempre con el discurso del miedo y llenaré de luz mis pensamientos. Cuando salga, madre, te preguntaré a dónde quieres caminar conmigo, de qué sabor compartiremos un sorbete y cuál es el verde que te gusta de los muchos que nos rodean. Mientras tanto, señora de todos mis segundos, mira cuánta luz nos entra desde afuera. No puede haber un dios furibundo en esa inmensidad de espacio, no debe. Cuando salga será una aventura cualquier calle y ojalá menos criminales las habiten, ojalá también la estupidez se guarde, y la ignorancia y los perversos y los que pintan con grises las miradas. Por lo pronto, escuchemos, hay un concierto gratuito de silencio intervenido por el canto de los pájaros.

 

De roedores

Los he escuchado roer bajo la escalera. Vienen y van por la casa amparados en su invisibilidad. Llegaron el día en que se decretó la fase dos. Puse trampas para ellos por todas partes, pero son astutos, viven de esto y comen del terror de la gente. Sé que es inútil intentar alejarlos, pero mi familia tiene angustia. En las viejas tradiciones se habla de una única manera de vencerlos: hay que cantar, en coro y en voz alta y melodías alegres. Tuvimos que quitarle a la abuela su rosario, porque nada les encanta más que los tonos suplicantes. Cantamos juntos cada hora  y sorbemos tragos de agua cada media. Los venceremos pronto. Lo sé.

A una ventana

La ventana es el mundo, mamá.

Del albañil dime el nombre. ¡Dilo!

Agradecerle quiero ese hueco de vida,

la ausencia de piedras,

la rebanada de luna y su risa de luz,

su conejo escondido que asomará la oreja

y brincará en el cielo

cuando pase la tormenta.

¿Sabías, madre, que la ventana

es la dueña del aire

y la veneran los serenateros

que resisten los virus de las modernidades

y aún se plantan bajo los balcones

por una mirada de la chica linda

que aunque fue a la marcha

gusta de canciones de amores y vientos?

¿Sabías de mis fugas

por esos paisajes que enmarca el cuadrado

sin piedra y cemento,

y que por las noches

cuando todos duermen

se abren las cortinas

para que entre un cuento?

¿Sabías que si estiro la mano

caen virus del cielo, bienaventurados,

y juego con ellos a que los infecto

de amores y risas cuando me respiran?

¿Por qué lloras, madre?

¿Es por el abuelo que se fue tosiendo

en una ambulancia,

caliente y dormido,

conectado a un tubo

con el que jugaba sin mar a ser buzo?

¡Abrázame pronto!,

que llevo diez días encerrado y loco;

y si no contara con mi ventanita

por la que se cuelan duendes y misterios

yo me habría olvidado de las matemáticas

y los adjetivos calificativos.

Ya  no me consuelan las televisiones

ni las pantallitas digitalizadas.

¿Qué culpa es la mía por tanto borlote,

por los tapabocas y los noticieros?

 

¡Quiero irme a la calle con mi bicicleta

y quiero a mi padre trotando a mi lado!

¿Qué me dices, madre?

¿Jugaremos juntos hasta el día catorce

mientras lo liberan de aquel hospital?

¿Volverá a ir a Italia y cargará conmigo?

Está bien, perdona, pues tú no lo sabes.

Trae el juego entonces; yo limpio la mesa.

¿Me darás un beso si esta noche gano?…

¡Bravo!

¿Sabías, mamá, que han nacido tres crías

de las golondrinas que anidan afuera

bajo la cornisa y sobre mi ventana?

¿Sabías que pelean por la vida

abriendo sus picos

y que en seis semanas

si el gato no las come

volarán muy alto?

¿Lo sabías?

 


 

 

Virus

 

Arturo Núñez Alday

 

Verlo así, dormido en posición fetal sobre la sábana blanca, con su cara de niño travieso en receso, te hace dudar unos instantes. Se te ocurre acariciarlo por última vez, plantarle un beso en su barba incipiente. Resistes la tentación, pues la guerra recién inicia y no quieres perderla. Preparas ágil una maleta mediana: algunas mudas de ropa, los cosméticos de base, la novela en turno y un libro de poesía, el spray de gas pimienta, unos cuantos cubrebocas y gel antibacterial. Ni una sola foto impresa, ningún recuerdo en papel. Tu móvil está lleno de ellos, luminosos y oscuros, por si en algún momento los necesitas; y tu mente también.

No puedes evitar una lágrima antes de cerrar la puerta, porque él es bueno y lo sabes. Pero está equivocado, después de años tienes claro que lo está y él no quiere saberlo. Estos tres días de aislamiento a su lado afirman tu convicción.

Cuánto valor en tus pies para dar los primeros pasos. Las escaleras parecen detenerte al bajarlas. Una vez tuvieron sexo sobre ellas, en la época del amor ciego y sostenido en la fe, corriendo el riesgo de ser descubiertos por algún vecino del edificio. Por eso cada peldaño cómplice quisiera atajarte, sin lograrlo. Es muy temprano para iniciar la retirada, la calle aún está completamente oscura. Algunas personas ya deambulan por la ciudad; también deben tener un motivo grande para hacerlo en este tiempo de pandemia. Un taxista con cubrebocas detiene su auto y te ofrece el servicio. Lo rechazas porque prefieres seguir a pie mientras descubres a dónde quieres ir. La decisión no fue premeditada, ni tu sonrisa libertaria que a ti misma sorprende. La claridad irá llegando poco a poco con el aire fresco de la mañana. Por lo pronto basta esta alegría que se apodera de tus piernas, como si se descubrieran capaces de moverse por sí solas.

Después de mucho caminar te detienes en un parque. Algunos jóvenes se ejercitan; muy pocos. El sol comienza a esplender. Se te ocurre pensar que es tuyo el astro rey, y el aire, los árboles, las plantas de las jardineras, las mariposillas que desperezan sus alas sobre el rocío. Descubres que existen para ti y son tus sentidos la conexión fraternal con toda la maravilla que te circunda. Incluso el piso mojado por la lluvia nocturna es una invención del mundo exclusiva para tu olfato. Todo es y se mueve porque tú estás ahí para hacerlo posible. En las ramas de los árboles gorjea con fuerza la vida y cientos de alas se aprestan a cruzarla en todas direcciones. Te preguntas si eso será la libertad o es una magia extraña que también pasará de largo como el amor. ¿Desde cuándo no llenabas los cuencos vacíos de tu existencia como este día logras hacerlo en unos cuantos minutos? ¿Descubres ahora, repentinamente, la «matrix»que había cosificado tu presencia en el mundo y tenía atrapados tus sentidos y tus pensamientos?

Una pareja de ancianos pasa caminando a buen paso, desafiando las recomendaciones sanitarias de las autoridades; van tomados de la mano. No llevan cubrebocas y sonríen al verte, deslumbrados tal vez por el sol que se ha metido en ti. No parecen estar preocupados por nada. Será tal vez que su sapiencia de años es a prueba de virus y para ellos una mañana fresca en el parque es un bocado de vida impostergable. Sientes amarlos aunque jamás los hayas visto. Quisieras saber qué hicieron o dejaron de hacer para no soltarse de la mano después de tanto tiempo. Se cruza por tu cabeza que la mujer de pelo cano eres tú, mostrándote desde un futuro improbable; el anciano es él. Sin embargo, ¿a quién imaginas cuando piensas en “él”? ¿Es aquel que a esta hora se habrá levantado de la cama y estará buscándote desesperado o algún otro que vendrá después?

Caes en la cuenta de la conveniencia de contactarlo para decirle que estás bien y más viva que nunca. No hacerlo causará una tormenta innecesaria, pues se comunicará con tu padre de inmediato, y él con la policía y tu madre con todos los santos habidos y por haber. Obviamente no deseas escucharlo. Le envías un mensaje de texto amable, pero claro y conciso: “No debes preocuparte por mí. Estaré bien y me siento de maravilla, tanto que me han nacido alas. Deja tranquila a mi familia. Me comunicaré con ellos cuando lo considere pertinente. Quédate contigo y no dejes que ningún virus te atrape”.

Te metes a un café y pides uno con doble carga, como lo toma él por las mañanas. Es increíble cómo disfrutas cada inhalación del aire. El aroma intenso del lugar anuncia un paraíso en solitario. Todo se torna vivo, flexible y permeable ante ti. Incluso la madera de la mesa te descubre vetas misteriosas, caminos sinuosos que quisieras recorrer en busca de la vida nueva. El mesero cubre su boca como todos los empleados. Bebes el café sin azúcar. ¿Qué poder tiene un hombre que no tengas tú para dominar el amargo? Te llenas de una fuerza que calienta tu cuerpo y no te permitirá ser la misma. Tu dulzura era un arma para retenerlo; ahora lo entiendes. La muñeca linda educada por papá ha perdido los modales y esta mañana mira pasar la vida por un ventanal con ojos agudos de pantera, aunque nobles por naturaleza. Pides un desayuno fuerte en proteína porque necesitas energía para rehacerte en una sola jornada. Tu revolución lleva prisa y no la detendrá enfermedad alguna. El virus principal que tenías inoculado en el cuerpo y la mente se quedó dormido en casa, reproduciéndose en todo momento al ritmo de una canción que repiten incansables tus padres, el Estado, las sotanas de los templos y los divulgadores de la historia oficial en las escuelas.

Tu aventura en solitario no se trata de distancias. Es un viaje hacia adentro y basta un cuarto limpio y lleno de luz en un hotel sobre lo alto de una colina para llevarlo al cabo, una música que no narre versiones románticas del amor, aceitunas rellenas y un poco de vino. Nunca descubriste antes que unas sábanas fueran más suaves que la piel de un hombre, y gran confidente una dama pintada en el cuadro de la pared del cuarto, descalza y con la cabellera repleta de brisa marina. Con ella discutes siglos de opresiones y beben completa la botella de tinto. La embriaguez hace bajar a tu nueva amiga de su mundo de colores. Te convence, sibilina y hablándote al oído, de lo pleno que resulta la autosatisfacción amorosa. Entre dedos trémulos y humedades insurgentes explota una mujer nueva desde tu centro, y en el viento atrevido que entra a espiarte por la ventana flota una sonrisa de placer y amor propio.

Después duermes largo rato para seguir tu viaje en el sueño. Al despertar, tienes una de esas extrañas conexiones con lo divino que has experimentado pocas veces en la vida, como si Dios existiera y fuera mujer. Estar tendida ahí, sintiéndote, palpando cada poro de tu imaginación, suspendida en ti misma y en todo, es un edén posible en la Tierra, fuera de sentencias y dogmas, de voces de soldados marcado los pasos de tu vida; fuera de miedos y virus que aterran al mundo, vacían los centros comerciales y hacen frotarse las manos de quienes harán los grandes negocios; fuera de un hombre cuya voz te hace sentir pequeña, indefensa y recluida en la nada.

El resto de la tarde lees, bañas tu cuerpo en la tina, tomas al silencio por trinchera y te aíslas en esta soledad elegida. Llegan hasta ti muchas voces que nadie más escucha y escribes diálogos en tu interior. Con ellos abres puertas a la alegría, enseguida al llanto; otra vez la alegría y al final una paz insospechada.

Ha caído la oscuridad y tienes apetito. Ordenas algo para comer mientras miras la ciudad iluminada; cada luz es una vela encendida que alumbra intimidades que salen a flote en tu piel. Te emociona pasar la noche sola después de tanto tiempo. No porque no hayas dormido sin él alguna vez, sino porque nada te lo recuerda. Todo aquí es ajeno y diferente. Duermes fácilmente con sueños plácidos. Es un paréntesis dentro de otro mayor, una pequeña muerte para tu resurrección.

Al despertar, el bienestar sigue contigo. No hay fragmentos tuyos extraviados en el miedo y la duda. Toda tú estás contigo. Siguen respiraciones profundas, un café intenso, la llamada a tus padres, el desayuno en el cuarto, la novela a medio leer, el tiempo andante rindiéndote pleitesía, pluma y papel para intentar un poema, la bendición del silencio, una siesta, la tarde y nostalgias repentinas; un nuevo paseo por las calles semisolitarias al caer las sombras, los rostros de azoro de poquísimas personas que caminan veloces, la noticia de 203 infectados por el virus en el país y una pequeña luna que no esperabas alzándose desde el infinito.

Dos días después, a media mañana, llenas la maleta, abandonas el hotel y regresas al mundo, resucitada. La radio encendida te pone al tanto: el peso está herido de muerte, el dólar por las nubes, los infectados aumentaron considerablemente y se habla de un posible estado de emergencia, como en Italia o España. El taxista enmudece durante el trayecto. Ya cerca de tu calle pregunta con auténtica preocupación por qué no cubres tu boca. La he tenido cubierta por años, le contestas, ¡nunca más!

Lo encuentras en el departamento, demacrado y ojeroso. Te conmueve su emoción al verte. Quiere abrazarte y lo detienes: “No, querido, ambos estamos infectados y no debemos contagiarnos más. Tu virus es de antaño, se resiste a morir. El mío es nuevo, fresco, lo pesqué de dos ancianos felices en un parque y anhela ser fuerte como el tuyo”.

Estableces reglas para el aislamiento compartido. Él no objeta nada con tal de que te quedes. Tú dormirás en la recámara de visitas. La sala será el punto de  diálogo y debate, que será intenso. Prohibidos los besos y abrazos para la salvaguarda emocional. Sugieres una distancia de al menos un metro entre sus cuerpos para evitar riesgos por el calor que generan.

Al día siguiente, con inesperado y peligroso aire de ternura estampado en el rostro, te pregunta: “¿Volverás más adelante a estar junto a mí, como antes?” Sin doblegarte ante el niño encantador que amenaza con romper la distancia mínima de protección, respondes: “Por ahora no prometo nada, pues apenas comienzo a estar conmigo, como nunca”.

Recorres por completo la cortina de la ventana que da a la calle solitaria y con poco tránsito vehicular. Por ella ingresa un viento extrañamente limpio. Escuchas por la radio que en Venecia los canales se han poblado de peces; eso te alegra y pinta una sonrisa inesperada. Él la descubre y relaja el entrecejo.

 


 

Mujeres que vuelan, de Mery Roldán.

 

El día que se fueron

 

Arturo Núñez Alday

 

El vecino de enfrente me despierta gritando a pecho abierto. A diario lo escuchó salir apresurado con sus tres hijos varones rumbo a la escuela; regularmente veinte minutos antes de las siete enciende su auto y recibe la bendición de su joven cónyuge. De hecho, me sirve de aviso, pues a esa hora me desperezo para llevar a pasear a mis perros. Sin embargo, hoy me ha despertado mucho antes, a las seis de la mañana, y sus gritos llaman a su esposa con una mezcla de enojo y angustia. ¿Qué le pasa a este hombre? Acuciado por mi vejiga urinaria, me levanto con la idea de acudir a vaciarla primero y luego investigar qué sucede con el vecino; ofrecerle mi ayuda, si la necesitara. ¿Ya casi sales, amor?, pregunto, porque la puerta del baño está cerrada y supongo que mi esposa está adentro. ¿Amor?… ¡Qué raro!, parece haber bajado ya a la cocina. Es extraño, pues hoy es el tan anunciado día nueve y claro me dijo ayer antes de dormir: “Mañana de la cama nadie me mueve”. Después de la micción bajo a buscarla. Los gritos del vecino se han convertido en llanto, lo que me preocupa sobremanera, al tiempo que empiezo ahora yo con mis exclamaciones buscando a mi esposa, quien no se encuentra en la planta baja ni en el jardín. Caigo en la cuenta de que algo grave sucede en mi calle, pues ahora el ingeniero de al lado sale de su casa preguntando si alguien vio salir a su pareja, una mujer mayor y enferma, a quien nunca se le ve si no es a su lado. Los tres hombres, engarzando nuestras congojas, nos hacemos unos a otros las mismas preguntas sin respuesta. El azoro hermana nuestros rostros de diferentes edades.

Sin dar mayor vuelta al asunto nos dirigimos hacia la entrada del fraccionamiento, pues los guardias sin duda las vieron salir. Al caminar por la avenida principal se nos suman otros hombres jóvenes y viejos que buscan a sus esposas, hermanas e hijas. La alarma crece en cada uno de nosotros. En ese momento pienso en mi hija, que vive en otro punto de la ciudad. No soporto la idea de pensar que algo similar esté pasando con ella. Al llegar a la caseta de vigilancia el grupo de hombres ya suma más de veinte. Los dos guardias están tan sorprendidos como nosotros, pues los compañeros que los relevarían a las seis de la mañana telefonearon para justificar su ausencia; también buscan a sus esposas e hijas misteriosamente ausentes. Juran y perjuran que por el portón de acceso no ha salido una sola mujer. Uno de ellos se suelta en llanto y se retira de inmediato, porque nadie contesta el teléfono en su casa.

El asunto es atroz, ilógico, imposible. Todos estamos con el teléfono en mano tratando de contactar a parientes y amigos que puedan darnos alguna luz sobre el absurdo que vivimos, o buscando por internet mayor información sobre lo que sucede. Recibo una llamada de mi hermano, que me informa de la desaparición de mamá y mi hermana Tita. El grupo ya suma unos setenta hombres, entre niños, adolescentes y adultos. Se escucha un coro alucinante de gimoteos, gritos y rezos. Un hombre ha caído de rodillas y pide a gritos perdón a Dios y a su esposa. Se le suman otros que agregan plegarias a santos y vírgenes conocidos y desconocidos, como un tal San Pafnucio o una tal Nuestra Señora de Begoña; esta última recibe imploraciones de un español llegado hace unos años desde Bilbao.

De pronto los móviles dejan de funcionar. La señal se pierde por sobresaturación de las redes. La desesperación se hace mayor y ningún intento colectivo por entender y buscar una solución al problema fructifica. Al contrario, dos tipos se han liado a golpes al salir a flote que uno es el amante de la esposa de aquel. En un estado de crisis como este las verdades afloran y rompen las frágiles represas que las resguardan. Otros caminan como lunáticos por las calles del fraccionamiento intentando en vano comunicarse con alguien u obtener una explicación pobremente lógica sobre lo que pasa. Algunos más han salido corriendo rumbo a la iglesia cercana, pues seguramente el cura tendrá palabras de consuelo ante la tragedia. Por mi parte, regreso a casa para huir de la neurosis colectiva que prevalece. Me encierro en la habitación y enciendo la radio en busca de noticias. Muchos informativos al parecer se cancelaron, pues son dirigidos por mujeres. Logro sintonizar por fin uno de tono amarillista. Escucho la voz patética del conductor que da cuenta del fenómeno generalizado: “Amigos míos, los pocos reportes que hemos podido recabar dan fe de que este día las mujeres nos  abandonaron. Me informan que en al menos veintiún estados del país sucede lo mismo y de igual manera en otras naciones de Latinoamérica, como Chile, Perú y Argentina.” Me hundo en una desolación que me deja sin fuerzas, dejo brotar mis lágrimas tanto rato contenidas e intento comunicación telepática con mi esposa, como muchas veces lo practicamos al encontrarnos lejos uno del otro por cuestiones de trabajo. Es inútil. Yo, un ateo confeso, le pido a Dios una explicación, se la ruego.

Sin darme por vencido, descuelgo de la pared dos fotos de mi esposa y mi hija para llevarlas conmigo. Enciendo el auto sin hacer caso al llanto de niños y hombres adultos. Casi al salir del fraccionamiento, cuya puerta ha quedado abierta y sin vigilancia, me detiene un amigo muy querido para decirme que en la calle Hacienda de la Luna un hombre se dio un balazo en la sien, y que otro de Hacienda de la Luz sufrió un infarto fulminante. Lo siento, no tengo tiempo para llorarlos; yo salgo a buscarlas y ven conmigo si quieres. Sin responder, abre rápido la puerta del copiloto y aborda. Al pasar a un lado de la iglesia escuchamos cánticos suplicantes de cientos de hombres que desbordan el templo y el atrio. La leve lucecita de fe que me inundó minutos antes se desvanece; paso de largo sin creer que los cantos y rezos puedan aparecer a las mujeres. Conforme avanzamos el tráfico se vuelve imposible, hasta que las calles quedan convertidas en grandes estacionamientos. Logro acomodar el auto en una orilla. Sigo a pie rumbo a casa de mi madre, aunque seguro de que no la encontraré. La ciudad es una nube de testosterona inútil que vaga por todas partes en busca de su complemento escondido en algún lugar. Todo está detenido: el comercio, el servicio de los restaurantes, el transporte público, la actividad en escuelas y hospitales. Parece librarse una guerra en contra de nadie, porque no hay a quien responsabilizar de lo que sucede. Pero nuestra naturaleza masculina busca culpables aquí en la tierra o allá en el cielo. Escucho hablar de hombres que han invadido casas en busca de mujeres, de grupos que asaltan el cuartel militar cercano porque un alucinado aseguró que ahí tenían recluidas a miles de nuestras esposas e hijas, lo que derivó en varios muertos entre soldados y civiles. Muchos hombres que integran los distintos órganos de gobierno abandonan sus funciones para adherirse a la búsqueda o a los rezos. Se habla por la radio de intentos pobres por recuperar el orden y la paz, pero prevalece el caos. El número de fallecidos crece con el aumento del calor y la desesperación; lo sé porque escucho sobre ello por todas partes. Sin embargo, también soy testigo de actos solidarios: hombres que abrazan a otros que lloran desconsolados; unos invitan a sus casas a los más angustiados y comparten algún alimento, y por doquier hay grupos que se unen a rezar o hacer introspección que les permita entender los hechos. Surgen nuevos líderes que disertan sobre el amor infinito que merecen nuestras compañeras y condenan los siglos de violencia y represión a los que se les ha sometido. Algunos dirigentes religiosos hablan de una decisión extraña e inesperada de Dios para hacernos llegar el apocalipsis: la ausencia de mujeres, a quienes ha salvado y resguarda en algún paraíso distante, lejos de nuestra violencia y barbarie. Hay quienes llegan al extremo de afirmar que todas ellas fueron abducidas entre la noche del ocho y la madrugada del nueve, pues la energía que generaron en las manifestaciones y protestas del día anterior produjo frecuencias vibratorias tan altas que permitió a miles de grandes naves extraterrestres llevar a cabo la abducción generalizada.

Escucho, veo y huelo lo que sucede tratando de resultar ileso ante cualquier agresión o fanatismo. Llego a casa de mi madre y ahí encuentro a mi hermano mayor. Nos abrazamos tanto tiempo como no lo habíamos hecho. Sus ojos me miran desorbitados y su boca repite con insistencia que Dios ha castigado a los hombres, dejándolos solos en el infierno. Y sigue llorando por mi madre, su esposa y sus tres hijas. Pienso en mi hijo, que trabaja en otro estado. Me consuelo al saber que él no ha desaparecido, aunque me pregunto si ese no será en realidad su castigo. Junto a mi hermano, escucho por la radio que una turba de miles de hombres asaltó una cárcel con la complicidad de los mismos guardias, y que a varios presos por feminicidio, violación y violencia a las mujeres los lincharon y quemaron en una pira humana, liberando al resto de los reclusos. Nadie detendrá esto, lo sé, hasta que ellas aparezcan o yo despierte de esta pesadilla.

La noche cae densa como ala de cuervo. Los teléfonos funcionan a ratos y sigo insistiendo en comunicarme. Me emociono cuando conecta la llamada en el celular de mi hija, pero no contesta. Me aferro aún a una explicación cuerda, a creer que todo esto fue planeado y de alguna manera algo o alguien lo resolverá. Varias punzadas en el estómago me recuerdan que no he comido en todo el día. Al buscar en el refrigerador encuentro tortitas de colorines cocinadas en salsa verde y un poco de arroz. Mi hermano y yo comemos sin hambre el mismo guiso que nos encantaba de pequeños, como si mi madre hubiera sabido que estaríamos ahí, extrañándola y preguntándonos si volveríamos a verla. El llanto fluye sin vergüenza alguna y condimenta cada uno de los bocados.

Paradójicamente, las calles se van quedando vacías poco a poco. Los hombres se repliegan en sus hogares, al parecer convencidos de que ningún milagro acontecerá afuera. En la casas quedan los efluvios femeninos, sus destellos vagan por todas partes. A ellos nos aferramos para mitigar nuestra invalidez, igual que abejas buscando inútilmente néctar en flores muertas, y que encuentran solamente vapores. Vuelvo a casa lo más rápido posible; mi hermano también a la suya. Por el camino me doy cuenta de ceremonias funerales para muchos hombres caídos, rituales desangelados porque muy pocos somos capaces de conectar vida y muerte a través de rezos; la historia no nos lo enseñó a nosotros. Las brujas conocedoras de estas magias que mitigan la soledad humana son ellas, y ya se fueron.

Al llegar al fraccionamiento un grupo nutrido de vecinos hace guardia alrededor de una fogata, sin saber bien a bien cuál es la razón para hacerlo, pero entiendo que es una mejor manera de esperar nadie sabe qué cosa y de sobrevivir al absurdo que nos envuelve. Paso de largo después de saludar sin mucho ánimo. Necesito estar en casa, donde al menos habitan sus recuerdos.

Abro la puertecilla de la entrada y entonces reparo en mi perro abandonado. La culpa me abruma. ¿Cómo pude olvidarlo? Lo abrazo y lloro con él. También lo sabe; su mirada triste de párpados caídos me lo dice. Después de alimentarlo, entra conmigo en la casa. Durante largo rato voy llorando mi abatimiento por cada rincón que me las recuerda. De pronto me sobresalta el sonido del teléfono. Mi corazón golpea duro por la emoción. ¿Papá?, suena del otro lado la voz de mi hijo. En medio de la gran desolación brota una alegría. Lo abrazo con mi voz; me abraza: “Ya estoy en la ciudad, papá, pude llegar hasta casa de la abuela. He vivido momentos terribles, las extraño tanto como tú. No quiero arriesgarme volviendo a salir. Mañana me reuniré contigo”. Soy una planta en medio del desierto. Una sola gota, ¡una!, grande y curativa, ha caído en medio de mi pecho. Me da miedo terminar la llamada, dejar de escucharlo y decirle cuánto lo quiero; no vaya a suceder que mañana todos hayamos desaparecido.

Al fin dejo el teléfono y subo a mi recámara. Ahí sucede lo inesperado: mi tristeza se convierte en una materia indefinible que me rodea, como si mi esposa fuera el aire y oprimiera cada centímetro de mi piel. Se me dificulta respirar, pero al hacerlo, voy llenándome poco a poco de una especie de certezas que estructuran mi nueva emoción, vislumbres súbitas que me llevan a experimentar saberes antes ignorados en mí, igual a auroras que han estado siempre frente a mis ojos sin poder yo descubrirlas. Me estremezco nuevamente hasta las lágrimas. Sé que ella está aquí conmigo, y en ella todas las demás. De pronto me siento depositario de un conocimiento divino, descendido desde las diosas griegas, mayas, hindúes, africanas, vikingas o mexicas; no lo sé. Una paz y un amor inconmensurable por todas las mujeres vencen mis resistencias. Es un vino que entra por mis poros y embriaga por completo mi cuerpo. En mi mente nace una luz intensa que aniquila todos los temores y me arroja a la cama, preso de la embriaguez y el deseo de esfumarme en el sueño. Antes de hundirme por completo en la almohada, alcanzo a imaginar sus contornos en su lado del aposento.

Alrededor de las dos o tres de la madrugada, como cada noche, me levanto a orinar. A tientas camino hacia el baño con los ojos semicerrados. Mientras lo hago voy despertando de nuevo a la triste realidad sin ella, sin ellas. Pesado como mi tristeza, me siento en la taza del baño; desde hace muchos años lo hago así por respeto a las mujeres. Mi próstata, testaruda mujer rolliza, anda en pleito con mi vejiga y me detiene ahí más tiempo del acostumbrado, el suficiente para despertarme por completo a la tragedia, libre ya del alivio que me dio la mística experiencia de horas antes. Lloro a chorros esta madrugada del diez de marzo y pienso en la pistola que guardo bajo llave en el armario. De pronto… la escucho: ¿Ya casi sales, amor? ¡No puede ser! Tiemblo y no soy capaz de articular respuesta alguna. La felicidad también es capaz de aterrarnos. La oigo nuevamente, es una sola palabra suya que me devuelve al paraíso, inquieta, vibrante y llena de dudas, como la vida: ¿Amor?..

 


 

Nacido el ocho de marzo

 

Arturo Núñez Alday

 

Desde hace semanas está ausente. Su rostro es luna lejana que esconde universos inaccesibles para él, quien la mira desde el pedazo de tierra al que desea afianzarse. Es una nube en busca de planetas distantes, es ala que no pretende morirse con las sentencias del cura, la suegra, la ley, la costumbre y Dios macho todopoderoso.

Ella era feliz, conjetura él, pero llegó ese libro a sus manos, esa canción chilena, un brillo desconocido en la mirada y aquella marcha de la que regresó como si hubiera encontrado otro credo, una bandera en rojo intenso sin águila ni reptil y sí con un puño enguantado estrellando el cielo lejano e indiferente. Su compañera entra en el silencio como buscando palabras que aún no hay en su vocabulario y el hombre tiene miedo de que las aprenda y de no tener él la capacidad para reducirlas a la nada, como le han enseñado los siglos de historia que bebió sin cuestionar. Si un día sale del mutismo, lo hará convertida en otra muy distinta de la mujer triste que tuvo miedo y dijo: “sí, me caso contigo, porque la cárcel donde vivo tiene mucho moho y prefiero la tuya”.

Por las mañanas, al despedirse para ir cada uno a su trabajo, el beso no tiene la miel tierna de los primeros tiempos; es otro nuevo que sella un compromiso distinto, uno de tú a tú y de yo soy yo. Y su mirada, siente él, abre huecos en la suya, lo horada, lo traspasa y se va lejos; no es la misma que se detenía en su piel olorosa a lavanda porque ahí encontraba el paraíso, uno de espasmos intensos y orgasmos enceguecedores. Intenta con rosas, con recuperar los rituales del enamoramiento: abrirle de nuevo la puerta del coche, invitarla a cenar a lugares románticos, ternuras a la hora de comer, dormir, tener sexo o discutir los gastos de la semana; su imaginación masculina no da para más. Sin embargo, parece que ella va siempre adelante, ávida de páginas de libros y noticias, de canciones que clavan una daga en el centro de la versión romántica del amor; deseosa por salir de casa sin él y huir de la cocina impecable en la que se ha instalado el tedio, roto apenas por el ritual del primer café del día.
Una noche de viernes, después de hacerlo con una furia desconocida en su cuerpo frágil de mujer y de escucharla gritar su orgasmo como un grito revolucionario que debió llegar a tres cuadras a la redonda, él se sintió por primera vez utilizado, violado, reducido a corcel que se cabalga y abandona después en manos de un caballerango, mientras ella, desnuda, fuma un cigarro en la terraza y busca duendes en el bosquecillo de enfrente. Estoy cambiando, José, te habrás dado cuenta, le dice y guarda silencio enseguida, igual que él, quien pega la mejilla izquierda en la almohada y le da la espalda, contrariado. Ella lo abraza con súbita ternura, acariciando su pelo y murmurando en su oído: “Todo va a estar bien, pequeño, no tengas miedo”. Así duermen, niños viajeros en la cápsula reparadora del sueño, amándose con la transparencia de sus mutuos despertares.

Los días se deslizan, entre noticias de insurrecciones que desanudan esperanzas y virus que polinizan de miedo las calles. En los rostros de ambos han nacido matices nuevos, maneras de mirarse que dicen un mundo y callan otros. Él se atreve, suspira y recupera aquél diálogo sobre el bebé. Si ya la ciencia descubrió la manera en que un hombre puede preñarse, entonces embarázate tú, amor; definitivamente no nací para eso y no debo pedirte perdón, porque lo sabías. Le duele la manera en que ella cierra esa puerta, pero es cierto, lo sabía. ¿Por qué el amor pone telarañas en el cerebro para entender ciertas cosas desde el principio?, se pregunta mientras maneja rumbo al bar para encontrarse con amigos. Ella, mientras tanto, se queda sola pensando si es solo amor lo que le falta para atreverse y conceder. Bebe una copa de vino en la terraza y viaja hacia adentro, muy adentro: ahí hay una niña aterrada cuando su tío le regaló una muñeca rubia con sombrero y llena de pecas; la llevó de su cuarto al de sus padres, alegando pavor por la mirada azul que parecía seguirla a toda hora. También encuentra a sus pequeñas primas jugando a ser bellas, mientras ella prefería perderse por el camino largo que se hundía en el bosque y regresar con los zapatos llenos de lodo y con tres misterios enredados en su pelo suelto. Ve a su madre frente a la estufa, con ese semblante sumiso que afortunadamente ella no heredó, la imagina atada con grilletes al suelo y unas pequeñas alas muertas en la espalda. Se topa de frente con la adolescente insurrecta que una vez dijo a su maestra de español que era una arpía y en otra ocasión abandonó a sus padres en medio de una ceremonia religiosa para ir a tirar piedras en el río, acongojada por no saber hablar con la corriente de agua como sí podía hacerlo el ermitaño de un libro que leyó. Al final de su introspección ve muchos caminos que se abren frente a ella: en uno hay un afluente infinito de palabras con remansos lánguidos y rápidos furiosos; en otro corren trenes que anuncian viajes exóticos y están siempre a punto de partir; coplas alegres bordean uno más y trágicas canciones entristecen otro. Su esposo aparece a la vera de un sendero arbolado, sentado de espaldas al horizonte de lindos contornos que se ve al fondo; solo la ve a ella, la indaga, la abarca, la ensombrece con su mirada.

Un domingo a mediodía, después de regresar del gimnasio y hacer el amor con los espejos, todo músculo y pavoneo, no la encuentra en casa. Tampoco halla su ropa en el clóset y su cepillo dental de cerdas suaves en el baño, ni su tapete para meditar en la terraza ni sus palabras yendo y viniendo por los pasillos ni su perfume suave enamorando el aire. Al entrar al estudio, los libros de su esposa más queridos vuelan desesperados por la estancia, sin poder salir tras ella porque la ventana está cerrada; se ha marchitado la violeta en una esquina del escritorio y llora tinta la pluma a un lado de la nota, que dice: “He cambiado mucho, amor. O tal vez no, será solo que me he descubierto un poco tarde. Te sigo queriendo, pero amarte no me basta. No me busques, aún no tengo bien claro hacia dónde me dirijo. No me llevo todo, por si vuelvo. Besos, pequeño”.

Nace un silencio nuevo lleno de fantasmas. Los libros queman sus alas y regresan al estante; de cualquier modo la espera es su tarea perpetua. Sale a la calle, es la tristeza la que mueve sus pies. Se sabe casi muerto, pero hay una pequeña frase que lo mantiene vivo: “…por si vuelvo”.

<p>Días después, en el mismo lugar desde el que ella partía hacia su interior, se ve al hombre sentado con las piernas cruzadas y la espalda recta. Una música suave lo acompaña en su viaje que inicia justo esta tarde del ocho de marzo, mientras afuera las calles de incendian de furor femenino.

 


 

ARTELISTA.COM

 

Amor puro de grano

 

Arturo Núñez Alday

 

Vinicio Uribe llega a casa después de diez horas de trabajo. Se ducha con el firme propósito de arrojar por la coladera hasta el último resquicio de la tensión acumulada durante el día, virtud que ha desarrollado en los últimos años gracias a la meditación y ayudado también por los tres kilómetros de trote durante las mañanas, disciplinadamente, sobre todo desde el susto que se llevó debido a una crisis hipertensiva y al diagnóstico de prediabetes que nunca aceptó; e hizo bien, pues actualmente su condición de salud está muy lejos de la dulce amenaza debido al estricto régimen que se impuso, con dieta rigurosa, alcohol al mínimo y ejercicio.

Hoy y mañana son días especiales para el prestigiado investigador y profesor universitario, experto en gobierno, políticas públicas, educación y prevención de la violencia, ya que están su hija y su adorado nieto en casa. Desde que Pablo nació, Vinicio descubrió una vocación insospechada de abuelo, de modo que para el chiquillo de seis años, heredero del mismo temperamento estridente y enjundioso de su papá Vini, como acostumbra llamarlo, el único héroe que existe en el mundo es él. Mañana es día de partido de futbol para Pablito. Como cada dos sábados, Vinicio cambiará el saco y la corbata por pants, playera del Necaxa y cachucha de beisbolista, y con la mano hará girar la matraca para alentar al centro delantero más guapo que ha conocido el deporte de las patadas. Por lo pronto, toca noche de película y palomitas junto a la familia. Su mundo de grandes responsabilidades y ritmo frenético desaparece con el calor del hogar y la sonrisa de su nieto. Su esposa no puede reprimir un arranque de celos cuando le pide a Pablo sentarse a su lado y se niega; nada ni nadie hará que salga de los brazos de papá Vini.

Una llamada telefónica interrumpe el idilio de viernes por la noche. Es su hija quien descuelga el auricular. Del otro lado de la línea la voz esconde a una mujer aún joven. Es para ti, papá, debe ser alguna de tus admiradoras o alumnas del doctorado. Con buen ánimo toma el teléfono y escucha a la dama, quien le dice su nombre y pide unos minutos de su tiempo. Obviamente no se conocen y ella ofrece una disculpa anticipada por lo que está a punto de decirle, asunto tan delicado y sui géneris que amerita una transcripción precisa del diálogo:

―Doctor Vinicio, le ruego escuchar atentamente lo que quiero pedirle; lo hago a nombre de mi madre, a quien usted sí conoce.

―Espera un momento, señorita, por favor.

Se disculpa con su familia y va hacia su estudio, ante los reclamos de Pablito.

―Te juro que me has intrigado. Adelante, quiero escucharte.

―Doctor, mi madre no se atrevió a llamarlo personalmente. Pidió que yo lo hiciera. Vino a México por breve tiempo y en dos días debe regresar a Abington, Massachusetts, donde reside. Ella me ha dicho que…

―Por favor, ¡dímelo!

―Ella me confió que usted es el amor de su vida, aunque se haya casado con otro hombre, con… mi padre.

Vinicio enmudece. La copa de vino que bebió un rato antes le hace efecto ahora. Tarda segundos en reaccionar.

―Pero… muchacha, ¿de qué se trata esto? ¿No estás confundiéndote conmigo? ¿Me puedes decir ya quién es ella?

―Se llama Dolores. ¿La recuerda? Estudio con usted los dos primeros años de Contabilidad, aunque después abandonó la universidad y se fue de aquí.

―Me prometí olvidar todo de ese pasado negro en mi vida: haber estudiado contabilidad. No me hagas caso, es una broma de pésimo gusto. Dolores… ¿Arruñada? ¡Claro!, ¡mi querida Lolita! Una hermosura de mujer; tan gentil, además.

―La misma, doctor.

Visiblemente contrariado por una emoción inesperada, bajó la voz por temor a ser escuchado desde la sala.

―Pero… ¿qué es lo que has dicho? ¿Yo, el amor de su vida? Jamás imaginé que ella pensara así sobre mí. Antes que otra cosa fuimos muy buenos amigos, sin embargo… debo aceptar que ella me gustaba mucho; a todos los del grupo nos gustaba. Cierto, durante una fiesta en su casa sucedió algo que… En fin, no viene al caso hablar contigo sobre aquello, disculpa. Fue algo muy…

―Doctor Vinicio, mi madre ha dado seguimiento a su carrera y sus logros. Incluso estuvo a punto de buscarlo cuando usted cursó el doctorado en Harvard. Ella ya vivía en Abington, muy cerca de Cambridge. Reprimió su deseo porque estaba casada y usted también.

―Bueno, ¿cómo está ella? ¿A qué viene esto después de… 35 años o más? ¿Cuál es la razón de que tú, su hija, vengas ahora a decirme tales cosas?

―Ella quiere verlo, doctor. Mañana, si es posible. Tampoco entiendo demasiado sus razones, pero insiste mucho en que deben verse.

Vinicio guarda silencio. Toda su vida ha encajado sus decisiones y actos en el estricto orden que le dictan su rutina de trabajo y la dedicación a su familia. Ahora, de pronto, una situación que no puede confiar a su esposa y una persona que creía olvidada en la bruma de aquellos años lejanos, le sacuden el pecho con emociones que le resultan casi extrañas, pero embriagantes a la vez.

―Está bien, pero debe ser por la tarde.

―Gracias, doctor. Se lo diré. ¿Le parece bien a las cinco, en el Café Vienés?

―Perfecto, ahí estaré. ¿Tú crees que después de tanto tiempo no nos cueste algún trabajo reconocernos?

―No creo. Ella sigue vistiendo de blanco, como casi toda su vida. Ahora usa el pelo corto y está muy delgada, pero su sonrisa sigue siendo la misma.

―Dile que yo sigo con el mismo semblante de niño asombrado, como me lo dijo alguna vez. No me lo han podido cambiar ni los años ni las canas.

Al regresar a la sala, el bueno de la película ya ha vencido al malo, el platón con las palomitas está vacío y su nieto parpadea en un intento de vencer el sueño, acurrucado en los brazos de su abuela. Esa noche sueña que está en una fiesta bebiendo vino sin freno y bailando con la joven más hermosa. De pronto ella se vuelve humo entre sus manos y se eleva lentamente, mientras él hace esfuerzos inútiles por alcanzarla.

Al siguiente día encuentra el lugar casi vacío, para su beneplácito. Quince minutos antes de las cinco está instalado en una mesa del fondo. Para mitigar la ansiedad que le causa el inminente encuentro, lee una columna en el periódico que analiza las polémicas declaraciones del Presidente durante la conferencia mañanera del día anterior, respecto al desabasto de medicinas para el tratamiento de los niños con cáncer.

Es cierto, su sonrisa es la misma a pesar de los sellos que deja el paso del tiempo en un rostro hermoso de mujer, e igual su modo de caminar, la humedad de agua tibia en su mirada y ese aroma de rosas al tenerla cerca. Luminosa como el sol de mediodía, lo mira sin una palabra de por medio que rompa el encanto. Vinicio lamenta haber pedido café en vez de un buen brandy, para acompañar mejor la impresión de verla. Se levanta para recibirla. El abrazo es largo, tierno, silencioso. Al fin las palabras saltan al ruedo, impetuosas.

―Es increíble, Vinicio. Tienes el mismo rostro que he imaginado todo este tiempo. Me place saber que el amor de mi vida solo haya encanecido en vez de envejecer.

―Tú sigues siendo la misma que nos volvía locos a todos.

―Si en verdad te hubieras vuelto loco conmigo, querido, otras hubieran sido nuestras vidas. Una sola noche no me fue suficiente. Y tal vez ni siquiera la recuerdes bien, ¿verdad, bribón?

―Lolita, mi querida Lolita, ¡qué buena manera de iniciar un diálogo después de tantos años! ¡Anda!, dime primero qué quieres beber y luego desenterramos los recuerdos.

―Café, igual que tú. Tal vez nos besemos en algún momento y así nuestras bocas no tendrán pretexto para rechazarse.

―Ja, ja, ja… Sigues siendo encantadora, igual que esa noche que… Tienes algo de razón, no la recuerdo con la misma claridad que tú… Qué pena contigo, no debí embriagarme como lo hice, y en tu casa. ¡Dios! No debió pasar, pero pasó.

―Si no hubieras sido tan recto, Vinicio, hubieras insistido y seguramente yo hubiera mandado al diablo a Ernesto, y tú a la noviecita de entonces.

― ¡Estabas a punto de casarte con él! Además, nunca pensé que fueras capaz algún día de enamorarte de mí.

―Ya estaba enamorada de ti desde entonces, ¡tontillo! Y sabía que podría llegar a quererte mucho. En fin… Cuéntame de tu vida, Vinicio, al menos ahora déjame saber todo de ti, no me basta con leer tus artículos en el periódico o saber que has publicado un nuevo libro.

―No creo que resulte muy interesante hablar de mis asuntos profesionales. Yo…

―Sólo háblame de lo que sea, con esa pasión que tienes siempre. Tenemos poco tiempo, querido, demasiado poco.

El diálogo continúa, intenso, porque hay circunstancias de la vida en que los segundos valen oro, como ahora. La noche los sorprende riendo a carcajadas, con sabor a tarta de limón y café cargado. Después de un largo silencio que augura ya el final del encuentro llegan las preguntas fundamentales.

―Lolita, ¿por qué te casaste con Ernesto, si no lo amabas?

―Tal vez porque no volviste a acercarte a mí, ni me hiciste el amor una vez más. A Ernesto sí lo quería, pero jamás como pude llegar a quererte a ti. Lo sé muy bien. Además, el amor no es la única razón por la que una mujer se casa con un hombre.

―Cierto, yo no hubiera podido darte lo que él en ese entonces.

―Hay una razón más por la que decidí casarme con él, pero esa la callaré hasta mi muerte.

― ¡Huy! Ese sí me pareció un parlamento de telenovela.

Ella calla mientras bebe los restos del segundo café. Después pregunta:

―Y tú, Vinicio, ¿has sido feliz todo este tiempo?

― ¿Cómo se mide la felicidad, Lolita? Si haber viajado tanto, escrito mucho más, tener un hijo que pronto se doctorará en física nuclear, una hija maravillosa que me ha dado un nieto que adoro y una esposa que ha estado siempre a mi lado, a la que indudablemente amo y ha soportado bondadosa mis ausencias y desvaríos intelectuales; si todo eso, más el café y el vino tinto son la felicidad, entonces sí, he sido feliz.

―Me alegra escucharlo.

― ¿Tú eres feliz ahora con Ernesto?

―Ya no se puede ser tan feliz con un muerto.

―Disculpa, yo no imaginé que él…

―No tienes por qué disculparte. Han pasado varios años desde que murió; prematuramente, claro. No puedo quejarme lo mínimo de mi vida a su lado, creo que me amó más de lo que yo a él. Después de que nació Vania, ya no pudo… Bueno, ya no pudimos tener otro hijo, el varón que él deseaba. Eso lo amargó un poco. Sin embargo, fue un hombre maravilloso, no me faltó nada a su lado. Unos años después de que partió, quise buscarte, pero no soy alguien que guste hacer daño a nadie, menos a una familia.

― ¿Y por qué piensas que yo, que te di tan poco, o nada, soy el amor de tu vida? No es justo para Ernesto que digas eso, ni para ti.

―Eso no se piensa, Vinicio; mucho menos se elige. Solo es así y ya. Además, me diste más de lo que tú crees, mucho más.

―No digas eso. Yo… no sé qué pudo haber pasado si te hubieras quedado aquí. Poco después de lo que sucedió entre nosotros, dejaste la universidad y no supe más de ti.

―Era necesario marcharme. En este momento no lo entenderías. Vinicio, debo retirarme.

―Lo entiendo, Lolita. Se ha hecho tarde.

―Gracias por haber venido. No sabes lo importante que es para mí.

―Soy yo quien te agradece. He sido feliz esta tarde contigo. Entiendo que te vas pronto. Deseo que tengas buen viaje y sigamos en contacto de algún modo.

―Estoy haciendo lo necesario para tener buen viaje… Y claro que seguiremos siempre en contacto. Ya lo verás.

Lo que sigue es un silencio de miradas con oleaje salino. Segundos para sellar un compromiso de amor a distancia, sin espacios comunes ni camas compartidas, sin siquiera palabras que definan la certidumbre de un amor sin rituales cotidianos.

El abrazo de despedida dura más que el de inicio.

Tres meses después, curiosamente también en día sábado, al regresar del partido de futbol de Pablito, quien esa mañana metió dos goles y logró que el abuelo se pavoneara de orgullo al caminar, Vinicio Uribe recibe nuevamente la llamada telefónica de Vania. Esa vez es él quien levanta el auricular.

―Sí, diga.

― ¿Doctor Uribe?

―El mismo.

―Soy Vania.

― ¿Vania? Ah, sí, claro. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu madre?

Ella no puede responder de inmediato, un nudo en la garganta la impide. A pesar de no verla, Vinicio percibe su emoción y se estremece. Segundos después escucha su voz entrecortada.

―Mamá al fin se fue de viaje. Me pidió que te lo dijera, papá.

― …

 


 

 

 

Heptálogo para remendar un corazón

 

 

Arturo Núñez Alday

 

 

Parece obvio, pero primero debes asegurarte de tener quien te lo rompa, aunque a veces sucede que no te lo propones y la vida se encarga de ponerte enfrente a quien lo haga. Como sea, y bajo la premisa de que todos buscamos el amor, procura no poner el anhelo de tus glándulas hormonales y la sagacidad de tus neuronas en alguien demasiado codiciado, con atributos que satisfagan las leyes del mercado amoroso creadas por los grandes estafadores de los medios de comunicación, que son capaces de vender a un sapo por príncipe e imponer como moda un taparrabos. Una vez que las fisuras sean evidentes por las angustias de tu pecho, date a escuchar canciones de amores trágicos; nuestra tradición musical vernácula tiene mucho para ofrecerte y ayuda a sublimar el dolor antes de que el desangrado sea considerable y ponga en riesgo serio la vida.

II

Las abuelas de antes sugieren utilizar hilos de plata para remendar heridas leves, si fue una nube de baja altura en la que te encaramaste, y no de tormenta. Si la caída fue desde un nubarrón denso que te elevó hasta donde a Ícaro empezaron a derretírsele las alas, es imprescindible que aguja e hilo sean de oro, y el zurcido fino y lento. No importa si eres mujer u hombre, tratándose de amores la membrana protectora de la gran víscera es delicada en uno y otro. La cura más rápida es la que prescinde de la anestesia: dejar que las agujas traspasen el núcleo de cada célula y el dolor también. Sobrevivirás y, resiliente, pondrás escudo de acero en tu pecho y faros de aviso en tu mirada.

III

Puedes optar por narcotizar el corazón, a fin de que el remiendo no duela y ni siquiera te des cuenta. Cuando vuelvas en sí quedará una tristeza fácilmente llorable y relativamente gozosa. Como narcótico vale usar alcohol en dosis controladas o algún estupefaciente que no cause adicción. Lo más sano son las endorfinas que segrega tu propio cuerpo. Con ejercicio diario y sesiones de sexo simplemente terapéuticas verás que no sufres las puntadas; en cuanto a lo segundo, el problema es encontrar quien sirva para el caso sin que involucre más que el instinto. Como sustituto del sexo sin compromisos, y a fin de no comprometer tu moral por si la arrastras voluminosa y densa, intenta enloquecer y reírte de todos y por todo. Si ya en la Grecia antigua Aristófanes utilizaba el teatro para generar catarsis a través de la risa, ¿por qué no reírnos hoy de nuestra propia desgracia para reducirla o desaparecerla? Cose tu corazón narcotizado con el ungüento de la alegría.

IV

Remendar el corazón en el mar resulta la opción más favorable, pues el agua marina cicatriza heridas y es el mayor reconstituyente de minerales de nuestro cuerpo. Hay referencias de antes de Cristo sobre sanadores que usaban el agua de mar como fuente curativa de muchas enfermedades. Incluso Eurípides, que algo debió saber sobre pasiones humanas y heridas cardiacas, ya difundía en su tiempo que el agua salina curaba los males del hombre. Sin embargo, ¡cuidado! Por extrañas causas, quien se satura de mar a menudo ve preñado su cuerpo y sus emociones. No vaya a ser que en vez de quedar con un corazón bien remendado, Poseidón te regale un embarazo imprevisto con riesgo inminente de nuevas desgarraduras ventriculares. Es recomendable hacer uso de repelente para insectos de dos patas con piel bronceada y sonrisa encantadora, pues tales bichos y bichas son expertos en romper corazones en menos tiempo del que tardas en darte cuenta. Un corazón recosido resulta vulnerable en extremo ante tales circunstancias.

V

Selene, la hermosa que ilumina la comba celeste cuando Febo duerme, es, a decir de muchos, la mejor remendadora de corazones. Borda lento con hilos de luz y lo hace mejor si se acompaña con música de violines. Pero ya dijo el gran poeta chiapaneco que deben ser dosis precisas y controladas de jarabe lunar, porque en exceso un corazón zurcido por la luna puede quedar para siempre extraviado en su luminiscencia, y no lograrán traerlo de vuelta ni los perros que cantan a su amada luminosa en esas noches cuando ella luce radiante su vestido blanco. Hilvanar el corazón con la luna solo es apto para aquellos de espíritu superior que han probado el ayuno de amor y saben lidiar con el dios Eros vestido de poeta, y no como el niño pendenciero que ven los rústicos amorosos.

VI

Los versos, dardos que envenenan cualquier corazón herido, son eficientes también para la sanación, mas no con todos. Es deseable y hasta imprescindible un poco de locura, además de masoquismo romántico a toda prueba. Aquellos que  comprendieron que el amor es una punta de montaña al que pocos acceden, cargan una coraza de escepticismo sarcástico que los salva de los grandes sufrimientos, y atrapan el presente si es bello porque saben que mañana no lo será. Por eso, cuando besan muerden, si acarician aprietan, si penetran se quedan adentro lo más posible y si ríen estremecen las ramas de los árboles; cuando les toca llorar, escuchan o hacen nacer los versos y con ellos cavan ríos para que sus lágrimas lleguen hasta el mar. Son los elegidos, los que se cortan las venas y acaban con todo sin aspavientos, o los que escriben el amor y sus martirios para dejarlo luego marchar tras otras presas. Si pudiéramos ver sus corazones, tendrían tantas fisuras y remiendos como el cielo tiene estrellas.

VII

La última alternativa que me atrevo a comentar, yo que tengo el corazón partido y siempre con un ligero destilado bermellón por entre sus rajaduras, es que dejes el corazón sin remiendo. Conservarlo así en ocasiones es bueno para vivir, pues el drenado tiene sus ventajas, sobre todo si dedicas tus tiempos de trabajo, asueto y sueño a algo que no sea contar dinero, explotar al prójimo, reprimir la vida, juzgar a los demás, divulgar verdades que no son y persignarte noche y día. Si eres libre de espíritu un poco de sangre de tu corazón abre las puertas del misterio y echa fuera los resentimientos, colorea las metáforas, vuelve poderosas las imágenes de los versos y gozosas las aliteraciones. Un corazón ligeramente expuesto pinta mejor tus labios para la aventura de otra boca y enerva tus emociones para no olvidar que sigues vivo. Y si se trata de llorar porque el mundo es imperfecto y un niño abandonado llora triste en la banqueta junto a un perro con la pata rota, es bueno que una leve herida siga abierta. Duda siempre de quien tenga el corazón sellado por completo. Si el corazón sangra unas cuantas gotas, es posible arrebatarle al amor un poco de imposible, convertirse en poeta cuando no hay luna y se extraña a un bardo entre las sombras; ayuda a no olvidar que existen los tiranos, que a menudo Dios es una mujer y que la distopía es la cama donde duerme y despierta la esperanza. Por eso sangra, corazón mío, pero no me mates. Y tú, remendador, descansa un poco, deja en paz aguja e hilo, no vaya a ser que mueras de tanto corazón herido entre tus manos.

 

 


 

Chocolate

 

Chocolate

 

Arturo Núñez Alday

 

Amargo

No hay más que decir, Roberta. Las palabras entre tú y yo son un destilado acerbo y nada embriagador. Nacen desesperadas, duelen en los labios, ensucian el aire. Llévate todo: el auto, el equipo de sonido, tus olores, los sartenes antiadherentes, las ilusiones compradas a crédito y también las que pagamos al cash. Quédate con el perro y yo con el gato; me entiendo mejor con ese peludo que hace lo que le viene en gana y sabe mejor que tú y yo cómo ser libre. Llévate las dos reproducciones de Van Gogh que tanto reclamas, pero déjame las litografías de Chagal; quiero seguir volando eternamente con el bielorruso. Déjame también la mujer desnuda que cuelga en la pared del baño; si los últimos años me hubieras mirado con una quinta parte del anhelo con que ella me ve cuando la visito, te pediría quedarte con todo y tus obsesiones y tus cuatro docenas de zapatos, incluso hasta con tu madre. Llévate los recuerdos, la foto de los dos en la Plaza del Trocadero con la hermosa Eiffel al fondo y la que nos tomó una japonesita en los jardines del Palacio de Versalles, y aquella otra que nos tomaron en el hermoso mar de Capri, justo cuando pasábamos debajo del arco de piedra para ganarnos el milagro del amor eterno, como si la sal y la roca milenarias fueran dioses solidificados. No olvides por favor los amuletos atrapa sueños que colgaste en la recámara para asustar los fantasmas que se metían en tus noches, a los que abrías la puerta por negarte a crecer y enfrentar tu destino. Y no olvides por favor tus olvidos, ni la foto de aquél que por mucho tiempo escondiste detrás de tu mirada, como si esta no fuera transparente e inocente delatora. Si ahora vas hacia él no llegues a su casa sin antes pasar donde una mujer vieja haga limpias con hierbas, rezos y huevos de gallina. Que quite de tu piel mi aroma, mis labios que estampé por todas partes de tu cuerpo cuando mi boca te quería. No vaya a ser que ese otro encuentre un grumo mío pegado en tu axila o en tu pubis, y se ponga triste si su amor es egoísta y posesivo.

Bueno, parece que estás lista. Puedo ayudarte llevando las maletas al auto, Roberta. Debes saber que te ves muy bien con ese vestido color fiusha que elegiste para la retirada, el escote te hace ver realmente sexy. Se me cruza por la cabeza que quieres reconquistarme o jugar a darme celos. No te rías. Bueno, es mejor encontrarle el sentido del humor a esto, ¿no crees? Nadie tiene por qué desenvainar la espada, ya no es moderno. Solo hay una cosa que me inquieta, Roberta, y es para mí un asunto muy serio: he buscado sin éxito las barras de chocolate que compramos en algún lugar del sur de Suiza, cuando viajábamos hacia Venecia, ¿recuerdas? Si las llevas en alguna maleta, te pido amablemente que me las devuelvas. Tú detestas el chocolate amargo, igual que las novelas de Enrique Serna, la música de Madredeus o subir al Tepoxteco. Entonces, no encuentro una razón para que hayas tomado mi chocolate. ¿Que por qué doy tanta importancia a unas cuantas barras de cacao procesado en Suiza? Elemental, mi querida Robe: lo necesito para enfrentar la tristeza que a fin de cuentas sentiré al ver la casa sin ti. Te acordarás que leímos juntos “Por el camino de Swann”, de Proust. En alguna de sus páginas el narrador se pregunta qué haríamos los pobres humanos sin la maravillosa bendición de la costumbre. Así es, queridísima, tardaré buen rato en desacostumbrarme de ti, aunque el amor se haya evaporado y vuele enrarecido bajo los techos y las cornisas de la casa, o se burle de nosotros desde las esquinas mohosas donde susurra una canción que nadie escucha. Solo me queda el gato y el chocolate para ayudarme con la empresa de perder la costumbre de ti.

Anda, pues, devuélveme mis barras y bajemos las maletas. Despídete del minino y sécate esa lágrima que ya no es necesaria. Qué bueno que te llevaste antes al perrillo, así es más fácil para mí. Espero que te hayas asegurado de que a aquel tipo le gusten los chihuahuas y le hayas informado que debe ayudarte con el doblado de las sábanas y no dejar un solo pelo en el piso del baño. ¡Ah!, y que por ningún motivo se le ocurra dejarse crecer los vellos de las orejas ni comer hígado encebollado cuando te invite a comer, que por aberraciones tales el amor de una pareja pierde aquellas humedades que lo mantienen fresco, ¡que lo sabré yo!

Bien, todo cupo muy bien en la cajuela y el asiento trasero. Ahora dame un beso de amigos y ve con él. Regresa cuando quieras por tus demás cosas. Buen camino, mujer…

¡Hey!, ¡Roberta! ¡No olvides decirle que debe pasear dos veces al día al perro!

¡Y gracias por los chocolateees!… amor.

Batido con molinillo

No tengas cuidado, madre. En Suiza hay muy poco peligro para las mujeres. Además, Lucerna es una hermosa ciudad de arquitectura medieval en la que me ilusiona mucho vivir. Todo se ve muy limpio y ordenado. Y no te preocupes de que me enamore de un rubio. Anita Shuff, mi maestra de padre suizo, vivió allá quince años y dice que es más fácil sacarle una sonrisa al tronco de un árbol que a un suizo. ¡Qué bueno!, porque yo quiero concentrarme en mis estudios de maestría; no en algo más. ¿No me crees, verdad? Mira, el hecho de que haya sido noviera no significa que vaya a darme vuelo con los suizos, tú sabes que los güeritos no son lo mío. Aunque… seguramente los hay inteligentes y artistas; esos sí, te confieso, son mi debilidad.

Preocupada deberías estar si me fuera a Italia, porque te diré que esas guapuras latinas sí me pueden. Lástima que sean tan machitos. ¿Sabías que el año pasado hubo más asesinatos de mujeres que nunca en ese país? Y la mayoría por celos y sentido de pertenencia. No, madre, estarán muy chulos, pero con ellos no me meto. Más congoja tendrías si me quedo aquí y lo sabes. Desde hace un año que desaparecieron las dos chicas de mi facultad ya no voy y vengo por todas partes, como antes. No estamos tranquilas las mujeres en este país, por más que tratemos de no vivir con miedo.

No te quedas sola, mamá. Marco te cuida como nadie desde que papá nos dejó. Sabes que mi hermanito ni novia tiene; las matemáticas son sus amores. En dos años será un señor ingeniero. Está mi abuela, además, que vela por ti como si fueras niña chiquita. ¡Ay!, mi vieja linda. ¡Cómo voy a extrañar su chocolate criollo batido todavía con molinillo! Creo que ni en Lucerna voy a probar un chocolate caliente como ese. Son solo dos años y regreso. Estoy seguro de que la abuela seguirá igual de fuerte. Espero que tú, mamita, y perdón que te lo diga, te entiendas con don Abel. ¡Pues sí!, está solo como tú, es noble y te lo ha demostrado; además tiene su buena pensión. A menos que por estar medio calvo no te agrade. ¡Pero si te has puesto roja, mamá! Se me hace que dentro de un año, si puedo volver en vacaciones de verano, encontraré repuestos los rosales del jardín y reverdecidos tus ojos.

Ahora durmamos, mamá. Solo tengo seis horas para hacerlo y aún debo enviar mensajes de despedida a mis amigas. De Daniel no digas nada; ya duele menos que el piquete de un mosco. Se portó tan barbaján al final que no merece una sola palabra mía, aunque me suplique que volvamos. Marco me acompañará al aeropuerto y no quiero verte llorar, mamita, ni a la abuela que ya duerme.

En el respaldo del avión la pantalla indica que son poco más de once horas de vuelo hasta París. Ahí me esperará mi prima para acompañarme a Lucerna. Viene de Zurich y ella sí se casó con un suizo que curiosamente ríe mucho y come picante. El avión ha despegado hace poco. Pensé que vería los volcanes para despedirme de ellos, pero la ruta es otra. Pensé también que no me dolería tanto levantar el vuelo de este suelo ensangrentado y que tendría que pasar más tiempo para extrañar mis calles, los colores de mi ciudad, la alegría que a pesar de todo pervive en mis paisanos, los ojos de mis entrañables amigas llenos de azoro frente a su propio destino. Demasiado pronto echo de menos a mi hermano Marco, que se desparramó como no creía al despedirnos; la bondad de mi madre, que hoy me parece inconmensurable, y el jarro de chocolate que mi abuela preparaba cada vez que se lo pedía. Cierro los ojos y veo el molinillo de madera en sus manos, agitando el dulce mundo líquido que luego bebía con deleite y que llenaba todas mis ilusiones pueriles, ahora mutantes en otras que viajan sobre aviones y escalan montañas nevadas.

Pensé que tardaría mucho más en sentir el corazón fisurado al saber que escapo de lo que más quiero. Las azafatas son amables dentro de este pedazo de cielo encapsulado. Allá abajo y atrás, en el suelo que dejé, Dios parece abandonarte si osas caminar sola por una calle incluso iluminada, como si el infierno hubiera abandonado las tinieblas.

La mujer de ensayada y preciosa sonrisa me pregunta si apetezco beber algo. Esperanzada, pido chocolate caliente. Se disculpa, porque un avión no es el paraíso.

Más tranquila, suspiro para resanar mi pecho. Solo espero que sea verdad la fama del chocolate suizo y mentira la poca alegría de los varones.

 


 

Brevedades de amor y otros gritos

 

 

Brevedades de amor y otros gritos

 

Arturo Núñez Alday

 

Ella misma no estaba al tanto de su condición de laberinto. Muchos incautos se extraviaron en sus callejas adoquinadas con balcones cargados de flores y colibríes libando néctar por todas partes. Varios Ulises, Perseos, Virgilios, núbiles Romeos, arrogantes donjuanes e incluso unos pocos y angustiados Kafkas, caminaron sus recovecos sin encontrar salidas. Unos no pudieron con el sol que noche y día incendiaba la luz en sus ojos. Otros bebieron en la fuente de su ombligo las pócimas prohibidas. Los más se arrojaron de cabeza en el precipicio del final de la arboleda abajo de su vientre, repleta de humedades salinas en la que confluyen paraísos e infiernos. Benditos aquellos que solo entonaron canciones de amor y recitaron jóvenes versos nerudianos por sus callejas de bombillas recién encendidas, a media tarde y en días de naciente primavera. Qué pena por aquellos que no fueron ni suicidas ni inocentes trovadores, pues locos de atar se les vio rebotando sus cabezas entre una pared y otra de sus senderos alumbrados.

Aun conociéndose, no encontró la salida cuando se hartó de sí misma y sus calles se llenaron de nubes y sus pies resbalaban por los empedrados enlamados. El sol se fue de su mirada y una de las muchas muertes que la habitaban apagó para siempre sus faroles.

 

LA MARCHA

En la marcha se escuchan muchos gritos: unos nacen de gente bien comida y su fuente es solamente la garganta; otros emergen desde adentro, desde el mismo lugar en que germinan la rabia y el hambre; hay gritos que tienen su incendio en el cansancio de los pies y algunos más son húmedos como lágrimas que no secan. Otros gritos son pancartas, besos, dignidades sonoras, destellos amorosos sobre la carretera. Se enredan unos en otros, en hermandades que parecían imposibles. En el breve tiempo que miden sus pasos, una melodía de tierra nueva se esparce por el aire, una canción augusta que habría de interpretarse con miles de voces, más poderosa que esa que callan los incrédulos apostados a la orilla del camino

Después de la marcha se escucha nuevamente el grito soporífero y destemplado del silencio.

 

ESTILETE

Cuando la paz es:

preludio de la muerte

digresión de la fe

polución en el aire

calle oscura y asesina

niños tristes en la calle

mujer desaparecida

muchos cuerpos mutilados

aquella madre en duermevela

silencio de balas asesinas

toque de queda al amor

palabra de miedo amordazada

noche perenne sin luna

discursos y discursos y discursos

volcán enmudecido

perla negra sin valor

eterna duda sin alba

ojos que buscan y no encuentran

oraciones sin destino

bruma sin misterio que no cesa

hojas secas sin rocío

tres letras petrificadas

muchas manos desunidas

cientos de besos pendientes

miles de labios resecos

y ganas intensas de gritar…

entonces…

habría que enterrar un estilete

en el falso corazón

de esta armonía.

 

AMOR DE LUZ

El amor que te profeso, señora mía, me ayuda a soportar todos tus rostros, tus colores, tus devaneos en rojo, en naranja, en blanco intensísimo. El humor de cada día te da tono distinto: denso si un furor caliente te domina; claro, casi transparente si la calma invade todo tu infinito como en las noches de octubre. Yo, ennegrecido, gris, pálido o rojo, estoy siempre para soportarte sin importar el talante con el que cada día presumas tus encantos.

Me gusta deambular contigo en las noches diáfanas, cuando caminas junto a mí, colgada toda de mis ojos conmovidos por tanto relente de luz que me regalas. Me pides una canción, yo te la canto; me pides un poema y doy a luz cuartetos y tercetos, henchido de emoción endecasílaba; me ordenas corretearte en la arena húmeda del mar donde se refleja tu vestido blanco predilecto, y corro tras de ti deshaciéndome de ganas.

¡Cómo me gustaría verte al fin rendida en mis brazos!, sólo en los míos que mueren de celos cuando a otros coqueteas; que me enseñaras a encontrar tu boca, a recorrer tu vientre, tu sexo, tus cráteres completos, tu lado oscuro que siempre me has negado. Cuánto daría por entrar en ti y acompañarte por el firmamento de orgasmos luminosos que cada noche te hacen bella, ya sea creciente, menguante, llena o silenciosamente nueva.

¡Ay!, luna, lunita, alucinante amadísima; si en verdad fueras mujer, tú y el mundo ganarían un hombre, aunque fuese en menoscabo de un poeta diletante.

 

SINCERIDAD

Si regreso del mundo hasta el sueño que habitas y te miro intensamente durante mares de tiempo, no es testarudez, posesión, delirio, cordón umbilical desde mi ombligo hasta el embrujo de tu pelo. Sólo sucede que perdí en lo abrupto del camino algunas alas de mi autoestima. Al verte, constato tu habitar dentro de mi casa y mis células, confirmo la belleza de tenerte cerca; eso me fortalece ojos, espalda, sangre, quimera, corazón, neurona. Amarte me hace amarme. Como ves, mi devoción por ti es un ejercicio egoísta. Fortalecido, vuelvo al mundo con tus pies, con tu coraje. Perdóname por no amarte sin interés alguno, amor mío.

 

ATRAPADA EN CUPIDO

Es cierto, es una ilusa y fantasiosa: antes de darle el sí ante la petición de matrimonio, lo llevó a realizarse una ecografía cardiaca. El resultado la hizo llorar: no había ninguna flecha traspasando el corazón.

 

BÉCQUER

Nunca entendiste, sevillano: Elisa era una golondrina.

 


 

Guitarra bruja

 

 

Guitarra Bruja

 

Arturo Núñez Alday

 

No hay historias en mis manos, por más que las fustigo en el teclado. Dudo que de ellas puedan nacer al menos unas cuantas azucenas o jazmines para llenar de aromas esta noche de invierno vacilante. Si alguna musa viniera, no la quiero con angustia en su cara, porque así es como se asoma a mi aposento unas de ellas sin atreverse a entrar.

Hoy no me seducen los altercados cotidianos entre los hombres del poder, ni las rifas de aviones presidenciales ni las promesas del paraíso en los hospitales del país ni once pares de piernas contra otras once tras una pelota. Tampoco encuentro interesante el cumpleaños noventa y ocho de un tal Echeverría; no hay un solo gramo de épica en esa historia. Me tienen sin cuidado los estertores del majestuoso volcán que veo desde mi ventana antes de que caiga la noche, y me abruma sobremanera la quietud de la mujer dormida a su lado: ni un solo quejido en décadas, o una leve fumarola que manche su blancura y su silencio. Hoy, solo hoy, por piedad y salud de este pecho repentinamente deshabitado, no quiero escuchar sobre mujeres desaparecidas ni de niños y niñas explotados sexualmente; ni de migrantes que cruzan el país huyendo de un infierno y caminando sobre otro, con futuros inciertos cargando en la mochila y niños asombrados jalando de las manos.

Quiero que esta noche siga blanca mi dama de papel, ausente del mundo y sus avatares. Dejarla limpia. Guardarla en la inocencia de un monitor apagado. Sin sombra su noble llanura que soporta estoica mis divagaciones lunares.

El futuro inmediato de la yema de mi dedo medio es la tecla delete. Sin embargo… ¡silencio! Déjenme escuchar algo que sucede en el aire.

Por la ventana entra el delirio acústico de una guitarra. Afino el oído y me percato, jubiloso, de que son versos los que llegan hasta mí ordenados en arpegios y rasgueos. No puedo sustraerme y me envuelvo en ellos. Sin darme cuenta me levantan, dejan morir mi apatía sobre la silla, me llevan con ellos y estoy vivo de nuevo batiendo mis alas en el aire de una música andaluza.

Las notas musicales me han llevado hasta la casa de un hombre solo. El viejo bebe vino y escucha ahora en la guitarra “Amar y vivir”, de Consuelo Velázquez. De pronto se levanta, va al otro lado de la mesa y pide la pieza a una dama imaginaria. Ella concede, al parecer, y juntos bailan por la estancia. Uno, dos… Uno, dos… El momento es terriblemente hermoso. Él la mira con los ojos de amor más ciertos que he visto jamás; ella, en sus manos es el aire más esbelto que se humedece con el torrente de lágrimas que manan del hombre. Juro que las esferas cristalinas bailan antes de caer al piso, flotando por segundos porque saben que se vive solamente una vez. Lo que pudo haber sido y no fue, es ahora para los dos. Él, tan vivo como el sollozo; ella, tan invisible en sus brazos. Soy solo un jugador de la palabra en esta noche de pocas estrellas, pero no puedo con esto. Mis dedos lloran también sobre las teclas porque la melodía ha terminado y el anciano tiene ahora un océano salado en los ojos; porque la dama que volvió a casa para bailar con él ha partido y siento el dolor del viejo como si yo fuera sus huesos; porque quisiera abrazarlo fuerte, pero soy un fantasma para él y como autor no me está concedida esta licencia; porque su llanto duele tanto, que temo que al terminar la botella de vino se le ocurra ponerse a dormir para siempre con un frasco de somníferos.

Afortunadamente la guitarra sigue, esta vez con una composición de melancolía más gozosa, una del vate que se decía de Tlacotalpan: “Solamente una vez”. Con voz bien impostada, nuestro hombre la canta con la emoción a flor de labios. No debe sorprenderles que ahora soy yo quien llora mientras escribo, porque solamente esta vez escucho cantar la canción con tanto sentimiento. Sin que se dé cuenta, me siento a mirarlo en la silla vacía de su esposa y suspiro tan fuerte que pienso en un hechizo cuando él se queda mirando fijamente mis ojos, como si me viera. Esto de escribir a veces embriaga y enloquece un poco.

La guitarra ha callado sus cuerdas. El hombre escancia lo último de la botella. Ligeramente ebrio va hacia la recámara. La cama es enorme y frente a ella hay un retrato grande de su esposa y otro más de ambos. Ella es como la imaginé y como él la dibujó con sus brazos: frágil, pequeña, de pelo blanco y con rostro de avecilla. Mientras realiza sus abluciones curioseo por la pared derecha, a un lado de la cama. Hay ahí varias fotografías de ambos en distintos lugares del país y del mundo. En una de ellas tienen de fondo la basílica de San Marcos, en Venecia, y en otra están abrazados sobre una góndola; parecen veinte años más jóvenes. Sin gran dificultad puedo escuchar a Charles Aznavour decir que Venecia parece más fría y más gris sin ella. ¡Qué triste y sola está la cama!, enorme para él, quien toma su lugar al lado derecho y hunde la cabeza en la almohada. Creí que dormiría pronto, pero un acceso repentino de llanto lo levanta de nuevo y enciende en mí las alarmas. Va hacia un botiquín en la entrada del baño y toma el frasco repleto de pastillas. Quiero convertirme en un personaje nuevo que de pronto aparezca y lo salve de su tristeza. No sé, su hijo que llega de sorpresa o un nieto trasnochado y ebrio que después de la farra va a casa del abuelo en busca de complicidad alcahueta. Pero sería demasiado fácil y te tomaría el pelo, lector, sin que lo merezcas. Lo mejor es dejar que la vida ocurra, o la muerte, y respetar sus designios, aunque duelan.

El anciano abre el frasco y toma una de las pastillas con un poco de agua, esfumando la ridícula tensión que en mí se había generado. Debo pensar en seguir o no en esto de las letras; me vuelve demasiado aprensivo. En fin, ha vuelto ya a la almohada y al poco rato ronca sonoramente.

Sin embargo, decido quedarme hasta el alba. De mí depende que su noche pase en pocos o muchos renglones. En esta ocasión decido que solo sean dos.

Se despierta antes de que salga el sol. Durante la ducha lo escucho cantar en tono abiertamente jocoso: “Cantando, en el baño, me acuerdo mucho de ti…” Pienso en aquel comediante de florida bemba apodado Tin Tan. No entiendo demasiado. Creo que debo dedicarme a otra cosa, porque los personajes se me escapan, se desdibujan sin consideración alguna a su creador. Inician trágicos y terminan en comedia.

Después de tomar un café y un panecillo, da un beso al retrato de su esposa que tiene a un lado del buró, toma su maleta y, sin tomar en consideración que pasé la noche cuidándolo y al menos debió intentar suicidarse para darle mayor  dramatismo a este relato, sale todo trajeado a litigar sobre algún asunto que le encomienda su profesión de abogado.

Dejemos a un lado mi crisis de escritor. A pesar de todo, estoy feliz, querido lector. Porque un hombre viejo al que yo creía perdido salió de casa con una vida en su maleta. Me ha redimido de una opresión que yo tenía y mi deuda contigo está pagada.

La guitarra trasnochada aún suena a lo lejos, ebria de noche y alcoholes.

 


 

Luna de lobos

 

 

Luna de Lobos

 

Arturo Núñez Alday

 

Al bajar del autobús doy unos pasos y me quedo quieto. Como una foto imperturbable están ahí los mismos árboles y el camino que bordean. Al fondo a la derecha veo el casco viejo de hacienda donde jugué con ella al amor sobre pieles abiertas; hay tremor en mi pecho. La amalgama indefinible de emociones por poco paraliza mis pies al intentar avanzar. No falta nada: las mismas líneas de los cerros, el arroyuelo a un lado del camino, las hojas secas bajo mis pies contándome los antiguos secretos al crujir.

Al poco andar ladran los perros. Sabía que lo harían aunque no fueran los de antes, y que dejarían de hacerlo al doblar a la izquierda; así sucede.

Conforme avanzo, el peso de la maleta parece mayor. Tengo que descansar a la sombra exigua del primer tabachín de la calle. Es enero y estos árboles apenas germinan su belleza de primavera en esa fealdad engañosa de vainas negras y secas. Vuelvo a detenerme bajo las ramas del segundo árbol. Además de la maleta, me pesa todo el cuerpo y temo que el corazón se detenga de pronto por batirse tan fuerte. Siento la presencia de Lucía de manera tan intensa que juro que la veo esconderse tras el tronco del último tabachín, el que guardó mis palabras entre sus ramas cuando le dije que la amaba.

El portal de madera de la entrada al jardín de la casa chilla igual que en mi recuerdo, un rechinido largo seguido de otro corto al abrirse; después un soplido agudo al cerrarse. No puedo creer que los rosales al pie del ventanal de la sala sean los mismos, uno rojo flanqueado por dos blancos, idénticos setos en el jardín y la gran piedra de siempre en el centro; en ella tronaba brujitas cuando niño y en ella me aplasté un dedo que mi madre curó con pomadas y luego Lucía con un beso.

Al entrar a la casa debo buscar asiento para no caer. Los olores de siempre se meten en mí y salen por dos ríos que surcan mis mejillas. De la alacena tapizada de telarañas emergen los mismos aromas que me llevé arrastrando hace quince años hasta que se enturbiaron. Ahora vuelvo a ellos y los encuentro nítidos, envueltos en coraza de polvo y tiempo: chocolate amargo encerrado en papel de estraza; manojos de té limón, salvia, gordolobo, ruda, menta, tomillo y manzanilla; ajo, canela, jengibre, clavo molido y comino, pimienta, eneldo y romero. A todo eso olía mi madre y después ella, Lucía, cuando vino a vivir aquí; así huele aún.

Tomo valor y doy un paseo por las fotografías de la pared y los muebles. En una de ellas está mi madre, señera y noble con su chongo aristocrático. En otra estamos Lucía y yo, sin una mácula en la sonrisa, ella con el vestido blanco que me encantaba y los aretes de plata que le regalé; yo, de bigote y guayabera. Enseguida subo a nuestra habitación. Respiro hondo antes de entrar.

La puerta se abre y me encuentro ahora en un tiempo detenido. Aquí no ha ingresado nadie más que Lucía y yo. Es el mismo aire de hace tiempo que lleva tatuado el jazmín de su piel. Sé que está aquí. La escucho llamarme desde la cama y pedirme el beso de todos los días al despertar. Voy al lecho y me envuelvo en ella, pero se me escapa al poco tiempo.

Temo abrir las ventanas, mas debo hacerlo. El sol entra pleno al correr las cortinas. La luz pretende engañarme y decirme que Lucía no está. Yo no le creo. Ahí está el sillón y algunos de sus libros más queridos. Hay una bata de baño que aún la espera colgada del perchero, un gran espejo que reclama su belleza y su almohada en la que insisten mi mejilla y mis ojos cerrados.

Paso el resto de la tarde acurrucado en las memorias. Sin embargo, sé que los recuerdos más grandes, los más brujos, los traigo almacenados en la maleta. Por eso pesaba como plomo al irme acercando a casa y llenarse de ellos. Hoy por la noche, al alcanzar su trono la luna de lobos en la comba del firmamento, abriré la valija para que los recuerdos salgan a buscarla por aquellos lugares que la guardan, entre las sombras nocturnas, los brillos lunares y los aullidos de los perros. Hay quienes juran que han visto nacer de ahí los imposibles, y yo, cuya único culto ha sido Lucía, estoy convencido de que la veré esta noche.

Bebo varios tragos de brandy mientras espero. De vez en cuando Lucía muerde tenuemente los lóbulos de mis oídos y se va. La noche ya reina por completo y en la terraza la luna pinta escandalosamente su luz con brochazos de frío. Espero la señal; sé que llegará.

Justo a las once con cincuenta y cuatro da inicio el concierto de los canes que retornan a su origen lobuno. La primera luna de enero les revuelve la sangre como ninguna otra y, a quienes ignoran las facultades que enuncian y las puertas que abren sus aullidos, los estremece escucharlos, tanto, como a mí me alegra. Ha llegado la hora de abrir la maleta. Al hacerlo, los recuerdos escapan del encierro, inundan la casa, despiertan presencias y voces dormidas y huyen por las ventanas. Van tras ella, tras mi Lucía diseminada por todos los lugares que amó y amé.

Me apresto, bebo una última copa y salgo a la noche fría a buscarla junto con los recuerdos convertidos en luciérnagas de invierno. Los perros transmutados en lobos continúan con sus aullidos de nostalgia milenaria. La luna me sigue con sorna en su cara iluminada, como si no fuera culpable de este mal de amor que nos lleva a la muerte.

Voy por las calles que anduvimos, busco las sombras que escondieron a mis manos cuando hurgaban en su cuerpo y las bancas del parque en las que edificamos futuros en el aire. La siento cerca y sé que los recuerdos luciérnagas me la entregarán una vez que reúnan los fragmentos de su risa, su pelo azabache y su voz atrapada en las hendiduras del tiempo.

Al llegar al casco de hacienda, tan lleno de presencias de hombres de maíz y mujeres de tierra, la descubro al fin en una esquina, translúcida y ligera como si fuera un fantasma, pálida como si estuviera muerta y cálida al tomarla en mis brazos, como si estuviera viva.

Los perros han dejado de aullar y la noche está en su centro.

Ahora yo me río de la luna mientras llevo a Lucía a casa y la muy redonda me mira con misericordia. No sabe, la altanera, que es esto lo último que buscaba: tener a Lucía en mi delirio y contarle todas mis historias en silencio, con estos ojos que se buscan en la transparencia de los suyos y estas manos que no la dejarán jamás. Al cruzar el jardín, nuestro jardín, el último, mi amada esparce los jazmines de su piel súbitamente acalorada.

La llevo a nuestra alcoba y tomamos la cama por asalto. Los recuerdos luciérnagas han vuelto e ingresan al cuarto, giran a nuestro alrededor y se quedan con nosotros. Son labios los que revientan a besos; son años los que apretamos en instantes; son futuros los que consumen nuestras ganas en el abrazo terminante.

Antes de abandonarme en ella y partir juntos a un viaje largo sin anhelo de regreso, puedo ver por la ventana a una luna piadosa que ha descendido. Alcanzo a escuchar el aullido sereno de un solo can, mientras me pierdo definitivamente en Lucía.

 


 

Nina

 

Nina

 

Arturo Núñez Alday

 

Uno de los dos debe quedarse con Nina. Si el amor no da para más entre un par de inmaduros como ellos, al menos deben cuidar la salud emocional de su mascota. Si se queda contigo, dijo él a ella, seguro engordará por tanta inactividad, nunca te has preocupado por llevarla a ejercitarse, como tampoco lo haces tú. Si te la llevas, contestó ella, se morirá de tristeza; soy yo quien le canta, quien la acaricia, ¿crees que sólo se trata de sacarla a correr marcándole el paso como a un soldado?

Lo cierto es que Nina sabe lo que pasa entre ellos dos y vive acongojada. Ya no corre en el departamento, come poco, duerme mucho y, en vez de ladrar, aúlla lastimera si los oye discutir. Hace cuatro años, uno después de que Alfredo y Pola se casaran, ella la recogió malherida en la calle al haber sido golpeada por un auto. Le prodigaron los cuidados que esperaban ofrecerles a sus hijos, cuando los tuvieran. Para estas alturas, la frustración había convertido a ese espejismo en un vidrio roto.

Todo está listo para que Alfredo se marche: las maletas, el acuerdo sobre el trámite de divorcio y la división de sus bienes. La fase de las grandes discusiones ha pasado, flotan ahora en el naufragio del desconsuelo, entre ráfagas de resentimiento, simas de nostalgia y oleadas de duda. Pola, sobre todo, es quien padece más la ruptura. La exitosa administradora de empresas, con maestría en finanzas internacionales y un salario que duplica al de Alfredo, ve caer el sólido edificio que pensaba era su vida hasta hace poco más de un año. Nunca imaginó que se aferraría al amor de una perrita como si fuera un madero salvador en medio de la tormenta; no renunciaría a ella. Él llevó las de ganar casi siempre, con un ímpetu nacido de su carácter voluble y a veces iracundo, tan distinto al del chico amable y casi tímido del que se enamoró en la preparatoria. Esta vez, ella está dispuesta a luchar por Nina.

Por su parte, Alfredo no concibe su vida sin su compañera de trote; él, quien por indicación médica tuvo prohibido tener una mascota durante la niñez, y cuya madre vivió obsesionada en librar a su único hijo de microbios y bichos que pusieran en riesgo la fragilidad de su sistema respiratorio. Está dispuesto, si fuera necesario, a pelearla legalmente; o como último recurso, a robársela. No soporta la idea de que su esbelta Nina engorde como le empieza a suceder a Pola.

Alfredo lleva quince días viviendo en casa de su madre y retirará mañana sus cosas del departamento. Hoy se citó con Pola para discutir por última vez el asunto de Nina. Un café capuchino para ella y un irlandés para él, tal vez abran en la imaginación de ambos una puerta de bondad que los conduzca a la mejor decisión.

─Pola, por el bien de Nina, te pido que reflexiones lo siguiente: ¿a quién se parece más?, ¿a ti o a mí? Piénsalo bien, ella es enérgica, le gusta moverse, olfatear por aquí y por allá. ¿Qué hará las once o doce horas que tú pasas fuera? ¿La llevarás a un albergue? Yo trabajo en casa, lo sabes; no tengo ese problema.

─Mira, señor arquitecto, ya me las arreglaré; no soy la única mujer que trabaja y tiene un perro. Si tuve un marido y pude soportarlo, ¿por qué no he de poder con una mascota?

─No se trata de soportarla. ¿O sí?

─Oye, Alfredo, si alguien la quiere y se lo demuestra, soy yo.

─En efecto, ¡ésa eres tú!, la que sabe querer y demostrar su amor a los perros.

─ ¿Qué insinúas?, ¿que nunca te lo demostré a ti? Antes fui cariñosa contigo, más de lo que podía serlo; pero tú querías una criada y, de paso, una hembra exuberante que todas las noches te esperara ávida de hacerte el amor.

─Por favor, Pola… No estamos aquí para discutir eso ─baja la voz.

─ ¡Ah! ¿No? ¿Quién empezó con la ironía?

─Está bien… Retomemos el asunto.

─Muy bien, voy a resumir mi posición así ─su aparente seguridad también refleja una honda emoción─: quiero a Nina conmigo porque a ella no le preocupa que antes fui talla siete y ahora once; porque ella no escapa de mí para irse al gimnasio o al bar con sus amigos cuando llego del trabajo; porque ella no deja de lamerme las manos con amor, aunque yo no tenga tiempo para prepararle platos exquisitos en la cocina; porque ella…

─ ¡Pola!, para por favor.

─No, Alfredo, callé mucho tiempo y sólo grité como poseída a causa de la soberbia que de pronto te nació. Escúchame una última razón: quiero a Nina conmigo porque ella es lo último que me quedará de ti… mientras dejo de quererte.

Un silencio húmedo se evapora en las tazas de café. La imagen de Nina se dibuja en los ojos de ella.

─Nunca fuiste tan clara… como ahora.

─Desde hace mucho no tuviste tiempo de escucharme, como hoy. Ahora quiero escuchar tus razones profundas para quedarte con Nina… ¿Cuáles son?… ¡Dímelas!

─Yo… Yo quiero a Nina porque… porque ella no me cambia por una maestría, prefiere quedarse aquí conmigo sin reclamar tanta independencia; la quiero porque tengo con quien comer acompañado todos los días; porque no está histérica e intuye que necesita ejercitarse para estar esbelta y saludable. Y también la quiero porque ella se quedó con la ternura que tú perdiste detrás de un escritorio, o en tus horas extras de trabajo, o que congelaste en el refrigerador. Y acabemos: la quiero porque… te quiero, aunque ya no debo quererte.

El nuevo silencio es ahora más espeso y turbio, ya no de café. Durante el interregno, él siente necesidad de un escocés en las rocas, mientras sus ojos se escapan por la axila de la mujer desnuda que seca su pelo en un cuadro de Degas colgado en la pared, sentada en la orilla de una bañera. Experimenta una emoción tierna y a la vez erótica por esa joven. Quisiera conocer su rostro, acariciar su espalda y sus senos, aferrarse a la frescura que emana de su cuerpo, como se aferró a Pola años atrás cuando no tenía los pétalos ajados y una mueca agria en su rostro.

Ella siente deseo de un tequila. Se evade en el humo de un cigarro mentolado que él enciende para dárselo, en un súbito gesto de cortesía para una dama cuyo semblante ha vuelto a la adolescencia, con un delicado matiz de desamparo. Alfredo, al descubrirla de nuevo después de abandonar a la bañista del cuadro, siente por ella una ternura que creía extraviada; le sube por la columna vertebral hasta asomarse por su mirada. La densidad del silencio se diluye con el efecto de las bebidas.

─ ¡La quiero tanto, Fredy!

─No tienes idea cuánto la amo yo, Pola.

─No sé qué haría sin ella.

─Po, sufro sólo de pensar que no tenga quien le quite sus lagañas cada día; siempre te ha dado asco hacerlo.

Ahora el silencio es brevísimo, pero inquieto y lleno de luz como los ojos de un niño.

─Oye, Fredy, creo que ya le toca desparasitarse, lo hemos olvidado.

─La llevaré mañana, Po.

Tal vez los abogados deban esperar un poco; puede ser que mucho. Deberían buscar casos más seguros para garantizar sus ingresos, donde no haya una Nina, un Tito o una Fifí que estropee sus negocios.

 


 

Florencio y la estrella

 

Florencio y la estrella

 

Arturo Núñez Alday

 

¡Cuánto tardaste en regresar, Florencio! ¡Cuánto! Hace diecio­cho años te fuiste con dos o tres mudas de ropa y una ilusión del tamaño de tu juventud en la maleta.

Dijiste a tu madre que te ibas por un año, si acaso, pero que tal vez sólo durarías unos seis meses por allá, los suficientes para juntar un dinero y casarte con la Juanita. Te sonsacó Melquiades y su camionetota, quien ya había ido y venido varias veces para contagiarte la idea de que nomás era llegar y ponerte a juntar billetes verdes. Tus die­ciocho años tenían guardada suficiente fe para creerlo. Te fuiste atravesando el cielo que mirabas hacia el norte, humedecido por las lágrimas de Juanita y tu madre, quienes te envolvieron en un padrenuestro para que nada te pasara. Durante el primer año cuatro cartas dieron testimonio de que estabas vivo, de que aún pensabas en Juanita; en el segundo fueron tres y muchas promesas de un pronto regreso. Para el tercero nada más llega­ron dos, una para tu madre y otra para tu prometida, en la que pedías perdón por lo que ibas a hacer: casarte con una chicanita de la que te habías enamorado. “Cásate con un buen hombre del pueblo que te merezca, y perdóname”, le dijiste. Después, cuando llegaron las cartas electrónicas, no hubo una más para Juanita, sólo llamadas telefónicas para tu madre en navidad y días de fiesta.

Ahora que regresaste, Juanita apenas sí te reconoció. Te dio la bienvenida con una mirada revuelta y confundida. Eso fue todo, dio la vuelta y se fue para atender a sus hijos. Para estas alturas era otra, te diste cuenta. Si alguien derramó una lágrima fuiste tú, porque en realidad nunca la dejaste de querer, pero en ese entonces eras joven y medio estúpido, y por eso te habías perdonado; quién sabe si ella también.

Desde tu llegada al pueblo quisiste comerte cada minuto al ritmo de la banda y con el sabor del mezcal, para que ahora que volvieras al gabacho lo hicieras lleno del aroma de tu tierra. Quince días y quince noches pronunciaron sólo tu nombre por las orillas del apantle, en los potreros y en los corrales de toros. Las sombras decembrinas de los tamarindos se alegraron en los patios de las casas. Creías que las campanas repicaban para salu­darte durante la semana que duró la fiesta de san Juan Evange­lista. Gastaste con gusto muchos billetes verdes para comprarle flores al santo y pedirle perdón por abandonarlo tanto tiempo. Compraste muchas más flores para la tumba de tu madre, que murió cuatro años atrás con tu nombre en sus labios. Ahí lloras­te un aguacero, acompañado de la música de viento, pidiéndole perdón una y otra vez por no haber regresado a tiempo para verla, todo por falta de unos malditos papeles, le decías lloran­do. Querías dormir en su sepulcro, hasta que dos amigos menos ebrios te levantaron para llevarte a tu casa.

El último día de la fiesta de san Juan, cuando ya parecías otra vez de aquí, estuviste más alegre que nunca. Sentías que tu madre te había perdonado. Tus amigos del pueblo te consi­deraban otra vez uno de los suyos, porque ya decías de nuevo: “compa”, “quiúbole”, “órale”, en vez de esos terminajos espan­tosos en spanglish que trajiste desde el otro lado. Inclusive te habías relacionado con una de las Ramírez, con Lupe, la que enviudó antes de los treinta cuando su marido se electrocutó en el cumplimiento de su chamba, dejándola sin amor y con un hijo. Todos lo veían bien, tenías dinerito y te la ibas a lle­var al otro lado, donde tenías dos chavalos, pero cuya madre estaba fuera de tu vida desde hace mucho. Echaste la casa por la ventana, o mejor dicho, todas las luces al cielo, porque compraste buena cantidad de pirotecnia, como si iluminando el firmamento pudieras atisbar el rostro de tu madre, aunque fuera unos segundos.

El mezcal y el tequila, elíxires que concentraban el sabor de tu tierra, bajaban lujuriosos por las gargantas de toda la banda de amigos, quienes bebían para despedirte del pueblo. Al si­guiente día, a medio sol, lucirías tu sombrero tejano y tus mejo­res botas para decirle adiós a los compas. Subirías a la Lupe en tu camioneta, más chula que la que presumía Melquiades hace dieciocho años, arrancarías hacia el norte por la carretera que vadea el río, respirando el olor a estiércol de vacas y escuchando los sonidos del agua entre las piedras, esos que memorizaste desde crío como si fueran tu nombre.

Pero ya no te fuiste, Florencio, o no deseabas hacerlo, por­que el último día de tu gran fiesta el destino dio un vuelco y te convirtió en luz. Bebías, cantabas y bailabas como si adivinaras que ya no te irías por el camino polvoso, como si supieras que te quedarías a escuchar para siempre el mugido de las vacas, el canto de las urracas, los tíjolos y las primaveras. Cargaste el torito de lumbre con tal energía y gozo que se volvió un semen­tal encima de tus hombros. Algunos aseguran que bramaba de júbilo en medio de los rehiletes y los buscapiés. Después deli­rabas de contento cuando te asomaste al mortero para investi­gar por qué el obús que iluminaría tu firmamento no salía para darte sus brillos. Sin embargo, la estrella estaba ahí, esperán­dote, como si hubieran pactado de antemano. Cuando todos la creían muerta, emergió por el hueco cilíndrico y se te regaló toda, potente, enjundiosa. Llenó de luz tu rostro y lo reventó en pedazos de colores.

No hubo antes una feria de san Juan tan alegre; y nunca una resaca de fiesta tan triste. Viniste a revivir en tu tierra, Floren­cio; también a morir.

La Lupe casi no lloró por ti, en ella eras una ilusión que no alcanzó a nacer completa. Lloró por ella, porque no salió del pueblo rodando en cuatro llantas hacia un futuro distinto. Al­gunos cuentan que Juanita sí te lloró un aguacero a escondidas.

¡Qué poco tiempo el tuyo para morirte, Florencio! ¡Qué poco tiempo!

 


 

 

Dos de Navidad

 

Arturo Núñez Alday

 

Entre Barbas y una mujer desnuda

Sales a la calle porque te sientes solo. Laura se fue hace unos días y tu perro está enfermo. Todos se mueven con prisa. Salen de las tiendas cargados de comestibles y botellas de vino. Dentro de poco oscurecerá y hará mucho frío. Quieres encontrar fuera de casa algo que te provoque un poco de calor dentro del pecho, algo que te haga creer que en verdad esta noche será buena como lo pregonan las cancioncillas por la televisión y la radio.

Caminas frente a los escaparates solo por buscar lo que logre despertar en ti un gramo de admiración o sorpresa. Tienes claro que todo es un engaño: las luces, los renos adheridos a los cristales de las tiendas, los cientos de adornos en colores chillantes, el hombre gordo vestido de rojo que sonríe a los niños a la entrada de un gran centro comercial, incluso la sonrisa de la chica que se acerca a preguntarte cómo puede ayudarte cuando en una zapatería tomas en tus manos esas pantuflas que parecen acogedoras. Laura te regaló otras parecidas el año pasado, pero el perro, desesperado por quedarse solo tanto tiempo, las destrozó por completo. Las dejas en su lugar y sales de la tienda porque el recuerdo te duele. La chica borra la sonrisa en automático y levanta los pies alternadamente para paliar un poco el dolor de sus piernas; lleva más de ocho horas trabajando y ya le cuesta ser amable. Se ve tristemente linda con su gorro rojo.

Decides meterte en un bar y pedir una cerveza. Siempre has dicho que detestas los rituales navideños, pero en el fondo esta vez anhelas ser invitado a probar un poco de bacalao o pavo relleno en casa de alguien. Te preguntas cómo se sentirá estar en la mesa de algún amigo y ver caer sobre ti las miradas de reconciliación de la buena señora que pasó todo el día preparando la cena y de su marido de rostro sonrosado por una leve embriaguez, y la de los hijos que parecen bendecidos por el aura de santidad del famoso niño del pesebre. Laura nunca quiso formar una familia contigo y dedicarse a envejecer respirando el aroma tranquilizador de la costumbre. A duras penas aceptó a Barbas y ahora te dejó sólo con él, un can viejo y cansado. Deseas tomarte una segunda cerveza, pero la música insoportable de reggaetón te expulsa del lugar. Quisieras llamar a Leonel y pedirle espacio en su mesa esta noche, o a Claudio. Sin embargo, recuerdas que a la esposa del primero no le caes del todo bien, y a la del segundo, nada bien. Además, no sabes lo que harías en el momento de los abrazos y la apertura de regalos. Por eso decides volver a tu departamento.

Compras una pizza que comerás con Barbas y unas latas de cerveza. Al caminar por el pasillo y luego meter las llaves en la doble chapa de la puerta, te extraña que tu mascota no haga ningún ruido, pues normalmente te percibe desde que subes por la escalera. Entras y ni el olor de la pizza lo hace moverse de su camastro. Al tocarlo notas que aún está tibio y deduces que hace unos minutos estaba vivo todavía; no pudo soportar mejor que tú la ausencia de Laura. No puedes contenerte y desbordas tu emoción sobre el cuerpo de Barbas. Lloras por los once años que pasó contigo, por los doce que tuviste a Laura a tu lado jugando a edificar un mundo distinto sin las reglas y rituales de los demás, jugando a ser superiores y despreciar las ilusiones colectivas. Si al menos tuvieras a alguien que apreciara y midiera la amargura de tu llanto. Pero no hay nadie, las paredes son frías y el cuerpo del perro empieza a serlo. Vives cerca de un puente tendido sobre una barranca profunda, mas no están cerca tus amigos poetas para escribir una elegía por tu suicidio. Tu desamparo es grande y sabes que tienes dos opciones: el puente con esa oscura boca honda de la cañada o el teléfono mudo sobre el buró de tu cama. El instinto de vida mueve tus pies rumbo a tu cuarto.

Casi hueles las varias copas que ha bebido Leonel al contestar el teléfono. Ven aquí, hermano, te esperamos con gusto. Cubres un poco a Barbas para que no muera dos veces por el frío y en quince minutos el taxi te lleva a la puerta de tu amigo. Lloras abrazado a él como no lo has hecho jamás. Su esposa los mira conmovida; hoy le caes mejor que nunca. No te importa si el niño desnudo en el nacimiento representa o no al hijo de un Dios, pero te pierdes en la dulzura de sus ojos y anhelas convencerte de lo que cuentan de él. Dos ponches calientes con brandy entibian tu tristeza, la acarician y diluyen en una nube de sensaciones que te hacen saber que mañana amanecerá para ti, sepultarás a Barbas y abrirás las ventanas para que el aire y la vida imperfecta paseen por tu casa. Por primera vez, desde que eras un jovencito y estaban vivos tus padres, usas las palabras para desear una feliz navidad a alguien. Leonel se conmueve hasta las lágrimas al escucharte. Ahora es tu hermano y te abraza fuerte.

Daos las unas a las otras

Se te ha hecho tarde para salir a trabajar. Hoy es Navidad, mamá, te dice Jorgito, el más pequeño de tus dos hijos, de ocho años. No, chiquito, hoy será Noche Buena y mañana Navidad, respondes. Lo dejas al cuidado de su hermano mayor. No hubo escuela y eso te complica un poco las cosas. Te gustaría quedarte con ellos en casa, ver juntos películas o salir por ahí a dar una vuelta. Sabes que no puedes darte ese lujo, tus ingresos mermaron últimamente  y necesitas dinero para pagar los regalos de los niños. Pinche frío, piensas. El ambiente en la ciudad es gélido y gris. Pocos salen de sus casas y a los hombres se les quitan las ganas. Quedan los muchachos, que siempre traen prendido el ánimo para eso; lo que no traen es mucha plata en sus bolsillos.

El microbús avanza rápido por ser vacaciones. Lleva poca gente. Generalmente tardas más de hora y media para llegar hasta tu calle al otro lado de la ciudad; hoy harás unos quince o veinte minutos menos. Como siempre, aprovechas el camino para maquillarte e iniciar la transformación. Te sueltas el pelo y lo peinas. Sacas del bolso los anillos y collares de fantasía. Mientras revisas en el espejuelo de mano el bilé de tus labios, ensayas sonrisas y miradas seductoras para conquistar clientes, sobre todo hoy que el frío puede ganarte la partida. La minifalda y las zapatillas te las pondrás al llegar, en el negocio de un amigo que en ocasiones solicita tus servicios. El documento de identidad, donde te llamas Pilar, seguirá siendo el mismo en tu cartera, pero a partir de este momento y hasta tu regreso a casa, eres Yelina.

Yelina camina diferente al bajar del microbús. Tiene un bamboleo en sus caderas y masca chicle. Pilar, casi has desaparecido en ella, pues esta mujer avienta el pecho al frente, lanza hacia atrás el trasero, fuma y entorna la mirada como tú no sabes hacerlo. Ella es un personaje parido por un abandono y una gran desesperación; tú eres la hija buena que se fue de su pueblo con un hombre hace muchos años y envía dinero a su madre enferma, quien tiene tu retrato en la repisa junto a la virgencita del Pilar, la de tu mismo nombre,

Yelina va y viene por su calle. Un hombre para en la esquina y ella va hacia él. Ven por la tarde, Rojo, la cosa está floja, le dice. Rojo se marcha después de lanzarle una mirada que sabe a advertencia, a cuidadito y te vayas sin darme mi navidad, mujer. Pierde el aplomo por unos momentos, pero ya conoce el juego y sabe jugarlo. Es cuestión de que salga un rato el sol, caliente la sangre de algunos hombres y los convenza de gastar un poco del aguinaldo recién cobrado; que el dinero es para eso, para los placeres. Vengan, señores, hay un pesebre abandonado en mi cuerpo que necesita calor, parece decirles con la mirada. La invocación surte efecto. Después de dos horas de espera llega un chico tímido que aún no ha descubierto los misterios que guarda una mujer bajo su falda. Se va con él y la navidad se adelanta para el muchacho de semblante triste. Tiempo después se fuga con un hombre gordo en un auto largo, quien dos horas después, con su cara de Santa Claus satisfecho, la regresa a su esquina. Más tarde, casi antes de anochecer, es una dama la que pide su servicio. Cómo negarse, sobre todo en estas fechas. Además, la señora es una dama y le parece haber oído alguna vez una máxima que la anima: “Daos las unas a las otras”. Es válido un cambio del género contenido en la expresión, sobre todo en tiempos de feminismo férreo.

La jornada fue intensa para Yelina. Se siente exhausta. Es hora de volver después de saldar cuentas con Rojo, el proxeneta aquel. Regresa en el taxi de un amigo; justo es. Después de un breve relax dentro del auto, se quita las zapatillas y con súbito pudor cambia la minifalda por los pantalones de mezclilla. Empiezas a asomarte tú, Pilar, también fatigada y silenciosa. El desmaquillante muestra poco a poco tu rostro de semblante cansado. Guardas la fantasía en el gran bolso y cierras los ojos durante el resto del viaje.  En el ensueño vas al mar con tus hijos para que lo vean por primera vez. No llevas a Yelina la playa. Quisieras despedirte de ella para siempre.

Antes de llegar a la vecindad pasas con doña Marcela por los romeritos, el espagueti y el ponche que le encargaste desde ayer. Aún no son las diez y prometiste a tus chamacos una cena de Navidad. En tu casa tienes sidra, refresco y media botella de tequila. Hay un arbolito artificial encendido y bajo sus ramas los regalos que compraste con tarjeta de crédito. Invitaste a la Meche y a su niña, que también están solas.

Tu hijo mayor, de once años recién cumplidos, se emociona con los audífonos que le compraste; le parece increíble tenerlos consigo. Te abraza como no lo hacía desde hace mucho. Jorgito llora con su primer celular en sus manos. Se arroja a tus brazos, agradecido. ¡Eres la mamá más buena del mundo!, te dice. ¿Verdad, Meche, que es la más buena?

Dos caballitos de tequila también te hacen llorar y sientes que las lágrimas echan afuera algo sucio que llevas dentro. Hablas por teléfono a tu madre y sigues llorando mientras lo haces. Después de la cena los niños juegan con la hija de Meche. Ella y tú dan cuenta del tequila y del six de cervezas que llevó tu invitada. Una pizca de remordimiento inquieta tu ánimo, pues olvidaste a alguien en los brindis y parabienes. Alzas la copa y en silencio profieres: ¡Feliz Navidad, Yelina!

 

 

 


Cortador de caña.

Machete

 

Arturo Núñez Alday

 

Es diciembre. El lucero del alba luce pleno y aún falta buen rato para que una línea de luz se pinte sobre los cerros del oriente. El frío cala fuerte. No es suficiente la chamarra raída de Lucas, quien no deja de temblar sobre el camión que da tumbos por el camino. Por eso él y su padre se envuelven con el sarape viejo; así entibian sus cuerpos. Atrás van quedando las luces del pueblo y su madre, que desde esa hora se afana en la preparación del almuerzo, y atrás quedan la cama caliente y la escuela que hoy tampoco lo recibirá. La maestra querrá saber de él. Una prima suya, con quien cursa el quinto de primaria, le dirá que se fue a cortar caña con su padre, como ayer, como seguramente mañana. Mientras el camión avanza, Lucas dormita y piensa en lo bella que es la clase de Matemáticas, con lápiz en mano en lugar de tizne y machete, con los hoyitos que se le forman a la maestra junto a la boca al sonreírle después de poner una paloma en su cuaderno, por haber resuelto bien la división con dividendo fraccionario. Piensa que un día le gustaría ser como el ingeniero que inspecciona la quema y el corte de caña, con su camioneta de doble cabina, botas y sombrero tejano. Imagina a la maestra preocupada por su ausencia. Quisiera no faltar nunca a la escuela, sin embargo, también piensa en su padre, que desde el año pasado le dijo ya estás hombrecito y me tienes que ayudar, eres el más grande y yo solo no puedo mantener a tus cuatro hermanos.

Comienza a iluminarse el cielo. En los árboles dan concierto matutino los pájaros. El camión ha llegado a su destino y no hay tiempo que perder. Alguien les indica a Lucas y su padre los surcos que les corresponden. Todavía con sueño, el chaval mueve por instinto en círculos su hombro derecho y aprieta el mango del machete que lo hace hombre a sus once años. El golpe debe ser seco y al ras, como le ha enseñado su progenitor. Después de tirar la caña ordenadamente sobre los surcos, hay que cortar los cogollos y enseguida apilarla en montones. Lucas, después de un buen rato, con la boca y la nariz cubiertas, se ha vuelto una sombra verdugo de tallos por el hollín de la caña quemada, como un diablillo de ese infierno que a esta hora no lo es tanto, pues ya subirá el sol y tornará inclemente la selva seca. Entonces los hombres tizne beberán agua como camellos. Sus ánforas serán oro líquido cuando el sol llegue a lo más alto.

El tlacualero ha llegado y reparte los morrales. Si hay algo que se parezca a la felicidad para los cortadores de caña, es este momento. Lucas come rápido sus gordas con chile verde, tal vez con huevo o unas cuantas tiras de carne deshebrada, porque así le quedarán más minutos para arrellanarse en el tronco de un árbol o tenderse sobre el suelo, antes de continuar con el corte. Los hombres grandes chacotean y dicen albures que apenas comprende. Cierra sus ojos y piensa en la morenita del salón que le gusta, la imagina triste sin él.

Su padre se levanta y lo llama. Lucas se arrastra sin muchas ganas hacia las esbeltas mujeres vegetales a las que debe inmolar su machete para endulzar la vida. Extraña las divisiones y a la morenita, el recreo y el partido de futbol. ¡Zas! El machete vuela con rabia. ¡Zas! El sol ya calienta y el tizne se mete en sus ojos y seca su garganta. ¡Zas! ¡Apúrate, cabrón!, lo azuza su padre. ¡Zas! Lanza el machete con enojo sobre una caña tendida y el filo resbala con fuerza hacia arriba y, ¡zas!, se incrusta en el dedo meñique de la mano izquierda, justo donde nace la uña.

Se llevan a Lucas pegando de gritos con la punta del dedo casi colgando. Ha sembrado su sangre en la tierra seca y no sabemos si de ese tributo a la gran madre nacerá algo. El padre primero lo pendejeó, sin embargo, los hombres tizne que lo oyeron saben que es su manera de quererlo. Lucas no entiende bien cómo sucedió, pero en su angustia y dolor presiente que ha cambiado la punta de un dedo por algo que no alcanza a vislumbrar, pero lo imagina más valioso que una uña y un hueso.

II

Nunca supe cómo se llamaba porque nunca se me ocurrió preguntarle. Todos le decían Canito. Luego se adivinaba que era por su baja estatura. Acaso mediría un metro con cincuenta, pero su cara era recia y decidida. Andaría en sus veinte años cuando nos hicimos cuates. De ida y vuelta al corte de la caña subía siempre conmigo a la cabina del camión. Me gustaba llevarlo ahí porque la manejada se me hacía menos pesada, por sus ocurrencias y buen humor. Me acuerdo que la primera vez que lo invité a subirse me preguntó, poniendo la cara seria, si yo era puto. En vez de encabronarme solté la risotada y le seguí el juego. Sí, Canito, así que ni modo, ya perdiste conmigo, le dije. También soltó la carcajada y a partir de ahí nos llevamos a toda madre. La zafra completa me acompañó mientras los llevaba a diario al corte y de regreso. Por eso le agarraron tirria muchos de los compas.

Un día, al llegar la hora de almorzar, lo vi venir prácticamente arrastrando su machete, tan largo que parecía que lo llevaba el brazo de un niño. Le pregunté por qué no usaba uno más corto y adecuado a su estatura. No, Güero, me contestó, tú estás grandote y tienes los brazos largos, pero mira los míos, cortitos como de enano; si un día me sale por ahí un compromiso, con este machete sí le llego hasta la cabeza a un canijo. Me dio risa su respuesta, pero recordé la sarta de historias que me contó sobre machetes y molleras partidas en su pueblo.

No me reí nada cuando algunos años después, sin dedicarme ya a la chofereada del camión, pregunté por él a alguno de los pocos amigos que le tenían ley y me contestó que al final sí tuvo por ahí su compromiso, y que no le sirvió el machete largo para alcanzar la cabeza de su rival de amores, uno al que Canito, con su gracia y sangre liviana, le robó una trenzuda con la que tuvo un niño que por ahí anda correteando pípilos para jalarles el moco.

Quiera Dios que esta cría no tenga nunca un compromiso igual al de su padre, en paz descanse. Ojalá sea un poco más alto, por cualquier cosa, y se dedique a algo que no sea el corte de caña.

III

Don Félix no es viejo. Para un hombre de campo, trabajador y sin vicios, sesenta y seis años no significan senectud. No obstante, tiene problemas con la vista y uno de sus oídos está prácticamente acabado. Esto último es lo que preocupa a su mujer y sus hijas, pues andar manejando un camión para transportar a los cortadores de caña, con la responsabilidad que eso conlleva, no es la actividad idónea para él, opinan. Hay un ingrediente más que dificulta convencerlo de que abandone el volante y ponga en venta el camión: su terquedad.

Primero fue el cerdo que se le atravesó en el camino. Afortunadamente llevaba el furgón vacío y el enfrenón no causó estragos, solo el cuino destripado y el pago del mismo a su dueño, quien salió a la calle con machete en mano. Cuando don Félix quiso reclamar el cadáver del cerdo, una vez que lo pagó, el del machete le recordó que había pagado su alma, no su cuerpo. Después fue el aventón al vochito blanco manejado por una mujer de boca señorialmente lépera. Ese día sintió que nadie como esa tipa le había hecho recordar tanto a su madre muerta. ¿Qué sigue ahora?, se preguntan en su casa.

Esta tarde se ve contento a don Félix, pues es sábado y está estrenando su aparato auditivo. Lo sorprende escuchar con detalle los sonidos de los pájaros y los ruidos de la carrocería del camión. Va de regreso con los cortadores después de una jornada larga. La sensación de haber rejuvenecido da alegría a sus manos sobre el volante. Toma las curvas de la pendiente con una destreza que creía disminuida. Sobre el carromato viajan más cortadores que de costumbre, cansados pero contentos por haber cobrado lo ganado esa semana. La mayoría va de pie y apiñada, pues el camión tuvo que cargar con trabajadores de otra cuadrilla. Los filos de los machetes largos también se mecen alegres, colgados de la cintura de los hombres que pronto beberán cerveza en la entrada de algún tendajón.

Los oídos de don Félix van despiertos, pero sus ojos no demasiado, pues no se percatan de cómo aparece la enorme vaca negra sobre la carretera, en una ligera curva a la entrada del pueblo. Al meter a fondo los frenos la sacudida hacia adelante es tal que los machetes colgantes hacen estragos en las carnes de unos y en los huesos de otros. Otra vez la madre de don Félix es invocada como hace tiempo no sucedía. El tizne y la grasa se mezclan en la base del camión con las goteras de sangre de algunos desafortunados. Los más nobles y sensatos hacen labor de contención para evitar que el machete furioso de un paisano herido dé de canto o de filo en la angustiada anatomía del chofer, que en pocos segundos siente que los años se le vienen encima.

Una vez que alguien logra pedir ayuda a través de una llamada, después de un rato llegan dos ambulancias para atender a los heridos de relativa gravedad, afortunadamente unos pocos. Don Félix zanja cuentas pagando la correspondiente alma de la vaca, como se acostumbra. Lo bueno es que hoy tocó un dueño comprensivo y sin machete en mano. Una mujer le trae al chofer un bolillo. ¡Cómaselo!, es para el susto, le dijo.

Todos los tercos un día dejan de serlo. La vida se encarga.

El camión se ha vendido y don Félix ahora maneja una camioneta usada tipo pick up. Siembra sus cañitas y a veces platica sus aventuras de chafirete. Aquella vez sí me dio miedo de que me pintaran el lomo a machetazos, se le oye decir.

IV

―Tú, poeta, que tienes las palabras en lugar del machete, habla por nosotros, porque nosotros no sabemos. Nomás tenemos los ojos para hablar.

El poeta habló, como pudo, a nombre de ellos:

―Lo dulce de la caña es para otros, para los señores que ni siquiera se arriman a contemplar nuestra negrura. El verdor también es para ellos y el agua que lo hace brotar de la tierra. De ellos es el conteo de los dineros y los sillones cómodos donde realizan sus cálculos, y las cuentas del banco donde guardan sus ganancias. De ellos son las lunas que los acompañan a beber alcohol del bueno, las noches sin velos de angustia y sin chamacos lombricientos despertando por el hambre a media noche. De ellos el tractor y el aceite, la camioneta y la sombra de los árboles, el descanso y el hoy no trabajo porque alguien lo hace en mi lugar. De ellos lo que sobra y de nosotros lo que falta. De nosotros la nieve negra que oscurece más nuestros rostros cambujos. De nosotros las mujeres cansadas llevando el nixtamal a las seis de la mañana hasta el molino, y los perros flacos en los patios de tierra y los niños que dejan la escuela por un sueño de tizne. De nosotros son los filos del machete, las cortadas hondas en el alma y los soles despiadados vigilándonos a diario. De nosotros las cárceles de tiempo y míseros salarios, la cerveza amarga que nos engaña a ratos y el coraje que apretamos en el puño, a cada descenso del machete, en cada uno de sus vuelos. De nosotros la ignorancia bendita y el susurro del diablo en los cañaverales encendidos, y las miradas compasivas de quienes viven sin tizne y nos ven pasar. Para nosotros son los discursos de aquellos merolicos de palabra inflamada que tienen el poder, y solo nos ven y escuchan en el río manso de sus frases, pero voltean la cara si van por nuestros rumbos y se molestan si el negro tizne mancha lo impecable de sus ropas. De nosotros es el infierno de hojas crepitando y conejos aterrados, y la noche larga que no amanece en nuestros ojos de humo, y los machetes inocentes que no saben hacer revoluciones.

Y el poeta calló, como pudo, a nombre de ellos.

 


 

Delirio de jotas y berridos

 

Delirio de jotas y berridos

 

Arturo Núñez Alday

 

 

A Juan José Arreola, dieciocho años después de volverse un fantasma

 

 

El secreto está en su nombre. Lo descubrí cuando extraje del olvido uno de sus libros de relatos más celebrados. Juan José en letras naranjas y Arreola en blancas. La “j” siempre me ha sonado sugerente, coqueta, liviana, como esas mujeres que nos esperan los viernes por la noche en las esquinas para invitarnos una noche de amor fingido, tan ficticio como esos relatos de Juan José. Definitivamente la “j”, que en español representa una fricativa velar sorda, es el elemento mágico. Me hace recordar a una compañera de la escuela de teatro, a la que el maestro le decía con elegancia que su voz parecía de ramera fina. Y cómo no, si el dómine se llamaba José Javier Jovellanos, y cada vez que la citada amiga lo llamaba por su nombre completo hacía que experimentara una erección jodidamente jubilosa. He descubierto, entonces, que todo es por culpa de la famosa y suripanta jota.

Algo así debió pasar con Juan José desde niño, cuando descubrió la música dionisiaca de sus dos nombres con “j”. De ahí debió nacer su vocación por el misterio y la música de las palabras, por la fantasía a la que lo conducían. Sin embargo, el apellido también tiene lo suyo: Arreola. La sinéresis de en medio le otorga ritmo de ferrocarril alegre, de carrusel de feria, de boda de vocales enamoradas. Y no creo que sea un delirio mío. ¡Esa “j”!, ¡esa “j”! Vean en donde se aparece la muy gimiente, como si fuera mera casualidad, así como si nada: Juan Ramón Jiménez, el gran nefelibata de Jardines lejanos; Juan Villoro, que nos ha hecho creer que Dios es redondo; Juan Rulfo, que inventó para la gloria a Susana San Juan, el nombre de mujer más dulce del mundo; José Jiménez Lozano, que en su poema El petirrojo compara al pájaro con la mano de un ángel; Barbara Jacobs, la de Las hojas muertas; Julio Cortázar, cuyo padre se llamaba Julio José, ni más ni menos; James Joyce, de quien Jorge Luis Borges, otro grande con jota, dijo que en el Ulises hay sentencias y párrafos que no son inferiores a los más célebres de Shakespeare; Sor Juana Inés, que en el Asbaje también tiene otra jota; o un clásico antiguo como Décimo Junio Juvenal, cuyo nombre, al pronunciarse llena de música los aires. ¡Dios!, cuánta “j”, ¡cuánta! Mi reino por una “j” en mi apellido. O dos, para ser bendecido por un jubileo lujurioso en mi tinta.

En fin, dejo en paz mis nostalgias por las jotas, que ése no es el meollo del asunto que deseo enhebrar; sí tal vez un preámbulo necesario que rescata minúsculos aleteos del estilo del maestro de Zapotlán el Grande, artífice del misterio y la sorpresa, del humor elegante y erudito.

Lo que quiero es mostrar mi respetuosa indignación en contra de mi admirado Arreola y de la esposa divorciada del juez McBride, que en el cuento del maestro titulado El rinoceronte, comete una de las más graves vejaciones que puede sufrir cualquier hombre que se precie de ser rinoceronte: renunciar a ser protegida, como ambición mayor de cualquier mujer. Y yo, que he dedicado mi vida a cultivar las virtudes y destrezas que hacen de un hombre un verdadero rinoceronte, leí y releí el relato sin poder creer que una mujer como Pamela, con quien se casó después el juez McBride, dulce y romántica, ideal para acompañar en su camino a la fuerza masculina, hubiera descubierto el secreto para vencernos, tomándonos de la cola sin soltarnos y zarandearnos hasta que la fatiga nos cansa y ablanda. Tengo amigos, cuyas esposas han seguido el ejemplo de Pamela, como en el caso del Juez Mc.Bride, y ya no vienen a jugar dominó conmigo los viernes y sábados por la tarde, mucho menos se corren una noche de juerga como lo hicimos durante años. Ahora van a la iglesia y son ovolactovegetarianos, aunque algunos han llegado al extremo denigrante de convertirse en veganos, insípidos como una papa hervida. Los veo pasar a veces los domingos, salen de casa para ir a misa. Si me alcanzan a ver me miran como canes sometidos a los que han despojado de su rabia. Los brillos suplicantes en sus ojos me lanzan un discurso de auxilio. Casi lloro al verlos, yo, que la última vez que lo hice fue cuando murió mi padre.

Arranqué del libro Confabulario las dos hojas que contienen el único cuento que no le perdono al maestro, a quien por lo demás admiro. Podría caer en las manos de mi esposa, a la que adoro porque trasmina inocencia. Aunque me cuentan que, sin haber leído el relato, hay cientos de mujeres domando felizmente a sus rinocerontes. Seguramente se enteraron de que ahí se cuenta que nosotros atacamos de frente y que colocándose a nuestra espalda nos tienen dominados. Algún lector del cuento seguro se los dijo; ¡traidor! Por eso no me extraña que haya muchas mujeres en la calle, sonrientes, bebiendo vino en los bares, participando en revueltas multitudinarias, mostrando su cuerpo tatuado. Yo no me arrimo a tales espectáculos, pero me cuentan que han llegado a tomar las tribunas y sus reclamos estridentes ahuyentan los pájaros de los árboles del parque.

Todos los días vigilo a mi mujer. Ella es como Desdémona, hermosa, dulce y fiel; moriría por mis manos si yo se lo pidiera. Por ella he escrito églogas, odas nerudianas, elegías lorquianas. Creo en su amor, pero trato de colocarme siempre de frente a su cuerpo, a sus ojos. Como estrategia raspo en el suelo mis pezuñas, rechino los dientes, afilo mi asta para infundirle el mínimo temor que hace nacer la ternura en que se cobija una mujer. Pero reconozco que la duda se ha colado en mi casa, entró por la ventana aquella noche en que hacíamos el amor y ella montó sobre mi cuerpo, tomó las riendas y me cabalgó. No puedo negar que lo disfruté, sin embargo, sentí que era otra la que daba gritos libertarios. Desde esa vez se suelta el pelo a menudo, sonríe sola en la recámara sin saber que la miro, canta y brillan sus ojos. Yo lanzo ligeros bramidos cuando estoy con ella, aunque tengo la impresión de que no surten efecto.

Diré la verdad, tengo miedo de perderla y estoy pensando en hacer concesiones. Mañana acudiré a un peluquero especializado en testuces de rinocerontes. Escucharé una propuesta suya. Tal vez me convenza de asumir un nuevo look en el que luzca una frente limpia, libre de este cuerno del que cada vez más se liberan mis amigos.

Mientras tanto, en cuanto dejo de ser rinoceronte, por dignidad necesaria, raspo sin fuerza mis pezuñas en el suelo y suelto mis últimos berridos.

 


 

La calle Netzahualcóyotl.

 

La Calle del Poeta

 

Arturo Núñez Alday

 

La calle Netzahualcóyotl tiene su encanto, claro. Sus casonas pintadas con esos colores intensos que reproducen los de la profusa naturaleza que nos rodea, como es costumbre en nuestra ciudad de primavera perenne, me dan la sensación de un tiempo detenido. Si la caminas por la noche después de las once, es probable que encuentres más fantasmas que hombres y mujeres vivos caminando por ella. No es para menos, la inseguridad sentó sus reales, sus miedos y sus leyes no escritas. Sin embargo, atrévete a ir por ahí alguna noche entre semana, en esa hora en que los autos casi han desaparecido junto con los franeleros que se apoderaron de cada metro lineal de nuestro centro histórico. Detente, digamos, junto a la entrada del museo Brady y disfruta la ilusión de estar en una época pretérita. Si tienes suerte, o si has bebido por ahí dos o tres copas y contribuyes con la imaginación, acaso veas pasar la silueta del galán de galanes, Alain Delon, paseando en sandalias por la calle, o tal vez, y esto sí que sería tremendo, de la hermosa Brigitte Bardot. ¡Qué delirio sería! Menos guapos, pero igual de interesantes y respetables, pudieran ser Diego Rivera, el mismo Robert Brady, Malcolm Lowry o Cantinflas quienes cruzaran por ahí como espectros. Sí, definitivamente tiene su magia sentarse en una de sus bancas y fingirte un enamorado de esos que por las tardes convierte al lugar en un encantamiento para párvulos del amor. Si no tuvieras a tu lado a quien seducir, no faltará una luna de cachetes redondos que asome sobre los techos altos y quiera ser depositaria de tu embeleso.

Dejando a un lado la imaginación, a menudo podemos ser testigos en esta calle de escenas que obligan a detener nuestra prisa y atisbar lo que ahí sucede o se cuece a ritmo lento. Las posibilidades son tantas esta tarde, que darían para escribir buen número de páginas si nuestros oídos y malsana curiosidad nos lo permitieran. Por ejemplo, aquellos dos muchachos sentados en la barda de la jardinera, muy cerca del puesto de periódicos. Están tomados de la mano y se miran a los ojos con una ternura que sobresalta a los transeúntes. Uno le habla al otro con una vehemencia tal vez innecesaria, pues ese otro, que solo calla y se pierde en los ojos del que parlotea, parece no necesitar de los esfuerzos de aquel por convencerlo de algo que ya tiene metido en su pecho y su cerebro. En un arrebato, el silencioso toma el rostro del parlanchín y le planta un beso ruidoso que llama la atención del vendedor de gelatinas cercano a ellos, quien se aleja discreto. Una señora que pasa voltea la cara al verlos y se santigua, al tiempo que profiere alguna inconformidad como esta: “¡Qué tiempos estos que me toca vivir, Señor! ¡Qué tiempos!” Los chicos siguen en su paraíso de manos y besos ahora tiernos, sin importarles lo que suceda a su alrededor, como diciendo sin decir: “esta es nuestra ciudad y nuestro derecho, nuestro tiempo y nuestro amor.”

Dejémoslos en paz. Parece suceder algo interesante un poco más al sur de la calle, junto a uno de esos árboles de hojas acorazonadas que alguien plantó ahí muy a propósito. Es un hombre que rondará los treinta años con una chica que apenas pasará de los veinte. Ella llora silenciosa y percibimos que hace mucho esfuerzo por no dejar salir por completo la emoción. La chica viste sencillo y llama la atención su peinado con trenzas, tan poco común en las jovencitas de la ciudad. Tal vez llegó de algún pueblo a la terminal de autobuses que está cerca. El hombre viste de botas, chaleco y sombrero tejano, su rostro denota grandes esfuerzos por convencerla y a momentos parece suplicante. Después de unos minutos ella deja de reprimirse y se arroja a los brazos de él. El hombro de la camisa del varón se humedece de inmediato. Todo indica que hubo aquí un discurso de arrepentimientos y perdones, sin embargo él no llora, solo la toma en sus brazos y la cubre con su cuerpo volteando a ver con cierto recelo a los que pasan, como si les dijera esta mujer es mía y de nadie más. Quiera el destino que en esta banca no se cocine ahora otra historia de opresión y violencia. Quiera la suerte que este árbol no sea acusado algún día de alcahuete.

Ya obscurece. Los días son cortos en esta parte del año. Parece que todas las historias de este día serán similares a las anteriores. Pero, detengámonos un poco. Ahí donde una callecita empedrada hace intersección con Netzahualcóyotl parece estar a punto de suceder algo realmente importante. Una mujer de mediana edad camina de norte a sur por el lado poniente de la calle. Es bonita, pero se le ve cansada. Lleva una bolsa con pan y otros comestibles. Al otro lado de la calle camina un hombre más o menos de la misma edad que la mujer. Va en sentido contrario al de ella y lleva ropa deportiva. Su pelo es entrecano y su rostro está marcado por arrugas prematuras. En algún momento, tal vez motivado por lo llamativo del vestido floreado de la mujer, detalle sin el cual el destino pudo seguir otro curso y llevar por senderos irreconciliables a dos que alguna vez se amaron, el hombre voltea hacia adelante y a su izquierda, y la mira. Se detiene unos segundos tratando de creer lo que ve. Hipnotizado, cruza hacia el otro lado rogando que no se trate de una ilusión de los sentidos. Justo donde confluyen las dos calles, ella lo descubre y se detiene como si chocara con una pared invisible. Ninguno de los habla; no pueden. Ambas respiraciones están sumamente agitadas. La mujer se vence por la sorpresa y cae desmayada. De la bolsa sale rodando una lata de atún. Él va hacia ella y en medio del llanto intenta reanimarla. Al principio la toca como si la mujer fuera la representación de algo sagrado y prohibido, como si no creyese aún que es ella la que está tumbada en el suelo. Alguien se acerca y le ofrece ayuda. No es necesario porque la mujer ya despierta. Con los ojos todavía incrédulos se arroja a los brazos del hombre entre sollozos y gritos de emoción, estrujándolo y pegándose a su cuerpo para creer que es él, que está vivo después de diecisiete años de pensarlo muerto. Seguramente nunca alguien pronunció el nombre de José tantas veces y del modo estridente como ella lo hace ahora. Después de unos minutos, la pareja se pierde por la callecita empedrada que no era su destino poco rato antes, sin preocuparse por la lata de atún que rodó desde la banqueta a la calle. A un lado hay un parque y ahí podrán continuar esa historia trunca desconocida por nosotros. Perdonen quienes hayan seguido estos fárragos narrativos hasta acá y esperan con pelos y señales los antecedentes de estos dos que ahora se encuentran, pero entenderán que no se trata de inventar cualquier cosa así porque sí, como si la vida por estos lugares no fuera realmente complicada y vastísimas las posibilidades. Bastan unos datos para ilustrarlo: nuestro estado es el tercero en secuestros en el país y mueren violentamente treinta y uno por cada cien mil habitantes; ocupamos el cuatro lugar en homicidios en general y tenemos una de las más altas tasas de feminicidios; además, gran cantidad de paisanos emigran lejos por la pobreza o inseguridad y jamás vuelven. ¿Se dan cuenta? Dejemos entonces que esta pareja escriba su historia futura, esperando que sea buena, pues por lo visto la pasada no lo fue.

Nosotros volvamos a nuestra calle, poética porque tiene el nombre del gran lírico texcocano que alguna vez nos dijo: “Alegraos con las flores que embriagan,
las que están en nuestras manos.” Ni duda cabe, los dioses fueron dispendiosos con nosotros, pues nos dieron tantas flores que caminamos entre ellas sin rendirnos a su encanto como aquellos que llegan por primera vez a esta ciudad.

La noche avanzó y la calle ha quedado solitaria. Dos barrenderos recogen hojas caídas de los árboles y basura desprendida de manos ignorantes. Podemos ir a descansar, a menos que se nos antoje un recorrido nocturno en compañía de vino y fantasmas que podrían sorprendernos.

¡Salve, rey poeta! Tu calle está limpia. Solo quedan las flores, solo los cantos.

 


 

 

Campesinos, de Diego Rivera.

 

Panegírico de amor con sombrero

 

Arturo Núñez Alday

 

Desde que te fuiste, una parte del mundo quedó muda. Muchas voces hablaban a través de ti y aunque aún te buscan no te encuentran. Viajan en parvadas como los pájaros, por los mismos cielos que habitaste. Encuentran tu silencio ensortijado en rosarios de recuerdos y ahí pernoctan las voces, se abrigan unas a las otras para atenuar el frío de tu ausencia. Yo, que también repito en el silencio tu voz para no olvidarla, me arrimo a las aladas palabras que te buscan, las abrigo y me cobijan ellas, trémulas si las tomo en mis manos y las llevo a descansar en algún libro; luminosas si las meto en mis ojos para que te sigan buscando en los espejos; húmedas si las vuelvo ríos corriendo mis mejillas hacia la tierra que te guarda. Cuando se cansan de dar vueltas en el aire y el día ha calentado, las voces descansan en la copa de un gran árbol, extienden sus alas para secarlas y toleran el cenit, silenciosas, pues no les dejaste ni un silbo para enfrentar el sol. Al caer la tarde los colores divinizan el poniente. El crepúsculo hace pensar en paraísos y tras ellos van y tras de ti las palabras mudas que te extrañan. Las miro volar y disolverse en los colores intensos e imagino que vuelas con ellas sin poder volver aquí, donde siempre volvías.

Quisiera saber a dónde van los oídos de los muertos, o si hay una rendija en la que arroje mi voz y te alcance. Me duelen tus canciones olvidadas en el patio de la casa, en las paredes que las susurran al mediodía, cuando anunciaban tu llegada los ladridos felices de los perros y la cocina cantaba su melodía de sartenes y fuegos encendidos. Yo era capaz de advertir la alegría mohosa del clavo en la pared al recibir tu morral; y veía con claridad a dos árboles añejos −lo juro−, llorar gotas de contento si pernoctabas bajo su sombra. El calor entonces se tornaba un tipo amable que nos acompañaba bebiendo cerveza y compartía con nosotros las dos o tres peripecias fundamentales del día. Hoy, si no se puede menos, de vez en cuando bebemos ahí los que te amamos y parece que tu voz y tu risa se descuelga por las ramas de los árboles, nos cuentas dos o tres chascarrillos y luego te dejamos descansar sobre la hamaca, ahora por tiempo indefinido.

Y tus ojos, padre, ¿a dónde se han ido? ¿Hay verdes cañaverales que los solazan allá en el misterio?, ¿y bondadosas lluvias, montañas eternas, pencos animosos? Me niego a pensar que alguna omnipotencia haya bajado la cortina para siempre. ¿No es la noche inmensidad de luz que duerme a ojos bien cerrados?, ¿qué acaso, si aspiro al paraíso, sea en la tierra o en el sueño de un cielo, no debo transitar primero por círculos de sombra?; ¿y por qué hablan, los que han ido y vuelto, de un túnel de luz al final del camino?, ¿o es delirio y locura para una amable fuga? Yo no lo sé ni sabré si el sueño es este que transito, si mis manos son las tuyas que dejaste, si mis ojos son los pozos de luz por los que miras, si caminas con mis pies para indicarme la piedra, la trampa, el embuste que me espera a la vuelta de la esquina, y también las aguas claras en que debo bañar cada una de mis alegrías, muertes y resurrecciones. Yo no lo sé.

Este día terminó el planeta un recorrido más alrededor del sol llevándote dormido, en ese silencio denso y pesado en el que habitan los que imaginamos muertos. Hace unas noches, mi hermana en un sueño te miro llegar y decirle con semblante plácido que ahora sí ya partías. Tal vez solo esperas que levantemos el altar y guardemos los rezos y se apague el gran cirio, para echar a andar hacia la casa común de todos. Atravesarás el río Chiconahuapan con el auxilio de tus perros que marcharon antes que tú para esperarte en las orillas, como si hubieran conocido de siempre su gran destino ganado con la muerte. He de creer esto para no morir también contigo. Allá, padre, encontrarás las mismas montañas que dejaste y la misma culebra de agua que mojaba tus campos, saltarán conejos, correrán lagartijas y cruzarán parvadas de pájaros esos cielos ignotos. No soplarán vientos fríos y vivirás en el pecho del sol, ni faltará el aire limpio porque tú serás el aire. Regresarás cada tarde de tormenta convertido en lluvia sobre esta tierra que amaste, la misma que fertiliza tu cuerpo para la regeneración de la vida. Jamás te faltará la música, porque la escucho manar desde miles de gargantas. Parecen aves, pero son almitas viejas que regresan a cantar para que no vayamos tristes por la vida y la muerte. Eso dicen los abuelos.

Quisiera alargar mi mano para sacarte de la nebulosa donde aún te imagino, pero mi hermana dice que sonreías en el sueño y despertó feliz porque tú lo eras. Así sea. Camina sin miedo hacia adelante, señor de los arriates bordeados con cempasúchiles, yuntero abridor de la vida en los eriales, tejedor de sueños a punta de arado, aguador eterno de los cielos bondadosos, pajarero perpetuo de los arrozales, hacedor de oasis en arenas secas, sembrador de palabras llanas en sábanas de tierra, poeta que hacía versos con sus manos. Los que te amamos te debemos la espiga, la risa fresca y la canción a lomo de caballo; la calabaza en dulce y la semilla de pipián, la caña verde y la sonrisa de sus cortadores, la palabra clara y la sentencia justa; la sombra fresca, los muros fuertes y la mujer hermosa que sembró a tu lado. Te debemos también la azada y la semilla, el vientre de la tierra y el sombrero, la sonrisa limpia y tu mano franca extendida para siempre.

Tal vez sea la hora de enterrar la tristeza, apuntalar la fe y rescatar las alegrías que juntos compartimos. Pero eso apago mi dolor y te abrazo fuerte para acompañar nuestros caminos. Tus fotografías, mis yerros y los tuyos, tu amor y el mío, el tiempo deslizándose sobre la vida y la muerte, los recuerdos que habitamos, los perdones necesarios y las dudas que jamás resolveremos, todo cae ahora en un crisol indisoluble que amoroso nos resguarda.

Sigue tu viaje, labrador eterno de las vegas y los páramos.

 


 

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Mujer en la terraza

 

Arturo Núñez Alday

 

 

“- Adiós, dijo el zorro. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
Lo esencial es invisible para los ojos – repitió el principito para acordarse.”

“El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry

 

Desde que te quedaste sola, con excepción de las tardes de cine, teatro o copa de vino con amigas, el ritual crepuscular inicia con el disfrute del café veracruzano que prefieres. Mientras lo bebes, eliges alguna música suave, ad hoc para tus sesiones contemplativas. También preparas la botella de vino, porque invariablemente apeteces alguna copa después del café, cuando te dispones a entrar en la fase más profunda de tu ensimismamiento.La terraza te espera, Violeta, y tus gatos también. Parece que a los mininos les gusta acompañarte en tus sesiones meditativas poco ortodoxas, en las que entremezclas las respiraciones profundas con los sorbos de café; o tus mantras predilectos con un trago de vino, o bien, si te pones intensa, con fumaditas de mariguana, de esa que te acarrea tu amante eventual, aquel con el que intentas despertar tu energía kundalini que duerme en el muladhara, el primero de tus chakras.

Una vez que la tristeza por la muerte de tu marido se fue deshilando con el tiempo, decidiste que usarías tu libertad para colaborar en la transformación del mundo partiendo de tu transformación interior. Todos estamos entrelazados, los vasos comunicantes son nuestros pensamientos y nuestras vibraciones energéticas; aprendiste eso como una máxima central de tu nueva postura ante la vida y lo repites cada que puedes en los círculos que frecuentas. Más aún, esa idea es el eje de tus meditaciones por la paz del mundo, por las mujeres violentadas, por las víctimas de las dictaduras, por la naturaleza que nos empeñamos en destruir o por aquellos que eligen la diferencia para vivir dentro de ella: neohippies, anarquistas, naturistas, feministas radicales, anticapitalistas globalifóbicos, homosexuales, lesbianas, bi, trans, pansexuales, autosexuales y demás. Tienes la firme convicción de que, postrada en lo mullido de tus cojines con estampados hindúes, eres capaz de mover energías que ayuden a transformar a los otros y al estado de las cosas. Como curiosidad intelectiva, se te ha ocurrido que tus gatos son en realidad almas viejas que cumplen su destino sagrado acompañándote, pues son los únicos capaces de estar contigo en tus silencios y entender tu lucha aparentemente pasiva a favor del mundo. Los felinos, así como tú, son una neurona más del universo y tu conexión sináptica con ellos no depende de racionalizaciones inútiles. Por eso cuidas y procuras a tus mascotas con el mismo amor que ofrecerías a los hijos que no tuviste. Arnoldo siempre quiso un heredero, pero algo anduvo mal en su esperma y no fuiste capaz de tomar el de otro, lo que no significa que no te hayas deslizado algunas veces por el vibrante tobogán de la infidelidad, sobre todo cuando tu esposo enfermó y ya no pudo ayudarte a liberar la energía de tu chakra sexual o perineo, acción indispensable para no poner presas al camino de tu evolución espiritual, solías decir. Ahora, sin Arnoldo y con tu instinto sexual en mengua, consumes la mayor parte de tu energía en ti, y desde ti hacia los demás.DeepakChopra, presumes, te ha ayudado a comprender que si una célula se agita dentro de tu cuerpo el universo entero se mueve, y si sucede que un aleteo de duda le da a tu semblante un color de melancolía, vas al estante y tomas “El libro de los secretos” de tu autor de cabecera.

Esta tarde la luz te parece maravillosa, especial, con esos tonos de otoño que dan a cada árbol la calidez y el sosiego que sientes al sorber el café. Siempre has gustado mejor de la luz que precede al ocaso, tan hermosa como efímera; la luz matutina tiene proyecciones tan intensas que enervan tus sentidos y te invitan al movimiento. El crepúsculo, en cambio, va a tono con el ritmo profundo de tu respiración, el amarillo de tu vestido y los colores de tu noción privada de lo divino. Has decidido no salir de casa y solicitado a tu amante ocasional que no insista en verse contigo, puessientes el llamado urgente de muchos hermanos que sufren. La música persa antigua elegida para hoyy tres fumadas a un porro te llevan lentamente hacia adentro, tanto que tu mente vaga por altas montañas y puedes ver sábanas de nubes tendiéndose en las cañadas, no hay calor ni frío, ni estridencias que enturbien tu paz. Desde ahí, al convertirte por completo en tabula rasa, lo único que emerge de tus labios y acompaña rítmicamente el fluido de tu respiración es el mantra “Om Shree Krishanayee Asurakrant Bhar Harini Namah”, uno de tus preferidos para alejar y silenciar a tus enemigos, que en esta ocasión son los enemigos de todos aquellos para los que hoy trabajas desde la terraza con la ayuda de los gatos, que entrecierran los ojos al sentirse transportados por las vibraciones de tu voz y el cuenco de cuarzo que manipulan tus manos.

Si los escépticos y aquellos que se burlan de tus tendencias místicas supieran quiénes son los adversarios de este día, digámoslo así para ser políticamente correctos, seguro te venerarían como tú al Buda de piedra bonachón que te mira desde la esquina. No piensas en los nombres de estos rivales del mundo, el conjuro energético no requiere que lo hagas; pero antes de iniciar tu sesión sí pensaste en ellos y sus tropelías. Hablamos de un tal Bolsonaro, empeñado en terminar con los aborígenes de la selva amazónica para dejar entrar el capital y explotar esa riqueza natural que nos protege del colapso; de un tal Piñera, enfrentando a tiro de carabineros una revolución juvenil que le estalló de pronto y dejando ciegos a docenas; de una cuadrilla de fascistas en Bolivia, reprimiendo indígenas y declarando que la Biblia ha vuelto al palacio de gobierno; de los desalmados que aumentan las estadísticas de hombres y mujeres muertos o desaparecidos en tu país, en cuya bandera resalta el rojo sangre sobre el verde y el blanco; del presidente haitiano JovenelMoise, que carga con muchos difuntos por su represión a uno de los pueblos más pobres del mundo; y claro, de  igual modo nos referimos al más estúpido y racista presidente que han tenido los estadounidenses, pelirrojo chupasangre de latinos. También hablamos del vecino de tu calle que amenaza con estrangular a tus gatos si continúan defecando en su jardín, de los dueños de Monsanto y su glifosato cancerígeno, de tu hermana Cuca que reclama para sí parte de la herencia que te dejó tu madre, de la perturbada Laura Zapata y sus ataques a una diputada obesa y, en fin, de todo aquello que pone en riesgo tu frágil equilibrio y la mayormente débil armonía del mundo.

Llega un momento en que flotas, abandonas el mantra en el aire y apenas escuchas la música de fondo. Ni siquiera reaccionas ante uno de los gatos, que ha concluido primero que tú la sesión meditativa y busca tu regazo encajando sus patas delanteras sobre tus piernas. Si pudieras ahí te quedarías, en esa región sin tiempo y malestares; volver al mundo es un poco triste y solo tienes la fe para creer que en verdad vale la pena tu esfuerzo hacia los demás. Sin embargo, basta una pequeña ráfaga de aire o la insistencia de tu minino para que en algún momento te conectes de nuevo y vuelvas desde el lugar al que has viajado.Primero lo haces con tu respiración, poco a poco con las sensaciones de tu cuerpo y, al abrir los ojos, con la conciencia plena de que estás sentada frente al Buda en la terraza de la casa, de que ha oscurecido y tal vez sea hora de silenciar la música persa, ir a darte un baño y disfrutar de la maravillosa sensación que te domina y durará tanto como quieras, claro, mientras nadie te llame por teléfono para comunicarte el secuestro de un ex rector de una universidad o de tres tipos asesinados frente a un taller mecánico en una avenida céntrica; y mientras no prendas el televisor o tomes el celular para ponerte al día.

Quédate ahí, contigo. El mundo es el de siempre, pero ten al menos la esperanza de que lo hayas mejorado un poco. Da de comer a tus gatos y, si puedes, riega las plantas porque ha dejado de llover. Goza de este paréntesis como sabes hacerlo, en ti habita hoy el paraíso. Mañana al abrir los ojos, deberás continuar, Violeta.

 


 

Digresiones de otoño

 

Digresiones de otoño

 

Arturo Núñez Alday

 

 

Al Gabo

El señor García Márquez tuvo un desvanecimiento después del desayuno. Su presión sanguínea bajó. La opresión en el pecho asustó a su mujer, quien llamó de inmediato a un taxi.

Rumbo al hospital pasaron por un parque, en el que alcanzó a ver a un viejo con unas alas enormes; se sobresaltó. Un poco antes de llegar, quedó ensimismado con el perfil del taxista, un joven tan dulce y amable que le pareció conocido. Preguntó su nombre. “Soy Ulises”, respondió el muchacho. Se sobrecogió aún más.

Lo atendieron diligentemente. Al poco tiempo se sintió mejor. La enfermera que lo atendió, bellísima y llamada Remedios, desapareció entre los ángeles de bata blanca después de guiñarle un ojo y dejar su perfume disperso por los pasillos.

Durante el regreso, al detenerse ante un semáforo, una mujer extremadamente senil lo saludó desde una banca en la acera. Antes de que el auto reiniciara su marcha, supo que era Úrsula Iguarán, por el calor intenso que experimentó. Al llegar a casa vio que por una ventana entraban y salían mariposas amarillas. “¿También tú has venido por mí, Mauricio Babilonia?” Antes de ingresar, alcanzó a ver al coronel Aureliano Buendía, solitario y retraído en la esquina de la calle. Le sonrió melancólico.

Los personajes que tanto quiso regresaban a comunicarle su destino. Intuyó que cuando se topara a Melquiades con un pergamino abierto en sus manos, sería la hora de partir.

Los últimos días pasó las horas mirando los ojos de su esposa, quien se arrobó con tanta ternura inusitada.

 

DESVELO

A Rulfo

Los ladridos de los perros vienen desde muy lejos. Aun así, ya van dos noches que me despiertan a medio sueño. Me revuelvo en la cama, inquieta como chinicuil en comal. Es inútil, no logro dormir de nuevo.

Es ella, Dolores. Quiere que acompañe a su hijo a platicar con los muertos.

Mientras me preparo un té de tila escucho los cascos de un caballo que pasa resoplando por la calle. Debe ser el cuaco de Miguelito Páramo que no puede con su tristeza y corre para ver si la sacude de su cuerpo. Me asomo para verlo y no lo veo, pero sé que lo jinetea la muerte.

Subo a mi cuarto. Después de un silencio largo que me atraviesa el cuerpo como un temor caliente, escucho a Juan Preciado saltar la barda de mi casa y, quién sabe cómo, subir hasta mi balcón. Me encuentra con el libro en las manos, escuchando los murmullos que lo aniquilan, preguntándole a los difuntos si de alguna manera siguen vivos. Me toma de la mano y me dice que si me animo a acompañarlo tendría fuerza para revivir, para que luego refundemos juntos la Media Luna. Naturalmente, me niego, porque en cuanto amanezca tengo que llevar a mi niña a la escuela. Además, Comala queda lejos, tanto, que los ladridos de sus perros son como ecos antiguos que viajan por el aire para prevenirnos de que Pedro Páramo aún recluta hembras por estos lares y estos tiempos. Tiemblo de miedo un poco; tiemblo por nosotras dos, tan solas. Me asomo al cuarto de mi hija para cerciorarme de que descansa tranquila.

El té de tila ha surtido efecto. Me despido de Dolores, y en la página 81 suelto de la mano a Juan Preciado para ir a dormir un rato. Antes de cerrar el libro, lo vi soltar una lágrima que humedeció el papel.

Sueño con él hasta el amanecer.

 

AYOTZINAPO

A los 43

Tenía un nombre, y derecho a respirar, a beber, a besar; ejercía mi facultad de discernir, bordaba sueños, construía un horizonte; había un lugar para mí, dos o tres caminos que elegir, una madre buena y muchas montañas como nodrizas. Era dueño de un presente que lanzaba mi nombre hacia adelante, nubes blancas invitándome a su viaje.

Una noche, todo cambió, un instante aciago dentro de esa noche

La boca de una bestia rabiosa mató las sílabas que en unión amorosa me dieron nombre por años; solo me dejó: ayotzinapo, una palabra fusil, una bala de letras quemando todos mis matices. Ya no Juan y sonrisa; ya no Pedro y travesura; ya no Manuel y canción. Todos ahora ayotzinapos, ceros a la izquierda huyendo de la metralla, delincuentes sin delitos, ángeles mestizos desalados y desaparecidos en su mismo cielo.

Nunca volvió a amanecer para nosotros. Al final nos quitaron hasta el mote que a pesar de todo nos daba identidad, raíz, asidero a una tierra. Hoy somos un número extraviado entre el uno y el cuarenta y tres, el balbuceo de un alzhéimer colectivo, el silencio que se avecina sobre una tumba sin asiento.

No sé si he muerto o estoy vivo, pero debes guardarme en el corazón de tus ojos, gritarme en las calles; contigo seré voz y barricada hasta que a la bestia lo ahogue su corbata.

 

PUREZA

A la inocencia

En noviembre suelen visitarme los ángeles.

Ayer se filtraron en mi cuarto en algún momento de la madrugada, justo en medio de un insomnio, entre el sueño y la vigilia. Me cantaron dulcemente y pude dormir con placidez, aunque poco antes de amanecer su inquietud me despertó definitivamente. No pude evitar que se colaran conmigo a la ducha, pícaros; se divirtieron de lo lindo con la crema de afeitar, les encantó verme trazar caminos en mis mejillas con el rasurador. Después, durante el desayuno, arrugaron las narices manteniéndose a distancia; parece que les desagrada el tufillo de los huevos estrellados y la acidez del jugo de naranja. Mientras yo me alimentaba, ellos se entretuvieron jugando con el perro y algunos otros hojeando una revista de National Geographic. Cuando salí de casa para ir a mi trabajo, alborozados, subieron a mi auto en el asiento trasero. Asomaban la cabeza por las ventanas del auto, como niños; el aire, que es su elemento, les sienta de maravilla.

Al momento de encender la radio y sintonizar el noticiario matutino, agitaron sus alas  escondiendo sus rostros detrás de ellas. Como subí el volumen para escuchar mejor las noticias sobre crímenes, gobernadores criminales que huyen y el aumento al precio de la gasolina, no soportaron más y saltaron por la ventana como alma que lleva el diablo.

Los entiendo, se trata de mantener la pureza.

 

HERMES, EL BESO

A los que parten

¿Recuerdas nuestro primer beso? Sabía a fresa, raíz cuadrada, enunciado bimembre y a recreo. Alado, recorrió primaveras, veranos, otoños; fue chimenea en muchas navidades. Aún nos acompaña en este invierno que nos encuentra juntos. Dámelo otra vez, amor, aunque ahora sepa a manzana hervida, a camino andado y sal de mar, y un poco a exilio. Lo llevaré como alimento en el último viaje.

 



 

 

Mis muertos

 

Arturo Núñez Alday

 

 

La muerte no está extinguiendo la luz; solo está apagando la lámpara porque ha llegado el amanecer.

 Rabindranath Tagore

 

Es dos de noviembre y estoy sentado a un lado de la ofrenda brindando con mis muertos. La boca de una botella de tequila añejo, el favorito de mi abuelo, ha probado mis labios y supongo que los suyos, porque si por una razón principal volvería aquel viejo lindo, sería para posar sus ganas en esa boca de vidrio tan amada y plena de aromas. La calabaza en dulce ya supo también de mis dientes y de la dulce mordida invisible de mi abuela, quien con almíbares compensó en vida las penas que le tocó vivir, que no fueron pocas. Las tabletas de chocolate criollo han recibido los besos virginales de mi querida tía Clarita y los míos.

Sé que mis muertos no tendrían que venir cada noviembre a departir conmigo y recibir mi ofrenda; no necesitan hacerlo porque los tengo siempre aquí, cada uno en su cuadro en la pared, con su eterna mirada socarrona. Los quiero tanto porque no me juzgan, no vigilan mis pasos ni merman mi peculio, ya que no piden nada. Callados, me miran desde la bonhomía que parecen adquirir todos los muertos al empezar a serlo, ayudados por la bondad propia de los recuerdos de quienes seguimos vivos.  Para amarlos basta poco: mi amor, un trapo viejo, algún plumero, unas cuantas flores de vez en vez, eso y menos necesitan para seguir contándome sus historias por las tardes, cuando las cosas no van bien y requiero charla, compañía. Entonces se desatan con su andanada de evocaciones; vieran cómo gozo el anecdotario. Revisamos  álbumes de fotos, diplomas, videos e incluso recortes de periódicos, porque debo decirles que entre mis difuntos hay quien conoció alguna fama y se codeó con el glamour. En ocasiones bebemos juntos, especialmente lo hago con el abuelo, que baja desde su lugar en la pared, justo en el rellano de la escalera. Le encanta compartir conmigo su tequila predilecto. El problema es que a él no se le sube el alcohol a la cabeza como a mí, sigue firme, con su mirada recia y el bigote airado. Ya medio borracho le cuento mis cuitas hasta que vació por completo mis frustraciones y dolencias, todo chillón y compungido. Entonces veo cómo el anciano relaja el entrecejo, humedece sus ojos y me dicta en silencio las dos o tres sentencias en las que compendia los secretos fundamentales para vivir. Avanzada la noche terminamos la tertulia y lo llevo a su pared; es un muerto viejo y me hace pensar que el reposo es la condición esencial para transitar su eternidad, lo que tal vez no suceda con aquellos que tuvieron la desgracia de morir jóvenes e insatisfechos.

A un lado del abuelo está mi tía Clarita. Murió de amor y sin amor hace nueve años. Siempre fue mi adorada alcahueta, cuando niño me daba los dulces y refrescos de cola que mi mamá me negaba. Por un tiempo mi madre eligió el vegetarianismo para mi familia. Era mi tía quien me proveía en secreto de las salchichas y el jamón serrano que tanto me encantaban. Con apenas cinco años mi ruego la conmovía: “Una salchichita tía, sólo una”. Arremetía furibunda contra mi madre a la voz de: “Los estás matando de hambre, ingrata”. Ahora baja a tomarse un rompope conmigo mientras le platico las peripecias de mi vida. A veces me pregunta sobre la telenovela de moda y le cuento la trama completa, o se la invento. Le gustaban y siguen gustando tanto los melodramas, que por eso la ubicamos justo frente al televisor de la sala. Tal vez sea efecto de la luz vespertina que se filtra por el ventanal, pero las mejillas se le enrojecen de emoción cuando inicia la telenovela  de las seis. En una ocasión, quizá mareada por el rompope que ella ni bebía pero yo hacía el honor de gustar a su nombre, me confesó haber partido virgen, dignamente impoluta. Me compadecí sinceramente de ella, yo, que bien sé cómo da rosas un cuerpo de mujer en las manos artesanas de un hombre que sabe labrar esa tierra con aplicación y paciencia. Pobre tía, si al menos una vez hubieras sido la heroína de una historia de amor en la que te escapases con un hombre, sin importarte el destino ni la sentencia de tu madre de que la cruz del Señor rodaba por los suelos, tu retrato en la pared tendría una pincelada de luz en los ojos y algo de malicia en la tímida sonrisa.

Un escaño arriba del abuelo está ella, la más grande y omnipresente, la tierra de donde emergió el tronco de la familia: mi querida abuela, de nariz arrogante y ojos agudos de noble inquisidora. Solo baja a dialogar conmigo cuando requiero de una mano firme que me indique el camino, una vez agotada la reserva de fuerza que su mirada me provee. Evito beber y llorar con ella mientras escucha atenta mis confesiones. En ocasiones platicamos hasta la madrugada y cuando la comisura derecha de su boca dibuja un ensayo de sonrisa y el ojo izquierdo empequeñece con un brillo húmedo, significa que ha perdonado mis devaneos, mis abandonos. Ella es la muerta que mi amor imagina como un cielo, pues su presencia abarca y cubre todo.

Quien no ha terminado de fallecer en esta casa es mi padre, por eso aún no coloco su retrato en la pared. Murió hace poco y no se dio cuenta que había muerto. Un minuto antes de partir hacía planes para recomponer el mundo y entregárnoslo mejor cada día. El pequeño espacio que le tocó habitar era una fábrica de esperanzas en las que a diario sembraba y me enternecía su vocación para creer en la justicia terrenal tanto como en la divina. Humano como era, con grandes defectos y mucho tiempo amante excesivo del vino y la canción, fue el hombre más franco y honrado que pude conocer. Temo no estar a su altura, por eso a menudo le confieso a mi abuela mis inquietudes y equívocos, sobre todo en el terreno amoroso, sobre el cual corren mis ganas como en estampida, sin bridas y sin cercados. Para recordar a mi padre aún preciso de lágrimas que acompañan a las que mi madre vierte por él con más frecuencia que yo. Cuando sea por completo un recuerdo que no moje mi cara, colgaré su retrato en la pared y me dispondré a tener largas charlas con él, porque no basta una vida para decir todo lo que un hombre debe decir a su hijo, o un hijo a su padre.

No deseo morir aún; no debo. Pero hay un espacio en la pared donde quiero que cuelgue mi retrato cuando me retire de la vida: junto a la abuela, entre ella y mi padre tal vez. Siento una calidez amable al pensar que ahí pernocte mi alma para siempre. Hace poco fui a tomarme la fotografía, quiero ser un muerto joven en la pared, para que la abuela tenga ganas de consolarme y acariciarme eternamente. He dado indicaciones a mis hijos para cuando suceda; a mi esposa no, teme a la muerte y la rehúye a diario a través del gimnasio y cremas rejuvenecedoras.

Mi perro está postrado a mis pies, lo miro viejo y cansado. La lógica dice que morirá primero, pero lo cierto es que vive como si fuera eterno. Estoy seguro de que él siente la presencia de nuestros muertos igual o mejor que yo, por eso cierra sus ojos y estira el cuello con expresión de gozo pleno; debe ser la tía Clarita, quien lo amó tanto, que le acaricia la testa como lo hacía a diario sentada en su mecedora en el corredor de la casa.

Es verdad que en mi hogar mis muertos no fallecen, duermen, cada uno en su retrato, cada cual en su mirada. Cuando la luz irradia en sus rostros, sonríen agradecidos porque se vuelven evidentes. Si alguna vez entras a mi hogar, abres las ventanas y puertas, corres las cortinas y saludas, un rumor como de vientecillo agudo recorrerá todas las estancias. Son ellos, alegrándose. Ellos, que sólo se dedican a estar, como lo hacen las plantas y los gatos, y las arañas patonas en las esquinas altas de los cuartos.

Hoy están especialmente vivos mis muertos, encendidos sus ojos y su piel por la luz de las veladoras de la ofrenda. Noviembre los descubre hermosos y rebosantes de una energía que me envuelve. Yo quiero mucho a mis muertos.

 

 



 

 

La tua fragilità, Julieta

 

Arturo Núñez Alday

 

 

“Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando

no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”

Joaquín Sabina

 

 

Su fragilidad, respondió cuando le preguntaron respecto a lo que más le gustaba de ella. Y tiene un no sé qué, un aire ausente, como si tuviera al mar siempre enfrente  y esperara ver llegar un barco con noticias del mundo, agregó después de que un suspiró metió frío en su pecho. Además, es tan sensible que la he visto llorar mientras devora con sus ojos El túnel de Sábato, continuó diciendo para redondear su respuesta.

Genaro fue quien puso la novela en sus manos y después no estuvo seguro de que hubiera sido bueno. Al escucharla decir que ella tampoco se entendía con el mundo, como Juan Pablo Castell, el protagonista de la historia, sintió una profunda compasión por ella y, además, sintió quererla más que antes, con esa devoción protectora que surge en muchos hombres ante una mujer que tiene “el palpitar de un ave en agonía”, dijera un poeta. Fue él quien se propuso sacarla de ese encierro, de mostrarle las ventajas de reír ante el mal tiempo y encontrar asideros en los días de sol o las tardes nubladas; convencerla de que el mundo no es perfecto y estaba muy lejos del alcance de un solo ser humano poder cambiarlo. A eso destinaba las horas de las tardes que pasaba con ella y escuchaba fanfarrias si lograba sacarle una sonrisa. Si ella hablaba de las penas y tragedias que sufren los migrantes, él contraponía historias de éxito de muchos exiliados; si ella se quejaba de su condición de ser mujer y sufrir la violencia que pesa sobre su género, le decía que las revoluciones modernas las estaban haciendo las mujeres y hablaba de lo mucho que han logrado; si ella peleaba con la idea de un dios clemente que nos depara un reino de bondad, él compraba helados de sabores y, jocoso, la invitaba a saborear bondades de fresa, pistache y chocolate. Y Genaro se acostumbró a que en el sexo los gritillos de placer de Julieta fueran acompañados de lágrimas que después del orgasmo se volvían caudales, una especie de ríos por los que navegan góndolas sin gondoleros ni enamorados.

Es una mentira que haya historias de amor en las que los dos permanezcan intactos en su individualidad, que nada se transforme en uno y otro con el paso de los días y sigan ondeando dos banderas distintas después de batallas amorosas de meses. La mejilla de ella pareció echar raíz en el hombro de él, y sus manos de lirio desmayado se aferraron tanto a la espalda masculina que a esta le nacieron lianas que lo ataron a las paredes en las que Julieta colgaba su nostalgia. Por eso Genaro fue perdiendo su encanto de gorrión en coro permanente y se tornó un cielo seminublado del que solían llover espesas lágrimas por la tarde sin que nada lo anunciara, como pasaba con ella. Y se aficionó al chocolate amargo, al café sin azúcar y a las canciones tristes, a despertarse tarde y a la duda, la noche, la calma, al crepúsculo en vez de los amaneceres y los silencios en lugar de las canciones; a escudriñar la vida en busca de polvo sobre los muebles y lavar sus manos cincuenta veces en el día, a no soportar una sola arruga sobre la colcha de la cama y a convertir una simple merienda en un ritual tedioso de cubiertos y cristales.

Julieta ganó terreno en ese juego del amor al que nos entregamos como un sacrificio y Genaro cedió un gran tramo de su fortaleza de sonrisas y optimismo. Lo extrañaron en las calles y los bares que acostumbraba pisar. Incluso una damita, cuya voz hacía recordar el canto de un estornino, cejó en su intento de meter a Genaro en su jaula, pues el chico, antes rubicundo ruiseñor, prefiere ahora el jardín lleno de lánguidos lirios donde Julieta pasea, taciturna y pálida.

Con los restos sanguíneos que le quedaban, un día Genaro le propuso matrimonio. Habló de hijos, de futuro, de vida. Ella no dibujó una mínima emoción en su rostro. Ya no valía la pena ni era responsable traer hijos al mundo, respondió, y para qué casarnos si no alcanzo a ver el futuro. Algo se congeló súbitamente en el pecho del él. No me entiendo con el mundo, Genaro, ya lo sabes, sentenció ella.

Su fragilidad, que tanto lo atrajo al inicio, le pareció ahora una acuarela triste; su voz, el más desconsolado nocturno de Chopin. Quiso luchar y puso nuevamente un sol en sus ojos y una pieza cromática de Wagner en su voz. Arremetió con furor, como el director de una orquesta intentando que su batuta despertara a una orquesta desangelada y casi muerta. Se rindió cuando ella pronunció las frases lapidarias: “No estaré mucho tiempo aquí, Genaro. Siempre he creído que no soy de este tiempo. Tu amor me riega a veces, pero luego reseco como un páramo. Eso soy, una tierra yerma que está más cerca de la muerte que de la vida”.

Su fragilidad, supo Genaro, era una barcaza sin remos navegando por los rápidos de un río furioso.

“Acompáñame, amor mío, demos fin a este engaño de los sentidos. La vida está fuera de aquí, tú lo sabes. Cada día es un episodio de tormenta y ni tu amor me salva; al contrario, duele. Si no te tuviera podría retirarme sin pena, pero aumenta mi angustia saber que escalaste mi balcón y estoy a punto de dejarte solo en él, sin una enredadera por la que bajes y escapes. Hay un abismo dulce esperándote sobre el buró de mi cama, si tú lo bebes después de mí, me alcanzarás. Te espero en el camino, mi amor. Como te prometí, he sido tuya hasta la muerte”.

Tenía claro que ese día Julieta se encontraba sola en su casa. La llamó desde la calle con insistencia pero no contestó. Ingresó sin dificultad al encontrar la puerta abierta y se dirigió a su recámara. Halló la carta en el buró, junto a un frasco de tranquilizantes con la mitad de su contenido original. Ella estaba inconsciente, con la misma palidez sepulcral que lo enamoró. No lo pensó. Se dio cuenta de que aún había pulso de vida en ella, quien apretó su mano como señal de que lo esperaba. Decidió alcanzarla y bastó un vaso con agua para beber el resto de las pastillas. Antes de perder la conciencia dijo en su oído cuanto la había amado y que debían continuar lo suyo en otra parte. Besó a Julieta y poco a poco se fue hundiendo en el sopor.

El azar, ese misterio que nos lleva y nos trae, quiso que el hermano mayor de Julieta llegara a los pocos minutos. Los descubrió rápidamente. Llamadas telefónicas, ambulancias, los padres de ambos rumbo al hospital. Algo en ella la hizo reaccionar, como si asuntos pendientes la devolvieran al mundo. Al poco rato, semiconsciente, vomitó restos de las pastillas y los deseos de muerte que la llevaron a tomarlas. Genaro, al contrario, se entregó completo.

Cuentan que los ruiseñores, cuando pierden el canto, saber morir sin demasiados aspavientos.

Semanas después, frente a la tumba de su enamorado, Julieta tenía una expresión extrañamente neutral. Cualquiera diría que no había demasiado dolor en ella; ausencia, solo ausencia. Pálida y bella, tal vez más que antes, dibujó una levísima sonrisa cuando se retiró del cementerio, tan pequeña que hubiese sido necesario conocerla durante años y estar muy cerca de su rostro para detectarla. Si escudriñáramos un poco incluso habríamos podido percibir un nuevo brillo en sus ojos, como si la muerte y no la vida, la dotara de esos destellos paradójicamente vitales.

Tiempo después, un primo lejano suyo que volvió de estudiar arquitectura en el Politécnico de Turín se sintió irremediablemente atraído por la sua fragilità. Sus padres vieron esperanzados y con buenos ojos la posibilidad de que surgiera algo entre ellos. Julieta debía continuar con su vida después de la tragedia.               El joven arquitecto, que aún no desempacaba las maletas traídas de Italia, no resistió a su encanto y no aminoró su ánimo por conquistarla cuando la escuchó decir lo que él pensó era solo una esplosione di malinconia: “Roberto, soy una mujer que no se entiende con el mundo”. Nuevamente aparecieron en su rostro el extraño brillo en la mirada y aquella levísima sonrisa en su boca. Extasiado y prendido de la sua fragilità, él no pudo darse cuenta.

 



 

 

Ya’ax, leoncito de Bavaria

 

Arturo Núñez Alday

 

 

A Yuliana Neri Arriaga, gaviota en reposo

(Aconsejo acompañar los dos primeros párrafos con Almost blue y los dos últimos con Every time we say goodbye, ambas melodías de Chet Baker. Culpo por esta intromisión musical a un tal Rocato)

El día amanece nublado. La primera indagatoria en internet me pone en contacto con una sugerente melodía de Chet Baker. La comunión entre la trompeta, el piano y la voz es una triada acústica perfecta para una mañana que no promete mucho sol. Almost blue recoge amorosamente mi modorra y la convierte en una de esas melancolías afortunadamente gozosas. Al mirarlas por el ventanal las nubes pesadas me regalan una bella escala de tonos blancos y grises amables. Disfruto la delicia de no tener prisa para nada que no sea preparar un café y continuar la lectura de la novela en turno, o seguir en mi romance con la almohada que también sabe que es sábado y por ello está dispuesta a soportarme un rato más.

Agradezco la manía de un gran amigo que cada mañana madruga a buscar en la red alguna música que nos eduque en el exquisito oficio de escuchar la belleza. Hoy nos propone esta hermosa pieza de jazz y con ella decido, después del paraíso del café, vérmelas con el teclado para intentar un registro escrito de alguna de las sensaciones e ideas que arrastro desde un sueño de ocho horas limpias y apacibles. Deslizo la manos y, solas, como si hubieran escrito mil veces lo mismo, escriben: “Ya’ax nacerá fuera de casa, en la pintoresca isla de Lindau, en la región de Bavaria, Alemania”.

Me detengo y pienso en la serie de circunstancias que tuvieron que engarzarse para que Ya’ax, que navega airoso en el vientre de Yuliana, su madre de hermosos ojos de asombro y expresivo cuerpo danzarín que revienta cualquier tipo de indiferencia, fuera fabricado el pasado mes de febrero en Cuernavaca, subido a un avión en mayo y esté a punto de nacer en noviembre lejos de nuestros verdes y azules tan codiciados en otras partes del mundo, pero también de nuestra pólvora cotidiana y nuestras portadas rojas de periódico, de los caminos cementerios y las calles que desaparecen a nuestras mujeres, y de la ladina indiferencia hacia los artistas que se ofrecen al arte compromiso y al arte indagación. Se me ocurre que Ya’ax es un conquistador y ha elegido tierras bávaras, junto al gran león que resguarda la ciudad de Lindau a la orilla del lago Constanza, para crecer fuerte y noble bajo el auspicio de su nombre maya y la sensibilidad de sus padres. Ya’ax es la metáfora del peregrino que busca mejor tierra y un faro de luz que lo defienda de piratas depredadores de vida. Tal vez sus padres no lo razonen así, pero estoy seguro de que lo intuyen. Nacerá moreno y fuerte, gozará de un Estado que lo protegerá mejor que el nuestro, entre callecillas medievales y niños que educarán de modo diferente su aparato fonador; con mayor razón tendrá que leer a Goethe, Nietzsche, Günter Grass, Schiller, Herta Müller, Brecht y varios más; tendrá que entonar el himno nacional alemán, la tercera estrofa del poema das Lied der Deutschen (canción de los alemanes) de Hoffmann von Fallersleben; deberá aprender la historia de ese pueblo, con sus grandes luces y sombras; crecerá en un país donde solo uno de cada diez opina que la religión es importante, por lo que deduzco que Ya’ax deberá buscar a Dios, si acaso lo necesitara, en otra parte distinta de los templos, tal vez en su pecho, o en las danzas rituales de su madre y en la bondad del padre, o en la tradición de la que nace su nombre: en el viejo sabio maya, Zamná, y en el Popol Vuh, para que sepa y no olvide que está hecho de maíz, la planta sagrada de Mesoamérica.

Me pregunto si sabrá con el tiempo de nuestro José María Morelos y de los hermanos Flores Magón, entre otros, de Josefa Ortiz y de las Adelitas revolucionarias que ahora renacen y se multiplican en las mujeres que luchan por sus derechos y en contra de los feminicidios. ¿Sabrá de Zapata y alguna vez recorrerá la ruta zapatista para meterse su origen en la sangre y amar aún más el color de su piel? ¿Subirá alguna vez al Tepoxteco y entrará a medir el tiempo en el reloj de sol de Xochicalco? ¿Ingresará a un temaxcal para vencer las cuatro puertas del viento, la tierra, el fuego y el agua, y saldrá convertido en guerrero para luego seguir conquistando tierras teutonas? ¿Sabrá de la delicia de una quesadilla de huitlacoche o un tlacoyo de frijol con nopales? ¿Danzará al son del chinelo y gozará de la nieve inigualable de Alpuyeca? ¿Llegará a saber qué es un trompo si su padre se lo compra en la feria de Tlaltenango y llevará flores de cempasúchil algún dos de noviembre hasta algún panteón de Morelos? ¿Podrá enamorarse un día de una morena bonita bajo una jacaranda o un tabachín en flor, y desenamorarse después de despedirse en la terminal de La Selva cuando parta rumbo a algún lugar del mundo? ¿Aprenderá también el “ciña ¡oh, patria!, tus sienes de oliva…” si aún fueran útiles los nacionalismos cuando sea hombre crecido?, y, sobre todo, ¿plantará aquí un árbol y vendrá a regarlo y verlo crecer de vez en cuando?

Asomo por la ventana, cierro los ojos para poder ver y logro mirar sonrientes los rostros de Yuliana y Sergio, su compañero, contestando a todo que sí, que un árbol y un hombre o una mujer tienen una sola tierra que es el mundo, un solo compromiso que es la vida y una sola sangre, la humana. Me cuenta su madre que el chico es impetuoso y lo siente danzar adentro con energía, que volverá y partirá innumerables veces porque los nacientes de hoy emergen para el movimiento, que a los nuevos ciudadanos del mundo les corresponde ser kurdos, chilenos, africanos, sirios, europeos, mexicanos u orientales, que las proclamas de aquí, allá y acullá son las mismas y que, en definitiva, el chelista Carlos Prieto interpreta maravillosamente a Bach y, de igual modo, sabe de un mariachi alemán en Múnich que toca como nadie las de José Alfredo, y, cuando se ponen finos, una versión del Huapango de Moncayo; incluso ha oído que despierta en los germánicos unas ganas irrefrenables de beber tequila y mezcal. Abro los ojos; entonces dejo de verlos y escucharlos.

Vuelvo al teclado que dejé en paz por mis reflexiones. La música de Chet Baker sigue ahí, enamorándome. Ahora interpreta Every time we say goodbye. Caigo en la cuenta que no es la melodía correcta para ambientar la historia de Ya’ax. Es más, su historia no me corresponde a mí contarla o imaginarla; tal vez seguirla mientras sus padres y los días la van escribiendo. Solo me resta decirle herzlich willkommen, Ya’ax, desde tu patria distante que pisarás un día.

Conmovido por la melodía del trompetista de Oklahoma, me nace escribir sobre algún desaguisado amoroso real o imaginado que haya yo padecido en los últimos tiempos y me dispongo a hacerlo durante el resto de la mañana nublada. Si alguien me ha seguido hasta aquí, le aconsejo seguir escuchando a Chet Baker mientras van y dan un beso a su dama o a su compañero. Si está ausente o no existe, consolará un poco besar el espejo.

 

 



 

 

 

 Je t’ aime mais

 

Arturo Núñez Aday

 

A Juan Machín

I

Algunas veces los recuerdos son lluvia que nos moja la espalda, penetra la piel y brota por los ojos. Traen consigo el sabor líquido de la nostalgia y, aunque resistamos, en algún momento buscamos una esquina, una sombra o una hora sola, sin nadie, para llorarlos. Otras veces cruzan como palomas, fugaces, dejándonos transitar y cumplir con las cosas del mundo, pero van y vienen, vientecillos que azotan nuestros sueños de fortaleza y nos dicen aquí estamos, no te has ido ni nos vamos. Si los recuerdos son aromas es cuando más calan, pues están en todas partes, adentro y afuera, sea en luces o en sombras. Los llevamos a todas horas y los revive por ejemplo una almohada que tú y yo compartimos, una calle que guarda nuestros pasos, la manzana del frutero que se quedó esperando nuestro beso, el umbral de aquella casa que osamos pensar nuestra para acumular en ella racimos de tardes y nostalgias; y claro, una cocina es la huella aromática más apremiante, la mantequilla derritiéndose en el pan tostado, el aroma del café e incluso la humedad alojada en las paredes, tan parecida a la que se cultiva en las caderas de un hombre y una mujer que se desean. A todo eso huele tu piel que se alojó en mis manos y un día huyó de ellas porque pensaste que el amor físico no tenía esperanza alguna.

Hay muchas formas de amar, solías decir, la mía tiene alas que no se detendrán hasta explorar todos los parajes de mundo y tal vez vuelva cuando me fastidie del aire y requiera un pedazo de tierra para pernoctar, y un solo hombre para compartirme. Lo triste fue que te hayas ido la madrugada de un veinticuatro de diciembre y tu adiós fuera una planta de nochebuena con un mensaje escrito en francés que decía: Je t’ aime mais je n’ai pas besoin de toi. La siguiente vez que supe de ti, Jane, fue a través de una foto tuya con la torre Eiffel en el fondo, aparentemente sola y con una sonrisa que debió ser la delicia del fotógrafo. No pudo mi entrega al trabajo borrar tu mirada marina inatrapable, mucho menos deshacer de mis manos y ojos el mapa de tu piel que aprendí de norte a sur. Me dueles incluso cuando estoy en otro cuerpo y la osadía de una lágrima me sorprende recordándote. Es cuando me pregunto si la tal idea de la felicidad tendrá que ver con no pretender lograr lo que se sueña, con aquietar la aventura de estar vivos en el confort que dan versiones limitadas de los anhelos realizados y girar alrededor de la misma plaza, donde envejecen las palomas de siempre y nos engatusan los mismos merolicos.Me rebelo. Tomo el pincel y te desnudo sobre la tela, en esa pose tuya que asumías después del amor y me encantaba, desprovista de toda vanidad pero convertida en un fiat lux que competía con el ámbar matutino ingresando por la ventana. Me cuesta atrapar tu mirada oceánica que contiene la belleza de los mares y los cielos azules de Cuernavaca, y tus interrogaciones para las cuales no tuve todas las respuestas. En tu boca entreabierta dibujo la frase que define nuestra relación y nuestro tiempo juntos: “Je t’aime, mais…” Tu pelo, metáfora visual de la libertad, acentúa la transparente ausencia de tus ojos. Apenas exhibo el pequeño brote de tu seno y algunos de tus meandros. Detrás de ti la flor de nochebuena que aún mantengo viva y esperanzada en tu regreso. El fondo es un delirio de ocres sobre el que se recorta tu cuerpo, esa intensidad de sol atrapada en un lienzo para mi consuelo.

II

Si fui capaz de acompañar al planeta tres veces alrededor del sol sin ti, ¿por qué ahora vuelves, Jane, ahora que he aprendido a amarte en todas las mujeres, buscando fragmentos tuyos en ellas y acomodándolos en mi emoción a modo de rompecabezas?, ¿hoy que soy capaz de encontrarte en las canciones en francés y sonreír con tu recuerdo? Te fuiste porque no podía ser de otro modo, pero ¿no había opción distinta a tu retorno? Si no eres un fantasma, háblame entonces, juguemos con tus palabras de vino tinto, acoplemos las tuyas y las mías en ese vano juego de los aciertos y en el otro más triste de nombrar al destino. No usemos frase hechas, ambos sabemos que son tan inútiles como las románticas canciones de los enamorados. Amo tu transparencia y ojalá no haya quedado pisoteada en algún jardín o a la vera de algún camino triste. Deshójate como antes y dime las grandes verdades encontradas en tu peregrinaje, o los mares de dudas acumulados. Dime qué sigue después de los puntos suspensivos del Je t’aime, mais… Tal vez los años transcurridos no hagan necesarias las certezas en ninguno de los dos; tal vez el amor es precisamente una falta necesaria de certidumbre.Callas; callamos. Viene al rescate un incendio devorando nuestros cuerpos. Sobre la cama descubro que sigue intacto este delirio amoroso. De tu boca nace nuevamente para mi oído infante y crédulo el mon amour que no permitirá más lucubraciones. No soy apto, ni lo seré jamás, para describir el paraíso en que conviertes mi estancia: cascadas de agua, rayos de luz vivificante y trinos de aves; crecen plantas alrededor de mi cama y el pobre y triste mundo descansa en el olvido. Tardas horas en mostrarme lo aprendido mientras muero y resucito en una sola tarde. Al final, desgarrados, vacíos de todo, entramos en ese paréntesis que deviene del desesperado intento de tocar una cima amorosa en la ansiedad de dos cuerpos. Es el paréntesis perfecto, el remanso, la bendecida vacuidad.Te veo desde mi sillón mientras cumplo con la tradición de fumarme un cigarrillo después del sexo. Me encanta ser testigo del momento en que abres los ojos y emerges a través de ellos. Con emoción descubro que son los mismos de siempre, dos sílfides escudriñando el aire. No puedo con tanta belleza y lágrimas contendidas largo tiempo descienden mis mejillas. Nos decimos en silencio las mismas preguntas de antes y surcan el aire las mismas inquietudes. El café caliente nos saca del letargo y procedemos a compartir los nuevos aprendizajes, a las dulces confidencias y las voluntarias confesiones. Confirmamos nuevamente que en el cuerpo del amor cabe todo, y aunque duela o una punta de estilete nos punce el orgullo, se agradece estar vivo para experimentar la marejada de emociones. Afuera, el mundo transita al ritmo histérico de todos los días y habremos de ir a él. En tres días es navidad. Tú estás conmigo y la nochebuena que ha crecido en el jardín también, tan vivas y tan bellas. No sé después. No importa el destino; no existe. Lo podemos inventar hoy y asesinarlo mañana, o reconstruirlo entre los escombros.Miras la acuarela que te guarda colgada de una pared en mi estudio y te desarmas entre mis brazos otra vez. Te aferras a mí y lo hacemos nuevamente entre los libros y estantes con una desesperante dulzura. Mon amour, mon amour. Te escucho, Jane, volcada en lágrimas en la fugacidad del orgasmo y durante varios minutos después. La pleamar de tus ojos me lo dice: que no te quedarás para siempre, que no estás hecha para eso y no puedes prescindir de los vientos alisios, ni de los planetarios y los continentales; que en tu naturaleza el amor se expande más allá de la convención de la pareja y más allá del miedo y el tiempo; que no sabes cuáles serán los brazos masculinos definitivos que estén ahí cuando cansada te sientes a envejecer en una terraza, y ni siquiera estás segura de que los habrá.

No importa, ya está aquí la Navidad con su esquizofrenia consumista y sus cánticos y tú estás conmigo. No existe el destino con sus presurosas advertencias; esta noche no es bienvenido. Estás conmigo en Cuernavaca y sabes que no necesitas agregar puntos suspensivos cuando me dices mon amour, je t’aime. Parece que por fin comprendo algo del amor, tú me has enseñado.

En la acuarela que te guarda para mí por siempre, la nochebuena parece más encendida. Joyeux Noël, amada Jane.

 

 



 

 

 

Día de viaje

 

Arturo Núñez Alday

 

 

En junio pensé que ahora sí se nos iba. Pero, ¡qué va! El señor es fuerte. En un descuido me muero primero.

―Una gripe no me acabará, María Modesta ―me dijo esa tarde al salir del hospital―, serán ellos quienes un día no me dejarán despertar.

Cuando lo oigo hablar así me pone nerviosa. Desde que se enfermó la vez pasada, en enero, empezó con eso de que lo visitan durante los sueños. Últimamente me ha dicho que lo vienen a ver también cuando está despierto. Se me pone la piel chinita y trato de no hacerle caso. Por lo demás, sigue lúcido como siempre, leyendo sus periódicos y revistas todas las mañanas, recibiendo visitas de sus hijos o de Juanito, su abogado. Sin embargo, desde hace como un mes dejó de vestirse de traje o al menos de saco como acostumbra, y empezó a hablar solo. Por respeto me retiro para no oír lo que dice, pero por más que me aleje, alcanzo a escucharlo en algunas ocasiones. Es como si platicara con alguien. A veces me da la impresión de que platica con varias personas. ¡Ay, don Luis! ¿Qué va a pasar conmigo si pronto se muere?

He aprendido a quererlo en tanto tiempo que llevo aquí. Aunque lo culpan por la matanza de los estudiantes del 68, parece que no le han comprobado nada. Por eso lo dejaron en paz hará unos seis años y terminó su prisión domiciliaria. O será que Juanito Rojas es un buen abogado. Lo que sí, recibió buen dinero cuando absolvieron al señor de los cargos que tenía en su contra. Cambió su residencia por otra más grande; lo sé por la vanidosa de su mujer. La última vez que vino en compañía de su marido a visitar a don Luis, se la pasó presumiendo su alberca y el estacionamiento para cuatro carros. Nada que ver con Juanito, un hombre serio y formal.

Hace tres días vino el geriatra. Nos indicó un cambio de medicamentos. Según él, las alucinaciones del señor son normales a su edad. Con las nuevas medicinas se tranquilizará y verá las cosas como son, dice. Lo que no sabe es que tiró por la taza del baño las pastillas nuevas.

―No insistas más en que me las tome, María Modesta. ¿Quién le dijo al médico que quiero estar sedado todo el tiempo? Ayer me pasé el día sin poder leer por el maldito sueño.

―Don Luis, el doctor sabe lo que hace. Dese unos días para acostumbrarse al nuevo medicamento.

―Luego hablaré con él… Trae los periódicos de hoy, necesito leerlos antes de que llegue el embajador de China.

Esta será la cuarta vez que me toca recibir a un diplomático de ese país. Don Luis pocas veces se arregla tanto para recibir una visita, pero si se trata del embajador de China, se pone su mejor traje. Hace un año también lo visitó junto con su esposa. ¡Cómo me cayó bien la chinita! Se veían tan decentes y buenas personas. Aquella vez los acompañó la hija del señor, la señora María Esther. Traía puesta una blusa bordada con flores que fue de doña María Esthercita, su madre. Me quedé sin habla cuando la vi. Igualita a su mamá; parecía su reencarnación. Hoy vendrá el embajador porque supo que don Luis estuvo muy enfermo. Con eso de que los chinos están muy agradecidos con él por el apoyo que les dio cuando era presidente y China apenas estaba naciendo, así lo oí decir ayer cuando hablaba solo, pues están al pendiente de él. A mí se me hace que es más por conveniencia. Si estamos bien llenos de productos chinos aquí en México, y de chinitos también. El día que el señor muera, se me hace que habrá muchos de ellos en el velatorio. ¡Ni Cristo lo quiera!, esos no sabrán rezarle ni un Dios te salve.

No entiendo de dónde saca Don Luis las ganas de leer tanto. ¿Para qué?, me pregunto. A sus 96 años debería dedicarse más a escuchar música, o a pintar cuadros como hacen otros viejitos. Se devora los periódicos y las revistas, hasta las de chismes de la farándula. Y tiene la manía de estar subrayando con marcador todas las páginas, yo no sé para qué. Cuando platica con las visitas pregunta y pregunta, quiere saber todo de lo que pasa allá afuera. Se me hace que lee y quiere saber lo más que pueda, porque pensará que allá en el cielo te abren rápido las puertas si no eres ignorante, o que Dios perdona tus pecados más fácilmente si no te dedicaste a holgazanear, o qué sé yo. Una vez le quise preguntar sobre eso, con mucho cuidado, porque trato de no parecerle tan simple y tonta.

―Don Luis, ¿usted cree que Dios nos aprecia mejor si en vida conocemos más de la ciencia, el arte y esas cosas? ―me miró como si nunca antes me hubiera escuchado hablar.

―Temo decirte, mujer, que Dios está muerto y bien enterrado. Al menos ése al que rezas a diario y vas a buscar al templo ―y me siguió mirando con un rayito de entusiasmo malicioso, ante mi gesto de alarma por lo que acababa de decir―. ¿Conoces a Nietzsche?

―La verdad, no, señor. De sus amistades conozco a muy pocas, sólo a las que lo visitan ―la risotada que soltó le provocó un acceso de tos; me di cuenta de que había respondido una tontería―. Si se refiere a un poeta o a un periodista de los que usted lee, pues le diré que no, señor. Además de la Biblia, en mi cuarto sólo tengo unos libros de esos que traen muchos pensamientos para dar ánimo en la vida.

―Está bien, María Modesta, no te preocupes ―después de la tos le quedó como un brillo de alegría en sus ojos viejos―. Un día te hablaré de él, aunque tal vez no sea necesario.

― ¿Quiere más tecito, señor?

―Un poco más, te lo agradezco.

―Me retiro. Ya no lo interrumpo.

―Oye, María, antes de que te vayas, contéstame una pregunta… ¿Tengo cara de asesino?

― ¡No diga eso, don Luis! Qué ideas se le ocurren. Usted es… una persona con defectos y virtudes, como todos… Con su permiso, señor.

Lo dejé en su sillón, sin ese contento que vi en su cara un poquito antes. Ese día traté de ya no cruzar palabra con él, sólo lo necesario. Les pedí a Rocío, la cocinera, y a José Refugio, el jardinero, que tampoco lo molestaran. Decidí no investigar nunca sobre ese tal Nietzsche.

Estoy esperando que se retire el embajador chino y las tres personas que lo acompañan. Tienen más de dos horas con él; lo veo muy animado. Me preocupan sus medicinas; hace rato debió tomar una de ellas.

Lo dejó de buen ánimo el embajador. Antes de dormir, mientras Anita me ayuda a llevarlo a la recámara en su silla de ruedas, bromea sobre un supuesto viaje a China conmigo.

―Con el miedo que me dan los aviones, ni lo piense, don Luis.

―El avión es el transporte más seguro, María. Es más fácil que una bala perdida te quite la vida, sobre todo ahora en nuestro país, que anda de cabeza.

―Las cosas que dice son para quitar el sueño. Tómese sus dos tabletas, ya es hora.

―Usar la fuerza, pero con inteligencia, es necesario para salvar a la patria de males mayores.

―No empiece con eso, señor, que me pone nerviosa. Sólo Dios sabe por qué llegamos a esto.

―Me gustó mucho la visita de nuestro amigo. Los chinos sí entendieron  nuestra decisión de usar la mano firme cuando se debía. A los muchachitos de ahora les tiembla el pulso.

―Vaya a la cama, señor. Deje de pensar en eso.

―Dejar de pensar es un sueño imposible, María Modesta. Oye…, quiero decirte que hoy estará aquí la compañera María Esther. Tengo cita con ella esta noche.

― ¡Don Luis! Ya le dije que delante de mí no diga esas cosas. Sabe lo impresionable que soy. Deje a doña Esthercita en paz. Y no le diga compañera, no me gusta. Fue su esposa por todas las leyes.

Me voy de su cuarto asustadísima. Siento que por los corredores de la casa aparece doña Esther, elegante como siempre fue. Hay cuadros de ella por todas partes y la idea de verla aparecer me pone los pelos de punta. Quienes están cerca de la muerte ven y oyen cosas imposibles para los demás, según me han dicho. ¡Ay, Diosito! ¿Y si ya viene por él su difunta? Pues sería lo más justo, pero me cuesta aceptarlo. He llegado a pensar que el señor es inmortal o que se morirá cuando él lo decida. Una noche de la semana pasada me dijo algo que me hizo pensar así:

―Ya te hiciste mayorcita a mi lado, mujer. ¿Cuántos años cumpliste? ¿Sesenta y…?

―Setenta, señor. Ya llegué al séptimo piso aquí con usted, pero contenta.

―Arreglaré que te den un bono especial por eso, María Modesta. Cada década de vida debe celebrarse y premiarse ―se me quedó viendo como lo hace cuando me va a preguntar algo muy importante―. Dime, ¿imaginas cuál es la razón por la que no he querido morirme aún?

―Eso lo sabe Dios y usted, don Luis. Pues… creo que desea celebrar sus diez décadas completas. Y lo hará, estoy segura que sí.

―No se trata de eso. He esperado tanto para reunirme con la compañera María Esther, porque quiero que los mexicanos se den cuenta de que tuvimos la razón hace 50 años. Esos muchachos estaban manipulados por fuerzas oscuras del comunismo internacional. De no actuar con firmeza y patriotismo estaríamos ahora igual que Cuba.

―Don Luis, ya pasó mucho tiempo. Mejor deje de decir eso, se me hace que ni usted mismo se lo cree ―me miró sorprendido y enojado; yo jamás le había dicho algo así―. Disculpe a esta mujer bocona, pero… pues, repetir tanto esa cantaleta le hace mal a su salud.

―Sólo porque eres María Modesta, te perdono; sólo por eso ―cambio su rostro serio, soltó una carcajada y luego le vino la tosedera; como siempre que ríe con ganas.

― ¡Le estoy diciendo, señor! Mejor le pongo su Huapango de Moncayo para que la cabeza deje de estar dándole vueltas y duerma tranquilito. ¿Cómo ve?

―No se puede dormir tranquilo cuando se trabaja por la nación. ¿Sabes?, esta noche estarán aquí García Barragán y Corona del Rosal, a quienes debieron ponerles una estatua, cuando menos. ¡Pobrecitos! ―esto último lo dijo entre compasivo y burlón, torciendo la boca. No entendí por qué.

―Señor, no empiece con esas cosas, deje a los difuntitos en paz. No me acuerdo bien quiénes son los señores esos, pero ellos estarán en el cielo, con Dios. Bueno…, no sé si con Dios o con el diablo, pero ya no están aquí. ¡Ándele!, sus medicinas.

Esa noche tuve que venir a verlo en la madrugada. Me despertó con su sermón mientras dormía. Cuando me acerqué, clarito escuché lo que hablaba:

― ¡Entiendan!, yo sólo lo puse al tanto de lo que pasaba. Quien dio la orden fue él, Díaz Ordaz… Pregúntenles a Siqueiros y a su esposa Angélica, yo estaba tomando un café con ellos esa tarde y… O pregúntenle a mi esposa, la compañera María… ¿Qué dicen?… ¿Qué yo fui una pieza clave para la intervención de la…? ¡Cuál CIA ni qué ocho cuartos! ¡Cabrones! Scott y yo éramos… Pinche Scott, yo nunca fui tu esclavo… Siempre velé por los intereses de la… Compañera María Esther, amor mío, recuérdales a estos ineptos que el presidente asumió la responsabilidad de sus actos… y el juicio de la historia… como lo he hecho yo… ¡Fuera de mi casa!, chayoteros irresponsables… ¡Fuera!

Ahí fue que despertó empapado en sudor. Estuve a punto de llamar a uno de sus médicos, sin embargo él me lo impidió. Quiso tomar un té de menta y me quedé con él hasta que lo terminó y volvió a dormitar. Estaba a punto de retirarme cuando empezó a hablar de nuevo:

―Pinches chamacos, se burlaron del presidente y les salió caro. Él no tenía la culpa de estar tan feo. A cualquiera le dolería escuchar que tiene hocico de mandril… Ja, ja, ja… Pensar que me pasé mirándole los dientes de cerca durante seis años… Ja, ja, ja… Si me hubieran hecho lo mismo, no les mando los halcones y el ejército, sino una bomba para acabarlos pronto, ¡bola de cabrones!… Y déjenme decirles que la ocupación de la UNAM por el ejército, fue una medida para proteger a la universidad de… los intereses mezquinos e ingenuos que pretendían desviar el camino de la Revolución Mexicana. Claro…, ustedes no lo podían ver, porque estaban cegados por…

Empezó a sudar de nuevo y decidí llamar a alguien. Pero se fue calmando lentamente, sin despertarse. Seguía diciendo cosas cada tres o cuatro respiraciones, pero ahora bien confusas:

―Pónganles un guante blanco a esos muchachos… Lo del bazucazo era necesario, Manautou… El cabrón de Scherer se va, ya está decidido… ¿Cuántos murieron el 10 de junio? ¿Diecisiete? ¡Qué bueno!, no fueron muchos… Quiero a todo el comité de huelga en la cárcel, Barragán, a todo… ¡Palo!, ¡palo!… Jolopo, la frasecita esa que dijo el Trompudo cuando te entregué el poder, no se la perdono: Ahora podemos ya respirar tranquilos; no, José, no se la perdono… ¿Te acuerdas, Carrillo Olea? Lo que pasó esa vez en la UNAM fue igualito que en Los Intocables…

Después de escuchar esto, otra vez me asusté, porque soltó unas risotadas que poco a poco se volvieron gemidos, mientras le salían lágrimas a chorros. Dijo algo más antes de despertar:

―Te fuiste muy pronto, Rodolfito…, muy pronto.

Y abrió los ojos. Los míos también se empaparon de lágrimas al recordar la muerte de su hijo. Me miró y tomó mis manos con un gesto de ternura que jamás había tenido conmigo. Me confundía.

―Compañera María Esther, gracias por haber volado a mi lado a tantas partes del mundo. Aun con tu miedo a los aviones, fuiste conmigo siempre que te lo pedí. Ahora soy yo quien tiene algo de miedo de volar a donde estás tú, pero sé que pronto llegará el día. Compañera… ¿verdad que no tengo cara de asesino?

Mis nervios no aguantaron más y llamé a su médico. Mientras hablábamos por teléfono, don Luis cayó en sueño profundo y se quedó calladito. Parece que sus fantasmas se habían ido. Quedé en recibir al doctor al día siguiente, recé un padrenuestro y me fui a dormir.

Creo que algo va a pasar pronto. Hoy por la tarde vendrán dos de sus hijos. Saben que cuando se acerca el dos de octubre su papá se inquieta mucho y cae en depresión. Don Luis se levantó de la cama muy tarde, casi a las diez; eso es muy extraño, porque para esa hora ya tiene leídos sus periódicos del día. Tomó con mucho atraso sus primeras medicinas. Estoy esperando que termine de almorzar para llevarle las siguientes pastillas.

―El plato está casi sin tocar, don Luis. ¿Qué pasó con ese ánimo? Ande, al menos cómase la mitad.

―No quiero más.

―Tómese siquiera el jugo.

―No.

―Señor, ¿por qué esa cara triste? Hoy vendrán sus hijos y algunos nietos a verlo ―la idea no lo emociona para nada―. Mire, con el jugo que le sobra tómese la cápsula y la pastillita, se está pasando la hora.

―Me quiso dejar fuera. En enero del setenta el Chango me quiso dejar fuera. ¿Cómo se atrevió el muy…?

Su mirada está rara, se va lejos atravesando los árboles y la barda, como llena de tristeza y enojo al mismo tiempo. En verdad me asusta. Voltea a verme y me pregunta con su voz quedita, quedita:

―María Modesta, ¿si te platico algo me guardas el secreto?

―Depende, señor Luis. No sé… Bueno, si no le hace daño a su salud que yo guarde un secreto suyo, le prometo que sí me callaré.

―Escúchame bien. Después del dos de octubre próximo, voy a elegir el día en que me voy a ir de viaje. Ya va siendo hora. Quiero que cuando suceda, pongas a mi lado el vestido de tehuana de la compañera María Esther, ése que está en mi guardarropa. ¿Me prometes que lo harás?

―No hable de eso, señor, le hace daño…

― ¿Me lo prometes?

― Esta bien, pero… dígaselo a su hija María, no quiero tomar decisiones que no me tocan… Mejor le traigo las revistas que llegaron, ¡ándele!, para que se anime. Voy por ellas.

―No, no hace falta. Llévame a mi cuarto, quiero descansar.

Mientras Anita y yo lo conducimos, comienza a hablar de los fantasmas que inventa.

―Gritan mucho esos muchachos. ¿Verdad, María Modesta?

― ¿De quiénes habla, señor? Aquí sólo están el jardinero, el chofer, Anita y los guardias. Vamos a descansar, ¡ande!

―Me dolió mucho esa pedrada en la frente ―no sé de dónde saca fuerzas para soltar una carcajada― ¿Hay equipo de beisbol en la UNAM? ¿Tú sabes? Yo no me acuerdo, pero podría ser un buen pitcher ese cabroncito.

Está acostado y sigue riéndose del asunto de la pedrada. Sé bien de qué habla. Ya trabajaba yo aquí cuando llegó con la frente herida.

―Voy a dormir un rato. Te encargo mi secreto.

―No se preocupe, señor. Duerma tranquilo.

―Después del dos de octubre, recuerda. Entonces elegiré el día ―se vuele a verme con una sonrisa agradecida―. Gracias por todo, has sido buena conmigo.

―No diga más, don Luis. Duerma y vendré al rato a despertarlo.

―Espera un momento. Escúchame… Desde hace tiempo quiero pedirte… perdón. Si alguna vez he sido cruel contigo o injusto…, quiero que me perdones.

―Señor, yo… no tengo nada que perdonarle. No me pida eso.

―Por favor, mujer. Me hará bien si dices que me perdonas. Quiero dormir tranquilo.

―Está bien, don Luis. Lo… perdono, pero en verdad le digo que…

―No digas más. Está bien así.

Voy hacia la puerta de salida y me detiene.

― ¿Sabes, María Modesta? Tal vez Dios no esté muerto. Ese Nietzsche no debió saber gran cosa.

 

 



 

 

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Temblores III

 

Arturo Núñez Alday

 

VI

De vez en cuando vuelvo a sentir temblorcitos en mi pierna izquierda, la única parte de mi cuerpo que tiene cierta posibilidad de movimiento. Los agradezco porque son signos de vida. Los impulsos nerviosos me recorren y llegan hasta mis ojos, abriéndolos. Cada vez que los abro me pregunto si estoy vivo. Mientras tuve dolor no había duda de que aún seguía aquí. Hoy dependo de mi escasa lucidez cada vez que despierto. Si al menos me doliera un poco tendría algo de esperanza.

Desde arriba se filtran hilillos de vida: a veces sonidos de voces, o gotas de agua que caen en mi pelo, o el gemido de un perro herido, o ruidos de máquinas que hacen vibrar las placas de concreto que me rodean, la varilla que me atraviesa la pierna derecha y el pedazo enorme de cristal que rebanó mi oreja izquierda. Me hubiera gustado darle este apéndice a una prostituta, como Van Gogh; aquí ni siquiera sirvió de alimento para gatos.

Pude no haber faltado a mi empleo ese día, no dejarme llevar por la gripe y el cansancio que me quedó después de pasar la noche con Rebeca. Tal vez el edificio en el que trabajo se mantuvo en pie; era reciente y estaba bien construido. Decidí no ir y aquí estoy, incumpliendo con mi deber y saludando a la muerte. Qué bueno que Rebeca se marchó temprano a trabajar esa mañana; estaría muy apretada aquí conmigo. Además, lo nuestro no se merecía un final trágico, el de dos amantes que mueren abrazados para no separarse jamás. Ojalá esté bien y llore por mí un poco, sólo un poco; la vida es tan frágil que no está como para perderla en llanto.

Hasta el día de ayer, o no sé hasta hace qué tiempo, alcanzaba a escuchar los quejidos de Pepe Barranco, mi vecino del departamento de enfrente. Ya no lo oigo. Nunca pensé que él sería la última persona con quien entablaría un diálogo. “Ramírez, si sobrevives cuida a mi Jacinto. Y dile a mi mujer que siempre la quise, aunque me haya abandonado… ¡Ay!, me duele mucho, Ramírez… mucho”. Fue lo último que le escuché. Pobre Barranco, no es justo para él. A mí ya no me duele nada y no sufro por Rebeca, mi secretaria; lo nuestro era sexo y casi un acuerdo laboral. Quisiera sufrir algo por ella, pero no puedo; ni por Perla o por Renata. En verdad no sé de qué estoy hecho. Bueno, ahora si lo sé, de metales retorcidos, pedazos de cemento y cristales que cercenan. Justo ahora, al final, encuentro la definición exacta de lo que fui.

Hace un rato, antes de dormir la última vez, me pareció escuchar un débil aullido y después nada. Debió ser Jacinto, el perro de Pepe. ¿Por qué hasta ahora me dan ganas de tener un perro?

Quisiera saber si es de día o de noche. Al principio alcanzaba a percibir unos rayos de luz muy débiles, pero el polvo y los fragmentos de vidrio que inundaron mis ojos me han dejado prácticamente ciego. Ya no me llegan las voces, ni las gotas de agua que humedecían mi cabeza. ¿Será que también me estoy quedando sordo y perdí la sensibilidad en la piel?, ¿será que ya viene ella al fin, mi mujer definitiva, la única que me desposará y me sacará de aquí con su infinito poder sanador?

No tengo ninguna esperanza. Ni siquiera deseo que lleguen a salvarme. ¿Para qué? Soy huesos rotos, tejidos muertos, órganos agonizantes. No entiendo por qué mi cerebro se mantiene con cierta lucidez. Sería más fácil si ni siquiera fuera un pensamiento. ¿Estaré pagando mis deudas?, ¿o la muerte se retrasa para que experimente la frialdad que fue mi vida?

Tengo mucho sueño. Me siento demasiado muerto como para seguir vivo. Cerraré los ojos esperando no abrirlos más. No importa que ahora alguien esté llegando muy cerca de dónde estoy. No importa que unas líneas de luz se filtren hasta los dedos necrosados de mi mano derecha, inmóvil y atrapada por fierros enfrente de mí. No importa si Rebeca o Perla me lloran allá afuera.

Todo se vuelve blanco, hermosamente blanco. Debe ser el vestido de ella, la mujer definitiva que se acerca.

Cerraré los ojos.

VII

Rebeca pudo ser negligente, como él. Liberarse por un día de la carga cotidiana. Quedarse en el cielo efímero que cuatro cómplices paredes significan. Disfrutar lentamente el paraíso evaporado que se eleva desde la taza de café caliente, meterlo dentro al aspirarlo y elevarse a condición de reina por un día. Pudo hacer del calor bajo las sábanas y del enlace con las piernas masculinas una pequeña historia de redención que durara una jornada entera, un discurso político feminista tejido con gimoteos y onomatopeyas, una fuga, un alto en el camino, un ala para lanzarla a volar por la ventana rumbo a ese horizonte que no alcanzan sus ojos, ni sus sueños, mucho menos su sueldo de secretaria; ni siquiera el delirio al que la llevan los orgasmos.

Pero no, no quiso. La norma, la duda, la deuda, su madre, su hijo sin padre, el cigarro en sus dedos, la mañana clara, los perros ladrando, la puerta, su aliento viciado y un hambre en alma, la arrojaron fuera.

Ni siquiera se acordó de él cuando sintió las primeras sacudidas. Reaccionó rápido, bajó presurosa las escaleras y alcanzó la calle, limitada por la estrechez de su traje sastre, ondeando en su mente los ojos de su hijo. Más tarde pensó en su amante. Enseguida supo de la caída del edificio de apartamentos en el que pasaron juntos la noche. Días después fue a visitarlo a la funeraria y algunas lágrimas ennoblecieron su rostro. Aún sentía que llevaba el olor masculino enjugado en la entrepierna.

Se estremeció.

* * *

Jacinto pudo irse tras los pasos de otra alma bondadosa, de otro olor que le resultara igualmente agradable. Tal vez durmiera en la terraza de una casa grande y correteara por un jardín inmenso, olisqueando rastros de ardillas, comadrejas y hurones. Estaría bien alimentado y habría una cama mullida para los tiempos fríos.

Sin embargo, prefirió a Pepe. Fue una de esas relaciones bien soportadas en un flechazo químico. Un perro de buena clase que tuvo el infortunio de haber sido regalo navideño para un niño imbécil y que fue echado a la calle cuando creció y perdió su gracia de cachorro, se sintió inmediatamente atraído por ese sujeto de ojos desencantados que le ofreció unas migajas de pan y acarició su testuz. Lo siguió hasta su edificio y el hombre no pudo dejarlo a la intemperie. A la postre sería su mejor amigo, confidente y compañero de aventuras.

Tal vez Jacinto soñaba con alguna olorosa damisela testeada por su olfato en el parque, cuando los ruidos y las sacudidas se metieron en sus sueños. Tardó en despertar. Cuando lo hizo, se debió al terrible impacto que recibió en su espalda, partiéndosela. Quiso moverse, pero sus patas delanteras apenas arañaron el suelo; las traseras habían desaparecido, no había sensación que diera testimonio de su existencia.

A diferencia de los humanos, no tenía demasiadas razones que lo angustiaran ante la inminente presencia de la muerte; la única era Pepe. Aulló con las pocas fuerzas que le quedaban para llamarlo. Hubiera sido feliz viéndolo de pie frente a él y después morir a gusto con su olor en la nariz. Cuando escuchó a su amo llamándolo dificultosamente en medio de la oscuridad que se apoderó de todo, experimentó una pequeña alegría y supo que era intensamente amado.

Su último aullido, casi inaudible, quedó guardado en los escombros.

 

 



 

 

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Temblores II

 

Arturo Núñez Alday

 

IV

Tiemblo al pensar en las profecías apocalípticas que comento desde el púlpito. Nunca creí en ellas, pero las he divulgado durante años, con mayor énfasis en tiempos de campaña política, cuando a unos cuantos líderes patrioteros les da por ofrecer el reino de los cielos aquí en la tierra a los miles de incautos que los escuchan y luego abarrotan las iglesias para escucharme a mí. Soy yo quien los induce a votar por la vida y el orden, por la tradición y por aquéllos que defienden el seno sagrado de la familia. Espectáculo triste, lo sé. Sin embargo, ¿de qué otro modo podría garantizar el pago puntual de las mensualidades por la adquisición de mi auto, los complementos vitamínicos que me mantienen con el denuedo que exige mi labor pastoral, los vinos para mitigar las terribles soledades de mi celibato, con cuyo efecto me doy el valor necesario para interrumpir mi castidad y ofrecer un respiro a mi cuerpo con la ayuda de alguna dama piadosa, antes de que el demonio de la tentación reprimida me vuelva por completo una piltrafa humana?

Estoy lleno de pavor y tristeza. La cúpula de mi iglesia se vino abajo y con ella la mayoría de los santos. Sólo el Cristo negro quedó en pie, como reafirmando su poder, reconviniéndome por mis fallas. Me pregunto por qué sigo vivo yo y no el padre Andrés, mi amigo y confesor. Los secretos de mis debilidades quedaron aplastados junto con él por toneladas de cemento en el oratorio. Son designios incomprensibles del Señor y ninguna teología me los hará comprender. Andrés sí era un hombre bueno y al menos debía morir anciano en su cama.

¿Y por qué Petrita? ¿A quién le hacía daño? ¿Acaso era pecado pasarse el día en el templo, mantenerlo limpio, cuidar las veladoras encendidas y las flores? ¿O fue suficiente su falta al callar lo que sabía de mí y algunos otros sólo sospechaban? Pobre, la devoción la mató. Es increíble que su rostro haya quedado casi intacto y el cuerpo completamente destrozado. Murió como una santa, dicen las mujeres del pueblo; y así vivió, virgen y entregada al servicio de la iglesia.

Ahora tengo a dos familias albergadas en la casa parroquial, se quedaron sin hogar y ningún pariente está en condiciones de recibirlas; es lo menos que puedo hacer. Una de ellas es Juana, madre soltera que aún no llega a los cuarenta. Está aquí con su hija Lupita, quien llora y llora porque se quedó sin gato. Por eso no debiera preocuparse; mi templo está lleno de mininos. La que me preocupa es Juana, y no porque haya perdido su casa y su ingreso económico, al no tener hoy un lugar para vender quesadillas. Lo que me da gran temor es el tamaño de sus caderas y ese pelo cetrino que le llega hasta la cintura. Si yo pudiera ser como el padre Andrés, en paz descanse, no habría lugar para mis tribulaciones; pero no nací para ser como él. Sigo en el sacerdocio porque nunca aprendí a hacer nada más. Aunque mi palabra es una viborilla llena de veneno que hipnotiza a los incautos, y la doblo y contoneo a mi antojo, me estoy cansando de ser un hipócrita. Me da temor el mundo, lo acepto. En mi iglesia me siento protegido, como si fuera un lugar privilegiado entre la tierra y el cielo, un médano desde el que puedo bajar de lo alto alguna esperanza para los demás, aunque muy poca para mí. Pero hoy mi iglesia es una ruina y lo mismo empiezo a ser por dentro.

Han pasado dos semanas desde el temblor y Juana no tiene a dónde regresar. La otra familia se fue a una casa que un alma caritativa les ofreció por un tiempo. Lupita ha recuperado el color; es la reina de los gatos. Los alimenta con un fervor amoroso encomiable. Juana ya sonríe. Rescató de las ruinas de su hogar algunos menesteres y vende quesadillas a la entrada del atrio, donde ahora oficio las misas. Mantiene limpia la casa parroquial y me regala la sensación de que somos una familia; parece que los feligreses también así lo sienten, pues los cuchicheos están a la orden del día.

Se me cruza por la cabeza la idea de largarme lejos con ella y Juanita, a donde nadie nos conozca. Hacerlo antes de que vuelva a temblar y entonces sí me mate una loza o una almena; bien merecido lo tendría.

Es de noche y hay luna llena. Octubre siempre aumenta la marea en mi sangre. Juana viene a preguntar si algo se me ofrece antes de ir a dormir. Pido perdón a Dios y le digo que sí, que se acerque. No ofrece demasiada resistencia. También la luna, la soledad y su juventud hacen estragos en ella.

Estoy sorprendido de cuánto puede mover un temblor en la fragilidad de nuestras almas.

Sólo me falta el valor, tal vez un perro para que la familia esté completa.

V

Dos días después del temblor el director del hospital me llamó para felicitarme por mi actitud ante el siniestro. Sólo hice lo que debía hacer, no me siento una heroína. Si muchas de mis compañeras enfermeras y algunos doctores salieron en estampida sin respetar ningún protocolo y sin preocuparse gran cosa por los pacientes, es porque no son aptos para servir a los demás; lástima de títulos y batas impecables.

Cuando sentí las primeras sacudidas lo primero que vino a mi mente fueron los rostros de mis hijos. Quise salir corriendo, tomar el auto e irme como rayo a buscarlos a su escuela. Sin embargo, con la angustia encima tomé a dos de los bebés que estaban hospitalizados y salí con ellos. De inmediato regresé por otros dos mientras el edificio se bamboleaba todavía con intensidad. El director del nosocomio me pidió a gritos que no ingresara de nuevo. “No quiero héroes, todos afuera”, decía. Poco me importaron sus gritos, yo y un compañero reingresamos para apoyar a los pacientes. Adentro, una enfermera y dos de los médicos practicantes decidieron quedarse a cuidar de los ancianos y otros enfermos imposibilitados para salir por su condición de salud. Cuando salía de nuevo haciendo zigzag, con dos niños en brazos y otro mayorcito que se aferró de mi bata, el temblor cesó. El pequeño hospital se mantuvo en pie.

Supe, supimos todos, que no había sido una sacudida cualquiera de esas a las que nos hemos acostumbrado. La fuerza, la duración y el ruido de la tierra nos dieron la certeza de que muchos estarían sufriendo en esos momentos bajo los escombros. Pensé en mis hijos; me mataba la angustia. Mi pensamiento dejó a mi esposo y mis padres en segundo término. Jamás me vi en un dilema como éste. No sólo yo, todos queríamos largarnos a buscar a nuestras familias. Por segunda vez mi sentido del deber se impuso. Atendí de inmediato a pacientes y compañeros en crisis nerviosa, ayudé a uno de los médicos que intentaba mantener con vida a un anciano que sufrió un ataque cardiaco, quien finalmente falleció. Los niños lloraban y los familiares presentes se volvían locos queriendo saber algo de sus enfermos que se quedaron adentro. Algunos de ellos salían auxiliados por miembros del personal. Poco a poco fueron saliendo todos los pacientes, incluso los más graves, en camillas o sillas de rueda, con sus respectivas bolsas de suero y medicamentos.

Lo peor estaba por venir. En autos particulares, en ambulancias, en taxis o a pie, comenzaron a llegar varios heridos de este pueblo y desde distintas comunidades cercanos. Era poco lo que podíamos hacer en los patios y el estacionamiento del hospital. Arrastrando el miedo, ingresamos los que hicimos en serio el juramento cuando nos titulamos. Los que no, se quedaron ahí, hundidos en su cobardía. Parecía un hospital de guerra y me sentí la enfermera de Adiós a las armas, de Hemingway, novela que recién había terminado de leer. Huesos expuestos, lesiones sangrantes, cráneos fracturados, quejidos por todos lados. Dos de los heridos, hombre y mujer, murieron al poco rato; ella, apretándome la mano cuando expiró. Me alcanzó a pedir con balbuceos que dijera a sus hijos cuánto los amaba. Mi corazón se partió, por ella, por sus hijos, por los míos, de los que no tenía idea de cómo estarían. Enseguida entró un enfermero cargando un niño; él no sabía que venía muerto hasta que lo depositó en una cama de urgencias. También llegó una muchachita deshaciéndose en lágrimas con su gato en brazos; el animalito ya no respiraba. Fue difícil convencer a Lupita de que nada podíamos hacer por su mascota. Nos faltaban materiales quirúrgicos, espacios, personal, garra en el ánimo, templanza en los pies, ojos secos y vivos, señal telefónica, alas para viajar a la velocidad del sonido.

Tres horas después, manchados de sangre mi esperanza y mi traje de enfermera, terminó mi turno y corrí a buscar a mi familia. Lloré de alegría al ver a todos a salvo y regresé de inmediato al hospital para doblar turno. Durante el retorno vi casas derrumbadas, la cúpula de la iglesia partida, temor flotando en el aire. Sequé mis lágrimas y seguí llorando interiormente mientras atendía enfermos y apoyaba a los médicos.

Algo cambió en mí. Tenía dudas sobre la intervención de Dios en los asuntos terrenales, pero ese día y los siguientes lo sentí conmigo, adentro. Creí  escucharlo y verlo en la gente que se organizó para levantar escombros, rescatar heridos, donar y distribuir alimentos.

No me siento una heroína como dice el director del hospital, pero les diré algo aunque digan que estoy loca: me siento un ángel de bata blanca, sin alas.

Desde ese día grito menos, amo más, río mucho y abrazo demasiado a mis hijos; también a mi esposo. Ahora es el amor lo que me hace temblar.

 

 



 

 

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Temblores y otras urgencias

 

Arturo Núñez Alday

 

Los relatos que hoy se publican forman parte del libro «De besos, temblores y otras urgencias», de reciente publicación, y que se presentan en estas fechas como una manera de conmemorar el segundo aniversario del temblor del 19 de septiembre de 2017.

Temblores

I

Tiemblo por la tristeza y el frío. Aunque algunos me han ofrecido alimento, he comido poco. Muchos han querido llevarme con ellos, tal vez a su casa o a un albergue donde aceptan a pulgosos como yo. Me llaman de muchos modos: Lobo, Rocco, Figo. No sé cómo se les ocurren esos nombres. Nunca sabrán que me llamo Jacinto; no hay nadie para decírselos. Además, no tengo interés en que alguien lo descubra. Estoy esperando que él salga para ir a caminar juntos al parque, o que regrese desde donde se encuentre. No sé si esté debajo de los escombros o si pudo salir como lo hice yo. Tal vez ni siquiera estaba en casa. No puedo saberlo porque yo dormía en el momento que sentí las primeras sacudidas. Lo busqué en su cuarto antes de intentar escapar. A esa hora no suele dormir, pero desde que nos quedamos solos tras la muerte de su esposa, de pronto se escapa por el sueño en cualquier hora del día. Por eso ignoro qué sucede con él; éste olfato ya no me sirve siquiera para rastrearlo. Tampoco entiendo cómo es que estoy bien si salté desde un cuarto piso; ¿o sólo creí saltar?

Han pasado más de tres días y aquí sigo. Hoy me acarició una mujer que tenía un casco en la cabeza y una niña hermosa me abrazó mientras lloraba. Me dio pena por ella. Estoy acostumbrado a esperar y esperar, a veces hasta dos días para que él me lleve al parque. Ya no camina rápido; es viejo y yo empiezo a serlo. Sin embargo, quita la cadena de mi collar y corro con el resto de mis ímpetus. Lo quiero mucho. Desde hace buen tiempo me deja dormir cerca de él; creo que lo ayudo a enfrentar la soledad.

Muchos hombres han llegado con máquinas y su ruido taladra mis oídos. Han querido retirarme, mas no me moveré de aquí hasta verlo salir, o llegar. Me alejé un poco para no ser un estorbo. Me doy cuenta de que los de mi especie tenemos más larga la esperanza, pero no lo entienden éstos y me azuzan para que me vaya. Ayer por poco muerdo a uno de ellos.

Dentro de poco anochecerá. Los hombres y mujeres siguen removiendo escombros. Los he visto sacar muchos cuerpos y ninguno tenía su olor; sin embargo, algunos de ellos olían a vida.

Ahora están rescatando uno más. Mi olfato se alebresta, tiembla. Me cuelo por entre las piernas de tantas personas y llego hasta él. Huele a vida, pero está muy maltrecho. Persigo a la ambulancia por las calles mojadas. La pierdo en una esquina porque disminuyo la velocidad por el cansancio. Mi olfato, en su última gran osadía, me lleva hasta el hospital. Ahí me estaciono con la esperanza pintada en mis ojos. Me alojo bajo una cornisa en la acera de enfrente para pasar la noche.

Transcurren dos días. Me ha vuelto el hambre al saber que está vivo. Como restos de comida que algunos dejan tirada por ahí.

De pronto empiezo a dudar de mí, de lo que soy. Paulatinamente voy dejando de sentir frío, o calor cuando sube el sol. No defeco y la gente pasa a mi lado como si yo no existiera. Sólo tengo claridad de que lo espero a él. El hambre se me escapa y llega el momento en que no escucho ni mis suspiros. Con el hálito de vida que aún siento poseer, corro rumbo a mi antiguo hogar. Al llegar, veo cómo me rescatan los héroes; mi cuerpo es un fardo sanguinolento.

Entonces comprendo: sólo soy la argucia de un escritor acongojado que me mantuvo vivo para darme la infinita satisfacción de saber a mi amigo con vida. Me dio uso de razón para poder contar esta última alegría y el gozoso temblor de amor que experimenta mi pecho de canina ficción, antes de hundirme en el pozo de silencio apacible que perfora la pluma con el punto final.

II

Estoy temblando de puro susto por la venida del diablo. Mi abuela dice que lo sueltan a las ocho de la noche de hoy. De burra me quedo en la calle después de esa hora. Desde las siete me metí y dejé a las demás niñas jugando allá afuera. Ellas dicen que no es cierto, que eso era muy antes cuando no había luz eléctrica en el pueblo, ni televisión, mucho menos celulares. Dirán misa, pero mi abuelita dice que una vez le tocó verlo cuando era niña. Pasó con su caballazo negro por la calle y se metió en la casa de enfrente, donde vivía una señora de “cascos ligeros”; bueno, así me dijo ella.

Acabo de hablar con mi mamá por teléfono y me pide que no le haga caso. Se trata de una tradición, dice. De acuerdo a ésta, el demonio sale a las doce de la noche, perseguido en todo momento por el ángel Miguel. Además, con las cruces de pericón que mi abuela colocó en todas las entradas de la casa, al diablo no se le ocurriría meterse en ella al estar huyendo, según mi santa madre. Me explica también que si al diablo en verdad le gusta venir a causarnos males, entonces ya vino hace unos días, el 19 de septiembre.

De cualquier modo, por más que quiero dormir y por más cruces que haya puesto mi abuela, no se me quita el miedo. Estoy piensa y piensa en lo que dice mi mamá y mi abue; también pienso en Lupita, mi amiga. Se quedó sin casa con el temblor, y sin gato, porque quedó aplastado por los adobes. Estaba solito en la casa el pobre animal. Aunque Lupita me lleva casi dos años, llora como si fuera niña chiquita; y no es para menos. Mi abue, quien siempre tiene una explicación para todo, dice que se cayeron las casas de aquellos que no tienen temor a Dios. Todos estos desastres, dice, son las señales del fin del mundo. La quiero mucho, pero a veces pienso que mi mamá tiene razón cuando me pide no hacer caso de sus ideas de gente mayor. No entiendo por qué me trajo a vivir con ella. Claro, por irse con ese hombre al que ahora quiere que le diga papá, nada más por haberme regalado un celular más o menos bueno. ¿Quién tiene la culpa de que sea tan miedosa a mis doce años? Pues ella; por su calentura me trajo a vivir con la abuela y me volví bien collona.

Antier vino a verme mi mamá desde la ciudad, me platicó que su primo, el tío Pepe, quedó muy mal herido porque se cayó el edificio de apartamentos donde vivía. Estaba en el cuarto piso y el temblor lo agarró en el baño. Hasta después de tres días lo rescataron con muchos huesos rotos. Pobrecito de mi tío, imagino cómo estará en el hospital. Sólo una hermana lo cuida y a veces mi mamá. Fue mi madre a quien le tocó decirle lo de Jacinto, su perro. Lo encontraron los rescatistas dos días después que a él, bien muerto. Una vez lo trajo al pueblo y le pedí a mi tío que me lo regalara; estaba hermoso. Aquí había espacio para que corriera, no como allá, siempre encerrado en un departamento. Si me hubiera hecho caso, Jacinto estaría vivo.

Ya van a dar las once y no me puedo dormir. Mi abuelita ronca desde hace como una hora. Mejor rezaré un rato, como hace ella antes de ir a la cama. Creo que mi mamá tiene razón: el diablo ya vino hace días y nos trajo el temblor. Y ni San Miguel, con su espada flamígera, pudo evitarlo. ¡Ay!, de veras mi abue me ha llenado la cabeza de tantas cosas, que ya ni sé qué pensar.

¿Qué son esos ruidos en la calle? ¡Ay, Diosito! Están correteando a alguien, ¿Será al Diablo? ¡Ay!… Ya pasaron frente a la casa y mi corazón va a reventar de miedo. ¡Ahora suenan balazos! ¿A poco San Miguel carga pistola en lugar de espada? Mejor me voy a dormir con la abuela antes de que no pueda ni moverme por el susto. Yo no sé cómo, pero ahora sí se soltó el diablo. ¡Abuelitaaa….!

III

Estoy temblando, pero de alegría. Desde que se cayó mi casa estoy contento. Los demás andan tristes y no entiendo bien por qué. Ahora veo pasar a todas las personas caminando por mi calle; a muchas nunca las había visto. Y veo los coches, y los perros, y al señor que vende tamales, y… a las muchachas bonitas. Sólo las he visto en la iglesia cuando me ha llevado mi mamá para que me eche agua bendita el padrecito; pero es una vez al año, creo. Ahora las veo y ellas me ven. Me hacen gestos que para mí son como sonrisas.

De mi cuartito no quedó nada. También se cayó la cocina y el corredor, y la salita donde mi mamá veía las telenovelas. Toda la casa se tiró. Se me hace que se cansó de estar parada todo el tiempo, sin moverse, igual que yo, sentado siempre en mi silla.

Antes de que temblara me sacaban al patio y ahí estaba todo el día viendo a los marranos, y a las gallinas que me picoteaban los pies, y a las maripositas parándose en una flor, y luego en otra y en otra. A mí me gusta ver las mariposas, porque imagino ser una de ellas y vuelo por encima de las tejas y me voy lejos, muy lejos. Luego, en la tarde, me metían a mi cuarto y por la ventanita veía cómo se iba apagando la luz. Entonces me dedicaba a soñar. Una vez soñé que no tenía la boca chueca y las manos torcidas, no se me caía la baba y podía caminar. Otro día soñé que me veía en un espejo, como se ve mi hermano todos los días antes de salir a pasear por la tarde. A mí nunca me han dejado verme. Mi mamá dice que los espejos mienten.

Me acuerdo que hace mucho mi hermano me llevó a pasear con él. Me bañaron, peinaron y pusieron ropa limpia. El paseo duró poco, porque mi hermano se regresó enojado; ha de ser porque me salía mucha saliva por la boca, por tanta emoción de ir con él. Esa vez vi a Lupita en la panadería. Otro día la vi en la iglesia de nuevo. Ya no la he vuelto a ver, pero me dijeron que también se cayó su casa y murió su gato. Le conté a mi mamá que la quiero y ella me prometió guardar el secreto. Me gustan los hoyitos que se le hacen en los cachetes y tiene como chispas en los ojos.

Ayer vinieron a vernos unas personas; nos trajeron unas cajas llenas de comida, unas lonas para no mojarnos con la lluvia y muchas botellas de agua. Venía una muchacha de ojos verdes, como los tienen las mujeres de las telenovelas que ve mi mamá. No podía dejar de verla. Como soy tonto, creí que era la virgen del templo que bajó de su altar para venir a visitarme. Me salió mucha baba por mi boca. Luego mi madre me explicó que ellos vinieron de la capital. Desde entonces quisiera conocer alguna vez la ciudad. Quedarme todo el día en una casa que se haya caído con un temblor, para ver pasar por la calle a tantas muchachas de ojos verdes; allá seguramente hay muchas.

Yo entiendo poco de las cosas, pero oigo decir a mi papá que nos ayudarán a construir otra casa. Mi corazón tiembla de tristeza, porque entonces ya no vería la calle y a Lupita cuando camine por ahí. Quisiera decirle que puedo ser su gato, o su perro, si quiere. Ella sería mi mariposa y me enseñaría a volar para escaparnos juntos por arriba de los tejados.

Ya empieza a oscurecer. Vendrá mi mamá, me dará algo de comer y me llevará a dormir en una casita de campaña que nos regalaron. Me gusta porque arriba tiene una ventana por la que se ve el cielo. Llevo dos noches durmiendo ahí, solito. No quiero decírselo a nadie, pero presiento que una noche de éstas, mientras esté soñando, me voy a escapar por ahí convertido en gato. Así no le daré más lata a mi mamá y podré ir a vivir con Lupita.

 



 

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Toledo

 

Arturo Núñez Alday

 

Ti xcaanda: ga’ca shisha sicarú ni qui huayuu,  guiuuni ti biine’ni.

(Una aspiración: hacer que algo bello que no existía,exista por mí)

 

 

“Enviamos papalotes a buscarlos al cielo”

Haces bien, Toledo, porque aquí se han buscado a los 43 por mar y tierra, debajo de ellas, por encima, y nada. Se han secado todas las lágrimas de sus padres y ellos no aparecen. Quisiera ser crédulo y tener la convicción de que hay en el cielo un lugar que los resguarda, porque si no es así, ¿para qué sirve el cielo, entonces? Puro azul inútil sería. ¡Vuélalos, Toledo!, con la ayuda de 43 niños oaxaqueños. Nadie más que tú podría traerlos de vuelta. Los veré bajar por los hilos de los papalotes hasta las ofrendas donde los esperan sus padres y hermanos. Y déjalos aquí si es posible, en sus montañas que los quieren como nodrizas que los amamantaron, aquí con sus perros que los extrañan. Píntalos en tus cuadros, entre tus ranas, pájaros y monos; ahí estarán como en casa. Porque vivos los queremos para siempre, vivos en tus nobles tinturas.

“¿Miedo? Sí, cuando duermo. En los sueños sí, y corro mucho”

En las manifestaciones, ¿no tienes miedo, Toledo?, ¿no te da miedo la estupidez que se da como en maceta? ¿Las balas? ¿Los políticos? ¿Las mujeres hermosas? ¿Las iguanas, los alacranes y los murciélagos? ¿Nada? ¿En verdad solo en los sueños? ¡Bendito seas, Francisco! Ahora entiendo porque eres grande y diverso como Oaxaca. Todas las historias de tu tierra han ocurrido para que tú nacieras y pintaras y mandaras al carajo a Ronald McDonald. Cuando la mayoría de los mexicanos seamos grandes como tú y como tu camisa desfajada y tu pelo revuelto, tampoco tendremos miedo. Nos educaste para eso y sin pretenderlo, aunque seas un hombre modesto y acaricies nervioso tu melena con la mano diestra.

“En la familia nunca se creyó en Dios”

Y haces bien. Los incrédulos suelen ser más nobles que los crédulos y son los que cambian al mundo, o en todo caso, ayudan a despertar a Dios de su letargo y espabilarse. ¿A poco crees que los curas y las beatas, quienes dicen conocer la palabra del creador invisible, te hubieran dejado pintar esos penes enormes a tus animalitos? ¿A poco piensas que no te hubieran agarrado las manos para que no pintaras? En nombre de Dios se han cometido las peores atrocidades y es bueno que no hayas sido preso de sus sentencias, porque no existirías, Toledo. Tú eres de aquellos que no necesitan a Dios; tal vez él, si insistimos en su existencia, sea a quien resulte imprescindible el genio de personas como tú.

“Pinto porque no pude con las matemáticas”

¿Te imaginas, Toledo, cuántos talentos se han extraviado por no saber dar buen cauce a su odio o incapacidad con las matemáticas?  ¿Qué hubiera pasado si te aferras a los números, al orden geométrico y la rigidez de las líneas? Aunque los cubistas, por ejemplo, dirían otra cosa; encontrarían el arte en la composición intelectual y geométrica. Pero tú no eres cubista ni nada parecido, tú eres Toledo y estás hecho de Oaxaca, de las sandías de Tamayo, de tus niños, de las tlayudas, de los moles y tu rebeldía. Cuando dices que tu arte es una mezcla de lo que has visto y de otras cosas que no sabes de dónde vienen, basta mirarte para saber de dónde llegan tus soplos: es el amor, Francisco, ese que sientes por el color de tu tierra zapoteca y mixteca, amor diluido que llueve sobre ti e inunda tus ojos de asombro permanente, y luego lo conviertes en tus juegos de color y magia sobre los lienzos. Pinta, pinta siempre, poeta de los ocres; danos los colores del maíz, la calabaza y el chile, enséñanos el color y la belleza de los insectos, que solo en tu obra son bellos.

“No voto porque soy impaciente y no puedo estar en la cola esperando”

De cualquier modo, Toledo, los mexicanos llevamos décadas o siglos esperando. Es una cola larga de sexenios y de risas. Una cola parecida a la de tus animales fantásticos. Ha de ser bello perder o ganar tantas horas en ese mundo mágico e irreverente que construiste, en el que, en efecto, no hay por quien votar. Y no quiero pensar que alguna vez te inspiraste en uno de esos cretinos que saltan de un partido a otro pidiendo el voto como prostitutas. Hubiese sido un homenaje inmerecido para ellos. En cambio, tus animales son hermosos y enigmáticos, habría que visitar Juchitán para descubrir alguno de ellos paseando por una calle o por los campos, habrías de volverte niño de nuevo y llevarnos a conocer todo eso que asombró para siempre tu mirada.

“Y hay una receta de Kafka para matar un gato… y en Juchitán, hay una receta para matar una iguana: tienes que agarrar el gato, cerrar la puerta en su cabeza y luego jalarle la cola. Así es como se matan las iguanas. Yo he hecho dibujos de eso porque vi a mi mamá hacerlo”

En ese entonces había muchas iguanas, Toledo. Ahora ya no. Pienso en tu madre y en la crueldad necesaria que ejercía al preparar para ustedes el tlemole de iguana con ejotes, trozos de elote y calabaza. ¿Guardas algún remordimiento por esos animalitos prehistóricos que te comiste? Tal vez, si no las hubieras comido no llevarías a las iguanas dentro de ti y no podrías dibujarlas. ¿También comías insectos cuando eras niño? ¿Te impresionaron los penes largos de los burros manaderos y por eso los dibujas? Sabes, Francisco, hoy en día hay una receta mejor para matar un gato: sales a la carretera en tu auto, aumentas la velocidad y algún cuadrúpedo felino cruzará impertinente por ahí. Hemos cambiado, Toledo, mucho. Esta modernidad que tanto combates nos pisa tan fuerte que hasta las formas de morir se han multiplicado. Tú sigue ahí, en ese reducto de tierra bella; país dentro de un país, mar y guelaguetza, montaña e historia. Ahí vive para siempre aunque un día de estos te mueras. La ventaja de los grandes como tú es que morir no resulta fácil. Sospecho que la inmortalidad es tu condena.

 



Hombre pájaro

 

Arturo Núñez Alday

La semilla

Andresito escucha arrobado por los sonidos acompasados del tambor y la flauta; descienden hasta su oído junto con los rayos del sol desde los veinticinco metros de altura del enorme poste plantado en medio de la plaza, obtenido de una ceiba o pochote, en cuya punta han iniciado el ritual el caporal que hace la música y cuatro hombres voladores del pueblo de Papantla. Su devoción es auténtica, pues saben que además de solicitar la bondad divina con esta ceremonia, uno de los cuatro hombres pájaros es su padre. Su pecho revienta de orgullo mientras su madre lo atenaza de una mano. Debe ser bonito ver el cielo de cerquita, piensa, mientras las notas que el caporal hace nacer y caer como lluvia lo llenan de una emoción irrepetible. Ni los paseos por el  río, ni la niña de mejillas de durazno con quien comparte banca en la escuela, ni las lecciones de catequismo o los partidos de futbol en el llano, lo emocionan tanto como ver descender a los voladores. Con la misma precisión de un péndulo de reloj, cuenta cada una de las trece vueltas que da su padre hasta caer suavemente en el suelo, convertido en gota de lluvia colorida que al llegar a la tierra la fertiliza y promete humedad suficiente para ver crecer y expandirse el verdor de los plantíos de maíz.

Andrés sabe, porque se lo han enseñado, que cada hombre pájaro da trece vueltas para dar un total de 52, el número de años equivalente al ciclo solar, y también que cada uno de ellos apunta hacia un punto cardinal. En su cabecita de ocho años rebotan esos números mágicos y despiertan su curiosidad de niño totonaca, digno heredero de una cosmovisión que coloca muy por encima de nuestras pequeñas fuerzas humanas a las de la naturaleza, de los astros y de sus ciclos, de los que somos súbditos ante su vital presencia y movimiento.

El año anterior, Andrés acompañó a su padre y a los demás hombres a cortar el árbol del cual obtendrían el nuevo poste para instalarlo en un pueblo cercano del estado de Puebla, acción con la que da inicio el ritual. La comunidad es la que eligió el árbol a través de sus representantes, selección hecha con mucho cuidado; luego de que los hombres pájaros bailaron un buen rato la danza “del perdón” alrededor del árbol, inclinando el cuerpo a modo de reverencia, lo derrumbaron, cortaron sus ramas y lo condujeron hasta el centro del pueblo en medio de un clima de fervor que a Andresito lo marcó para siempre. Quiero ser un hombre pájaro, dijeron sus ojos admirados.

Al ver llegar a su padre una vez terminado el ritual, Andrés cree estar viendo al dios dueño del viento, una de las deidades secundarias de la cultura totonaca, con su cabeza envuelta por un paliacate y un pequeño penacho multicolor en forma de abanico que simula el copete de un ave, y también simboliza los rayos solares que nacen de un pequeño espejo equivalente al Sol. Largos listones caen sobre su espalda simulando el arcoíris después de la lluvia. De su hombro derecho caen diagonalmente sobre pecho y espalda dos semicírculos de terciopelo rojo que simbolizan las alas de los pájaros; sobre ellos hay figuras de flores y aves coloridas. Su pantalón de tono colorado tiene adornos de chaquira y espiguilla y calza los cásicos botines de piel de tacón alto que usan los hombres totonacos. ¿Cómo no sentir una profunda admiración por su padre cuando le acaricia amorosamente sus hombros?, ¿cómo no desear convertirse algún día en hombre pájaro y subir al palo volador para pedir al dios Tajín, el dueño del trueno, que les regale la bondad de la tormenta que hace bajar la lluvia? Se va de la mano de sus padres con su destino bien claro pintado en la sonrisa.

El plumaje

Los años no lograron arrancar de Andrés la ilusión de volar. Ha cumplido trece y es menester que muestre su vocación por el aire. No se ha borrado de su rostro el gesto de admiración por los hombres pájaros. A él no lo seducen nuevos destinos como sí les pasa a otros de su edad, no le cruza por la mente otro que no sea subir al palo volador, quedarse en su tierra donde los tonos de verde se multiplican y la mejor música la escucha nacer de las gargantas de las aves. Es hora de practicar la danza y el vuelo, primero en poste de tres metros y luego en otro de siete, y así hasta alcanzar la mayor altura en la que sea capaz de escuchar  la voz de sus dioses híbridos, como lo imaginó desde muy niño.

Al llegar el momento de su primera aparición en público en un mástil de quince metros junto con otros iniciados adolescentes, incluida una mujer cuya presencia rompe una tradición típicamente masculina, Andrés es ayudado por su madre para vestirse con el traje característico. Es ella quien callada sufre sus temores por los riesgos ante una mala ejecución del ritual; el muchacho está como en éxtasis. Al caminar rumbo a la plaza después de recibir la bendición de su madre, Andrés siente que flota sobre la calle empedrada. Sus tiernos ojos tornan a ser poco a poco los de un halcón, sus brazos van ganando la ligereza y fuerza de las alas y su cuerpo entero se viste de plumaje colorido; su mente también. Porta orgulloso el pequeño penacho multicolor, anunciando a todos que es un hombre tocado por la divinidad, con la potestad de mirar de cerca al Sol y convencer a los dioses de regalarnos la tormenta y la lluvia. Antes de subir inicia la danza reverencial alrededor del poste. Andrés entra en éxtasis, solo existen sus hermanos pájaros, el árbol sagrado y el viento que lo espera.

Inicia el ascenso y sabe que sube para hacer frente a sus miedos, que será un hombrecito nuevo cuando logre la punta y se deje seducir por el tambor y la flauta. La sensación que obtiene al estar sentado en uno de los lados del cuadro de madera que sostiene a los cuatro danzantes mientras el caporal toca y danza de pie, le dice que a partir de ese momento ya es otro. Abajo quedó el chico que temblaba de emoción y arriba se encuentra un hombre halcón que se topa de frente con el dios dueño del viento. Su imaginación comete la osadía de creer ser tal dios. Para ese momento ya es otro que ha multiplicado su edad por cuatro, experimenta tal poder que siente tener los mismos años de duración de un ciclo solar.

Llega la hora del descenso, abre sus alas y en cada una de las trece vueltas Andrés se conquista a sí mismo y al público. Piensa que nunca podrá dejar de volar. Su destino es el aire y a él le promete devoción eterna. El chico que toca tierra trae una verdad nueva en su mirada y así lo hace saber a su padre cuando lo abraza orgulloso, con esa parquedad del hombre totonaca que no necesita aspavientos para manifestar sus emociones.

Andrés presume ahora su nuevo plumaje y lo hará por muchísimos años más.

El retiro

Voló infinitas veces en su tierra natal y en El Tajín, en el museo de Antropología e Historia, cerca del Castillo de Chapultepec; muchas veces en los estados de Puebla e Hidalgo, una larga temporada en Teotihuacán, otra en un parque de diversiones de la Riviera Maya y en más lugares de país. Su logro mayor fue haber volado en Cuba ante las barbas y los ojos emocionados del mismísimo Comandante Fidel Castro, quien estrechó su mano tan fuerte, que no olvida jamás la sensación de ese encuentro. Subió a mástiles de hasta treinta metros de altura y de estructura metálica, como resultado de los afanes de algunos por convertir el ritual en un gran espectáculo de valentía y arrojo.

Vio hacerse mayor a su padre y abandonar para siempre el penacho y el traje. Vio crecer a sus hijos, uno de ellos con el mismo ardor que el suyo en su mirada. Sintió la admiración de miles de espectadores, pero también cierta indiferencia en los ojos de muchos ante un ritual incomprensible para ellos, considerado tal vez un resto de culturas primitivas, o un acto pagano que atentaba en contra de las “verdaderas formas de la fe cristiana”. Dejó de sentirse poco a poco la encarnación viva del dios del viento, y sus rodillas, su cintura y su espalda también fueron dándole evidencia de que no lo era.

Cuando cumplió los cuarenta y cinco años experimentó de pronto que había desaparecido la emoción y estaba dejando así de respetar a los dioses totonacos mayores: el Sol, la Luna y las estrellas. No lo pensó demasiado, habló con sus compañeros de vuelo, con su esposa y consigo mismo. Vivió el ritual un día más en el centro de Papantla y trató de experimentar por última vez aquella emoción de su primera oportunidad. Al descender en círculo por el aire sintió que sus brazos eran alas de verdad y creyó mirar en cada uno de sus tres compañeros el cuerpo y el rostro del dios Tajín; él mismo creyó tenerlos. Lo tomó como un mensaje y lágrimas inesperadas que nadie advirtió también volaron en descenso, tocaron la tierra y sembraron el inicio de un nuevo sendero en su vida. Al llegar al suelo supo que él era la revelación que esperaba, el poder desconocido que buscaba fuera y de pronto descubría dentro de sí mismo. Abrazó a sus hermanos pájaros y caminó como un dios hacia su nueva vida; a su lado, su compañera de siempre.

Hoy en día es ese mismo hijo suyo que nació con igual azoro en sus ojos el que hace temporada de vuelos en la zona arqueológica de Teotihuacán. La dinastía continúa. Andrés emprende otro tipo de viajes, acostumbrado a ir de aquí para allá, en busca del aire siempre, de sus aromas y canciones. Con su traje típico totonaca hace sonar sus botines negros por las calles de algunas ciudades, cargando una variedad de camisas bordadas hechas artesanalmente en su tierra. En su mirada aún puedes observar, si escudriñas con cuidado, el cielo abierto y bondadoso que él veía desde la punta del mástil, las montañas verdes y las bandadas de pájaros cruzando el viento. Si tienes suerte y deseo de encontrarlo, lo hallarás un sábado o domingo en el centro de Cuernavaca, tal vez sobre los arcos del Teatro Ocampo o en la plaza de armas, a la entrada del Cine Morelos o de la catedral sobre la calle Hidalgo. Ciento setenta pesos te cuesta una camisola blanca totonaca o una camisa bordada; ciento setenta pesos poder ser un poco como él. Poca plata para ponerte la misma camisa que porta un hombre dios, quien camina por nuestras calles como cualquier hombre pequeño.

 

 



 

 

Demonias, filos y banderas

 

Arturo Núñez Alday

 

“Quienes no se mueven no notan sus cadenas.”

Rosa Luxemburgo

 
“Dicen los demás que fueron años, pero yo he vivido eternidades de silencio

y pesadillas donde caben todos los horrores primigenios”.

 

 

Llego tarde a mi vida, pero llego. Las estrellas en mi piel comienzan a brillar cuando la falta de tersura las opaca y las arrugas las engullen silenciosamente. Sin embargo, aun con cicatrices y sensaciones de plomo en mi espalda, quiero vivir. Estoy saliendo de un mundo que enrejó mis sueños por siglos. Dicen los demás que fueron años, pero yo he vivido eternidades de silencio y pesadillas donde caben todos los horrores primigenios. No hay demonio que no visitara mi celda, ni ángel alguno que ahí compareciera piadoso. Yo, la mujer demonia, cultivé dentro del miedo al querubín que me habitaba sin saberlo. Sus alas fueron creciendo hasta levantarme en noches de luna y llevarme tras los rayos que se filtraban por las rejas. Por eso fue que no morí todas mis muertes y guardé unas cuantas vidas debajo de mi piel mancillada, donde nadie las hallara ni las intuyera.

Me cuesta respirar este aire que azota deliciosamente mi cara ahora que camino otra vez por una calle. Soñé esto muchas veces sobre el camastro de mi celda: pisar el pasto con mis pies descalzos, mojarme con el agua de una fuente, tomar un helado de vainilla, ver correr a mis niñas tras su perro con orejas grandes. Ahora ando en busca del prado y de la fuente con cierto miedo de encontrarlos; mis hijas han crecido y el perro seguro habrá muerto. Debo reiniciar y no sé exactamente cómo. Temo encontrarlo a él y se filtran hilillos de miedo por entre los vellos de mi piel. Sé que no es posible porque lo maté, pero no puedo evitar sentirlo vivo, tanto, que lo presiento en los ojos de algunos que se cruzan en mi camino. Nunca creí en los fantasmas, pero ahora sí. Escucho las noticias y caigo en la cuenta de que el hombre que muchas veces me asesinó sin quitarme la respiración aún merodea por las calles y a plena luz del día, o maneja taxis con su disfraz de inocente, o porta traje de policía y me mira lascivo cuando doy vuelta en la esquina.

Cuando le di a beber el somnífero en el café, un día después de la última golpiza que me regaló, lo hice a nombre de todas las mujeres que nunca se atrevieron a hacerlo ni se atreven aún. Diez años presa no fueron suficientes para arrepentirme, ni siquiera para perdonarlo. Lo hice por mí y por mis dos hijas que también aprendieron el discurso del opresor. No olvido la suave sensación al cortar con la navaja sus testículos, fue un placer distinto el que agitó mi respiración inesperadamente, como derrumbar la estatua de un dictador y verlo hundirse poco a poco en un pantano de sangre. Es increíble cómo podemos aniquilar a quien alguna vez se amó. Lloré mientras él se desangraba lento frente a mis ojos, lloré por aquel que creí que fue algún día, por los que muchas creemos que son esos amables niños tramposos que nos abren la puerta del coche y nos prometen frente a un juez de paz aquello de que no son capaces. Lloré por mi nariz rota, por la cicatriz de mi barbilla, por mi clavícula partida y mi corazón remendado. Fue algo parecido a un orgasmo de mi espíritu, un grito de libertad que me encerró en cuatro paredes que al final se volvieron mis hermanas, tibios muros que no pudo atravesar la mano crispada de algún hombre cruel.

En este primer día de cielo abierto y muchedumbre mis pies no saben conducirse, son los de una niña que va por primera vez a la escuela. Necesito la mano de mi madre que me lleve, pero ella ya no está. De mi padre no espero nada porque no lo conocí. Era un cabrón, decía mi madre; es todo lo que sé. Mis hijas se fueron de la ciudad. Una de ellas vive con mi hermana en otro estado y la mayor cruzó la frontera siguiendo a un tipo; algún dios quiera que no repita mi historia. Tendré que volver a empezar con el apoyo de Cuca, mi amiga entrañable, quien también no tiene a nadie. Nunca creyó en los hombres y no sé si hizo bien, porque no todas tienen la misma suerte. Mi hermano Adolfo también se fue del país. Me visitó antes de irse, una sola vez, y nunca volví a saber de él. En vez de flores me dejó un ramo de palabras, definitivas, sentenciosas: “Cuando salgas de aquí no se te olvide que eres mujer, carajo, no pidas demasiado de un hombre”. Me acuchilló con su boca. Después lo odie y con el tiempo lo saqué de mi pecho; no existe más.

En la cárcel aprendí que todos necesitamos una bandera para vivir, aunque no de tela y colores. Tuve tiempo de sobra para confeccionarla con retazos de orgullo, atisbos de fe y libros, muchos libros. Varias veces, al pensar que la tenía lista en mis manos, la quemé hasta convertirla en cenizas. Así aprendí que las cenizas son vida, pues de ellas renací. Ahora escucho las voces, las proclamas, la indignación acumulada reventando en las calles. He visto por televisión a las de rostro cubierto y a esos puños de rabia calentando el aire y haciendo añicos los vidrios de la indiferencia. Las miro abrir las heridas históricas de las mujeres, mientras en sus curules y en los cuchitriles de su cabeza muchos hombres violentos tienen miedo, se repliegan, aunque lo harán solo por un tiempo. En efecto, el dinosaurio es duro para morir. En esas marchas y esos grupos organizados hacen falta demonias como yo, y hombres ángeles, que también los hay. Brujas amorosas que conocen su rabia y hombres de pecho fuerte que saben de su ternura podemos lograr una alquimia poderosa.

Veo venir a Cuca, mi única familia por ahora. El tiempo transcurrido también es evidente en su rostro. Sin embargo, su sonrisa es el mejor regalo este día de mi libertad condicionada. Hoy quiero beber café o una cerveza junto a ella y llorar lo que sea necesario en sus hombros, pisar juntas el pasto de un parque y tomar un helado en cualquier lugar. Y después dormir quince horas en una cama blanda y despertar con el aroma de café y pan con mantequilla. No pido más. Las demonias nos conformamos con pequeños cielos, pero sabemos incendiar los infiernos.

Mañana habré de asomarme al mundo, arrear la bandera, mostrar mis cicatrices y juntar mi grito al de otras. La sororidad que promuevo sabe cortar de tajo la opresión y verla desangrarse, hasta morir.